Libertad es la palabra que me viene a la mente mientras leo y, después, recuerdo, las magníficas historietas -muchas veces de una o dos páginas, pocas veces de más de seis páginas- recogidas en el primer volumen de las obras completas de
«Cuando empecé, me sentía como una chica trabajando en la construcción. Ellos eran majos conmigo, yo era una especie de rareza, era una chica muy dulce y dibujaba unos tebeos muy guarros.» – Julie Doucet
Doucet brota como una fuente en la segunda mitad de la década de 1980, cuando el mainstream de los cómics engulló el beneplácito de crítica y afición y, como la gota de agua que poco a poco vence a la dura piedra, su obra ha calado más allá de su ámbito natural. Nacida en Montreal (Canada) el 31 de diciembre de 1965, de educación católica, la joven Doucet recala en su época universitaria, como por casualidad, en el mundo del cómic o, por mejor decir, de la autoedición. Con su fanzine Dirty Plotte empieza a labrarse un nombre en los circuitos marginales desde fines de los ´80, aunque no será hasta la década siguiente que le lluevan reconocimiento y galardones, gracias a la distribución de Drawn & Quaterly y, sobre todo, a la publicación de Diario de Nueva York en 1999. Su trayectoria ha influido en nombres tan notables como
El mundo alucinado, salvaje, irónico, perturbadoramente íntimo, sexual y canalla, que nos golpea desde la primera página de estas obras completas gira -sobre todo en los compases iniciales- alrededor de dos grandes «M»: menstruación y mutilación. Exploración descarnada sobre la propia identidad que reivindica la genitalidad propia (el fanzine que albergaba estas historias, por ejemplo, se titulaba Dirty Plotte, que podríamos traducir como «chocho sucio») y la ajena (la conmovedora fascinación por los mecanismos del pene la llevan a fantasear con la transexualidad), las historias de Doucet bucean sin afectación ni cortapisas en las asociaciones más oscuras de la psique: esas que lo mismo se burlan de iconos televisivos como Star Trek (con
Y, sin embargo, conjura los dos peligros clásicos de las propuestas radicalmente autobiográficas: el narcisismo y la repetición insustancial. Doucet es consciente de que hay un público, aunque el público sea ella misma, como al hablar frente al espejo. Quiero decir que asistimos a ese desdoblamiento en que la Doucet autora reflexiona sobre las situaciones en que pone a la Doucet protagonista. A poco que ahondemos descubrimos pronto un nivel de exigencia, también fruto de los años, por supuesto, que contradice la aparente dejadez e improvisación del material. Regresan una y otra vez temas básicos, sobre todo los relativos a la percepción del propio cuerpo y la sexualidad, pero sin rutinas ombliguistas ni atajos narrativos, bajo diversos mantos y estrategias: funny animals, homenajes (palmario al Gato Fritz), rupturas de la cuarta pared… incluso un remake propio (el mismo sueño en págs. 75-76 y 237-240). Cosa rara en una antología, las páginas se devoran como llevadas de un hilo conductor. No es que todas las aportaciones sean excepcionales, como es obvio, sino que cada una de ellas añade coherencia y consistencia al corpus final.
Se ha insinuado que el estilo gráfico tendrá sus detractores, lo cual es eminentemente lógico. Carece del perfecto acabado de Crumb, de la gracia cartoon de
El primer volumen de las obras completas de Julie Doucet es, además, un objeto hermoso, al que me cuidaré de glosar con más abundamiento para que no recele el exigente lector la trampa del compromiso o el baboseo. No es ya el cuidado y el primor editorial que le suponemos a su responsable, Fulgencio Pimentel, sino la milagrosa adecuación de todos los factores (portada, tamaño, papel, material inédito exclusivo, tipografías, etc.) a la obra en sí; en el límite de la perfección, a mi modesto entender. Queda esperar como agua de mayo el segundo (y último) volumen de esta recuperación histórica para darnos verdadera cuenta de a lo que estamos asistiendo.











Aprecio la contribución del cómic underground, pero el dibujo me tira para atrás. No puedo, no puedo, el mainstream me ha condicionado. 🙁
Casi todos empezamos en el mainstream, más o menos (por eso se llama «mainstream»!), pero hay cosas por ahí muy chulas que no se pueden dejar escapar. Esta es una de ellas. Te cambia la perspectiva. Tal vez no hoy ni mañana, pero te levantarás un día y dirás: «no soy la misma persona que era antes». Eso también nos pasa a casi todos.