Koolau el leproso, de Carlos Giménez

Una tragedia de proporciones homéricas, una dolorosa historia de derrota, una injusticia basada en hechos reales le sirve a Carlos Giménez para construir un hermoso relato lleno de orgullo, honor, humanidad y resistencia.

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Edición nacional/España: Koolau el leproso (Ediciones Glénat. Noviembre, 2001)
Guion: Carlos Giménez
Dibujo: Carlos Giménez
Formato: Cartoné. 48 páginas

Koolau y el orgullo de resistir

“Cuéntalas, Koolau, cuenta las explosiones porque vendrán más.”

En un artículo francés de los años ochenta el comentarista calificaba, entre asombrado y admirado, que Koolau el leproso de Carlos Giménez era una perla negra del arte anarquista español. Lo emparentaba con la tradición de gentes como Durruti y compañía. Sin embargo, leída ahora en pleno siglo XXI y una vez repasada a fondo la primera palabra que nos viene a la mente no es un concepto político, es un concepto moral; cuando se pasa la última página de Koolau el leproso, al cerrar el álbum lo primero en lo que uno piensa es en la dignidad.
En la dignidad de alguien que lo ha perdido todo menos lo más importante, en el orgullo de mantenerse fiel a uno mismo y a los otros aunque en el momento de la verdad te hayan abandonado, en la nobleza de honrar a los que han luchado antes que tú por las mismas ideas y que por ello seguramente han perdido su futuro y también la vida.

Esta obra, publicada por entregas en la revista Totem en los números 23, 24 y 25 de 1979, adapta muy libremente un relato corto homónimo del magnífico escritor norteamericano Jack London (1876-1916) basado a su vez en un episodio histórico que sucedió en 1865 en la isla hawaiana de Molokai.
La trama explica un episodio tardío de la terrible dinámica de colonización y exterminio que los invasores estadounidenses aplicaron a la población indígena de Hawái. Un grupo reducido de indígenas llamados kanakas, todos enfermos de lepra, ha decido rebelarse a su suerte y se niegan a ser ingresados en un sanatorio de Molokai donde serán abandonados hasta su muerte. Uno de los rebeldes más beligerantes es Koolau que intenta convencer a sus compañeros de que su única salida es la resistencia armada. Pero la llegada de los soldados rompe el grupo que acaba diezmado por la fuerza de la maquinaria de guerra de los colonizadores y por el miedo a la derrota. Koolau luchará en solitario hasta el inevitable final, recordando los momentos felices de su juventud cuando su tierra era un paraíso y él no estaba solo.

Giménez articula, través de Koolau y de algunos de sus compañeros, un discurso político que habla sobre la necesidad de defender la identidad propia, el territorio y la forma de vida que se ha escogido. Koolau el leproso es un grito desesperado en contra del colonialismo y una perfecta descripción de los perversos mecanismos que el hombre occidental ha usado y usa para invadir y apropiarse de unas tierras y de unos recursos que no son suyos. Como explica el autor en esta historia; son los blancos los que traen la enfermedad que al final acaba causando el confinamiento y la muerte de los kanakas.

La historia está dividida en tres episodios de los cuales el primero es el más discursivo aunque finaliza con la primera escaramuza de una patrulla de la policía que acabará en un estrepitoso fracaso, repelidos por los resistentes. La segunda parte describe el asalto de las tropas estadounidenses que incluso usan la artillería pesada contra sus oponentes y el tercer acto final se centra en la huida deseperada de Koolau, enfermo, herido y abandonado que tan solo intenta terminar en paz.

El registro narrativo y artístico que Carlos Giménez utiliza para ilustrar esta epopeya puede sorprender a más de uno.
En una historia inmediatamente anterior, titulada Hom (1977), el autor de Los profesionales había inaugurado este díptico de fábulas de temática política y social con apariencia épica. La primera obra se basa en una novela de Brian W. Aldiss y abraza el género fantástico. En ella el arte adquiere un inusual carácter clásico, de enorme equilibrio visual y poderosa densidad narrativa. En cambio, en Koolau el leproso todo se torna inestable, dramático y excesivo. Giménez nos describe el discurso inicial, una arenga inflamada de Koolau, con gran profusión de detalles. Nos muestra con detalle los rostros deformados y desencajados de los kanakas, rotos por la terrible enfermedad. Nos presenta el entorno, agreste y escarpado, donde solo las cabras deambulan felices pero que por eso es el lugar ideal para esconderse y resistir.
El artista no tiene un esquema fijo de página. Para los momentos más reposados utiliza una cuadrícula de cuatro tiras, casi siempre con tres viñetas. Para las escenas de acción rompe la cuadrícula con grandes cuadros panorámicos o viñetas verticales que se despliegan nerviosas por cada página. En contraste, los momentos del pasado, idealizados y casi oníricos, los ilustra sin los bordes definidos de las viñetas, con un tratamiento mucho más ligero de las sombras y con trazos casi etéreos.

Otra característica narrativa que podemos encontrar en este terrible pero hermoso relato es su inclinación al melodrama. El tratamiento de los personajes es excesivo. Los actores de esta tragedia no hablan; gritan, declaman en voz alta en un registro muy parecido al operístico. Giménez exagera a conciencia la gestualidad corporal y las expresiones faciales para dar intensidad a sus escenas, consiguiendo así que nos sumerjamos en cada acción, que participemos en todo el desastre que nos muestra.
El entintado es enérgico, denso contrastado. Solo existen las grandes superficies de blanco y las densas manchas de negro. No hay matices. Y el tratamiento de las figuras humanas, de los personajes está a medio camino entre el realismo naturalista de maestros como Milton Caniff, Alex Raymond y Harold Foster o el estilo más caricaturesco y más expresionista de Frank Robbins, Harvey Kurtzman o Juan García Iranzo.
Sin embargo, el aspecto más destacado del tratamiento gráfico y artístico de esta obra es la narrativa. La planificación de cada secuencia responde a una necesidad concreta y para cada desafío Giménez encuentra una solución arriesgada, hermosa e imaginativa. En la escena introductoria, más discursiva y reposada, Giménez combina los primerísimos primeros planos de los enfermos con planos de detalle del entorno. Los personajes están dispuestos como en un coro griego y parecen salir a escena a exponer su discurso. Abundan los acercamientos que recuerdan el recurso cinematográfico del zoom, las panorámicas y la descomposición del paisaje en varias viñetas.
El primer enfrentamiento lo resuelve usando numerosas viñetas panorámicas que ocupan toda la tira, entrelazando planos generales muy amplios con primeros planos de acción y reacción de los contendientes.
El capítulo central es más barroco; confluyen diversas soluciones narrativas pero me gustaría destacar su asombrosa última página; un enorme y extraordinario movimiento de travelling en retroceso desde la cansada pero decidida mirada de Koolau hasta un escalofriante paisaje montañoso poblado de buitres y cadáveres.

En el tercer acto Giménez vuelve al esquema de cuatro tiras por tres viñetas, salvo en el enfrentamiento final y en los pasajes oníricos donde vuelve a prescindir de los márgenes de las viñetas para ofrecernos escenas murales llenas de violencia o de ternura, dependiendo del caso. En la conclusión, nos encontramos con una última página completamente muda, estremecedora y contundente, donde el artista consigue sobrecogernos usando tan solo una pareja de pájaros que nos guían alegremente por un escenario desolado, cargado de dolor, derrota y muerte.

Como hemos comentado al principio, Koolau el leproso se estrenó de forma seriada en la revista Totem de la editorial Nueva Frontera durante el año 1979. Un año más tarde se publicó por primera vez un álbum de tapa blanda dentro de la colección Papel Vivo de Ediciones la Torre y finalmente en noviembre de 2001 Ediciones Glénat volvió a editar esta obra, esta vez en cartoné y con un prólogo del guionista David Muñoz.

Koolau el leproso de Carlos Giménez es una obra fascinante, terrible, hermosa y fundamental. En este mes de marzo, cuando su autor está cumpliendo ochenta años, volver a comprobar que esta fábula política no ha perdido de ni ápice de su fuerza, que su mensaje sigue siendo completamente vigente y que su realización gráfico-narrativa conserva intacta su enorme eficacia, hace que la convirtamos automáticamente en un clásico fundamental de la historieta en castellano. Ahora que proliferan las listas de todo tipo, ahora que se lleva enumerar las obras más importantes del pasado del cómic español les recomendamos a sus impulsores que cuenten sin dudarlo con Koolau el leproso y que le dejen un hueco en las posiciones más elevadas… si no quieren que la credibilidad de estas iniciativas se desplome irremediablemente por los suelos. Quedan avisados.

Salut!

Lo mejor

• La enorme vigencia de esta obra con más de cuarenta años a sus espaldas.
• Su hermosa, arriesgada e imaginativa realización gráfica.
• Su humanismo a prueba de bombas.

Lo peor

• Que no se reedita con la frecuencia que se merece.

Edición nacional/España: Koolau el leproso (Ediciones Glénat. Noviembre, 2001) Guion: Carlos Giménez Dibujo: Carlos Giménez Formato: Cartoné. 48 páginas Koolau y el orgullo de resistir "Cuéntalas, Koolau, cuenta las explosiones porque vendrán más." En un artículo francés de los años ochenta el comentarista calificaba, entre asombrado y admirado, que Koolau…
Guion - 9.5
Dibujo - 8.5
Interés - 10

9.3

Irreductible

Una tragedia terrible contada por un autor en la cima de su carrera. Un hermoso alegato contra el colonialismo que no ha perdido ni átomo de su vigencia.

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