Definida como “ciencia ficción oscuramente realista” por su propio autor, como parte de una trilogía fantástico-futurista que incluyó la menos acertada Lords of the Ultrarealms y, para el que subscribe la mejor, Slash Maraud. Una obra que llevaba 10 años masticándose y que tardo dos más en gestarse desde su proposición.

Hablamos por supuesto de Doug Moench (Chicago, 1948) y de su Electric Warrior (18 números entre mayo de 1986 y octubre de 1987). Ésta fue prácticamente su primera propuesta personal desde que había llegado a DC en 1983, tras pelearse con nuestro querido Jim Shooter en Marvel. Los cantos de Hollywood y Batman lo habían tenido ocupado de la oferta inicial, la cual incluía escribir algo propio dentro de la editorial.
Pero en cuanto pudo, entregó nada menos que 23 páginas de propuesta, algo que Dick Giordano, jefe editorial, adoró. En ésta, el factor más destacable era la constante sorpresa del lector con nuevas vueltas de tuerca. En todo caso, muchos de los momentos clave estaban ya planteados, y de hecho el escritor se vio en ocasiones algo atado por dicha propuesta. Algo que en todo caso lo ayudaría a mantener la consistencia pese a los giros argumentales.
Moench se guardó para sí también las tareas de edición, pero Marv Wolfman le impuso a Barbara Kesel (Randall por entonces) como apoyo en esa labor. Ella era la compañera ideal de un artista capaz, pues discreta pero eficientemente se limitaba a ser la parte práctica mientras que el escritor se quedó con la creativa, más lógica al ser su propia obra.

En cuanto a la otra mitad artística, se trata del escoces Jim Baikie (Islas Orcadas, 1940-2017), famoso cocreador de Skizz junto con Alan Moore. Tras el par de números de Vigilante donde lo había colado el barbas, Baikie llegó personalmente a los USA gracias a una beca y en las oficinas de DC conoció a Moench, con el que congenió al instante. En casa del escritor compartieron ideas y en cuanto se dio la oportunidad, se pusieron a trabajar en Electric Warrior.
Una obra de ciencia ficción pura y dura, con su crítica social en un mundo apocalíptico. Una serie diferente, sorprendente, fresca. También densa, que necesita de la inmersión del lector, fascinante. Un dibujo clásico de entintado perfecto, de diseños trabajados y narrativa cristalina. Un equipo creativo sólido que se mantuvo durante año y medio de andadura para contar su historia.
En el futuro, las ciudades están divididas en dos claros estratos; los zigs, la masa pobre y trabajadora que vive en las ruinas contaminadas del suelo. Y los tecnos, o “barrigones”, que desde lo más alto de los edificios viven una utopía de pies de barro. Para mantener el orden (aparte de unos aspersores de lluvia ácida) tienen a sus Electric Warriors, o “leks”, una fuerza policial autómata.

En las afueras, aún se mantiene un frágil paraíso en el que sólo se permite vivir sin tecnología. En el habitan los “primis”, o primitivos, en harmonía con la naturaleza al estilo del buen salvaje, y los mutantes, seres contrahechos que guerrean por cualquier motivo. Parece ser que los primeros son los únicos que han alcanzado una sociedad libre y equitativa que incluso les mantiene en paz con sus deformes compañeros.
En la ciudad, un lek que responde al simple número de serie 9-03, cobra autoconsciencia por un “fallo” en el sistema. Su ansia de humanidad le lleva al mensaje más sólido de todos los que poseen, discuten y comparten el coral reparto de esta obra; el amor es el verdadero dios supremo. Lo demostrará hacia toda criatura viva en general y a su amante-maestra particular, la zig anciana llamada Kinsolving.
En la zona salvaje, una tecno curiosa, Quintana, se inmiscuye en una tribu de primitivos para su estudio antropológico. Entre ellos, el líder Rektek, su subalterno Simon Soaring, la bella Amber Brightstar y su amante, el indomable Derek Two-Shadow, un antiguo zig que escapó de la ciudad para vivir en su edén particular sin terminar nunca de encajar en ninguno de los dos mundos.

Quintana es la pareja de Marder, el presidente de todos los tecnos, aunque haya un magistrado por cada ciudad, enfrentado a una constante tensión social debida a la superpoblación. Éste es consciente de una horrible amenaza que viene del espacio, avisado por el astrónomo Draxon, y no ve otro remedio que comenzar un proyecto tan horrible como necesario, la creación de ciborgs (mitad humanos, mitad máquinas). Una poderosa fuerza militar obediente, pero capaz de tomar decisiones propias.
Esta corta sinopsis puede hacer una idea general de la trama o parte de los protagonistas. Sin embargo, como mencionábamos, el argumento no hace sino girar y confabular uniendo y deshaciendo historias, y a los personajes brevemente descritos se les suman muchos otros que ramifican la profundidad de esta gran novela gráfica, rica y generosa en detalles para los amantes del género.
La crítica social es obvia, los privilegiados viven en lo más alto, los menos favorecidos en las catacumbas de la ciudad, literalmente. Posteriormente, en la obra se adivinan una escasa clase media que es repudiada por los de arriba, pero obviamente no quiere ni puede vivir con la gran masa empobrecida. También se ven otras injusticias más o menos obvias; una parte de los zigs disfrutan de escasos privilegios por trabajar en producción de materias primas para los tecnos, mientras que éstos sólo bajan al suelo para disfrutar de la prostitución.

También es un mensaje menos sutil que la fuerza de la “ley” sean unos poderosos y obedientes robots sin capacidad de discernir o que, cuando nuestro protagonista Eléctrico necesita combustible, se coma literalmente los símbolos de los opresores en forma de estatuas. Por cierto, que ese “omni-convertidor” de energía que usan los leks es idea de Baikie, el cual aportó muchas otras.
Los zigs son sin duda el escalafón más bajo de la sociedad. El detalle de que estrechen sus cráneos en la infancia para caber por grietas parece ser que también es de Baikie, que admite su gusto por dibujar a este grupo de parias. Lo cual se puede apreciar en los tiernos detalles cada vez que los retrata, incluyendo niños, bebes pertrechados y otras escenas cotidianas normalmente olvidadas en este tipo de productos.
Ahora, es innegable como aprovecha el guionista este rito mutilador iniciático y como añade otros tantos detalles a la cultura de este pueblo violento y anárquico, en constante búsqueda de los bienes más básicos. Por ejemplo, es Moench el que los dotó de su propia jerga, la cual hace más durilla la lectura del cómic en su lengua original en un primer acercamiento.

Pero es que el guion es un no parar, sin bajar el ritmo de giros epatantes. Si algún día os podéis acercar a esta joya ahorraros este párrafo de revelaciones… En el número 7 se carga al aparente protagonista y no será la última muerte impactante. El 9 es un número clave, tanto que se anuncia en portada como el “verdadero” número uno. Cuando todo parecía seguir una ruta se produce un golpe de estado… ¡La famosa amenaza espacial es una gigantesca flota que porta una bandera Ruso-Estadounidense!
Algunos podrían calificar este último giro como una previsión optimista, pero el autor aclara rotundamente “¿Un mundo dominado por la URSS y América? ¡Eso sería terrible!” Moench siempre ha tirado para la izquierda, pero no tiene pelos en la lengua para decir que el comunismo, mientras haya líderes que tienen de todo y gente al final de la cadena que se quedan con las migajas, no lo es tal.
Toda esta implicación en la escritura no quita mérito al artista de Electric Warrior. Baikie demuestra su escuela inglesa, con ese clasicismo que raramente utiliza perspectivas exageradas o primeros planos. Mientras que nunca fallan la anatomía, los fondos o la regularidad de los rostros. Además de que no para de diseñar tanto elementos más futuristas como los robots o las naves, como más naturalistas en ese paraíso que disfrutan los primitivos. En ciertos aspectos, recuerda mucho al trabajo de nuestro Carlos Giménez.

Tampoco dejaba mucha opción creativa Moench, quien admitió elaborar unos guiones muy detallistas. Sin embargo, a partir del número 4 Baikie comienza a trabajar con un guion mucho más laxo (12 páginas en lugar de 24, bromea el escritor) y puede distribuir paneles a su gusto. Esto se nota con figuras que abarcan la página, rodeadas de viñetas, y personajes que se suelen salir de plano consiguiendo gran efecto, pero a partir del 9 se desata con el uso de collages y otros experimentos más llamativos.
En este trabajazo hay que recordar que hablamos de 28 páginas en lugar de las usuales 22 (era una de las famosas Deluxe Edition por las que apostó DC en el momento), un esfuerzo que Baikie cumple a rajatabla los 18 números. La única vez que el dibujante no pudo, lo substituyó 6 páginas un jovencísimo Denys Cowan, bajo sugestión de Kesel. La historia de complemento se titula “Just another little piece of his heart” en honor a la famosa y desgarradora canción de Janis Joplin.
Para colmo, Baikie se entinta a si mismo al principio. Un entintado magnífico a la vieja usanza, donde cada material recibe un tratamiento distinto y el volumen hace superfluo el color. Luego no puede seguir el ritmo y a partir del 6 deja este trabajo a Pablo Marcos, algo diferente, que se anuncia en portada desde el 9. Dennis Janke, más cercano al dibujante, llega a partir del 10 y ya se quedará hasta el final, salvo un par de ocasiones donde lo substituye Dan Adkins.

Respecto a las cubiertas, las hay mejores y peores, aunque no se puede negar que todas están planteadas con esmero. Moench se atribuye buena parte de dicho diseño, aunque el editor de cubiertas por entonces (DC siempre ha tenido esa curiosa posición) fuera Ed Hannigan y el ejecutor de la mayoría Baikie. En todo caso, fue Hannigan el que diseñó el chulísimo logo.
Hay algunas especialmente llamativas, como la primera (con ese primer plano del Electric Warrior que mezcla ese tono eléctrico del robot con las “plumas” guerreras en referencia a la cultura nativo-americana) o la novena, ambas con ese acabado pictórico tan resultón. Otras de fuerte mensaje, como la onceava con ese homenaje a Escher o la última, exageradamente simbólica. Y algunas simplemente pintonas a más no poder como la 6 o la 12.
En las portadas sí que se cuelan otros artistas; como en el 7, Karl Kesel (¿quién lo enchufaría, eh?), Ernie Colon en el 8, Ken Steacy en el 10, Mitch O’Connell en el 13 y Pat Broderick en el 15. El color de los interiores no es especialmente remarcable. Al principio lo toma un profesional como Tom Ziuko, substituido en ocasiones por Bob LeRose o Nansi Hoolahan, que se queda definitivamente a partir del 9.

Volviendo a la obra en sí, hay dos influencias inevitables. El título, Electric Warrior, es exactamente el mismo que el de un icónico álbum de la banda T.Rex, que de hecho Moench conocía, aunque atribuye a una memoria automática. Y lo de un protagonista sometido a su conversión en robot, alude claramente a Deathlock, precisamente del propio escritor junto con Rich Buckler. Sin embargo, de nuevo, el autor niega la interacción, más que como tema recurrente. Aunque vaya, para imitación la de Robocop, mucho posterior.
Porque si sobre algo gira la obra es efectivamente esa constante batalla entre el hombre y la máquina, más actual que nunca en los tiempos de la IA. Aunque la inteligencia artificial no fue uno de los vaticinios acertados de Moench, firme defensor (aunque fuera por ignorancia) de que la creatividad y el libre albedrío son posesiones únicas de la humanidad.
El debate que nos propone la historia es más relacionado con la dependencia de la tecnología. Los primitivos parecen ser los más felices de todo este conjunto de opciones, pero cuando las cosas se tuercen no son capaces de adaptarse. Mientras que los tecnos siguen dependiendo de una masa obrera por muchas comodidades que disfruten. Sin embargo, sin ellos no habría solución final para la amenaza que viene de las estrellas.

¿Dónde está el punto medio? ¿A partir de qué momento se considera una herramienta útil o superflua? La contradicción es llevada a su culmen en ese hombre-máquina en constante sufrimiento por la pérdida de su cuerpo humano. Un ente bicéfalo al que precisamente es una máquina quien le tiene que recordar; lo que nos hace lo que somos es nuestra capacidad de amar.
Lo mejor es que estas diatribas no son expuestas de manera pretenciosa, si no que la historia nos lleva a ellas casi sin darnos cuenta. Como cuando Quintana, personaje sufridor donde los haya, se masturba (¿puede haber algo más humano y físico?) mirando la falsa realidad de un “holo-vídeo”. O, por supuesto, el momento en que Amber se ofrece a convertirse en ciborg por amor, provocando a Marder una culpa que no puede soportar.
Marder posee uno de esos nombres de resonancias marcadas; el culpable de la condena y salvación de este mundo es una mezcla de “martyr” y “murder”. Pero no es el único: el quizá mayor protagonista, Derek (como el hijo de Moench, todo sea dicho), tiene un apellido que marca su camino en el cómic; Two-Shadows. Kinsolving es la que resuelve el misterio del antecesor de estos grupos sociales. Simon Soaring, irónicamente, va cayendo sin remedio a lo largo de la historia…

Y eso que los nombres de los personajes dieron más de una vuelta por culpa del inmenso baúl editorial de DC. Derek iba a llamarse Redhand, pero ya había sido llamado así Arak, Son of Thunder. Simon era Strongbow, pero Len Wein, siempre atento, avisó que ya había un personaje con ese nombre. Bueno, también hubo cambios por razones más lógicas, pues “pigs” en vez de “zigs” era algo ofensivo.
Aunque la obra queda redonda, en realidad Electric Warrior estaba prevista como serie regular. En una breve explicación del propio Moench en el último número, las ventas estaban bajando y prefirió dejarla en un momento oportuno, aunque había ideas para continuar si fuera necesario. En una entrevista posterior lo “arregló” diciendo que, en realidad, Paul Levitz le ofreció seguir, pero sin los royalties de los que había disfrutado hasta entonces… y prefirió darle carpetazo.
La serie contó con abundante información extra (de la que proviene la mayor parte de la usada en esta reseña, junto con un artículo de Tom Powers en Back Issue #98) y bocetos durante los tres primeros números. Además de una profusa y muy debatida sección de correo durante el resto de la serie titulada “Sparks.”

Si esta obra, pese a su indudable calidad, está en nuestra sección de Inéditos DC en España, tampoco es casualidad. En la propia editorial madre nunca se ha vuelto a reeditar. Puede deberse a que la propiedad de la obra es de los dos autores, aunque, como es típico, Warner tiene el derecho preferente o de tanteo (de hacer la primera versión, vaya) en caso de que hubiera posible adaptación.
Mientras soñamos con una impresionante serie o película de ciencia ficción, irónicamente realizada con inmensa ayuda de inteligencias artificiales, tendremos que conformarnos con releernos las viejas grapas originales. O con más probabilidad, en una plataforma digital, que convierta el formato físico en chips, que nos haga perder otro pedazo de humanidad en pos de una falsa utopía digital.









Qué cabrón, otra necesidad creada de la nada (ni sabía que existía) y, leído el artículo, me tiraría a por ella de cabeza.
Grande, Enrique.
Gracias Manin! la verdad es que aquí no se trata de una de mis flipadas, es ciencia ficción de la buena.
Totalmente desconocida para mí y muy buena pinta. Gracias!
Pa eso estamos
Vaya PINTAZA