UNA VERDAD INCÓMODA
Hijo, nunca entenderemos lo que hiciste pero sí entendemos lo que estás haciendo.
De manera milagrosa, la gran celebración de la cristiandad coincidió, en España, con la fiesta del cine. Así, mientras millones de personas acudían al encuentro con el Papa León XIV, un buen número (esperemos) de espectadores llenaban las salas en esta edición primaveral. Mientras la máxima autoridad de El Vaticano se daba baños de masas en territorio nacional, una chinita en el zapato para la iglesia se proyectaba en no pocas pantallas. La luz, de Fernando Franco, pone el foco en una verdad incómoda que ya no sorprende a nadie: los continuos abusos sexuales cometidos por sacerdotes contra menores de edad. Un escándalo universal que, como nos mostraron en Spotlight (Tom McCarthy, 2015), la Iglesia Católica no solo se ha encargado de ocultar, sino que ha cambiado de archidiócesis a estas manzanas podridas expandiendo su mal. Si bien como dice uno de los personajes principales de La luz, «la ropa sucia se lava en casa», no parece haber detergente suficiente en el mundo capaz de limpiar la mancha infinita que múltiples depravados han generado.
Excelso montador como demuestran las siete nominaciones al Goya en dicha categoría (Que Dios nos perdone, Robot Dreams), Fernando Franco dio el salto a la dirección con La herida. Estrenada en 2013, este drama protagonizado por Marian Álvarez cosechó varios premios importantes como el Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián o los consiguientes «cabezones» para Franco y Álvarez. Más allá de dirigir videoclips de Vetusta Morla, Fernando Franco volvió a ponerse detrás de las cámaras en títulos como Morir, La consagración de la primavera y Subsuelo. El cine de Franco se caracteriza por una profunda carga dramática tocando a menudo temas como la culpa o la pornografía. En La luz, Fernando Franco coge el toro por los cuernos en una sobria producción que, alejándose de maniqueísmos, trata de alumbrar una realidad oscura. Franco no se limita a señalar con el dedo a un depredador sexual, sino que lo humaniza dejando al descubierto sus miserias y sus virtudes. De ahí que La luz sea una película valiente y comprometida. En vez de ir por el camino fácil, Franco nos propone una travesía la mar de incómoda acompañando a un protagonista con muchas aristas.
En esas aparece la inmensa figura de Alberto San Juan. El actor madrileño se encuentra en un momento de carrera dulcísimo, demostrando en cada trabajo que su gran estado de forma mejora con los años. Tres décadas después de Airbag, aquel joven de aspecto canalla se ha convertido en Cristóbal Balenziaga, ha organizado un banquete para Franco (Francisco, nada que ver con Fernando) en la estupenda La cena y para este 2026 se ha metido en la piel de un personaje nada agradecido como es Manuel Monsalve. A pesar de ello, San Juan acentúa las distintas dimensiones de un párroco que, como Al Pacino en aquella cinta dirigida por Brian de Palma, se encuentra atrapado por su pasado. Los constantes remordimientos, la represión propia del clero, el dolor en la mirada… Alberto San Juán realiza una de las interpretaciones del año. Amén.
El curso pasado, Alauda Ruiz de Azúa llevó a buen puerto Los domingos, excepcional cinta que giraba alrededor de la fe y la manipulación. De alguna manera, La luz es heredera espiritual de aquella si bien la problemática aquí es otra bien distinta. La luz se hermana con El reverendo, de Paul Schrader, en cuanto a turbiedad. Un mal rollo implícito que se encarga de potenciar la gran Maite Arroitajauregi con una partitura más propia del terror. Una decisión harto acertada habida cuenta que los monstruos de La luz resultan ser muy reales. La fotografía de Santiago Racaj (Puntos suspensivos) acompaña en todo momento generando una luz, valga la redundancia, tremendamente atmosférica.

Si Alberto San Juan carga con la cruz de su personaje, el resto del reparto funciona a las mil maravillas. Veteranos como Miguel Rellán, Ramón Barea o Pedro Casablanc (Querer) comparten hábitos y algún que otro secreto. Otro gran actor como es Luis Callejo se reserva un pequeño papel como periodista que investiga abusos sexuales dentro de la Iglesia. En un plantel marcadamente masculino, la nonagenaria María Galiana es la excepción interpretando a la madre de Manuel. Es un placer siempre disfrutar de su presencia en pantalla.
Tratando de hacer bien las cosas, Manuel ha decidido colgar los hábitos y empezar una nueva vida. Sin embargo, unas revelaciones del pasado pondrán patas arriba sus planes de futuro. A diferencia de cintas como La duda (John Patrick Shanley, 2008) o La caza (Thomas Vinterberg, 2012), la incertidumbre de si Manuel es o no culpable se disipa rápidamente. Todo acto tiene su consecuencia. En La luz se nos muestra el particular viaje en busca de una redención imposible. Como se encarga de subrayar el abogado a quien interpreta Iñigo de la Iglesia “le recuerdo que no es pecado, es delito”. Do the right thing. Como en aquella película dirigida por Spike Lee, Monsalve hace lo que considera necesario para purgar sus pecados y estar en paz. Al igual que el infausto Carlos Vermut hiciera en Mantícora, Fernando Franco propone una reflexión sincera al espectador que se atreva con su visionado. La luz, como la pederastia, es molesta, fastidiosa y violenta. La luz no se apaga al terminar su proyección, sino que el debate que provoca, más allá de lo divino, permite analizar la naturaleza humana.
LO MEJOR
+ La valiente propuesta de Fernando Franco humanizando a un depredador sexual tremendamente poliédrico.
+ La confirmación de que Alberto San Juan es uno de los mejores intérpretes del panorama nacional actual.
+ Lo bien escrita (nuevamente grande Fernando Franco) que está la película y la tenebrosa atmósfera merced a la banda sonora compuesta por Maite Arroitajauregi y la fotografía de Santiago Racaj.
LO PEOR
– Que el mensaje pueda ser malinterpretado.
– Que la incomodidad generada pueda ahuyentar de las salas de cine a un determinado tipo de público.
– Que víctimas de pederastia en la Iglesia hayan sido excluidas de la reunión reciente con el Papa en España.
Necesaria
Dirección - 9
Guión - 8.5
Reparto - 8.5
Apartado visual - 7.5
Banda sonora - 8
8.3
Iluminada
Fernando Franco realiza una estupenda película que golpea directa al mentón generando una constante incomodidad. Alberto San Juan hace una interpretación de campanillas en un dificil papel. La luz funciona a todos los nivel produciendo un poso que continúa días después de su visionado.








