¿Qué tal el final de Perdidos?

Hoy era el gran final, el acontecimiento televisivo de la década y de lo que llevamos de siglo. Editoriales en periódicos de gran tirada, especiales en programas de radio punteros, reportajes en los informativos, maratón previo de episodios, emisiones por satélite subtituladas a las seis de la mañana, cines exhibiendo el último capítulo de la que se ha convertido por derecho propio en un nuevo clásico de la televisión. Hoy acababa Perdidos. Analizarla en profundidad en un artículo documentado y minucioso es algo que no tengo ahora mismo ganas –ni capacidad– de escribir… tendría que revisar toda la serie –algo que pienso hacer en cuanto salga el pack correspondiente– y sería arduo. En lugar de eso, simplemente voy a hablar de la final. De mi experiencia al verla, de mi balance –extremadamente positivo– y de algunas claves ocultas que podrían ayudar a la comprensión de la conclusión. No vamos a revisar cada enigma perdido, pero sí los más gordos.


Lo primero, una píldora para la reflexión: hoy me he levantado a las 6:00, empecé a ver la emisión en Cuatro y la paré al poco. Subtítulos cortados, sincronización deficiente, imágenes congeladas y un bloque entero de unos diez o quince minutos que aparentemente se fue al garete o se descolocó… un detalle éste del que me di cuenta unos cuarenta minutos después, cuando conseguí ver el capítulo “por medios alternativos” tranquilamente y sin problemas (este inglés es muy asequible). Si un grupo mediático potentísimo no sólo no puede mejorar la fiabilidad y rapidez de los canales de distribución “alegales” sino que además tiene tan poco respeto por el material y por su audiencia, no sé cómo pretenden salvar ninguna industria audiovisual (al menos en lo que a televisión se refiere).

Y ahora vamos a lo que importa. Lost. Perdidos. Final. ¿Qué tal? Impresionante, emocionante, subyugante. Esto ha sido historia de la televisión. Historia con mayúsculas, y esta vez he estado ahí para verla. Para participar en el acontecimiento. Asistir a la última escena, ver como todo cuadra, abandonar la isla y sus personajes para siempre, ha sido una mezcla de satisfacción por contemplar el cuadro completo, emoción por ver lo bien que ha quedado y melancolía por todos esos momentos, todas esas tardes y todos esos amigos o familiares con los que he visto capítulos, los he comentado y los he debatido. Perdidos no ha sido una serie de televisión, ha sido una experiencia, una grata y larguísima experiencia que ha sido colateral a nuestras vidas durante seis años… y que se ha acabado. Podremos revisitarla, claro está. Y vendrán nuevas generaciones que la consumirán por primera vez. Pero no sabrán lo que es esperar seis meses para averiguar la resolución de un cliffhanger de final de temporada o sentarse a ver un capítulo que acabas de descargar, recién emitido en Estados Unidos. Simplemente se consumirá al gusto, posiblemente en maratones y transformando esa “experiencia” en un simple consumo audiovisual más. Ignorantes todos de que es la espera la que revaloriza un capítulo, el debate lo que lo enriquece y las claves que se descifran poco a poco las que sustentan el misterio.


Pero, como todas las series que no se basan estrictamente en el drama y los personajes –como Los Soprano o The Wire– sino que tienen en su núcleo una serie de enigmas que se han ido complicando temporada tras temporada, el capítulo final, el cierre, puede hacer que toda esa experiencia que comentábamos se refuerce o torne en estafa, y acabemos por recordar lo tontos que fuimos por dedicarle –en parte, evidentemente– seis años de nuestras vidas. La cara de tonto que se nos quedó a muchos con Galactica, al menos a mí, me trae muy malos recuerdos. Así pues, ¿cómo es el final de Perdidos? Más allá del destino de los personajes, ¿responde a las grandes preguntas? Pues he de decir que no: la final de Perdidos se centra única y exclusivamente –excepto en una secuencia primordial– en los personajes. Así debía ser. Pero entonces, ¿qué demonios es la isla? ¿qué es el monstruo? ¿qué significan los números? ¿quiénes son Jacob y su Némesis? ¿de dónde salen esos viajes en el tiempo? ¿por qué seguían cayendo comida y provisiones de vez en cuando? ¿qué importancia tiene Dharma en el asunto?

Pues lo cierto es que todo eso, queridos lectores, ya estaba respondido. Claves ocultas lo habían desgranado; claves que hace falta tener claras y documentarlas, que los creadores han explicitado a base de detalles y que no lo ponen fácil al espectador. No va a producirse ningún tipo de Deus ex machina definitivo que lo valide todo (sueños, realidades virtuales, extraterrestres) y tampoco va a encontrarse una catártica cinta perdida con Pierre Chang en plan documental. La serie no es complaciente ni sencilla. Lo único que queda preguntarse ahora es ¿tiene sentido la explicación que pueda darle un espectador? ¿es arbitraria o hay elementos que permitan colegirla? Aquí ya voy, directamente, a proponeros mis propias explicaciones e interpretaciones.

¿Qué es la isla?

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Si en algo ha redundado la serie a lo largo de sus seis temporadas ha sido en la dualidad ciencia/fe. Una dualidad que puede no ser tal desde el punto de vista de que las explicaciones se han diseñado para que puedan ser factibles desde la óptica de la ciencia (ficción), desde la mayor parte de las religiones y, también, desde la mitología (religiones del pasado, al fin y al cabo). En lugar de apostar por una sola de estas vertientes, todo misterio en Perdidos puede abordarse –con un mínimo de suspensión de incredulidad– y resolverse desde cualquier óptica. Así, el gran enigma –qué es la isla– podría responderse diciendo que es un centro neurálgico del planeta, una fuente de energía geotérmica y geomagnética en el que agua y magma –los vemos en el capítulo final– generan una radiación con efectos controlables sobre el ser humano y sobre el continuo espacio-tiempo. Y son controlables tanto por mecanismos antiguos –una simple rueda que regula el aflujo de agua a esa cueva– como por estaciones científicas en pleno siglo XX. Todos ellos dispositivos empleados por el hombre para controlar una energía que se expande sobre el planeta en puntos neurálgicos a través de corrientes telúricas que se relacionan entre sí. Una de ellas estaría ubicada en “El Farol”, la estación que la iniciativa Dharma usó para encontrar la isla mediante un dispositivo parecido a un péndulo de Foucault (guiño a Umberto Eco incluido). Otra, en un punto indeterminado del Ártico en el que científicos portugueses detectan una anomalía electromagnética –eco de la explosión de la estación Cisne– al final de la temporada 2.

Pero, desde diversos sistemas creenciales, la isla sería el contenedor del axis mundi, el centro del mundo. Dada la longevidad de la isla, además, y su capacidad para cambiar de situación en el espacio-tiempo, este axis mundi habría dado lugar a todos los sistemas religiosos desde que el mundo es mundo –en base a las teorías difusionistas– y/o habría sido identificado como tal –siguiendo las reglas del mestizaje cultural; tanto monta, monta tanto– por las diversas comunidades que a lo largo de la historia llegaron a la isla. Y es que, si La iniciativa Dharma dejó a su paso pruebas físicas y experimentales en la isla y en el mundo (ese fósil de oso polar con el emblema de la iniciativa que Charlotte encuentra en la temporada 4), la comunidad egipcia tomó el centro de la isla por el Nun y la grecorromana por el Omphalos (la piedra que vemos regulando la fuente de la luz es tremendamente indicativa a este respecto). Una comunidad juedocristiana, seguramente, lo hubiera llamado El árbol de la vida. Y respecto a la isla, unos la llamarían Duat, otros El Paraíso y otros Mu. Aunque que quede claro: la isla no es ni una cosa ni la otra; es todas a la vez, y lo único que nos quedan son las distintas explicaciones –limitadas, incorrectas por aproximadas, parciales– que el ser humano ha generado ante una realidad que se escapa a su raciocinio.


El centro de la isla es por tanto un lugar primordial, retratado en todas la culturas y religiones –y susceptible de ser descrito científicamente, pues si Dios existiera su mediación no se saltaría las propias reglas que le ha impuesto a la creación–, donde la vida nace, muere y renace. ¿Por qué la isla puede trasladarse en el tiempo y el espacio? ¿Por qué se aparecen “fantasmas”? Porque la isla no pertenece a este mundo ni al otro, está anclada a todos los niveles de la realidad y, sin embargo, tiene propiedades de todos ellos. Una noción que tiene sentido tanto para los hombres de ciencia (el tiempo como artefacto perceptivo y nada más; el alma como radiación) como para los hombres de fe (no hay antes, después o durante en la otra vida; el alma como parte de esa luz que a esa luz vuelve). Y el dualismo de los personajes principales no es más que un desequilibrio de esa misma luz que todos contenemos y que, de la misma forma que la de la isla, se puede apagar. Cuando Sayid muere, su “luz” se empieza a apagar, y mediante la inmersión en las aguas puede restaurarse aunque quede, como finalmente acaba ocurriendo, parcialmente desequilibrada. Distinta a como era antes. Y aquí entran las explicaciones de Dogen, limitadas por su condición humana: Dogen tal vez se estuviera refiriendo a ying y yang, el Sr. Eko lo tomó por pecados capitales y virtudes teologales, un hindú o un budista hablaría del Dharma y un egipcio haría referencia a los elementos del ser humano según su mitología (importantísimo repasarlo para comprender las claves de la serie).

¿Me lo invento? No. Claves y pistas para colegir esta mecánica difusionista hay cientos a lo largo de la serie: desde el Senet que la madrastra proporciona a Jacob y a su hermano en el Across the sea hasta la estatua de Taweret que vimos en la finale de la quinta temporada, pasando por la presencia de luz y aguas como elemento primordial, la presencia de la balanza en la cueva de Jacob (ver El juicio de Osiris), los múltiples jeroglíficos y las palabras de Dogen a Sayid poco después de torturarlo. A eso se suma que el faro de Jacob tiene evidentes parecidos con el ojo de Horus (y con el faro de Alejandría) y que el monstruo tiene el aspecto clásico de Apofis (de hecho así aparece en uno de los jeroglíficos que vemos en la serie). Además, tenemos la rueda que controla las fuerzas de la isla, el aspecto de la piedra que vemos en el corazón de la misma o la naturaleza de ese lugar que todos tomamos por una “realidad paralela”. Y aunque habrá quien diga que las similitudes entre los flashsideways y un Purgatorio like son demasiado evidentes hay que hacer constar que la isla es un lugar físico y que los personajes NO están muertos durante la serie; Jack muere al final y entonces –o mientras tanto– suceden los acontecimientos que vemos en los flashsideways. Por otra parte, y siguiendo con esa conciliación ciencia-fe, en los comentarios se ha apuntado que tal vez los flashsideways, provocados por la explosión de Jughead, no sean un limbo/purgatorio sino un fenómeno que se acoja a una de las interpretaciones de la paradoja del gato de Schrödinger; a saber: que ambas posibilidades sean reales hasta que una se decide. Hombre de ciencia, hombre de fe; ambos de la mano.


¿Qué significan los números?

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Según lo que vemos en el faro de Jacob, lo que nos cuenta Dogen, la interrelación con la mitología egipcia y el juicio de Osiris al que ya hicimos referencia en el punto anterior, y la relación de cada número con un personaje concreto de la serie, los números suponen “el peso de las almas” de los protagonistas; un “balance vital” que supone el principal criterio de Jacob para “invitar” gente a la isla y elegir a su sucesor, y que se manifiesta en la vida de los implicados con la isla a modo de meme, como si fuera un eco telúrico más. Aunque repito: uso esta explicación mitológica no porque sea cierta, sino porque es la que más se adecúa –de todos los sistemas creenciales que la explican– a los hechos que vemos.


Por contra, en The Lost Experience se nos informaba de que los números son los factores de una ecuación llamada “de Valenzetti” que predice el fin del mundo en base a una serie de magnitudes. La iniciativa Dharma habría tenido, de hecho, la utilidad de alterar esos factores para postergar el fin del mundo con sus experimentos en la isla. Ahora bien, la presencia de los números en esa ecuación no es más definitoria que su presencia en la lotería, la estación Cisne, la vacuna y, en general, en cualquier aspecto de la realidad. Y he ahí la clave: los números pueden aparecer en cualquier parte. Como la sucesión de Fibonacci o el número aúreo pero con una asociación más potente. ¿Qué son pues? Para el hombre de ciencia, es fácil deducirlo: una sucesión atada fuertemente a la constitución del espacio tiempo; una sucesión sin ninguna función generadora aparente; la base sobre la que se estructura ese universo que Leibniz definió como diseñado por un matemático. Los números son, sencillamente, la expresión matemática del centro de la isla y de esa luz que, para el hombre de fe, está en todos nosotros.


¿Quiénes son Jacob y el Monstruo?

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Justamente lo que parecen ser: un hombre y su hermano que llegaron por accidente a la isla para ser criados por el guardián –guardiana en este caso– de la misma, al tiempo que preparados para ser su sucesor. Dos hombres que no fueron corrompidos por la sociedad y que fueron apartados rápidamente de ella (lo que explica la manía de Los Otros, por cierto, de raptar paternalistamente a los niños). No obstante, esto describe quiénes eran, porque quiénes son es otra cosa muy distinta. Tras la ceremonia de iniciación se supone que Jacob alcanza la categoría de “guardián” de la isla; un ser capaz de protegerla y con una omnipotencia plena sobre la misma (y parcial en el exterior). Una suerte de demiurgo en comunión con el centro isleño. Pruebas de esta omnipotencia, que nunca es explícita pero se intuye, son la capacidad de la madrastra de Jacob de destruir todo un poblado o la de constituir “reglas” para que sus hijastros no puedan quitarse la vida (instituyendo la dualidad de la isla), así como la capacidad de Jacob de otorgar la inmortalidad dentro de los límites de su dominio y de nombrar a su sucesor, ceremonia que consiste en beber agua y en ser confirmado como tal –”ahora eres como yo”– por tu antecesor. De hecho, las palabras en latín que pronuncian tanto Madre como Jacob son “Nam non accipimus hoc quasi vulgarem potionem, sed ut ille sit quasi unus mecum” que significa “No nos tomamos esto como una bebida corriente, sino como si él fuera uno conmigo”. Una comunión en toda regla.


Respecto a su hermano… en este último capítulo vemos cómo el omphalos de la isla está protegido por un severo mecanismo electromagnético. Pero, al mismo tiempo, vemos cómo la madre de los dos muchachos había sancionado que uno matara al otro. Por tanto cuando Jacob tira a su hermano a la corriente y éste llega hasta el campo electromagnético no puede morir, lo que redunda en la aparición del Monstruo; un ser desprovisto de la luz original y, aún así, vivo. Lo que los egipcios llamaron Sheut. Una aberración fruto de la paradoja de oponer dos reglas de igual rango. Sólo una vez muerto Jacob, sólo una vez roto el dualismo, esa entidad puede volver a adoptar una forma estable y escapar a “la reglas”. ¿Y los mecanismos para llamar al monstruo y otros vestigios de adoración? Pues huellas de la interrelación del hermano de Jacob –muy dado a interactuar con los visitantes de la isla– con las muchas sociedades que albergó el lugar a lo largo del tiempo. Sociedades que, en el caso concreto de la egipcia, lo tomaron por Apofis o por algún otro elemento implicado en el juicio de las almas (Ben, de hecho, también… en la temporada 5 va a ver al monstruo “para ser juzgado”). ¿Por qué este juicio? Pues bien, recordemos que el Monstruo sólo puede matar a los no candidatos. Y eso incluye a personas no específicamente destinadas a llegar a la isla –como el piloto del primer capítulo, que sustituyó a Lapidus en el último momento y tras cuya muerte el Monstruo permanece expectante– y a personas que se “desbalanceen” –caso del Sr. Eko, que no se arrepiente de sus actos–.


¿Quiénes son Los Otros y la iniciativa Dharma?

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Desde que Jacob se encontrara por primera vez con Richard en el capítulo Ab aeterno y decidiera adoptar un papel más activo para con los visitantes de la isla, ha tenido siglo y medio para componer una sociedad bajo su protección en el lugar y también para establecer todo un entramado exterior para comunicarla y proveerla de tecnología y medios. Parte de este entramado, seguramente, se alinearía con Widmore tras su expulsión del lugar y correspondería a los jerarcas que Ben y Sayid liquidaron expeditivamente durante la cuarta temporada. ¿Cuáles son esas reglas que les afectan? Probablemente una variante de las mismas que Jacob impone al monstruo: no poder abandonar la isla permanentemente, no usar el poder de la luz, no poder matar a otro candidato (de ahí la frase de Ben a Widmore al final de la cuarta temporada), que los candidatos no tengan hijos…

Respecto a los misteriosos problemas de fertilidad… tenemos otra vez un dualismo ciencia/fe que no es tal. Por una parte a la isla sólo llegan aquellos a los que se le permite encontrarla, y eso descarta a los recién nacidos. Además, la condición de ser madre invalida para Jacob la condición de candidato. Pero, por la otra, Juliet, que consigue sacar adelante la gestación de Claire, advierte que el problema de las embarazadas se da por una reacción inmunológica de la madre contra el niño, atenuada si éste ha sido concebido fuera de la isla. Una suerte de enfermedad hemolítica del recién nacido a lo bestia. Compatible, desde luego, con una isla cuyas “radiaciones” generan una gran capacidad de curación y resistencia a enfermedades (posiblemente potenciando el sistema inmunológico). El suero de Juliet consistiría así en inmunosupresores o en medicación contra la radiación.


Por su parte, la iniciativa Dharma es justo lo que parece: un grupo de científicos, de entre los muchos colectivos que la isla ha ido acogiendo con el tiempo, que llegaron al lugar para estudiarlo. Este interés puede ser casual o, por contra, puede venir determinado por la obsesión del fundador de la iniciativa, Alvar Hanso, por encontrar el barco perdido que su antecesor fletó en el siglo XIX, el mismo en el que viajaba Richard y que era propiedad de Magnus Hanso (bisabuelo de Alvar). Tampoco puede descartarse que el propio Hanso formara parte de esa red que estableció Jacob en el mundo exterior, o que Widmore la acabara comprando. Los pilares que trae a su regreso emplean la misma tecnología. ¿La cuarentena y la famosa inyección? Uno de los experimentos de Dharma, en desuso tras su desaparición (se explora en la “Grabación de Sri Lanka”, uno de los vídeos de The Lost Experience). Y por cierto: la estación Cisne es el equivalente a uno de los pozos del hermano de Jacob; de hecho, fijaos en el famoso esquema situado en la compuerta de la estación cisne. ¿Ahora tiene sentido, verdad? Lugares de exploración que buscan el centro de la isla.

Finalmente, en los comentarios, John Locke, apunta una maravillosa explicación para que la isla siguiera recibiendo suministros de la Dharma (si bien una de las mías es que Los Otros han asimilado la estructura de la Iniciativa Dharma tras La Purga): “Gracias a los experimentos de Faraday en la cuarta temporada sabemos que la isla está protegida por una cúpula de energía magnética que hace que el exterior de la misma esté en otro espacio temporal al de la isla. Nos enseñó en La Constante que el ángulo de entrada/salida de la cúpula era vital para que no hubiera desfase temporal. Además vemos cómo un médico llega degollado a la playa ANTES de ser asesinado en el exterior. Dharma sabía de estos desfases temporales y solucionó de forma inteligente el problema de tener que suministrar comida a los de la estación Cisne sin tener que saber dónde estaba la isla. ¿Por qué entregar los paquetes cada 6 meses cuando es mejor entregarlos todos en un corto periodo de tiempo? Luego calcularon el ángulo en qué había que introducirlos para que éstos llegaran cada uno en el tiempo estimado. Por eso la comida sigue siendo de los años 70 (esas barritas Apolo)”. Brillante, cojonuda, elegante… no tengo adjetivos.


¿Por qué son importantes Walt y los niños?

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Los niños, por su poca corrupción moral, son los individuos idóneos para ser tutelados por Jacob y Los Otros de cara a la sucesión como guardián de la isla. El propio Ben le comenta a Juliet en uno de los mobisodes de la serie que él no tiene interés en Walt, sino que es el propio Jacob quien tenía interés en el muchacho. Por otra parte, también comprendemos esto cuando vemos la actitud de Madre en el episodio Across the sea: se queda con los niños para tutelarlos desde pequeños sin que la sociedad los corrompa. Empero, la reacción de la madre cuando ve al hermano de Jacob es muy diferente a la que tiene cuando ve a Jacob. Como más tarde confirmará, el primero es “especial”. Muestras de esta condición especial son que pudiera ver a su verdadera madre y su comprensión innata de los mecanismos que rigen la isla. Y en base a esa misma condición, él era la primera elección para convertirse en guardián de la isla. Jacob, por tanto, sólo está siguiendo los criterios de selección de su antecesor en el cargo.


Ahora bien, ¿qué significa ser especial? El hombre de fe diría que las personas especiales son aquéllas que están en comunión con la luz de la isla; aquéllas en las que esa luz es más potente y se expresa mejor. El hombre de ciencia diría que son las personas que tienen una asociación mayor con respecto a los números; esos que, en el apartado correspondiente, hemos definido como base del diseño de la realidad (de la misma forma que el número áureo). No en vano, Hurley está muy asociado a esos mismos números y es capaz de ver a los fallecidos de la misma forma que otros personajes importantes a lo largo de la serie. Y, entre otras cosas, le trajeron mala suerte porque los usó con un fin egoísta: ganar la lotería. Usó su don, su la luz, su comprensión innata de las cosas, para el beneficio personal.


Algunos apuntes sobre el capítulo final

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Cuando Jack sale de la cueva y se dispone a morir, colgada de un árbol, hay una misteriosa zapatilla; y justo antes de morir Jack ve pasar un avión. Todo parecía indicar un guiño ambiguo en esos elementos, pero más bien al contrario: esa misma zapatilla sale en el piloto de la serie, sólo que nueva y no ajada. ¿Para qué está ahí, entonces? Pues para eliminar dudas interpretativas: lo que pasó, pasó, y el avión que ve Jack antes morir es el de Ajira, en el que se marchan los supervivientes, y no el original de Oceanic.

Paralelamente se especula mucho en los foros con que Jack podría ser el próximo monstruo de la isla. Nada más lejos de la realidad. Cuando despierta en la escena final se encuentra en la misma posición y más o menos el mismo sitio en el que Jacob encontró el cadáver de su hermano; sólo que, a diferencia de él, despierta. Probablemente, la intención cuenta y al guardián se le permite el paso. Eso, o que la barrera electromagnética no funciona de la misma forma cuando se va a encender la corriente telúrica que cuando se va a apagarla.

Por último, destacar la poesía del metalenguaje inherente al capítulo por completo (los personajes recuerdan y, nosotros, recordamos con ellos esos mismos momentos) y, sobre todo, al doble final: Jack se disponer a vivir junto a sus compañeros de la isla lo que sea que esté por venir tras su muerte al tiempo que no muere solo, a pesar de las apariencias y como vaticinaron sus propias palabras: en sus últimos minutos, lo acompaña el pobre de Vincent. Sencillamente sublime. Completamente emocionante.


Algunos apuntes tras ver el epílogo The new man in charge

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Más allá de indentificar al espectador medio de Perdidos con los dos empleados de Dharma que dicen “merecer respuestas”, el epílogo de esta serie resuelve en apenas doce minutos no pocas claves argumentales, la mayor parte de las cuales coinciden con nuestra interpretación inicial: los animales extraños eran experimentos genéticos de la Iniciativa Dharma, los osos polares –y el subterráneo helado de la Orquídea– estaba allí para experimentación, el collar fosilizado que encuentra Charlotte al principio de la cuarta temporada pertenecía a un oso trasladado en el tiempo como parte de un experimento científico, los problemas de fertilidad se derivan de la radiación electromagnética de la isla, los Otros habían asimilado la estructura de la Dharma tras su desaparición, los envíos se seguían realizando gracias a la ubicación de la isla que permitía La Farola en Los Ángeles (la teoría de nuestro lector, aunque bella, se viene así abajo y cobra fuerza la nuestra), el lavado de cerebro estaba diseñado para provocar amnesia tras interrogar a los hostiles y se desvela el destino final de Walt (al tiempo que se confirma que los niños “especiales” son candidatos especialmente valiosos, como podía deducirse del interés de Madre por el hermano de Jacob, de Jacob por Walt, y de las capacidades de Hurley).

Así pues, tras todas estas claves resueltas lo único que queda en el aire es aquello a lo que los guionistas nunca quisieron dar una respuesta concreta: la naturaleza de la isla y de los números; naturaleza que, sin embargo, desentrañamos aquí tras la emisión del capítulo final gracias a las claves y referentes que la serie había aportado hasta el momento.


Aquí se quedan estos pequeños apuntes… estoy seguro que con el tiempo vendrán otros mejores, en otras páginas e incluso en libros. Y también estoy seguro de que este final va a dar mucho que hablar en la próximas semanas. Sin embargo, ahora es tiempo no de analizar en exceso, sino de moverse visceralmente. ¿Qué os ha parecido a vosotros la conclusión de Perdidos?