La historia hasta aquí
«I drank the potion– even though it was untried– it was untested– because I wanted it to change me but– not like this! NOT LIKE THIS! «
Cuando la colección decana de la escudería arácnida alcanzó un número tan redondo como el correspondiente a una centena, el asombroso Spider-Man llevaba casi diez años viviendo aventuras y desventuras, convertido en el buque insignia de la casa de las ideas. Puede que los Cuatro Fantásticos inauguraran la edad de plata, pero el trepamuros azulgrana simboliza en muchos aspectos una serie de rupturas dentro del género de los pijamas que acabarían por convertirle en santo y seña de una estrategia creativa en la que la identidad civil del héroe, en este caso el atribulado Peter Parker, resultaba tan interesante como su alter ego enmascarado, todo ello metido dentro de una premisa de cercanía y ciertas dosis de realismo. Resultaba sencillo identificarse con un personaje cuyas tribulaciones eran muy similares a las de quienes se acercaban a saber de sus andanzas.
Cuando Peter Parker hace su aparición en las páginas de Amazing Fantasy viene como un estudiante para nada popular. De familia humilde, ha sido criado por unos parientes que le tratan como al hijo que nunca tuvieron. Su interés por el conocimiento se traduce en un talento para la investigación científica y el desarrollo tecnológico que justificarán su capacidad para fabricar periféricos que le habrán de ayudar en su futura cruzada. La adquisición de sus poderes arácnidos y su deseo de devolver la pelota a quienes le han tratado con desprecio se traduce en una pérdida que le llevará a abrazar la responsabilidad de convertirse en un héroe enmascarado y supeditar toda su existencia a esa misión.
Durante esta primera década la afición asiste a un hecho poco habitual en el sector hasta ese momento, cortesía de la casa de las ideas. Peter Parker crece con sus lectores: termina sus estudios en el instituto y da el paso a la universidad. Su inteligencia y sus conocimientos empiezan a ser reconocidos. A nivel personal deja de tener la condición de para inherente a todos los friquis y en su entorno comienzan a ver más allá de su apariencia. Peter es, ya antes de su mutación artrópoda un chico maduro. La desaparición de sus padres, las necesidades de sus tíos y la propia naturaleza del sistema estadounidense -donde la educación o la sanidad son negocios más que servicios- le impiden vivir su adolescencia como tal. La muerte de Ben Parker es el paso definitivo a la madurez y es por ello que resulte lógico que un quinceañero se haga llamar Spider-Man y no Spider-Boy o Spider-Teen -como se apuntaba en un artículo de opinión publicado años ha en Comics Forum-. Los apuros económicos derivados del homicidio de su tío llevan a Peter a compaginar estudios con un trabajo no muy bien pagado con un patrono mezquino y desconsiderado como es J. J. Jameson. Una historia que no resulta extraña ni entonces ni ahora, con independencia del lugar del mundo en el que se resida. A ello hay que sumar el peso de una misión que se asume casi a nivel de sacerdocio: Peter Parker no puede tener una vida normal porque tiene el deber de pagar una deuda como Spider-Man.
Otro de los aspectos que marca la diferencia entre Spider-Man y otros superhéroes es el hecho de que una parte importante de la opinión pública le considere una amenaza. Hay quien diría que son las redes sociales y la sociedad de la información quienes han traído los bulos, agravándose la situación con la llegada de las aplicaciones generativas de contenidos. Sin embargo, las macanas existen desde que se inventaron los medios de comunicación y está presente la máxima de que la realidad no debe estropear un buen titular. El Daily Bugle se rige por la máxima de ser un medio cuyo responsable busca vender ejemplares a como dé lugar, a pesar de la presencia de periodistas respetuosos con un oficio cada vez más despreciado. «Spider-Man: ¿héroe o amenaza?» es una frase que bien podríamos trasladar a espacios mediáticos actuales, como parte de una falsa equidistancia entre la ciencia y las pseudociencias, entre la opinión razonada y el desbarre cuñado o entre la confusión entre la realidad, el deseo y el interés puro y duro. Spider-Man sufre la maldición del escorpión de jade, en la que una parte de la población neoyorquina prefiere creer los incendiarios editoriales de Jameson antes que el testimonio de lo que muestran sus ojos. En estos primeros tiempos en los que el prestigio de Spidey está en fase de construcción, resulta más fácil confiar en un individuo con nombre, apellidos y cargo en un medio de comunicación -falacia de la autoridad o autos epha- que en un misterioso enmascarado que tiene como emblema un bicho que causa fobia y rechazo, pese a sus efectos benéficos de cepillarse y ventilarse a otros animalejos realmente desagradables. A medio plazo, sin embargo, el lanzarredes se convierte en un reverenciado miembro de la comunidad de justicieros enmascarados, en tanto que Jameson queda circunscrito a su papel de promotor de la prensa amarilla. Como Peter David escribe a través de Miguel O’Hara, el trepamuros del 2099, en el futuro Spider-Man es una reverenciada página en la historia de la humanidad, en tanto que J. J. J. no es ni una nota a pie de página. La reivindicación de la historia es otro clásico en el catálogo de métodos de obtención de justicia tardía, pero de poco sirve a quien no la recibe cuando corresponde, ni en la ficción ni por supuesto en la realidad.
Otro de los rasgos de humanidad de Peter Parker es el hecho de que no es un personaje granítico en sus convicciones. El deseo de llevar una vida normal, de poder cumplir con sus anhelos académicos y de disfrutar de la felicidad de sentirse querido -en los momentos en los que sale este centésimo número, con Gwen Stacy- están siempre presentes en su día a día. Su triple vida -estudiante, fotógrafo, justiciero- le genera múltiples quebraderos de cabeza, hasta el punto de que nunca está plenamente al día en ninguna de sus tres facetas, al tiempo que unas interfieren con las otras. Su trabajo sirve para que Jameson cargue contra su alter ego; como enmascarado no puede salvar siempre a sus seres queridos, como el capitán Stacy; como estudiante ha pasado de ser de expediente brillante a pasar por los pelos. Como colofón, el carácter semi-estanco de sus tres facetas impide que pueda sincerarse del todo con nadie. Más que lógico, resulta inevitable que se plantee colgar el traje y vivir la vida. Es aquí donde llegamos al centésimo número y donde el bueno de Parker toma esa decisión.
No digas que fue un sueño
La historia del tebeo presenta a un Spider-Man que parece haber caído en la rutina, mientras que el deseo de tener una vida normal como Peter Parker junto a su pareja le lleva a tomar la decisión de deshacerse de sus poderes. Para ello, elabora un suero experimental y se lo toma. El primer efecto es un sopor que le lleva al sueño y es aquí donde los autores aprovechan para contarnos la historia del personaje: su origen, la pérdida de su tío Ben, su sentido de la responsabilidad, la ambivalencia de su trabajo para un editor que odia a su otro yo, su accidentada búsqueda del amor y cómo no, sus incontables batallas con sus principales enemigos. Spider-Man se pregunta por qué su vida ha de ser siempre una tragedia, dispuesto a abandonar una identidad que su amada relaciona con la violenta muerte de su progenitor, el policía George Stacy. Sin embargo, es este último quien, espiritualmente, llega para mostrar a Peter que su poder es a la vez bendición y maldición. Esto lleva a Parker a arrepentirse de su precipitada y poco juiciosa decisión de someterse a un tratamiento que no ha sido bien testeado. Sin embargo, el tormentoso sueño no se ve sucedido por un despertar que disipe las pesadillas: el suero experimental le ha regalado el segundo efecto de dos pares más de brazos, dando como resultado una de las imágenes más recordadas de la historia del héroe arácnido. El espectáculo debía continuar.
El colorido reflejo de una época convulsa
Cuando este centésimo número ve la luz, la colección se ha convertido en un referente de los motivos por los que Marvel se había convertido en la editorial a seguir en materia de pijamas. La premisa de presentar tebeos con personajes más cercanos a los lectores no se limita a aquéllos, sino que se extiende también a su mundo. Stan Lee y Steve Ditko fueron los primeros en construir alrededor de Peter Parker un grupo de secundarios cuyas existencias se convirtieron en un atractivo adicional. Además, en las páginas de la serie se reflejan algunos de los episodios vividos en los Estados Unidos durante los movidos y convulsos años sesenta del siglo pasado. La caída de Camelot, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la lucha contra la discriminación por el color de la piel o la progresiva implicación en los conflictos en Indochina no son ajenos a una serie que es probablemente la más cercana al público que la lee. Flash Thompson, el ídolo del instituto, vestirá el uniforme y como tantos jóvenes de aquella generación volverá profundamente cambiado de Vietnam. Esa guerra de diez años se saldará con una derrota que dejará una profunda herida en la sociedad estadounidense durante la década siguiente. De un tiempo a esta parte parece ser lugar común despreciar el papel de Stan Lee en la construcción del universo marveliano que conocemos, reduciéndole a la condición de cuñado de empresa que parasitaba la creatividad de auténticos talentos como Jack Kirby o Steve Ditko. Sin embargo, más allá de la oportunidad que el parentesco le dio para estar en el momento justo y en el lugar adecuado, supo durante ese tiempo remover la marmita de un género que se percibía en el tebeo como el de las películas del oeste en el cine, esto es, como algo cuyos mejores tiempos habían quedado atrás.
Otro de los temas controvertidos que se tocó también durante esta primera centena fue el del consumo de drogas. Bien conocida es la historia de aquella historia que salió sin la bendición ni el sello de la autoridad del código comiquero y abrió camino para poner fin a su omnipresencia. Los tres números que recogen el relato son la antesala de este número cien, que no solamente deja a Peter en una situación aún más complicada que la que ya tenía, sino que marcará un camino que llevará al personaje y a su audiencia a la madurez definitiva: la muerte de Gwen Stacy.
Los coloridos y agitados años sesenta están dejando paso a los convulsos y depresivos años setenta. Pronto llegarán el escándalo del Watergate, la sangrienta derrota en Indochina, la crisis petrolífera y el calentamiento de una guerra fría en la que el adversario soviético afianzaba su influencia allí donde su némesis capitalista se batía en retirada. En menos de tres años, los Estados Unidos pasarían de tocar la luna a caer estrepitosamente en tierra y sufrir una crisis de moral de la que solamente saldrían en la década de los ochenta, pero ese momento daría lugar al éxito de otros personajes y comics que no son sobre los que tocaba hablar hoy. Por lo que aquí respecta, hay que indicar que el género pasó por otra crisis que parecía anunciar una nueva caída. El propio Gil Kane, dibujante de este número, llegó a decir que el tiempo de los superhéroes había pasado y que tocaba la hora de los bárbaros. Sin embargo, Spider-Man seguiría siendo el buque insignia de la editorial, aún en esos momentos de zozobra. Todavía había historias que contar y momentos para la posteridad.










Y por esto es por lo que Spiderman es el mejor superhéroe jamás creado.
Deseando leer los futuros artículos.
Pues ha querido el destino que estos días me esté releyendo toda mi colección de Spiderman y justo hace nada que me acabo de leer este número. Tengo que decir que lo que es el número en sí, a mí me resulta algo decepcionante. Reducirlo todo a una secuencia onírica me parece un poco perezoso. Aunque ya no recordaba que la figura paternal que se le aparece a Peter en sueños no es el tío Ben, sino el capitán Stacy, lo cual me parece significativo.
Eso sí, estos 100 números, más allá de las típicas reticencias provocadas por la distancia temporal y la distinta forma que se tenía de contar historias entonces, me parecen modélicos. Es cierto que hacia el final de la etapa de Stan Lee empieza a ser un poco repetitivo ver a Peter llorando porque va a perder a Gwen, para luego darse cuenta de que es un malentendido y volver a recuperarla, pero por lo general, sigue siendo una de las 3 mejores etapas del personaje, y una de las 3 mejores de la Marvel primigenia (junto a los 4F y Thor, ambas con Kirby).
Y la colección seguirá siendo modélica, hasta casi perfecta los siguientes cincuenta números (y más allá, sin ser “casi perfecta”, aun modélica)
Este 100 es de los últimos que firma Lee en los guiones y yo diría que casi de despedida del personaje, por eso todo el rollo onírico, cual resumen de las angustias del personaje. Ya que los inmediatamente siguientes con el debut de Morbius los guioniza Roy Thomas y ya para el 110 aprox entraba Conway.
Yo he releído recientemente las etapas de Len Wein y Marv Wolfman, sobre todo porque quería leer la de Wolfman (buena etapa encajonada entre las más regulares de Wein y sobre todo O’Neil bastante bajo) así que para el 200 estaré al pie del cañon.