MW

Recordamos una de las obras más intensas de la etapa oscura de Osamu Tezuka durante el #TezukaZNDay.

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Edición original: Shōgakukan.
Edición nacional/España: Planeta DeAgostini.
Guión: Osamu Tezuka.
Dibujo: Osamu Tezuka.
Entintado: Osamu Tezuka.
Formato: Libro encuadernado en rústica. B/N. 592 páginas. Sentido de lectura invertido respecto al original.
Precio: 19,95€.

 

Mushi Production, la productora de animación encabezada por Osamu Tezuka, fue la responsable de algunas de las series más exitosas del Japón de los años sesenta, tales como Tetsuwan Atom (Astroboy), Jungle Taitei (Kimba el león blanco) y Dororo. El estudio ejerció una influencia extraordinaria, hasta el punto de que fijó los estándares que aún hoy siguen muchas de las series japonesas de anime: capítulos de entre 20 y 25 minutos de duración elaborados con técnicas de “animación limitada” para abaratar los costes y agilizar la producción. No obstante, las series de Mushi Production estaban orientadas mayoritariamente hacia un público infantil. En esa época Tezuka había impulsado una línea de películas de animación para adultos llamada Animerama en la que se encontraban títulos como Senya Ichiya Monogatari (1001 Nights), Kanashimi no Belladonna (Belladonna of Sadness) y Cleopatra. Pese a la indudable calidad de su animación y a su interés en la experimentación formal, todas ellas fueron grandes fracasos en taquilla. Ni siquiera su estreno en Estados Unidos (donde recibieron la calificación X y se consideraron películas pornográficas) ayudó a paliar el golpe. El tremendo descalabro de estos proyectos, unido a la pobre gestión de la productora, contribuyó a que se produjese su cierre a comienzos de la década de los setenta.

Ese no fue el único fracaso de Tezuka en aquellos años, pues otro de sus proyectos más personales también acabó cerrando en 1972. Las bajas ventas de la revista COM, en la que había publicado las primeras entregas de su manga Hi no Tori (Fénix), propiciaron su desaparición. Comenzó así la etapa oscura de Tezuka, paradójicamente una de las más prolíficas de su carrera. En ese momento los lectores demandaban obras de temática más adulta y pensaban que los autores con un estilo de dibujo tan sencillo e infantil como el de Tezuka se habían quedado desfasados. El maestro se volcó en el manga y probó sin lugar a dudas que estaban equivocados. De esos años surgieron obras filosóficas, reflexivas y pesimistas que se adentraban en los recovecos más oscuros del alma humana. Fueron los años de Black Jack, Buda, Ayako, Devorar la Tierra, Oda a Kirihito o la obra que ahora nos ocupa: MW, quizá uno de los puntos álgidos del “Tezuka oscuro”.

MW (pronunciado “Mū”, prolongando la u) se serializó originalmente en la revista Big Comic de Shōgakukan entre 1976 y 1978. Se trataba de una revista seinen que acogió muchas de las obras de Tezuka en aquella época, así como otros grandes clásicos como por ejemplo Galaxy Express 999 de Leiji Matsumoto. MW fue un intento activo por parte de Tezuka de renovar su repertorio y acercarse al gekiga, el manga de corte adulto que le había estado comiendo el terreno en años anteriores. De hecho, la historia parece construida con la intención de romper la mayor cantidad de tabúes posible, empezando por la propia relación homosexual entre los dos personajes protagonistas. También se trata de una obra que tenía muy presente las preocupaciones del Japón de aquellos años, que fueron bastante convulsos: los atentados con bomba por parte de radicales de nueva izquierda, la alarma social que desencadenaron los casos de bombones envenenados con cianuro en varios supermercados, el escándalo de corrupción que salpicó al primer ministro…

“Aquí me propuse describir todos los males que infectan nuestra sociedad: violencia, traición, violación, lujuria, borreguismo, pereza, inacción… Pero, por encima de todo, quise sacar a la palestra a la corrupción, la distorsión política, como el peor de los males de los que somos víctimas” – Prólogo de Osamu Tezuka para la edición original del primer tomo de MW.

La trama de MW gira en torno a dos personajes, Michio Yûki y el padre Garai. Michio trabaja en un importante banco y tiene una brillante carrera por delante, ya que tiene encantados tanto a sus compañeros como a sus superiores. Sin embargo, esconde una terrorífica doble vida. Michio también es un criminal despiadado que en las primeras páginas de este manga secuestra a un niño, extorsiona a su padre y finalmente acaba con la vida de ambos sin ningún tipo de remordimiento. Se trata de un auténtico genio capaz de anticipar los movimientos de la policía para ir siempre varios pasos por delante de las fuerzas de la ley y salir impune de todas sus fechorías. La única persona que podría delatarle es el padre Garai, un sacerdote católico con el que mantiene una apasionada relación homosexual. Puesto que el secreto de confesión protege a Michio, el padre Garai no puede entregarle a la policía. De todas formas, tampoco desea hacerlo, ya que entregar a Michio significaría tener que asumir sus propios pecados. A medida que progresa la historia, el astuto Michio se asegurará de implicar a su amante en sus maldades para así mantenerlo bien atado en sus redes.

Michio y el padre Garai arden juntos entre las llamas de la pasión… ¿o es entre las llamas del infierno?

Ambos personajes están vinculados desde un aciago acontecimiento transcurrido quince años atrás. En ese momento Michio era poco más que un niño y Garai formaba parte de una banda de vándalos juveniles que se escudaba en la filosofía del movimiento hippie para abusar de la gente. Los dos protagonistas coincidieron en la pequeña y remota isla de Okinomafune, una pequeña comunidad pesquera que vivía junto a la base militar de “cierto país extranjero” (nunca se dice abiertamente en el manga, pero es evidente que se trata de Estados Unidos). Un accidente en la base produjo la liberación de un arma química, un gas llamado “MW” que convirtió Okinomafune en un auténtico infierno en cuestión de minutos. Sin entrar en más detalle, para el lector queda claro que las experiencias que Michio vivió en la isla son las responsables de sus tendencias homicidas. Su exposición al MW es uno de los factores clave, ya que el gas alteró su cerebro y le produjo graves secuelas. No obstante, ese no fue el único evento traumático que experimentó en Okinomafune: Garai abusó sexualmente de él dentro de una cueva mientras el gas se extendía por la isla y acababa con todos sus habitantes. Los efectos de algo así son inimaginables.

Una escena terrorífica, pese a su engañosa apariencia.

El incidente de Okinomafune fue ocultado por el gobierno de la nación. El silencio de cualquier posible testigo fue comprado y esos terribles acontecimientos se enterraron por completo. Quince años después, Michio y el padre Garai mantienen un relación que dista mucho de poder considerarse sana. El sacerdote pasa sus horas soñando con las llamas que consumirán su alma, pero al mismo tiempo anhela la presencia del apuesto Michio. Aunque considera que su amante es un diablo cuyo objetivo es tentarle, se deja caer con gusto en la tentación. Por su parte, Michio no oculta en ningún momento sus intenciones al padre Garai, incluso cuando esas intenciones pasan por hacerle daño. En un momento determinado, Michio llega a seducir a una virginal mujer por la que Garai se sentía atraído y que había sido feligresa de su comunidad. La única motivación de Michio para llevar a cabo semejante acto es la de ensuciar, mancillar y corromper el único éxito como sacerdote de su pareja. Ambos parecen odiarse y está claro que su relación es dañina y destructiva… pero a pesar de todo se quieren. Existe un amor auténtico entre ellos. Es más, quizá dicho amor sea lo único auténtico que albergan sus corazones.

Michio es prácticamente un psicópata que miente, viola y mata sin sentir ni un ápice de remordimiento, pero siente amor hacia Garai. Él es la única persona capaz de despertar emociones en su frío y muerto interior, la única por la que llega a sentir empatía durante toda la historia. En cuanto al sacerdote, ya que no es capaz de delatar a su amante se propone en última instancia redimirle: hacer que abandone la senda del mal que la exposición al MW le obligó a tomar. Es la única forma de redimir también sus propios pecados y evitar así que otros sigan sufriendo. ¿Pero acaso es posible redimir a alguien como Michio?

¿Es un hombre o una bestia consagrada a hacer daño?

Inmersos en sus turbulentas emociones, los dos personajes protagonistas forman parte de una trama que Tezuka va desarrollando de forma progresiva, en un bien medido crescendo que estalla en un impresionante tramo final. Poco a poco, el lector va descubriendo que hay un fin último tras los crímenes de Michio. Tezuka incluso prepara el terreno para que el lector se adelante a la revelación y especule con la posibilidad de que Michio esté vengándose de los responsables de lo sucedido en Okinomafune con el infame gas. Entonces el maestro revela la verdad en un giro extraordinario que deja helado al lector. Las intenciones del siniestro joven son aún más ominosas: no busca venganza, sino apoderarse del MW para extenderlo por todo Japón o incluso por el mundo entero. Michio busca llevar a cabo un genocidio.

Para cumplir su cometido, el personaje está dispuesto a todo. Michio se aprovecha de su atractivo para seducir tanto a hombres como a mujeres, a los que luego desecha y mata como si no fuesen más que basura. En algunos momentos aprovecha su aspecto andrógino para hacerse pasar por sus víctimas femeninas y crear así el desconcierto. Incluso llega a contraer matrimonio con el objetivo de acercarse a uno de los ministros del gobierno en la época en que se produjo el accidente con el MW. Michio corrompe y destruye todo lo que toca sin sufrir consecuencia alguna. Se trata de un personaje cruel e inhumano, pero también enigmático. Michio derrocha carisma y encandila al lector con sus terribles obras. De alguna manera, Tezuka se adelantó a la fascinanción que elegantes y educados psicópatas como Hannibal Lecter despertarían en el público unas décadas después.

Un atractivo diablo.

¿Logrará Michio apoderarse del MW o podrá redimirle el padre Garai antes de que sea demasiado tarde? ¿Se desvelará la verdad sobre el incidente de Okinomafune que ocultó el gobierno? ¿Pagarán los responsables de aquel horrible evento? ¿O se cumplirá el deseo de Michio y el MW se extenderá por todo Japón? Mientras se desvelan estas preguntas, queda clara la razón por la que este manga se considera uno de los más destacados del “Tezuka oscuro”. Además de sus muchas y numerosas escenas truculentas, que incluyen violaciones, abuso de menores, torturas y estampas en las que se amontonan los cadáveres, toda la obra exuda un aroma angustioso y nihilista. Hay poco espacio para la esperanza y la decencia en el mundo de MW. Los pocos momentos de luz (la editora que se niega a publicar la noticia que desvela la homosexualidad del padre Garai o el testigo que fue comprado en el pasado y al final decide dedicar su vida a reunir pruebas que demuestren la verdad) son ahogados por una oscuridad tan opresiva que casi parece tangible.

Es posible que el lector actual se pregunte si un manga de los años setenta ha envejecido bien. Después de todo, el mundo ha cambiado mucho desde entonces y el Japón de aquellos años poco tiene que ver con nuestro día a día. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que Tezuka se dejó llevar por las inquietudes del momento en que se publicó MW y que la obra las refleja con acierto, pero siguen siendo tan actuales y válidas hoy como lo fueron entonces.

Uno de los grandes temas de fondo es la compleja trama de corrupción política en la que el gobierno del país permitió a una potencia extranjera que almacenase armas ilegales dentro de su territorio, dejando expuestos a sus propios ciudadanos en caso de producirse un accidente. Una vez se produjo, el acontecimiento fue meticulosamente encubierto hasta el punto de borrarlo casi por completo. La inspiración de Tezuka fue el escándalo que se produjo en 1974, cuando se descubrió que el primer ministro japonés, Kakuei Tanaka, había recibido un soborno de 1,8 millones de dólares de la empresa norteamericana Lockheed a cambio de contratos de aviación. Tanaka, que entonces se conocía con el apodo de “shogun de las tinieblas”, fue el mayor ejemplo de corrupción política en el Japón de la posguerra. Puede que sus actos ya hayan quedado atrás, pero hay algo que nunca cambia: la respuesta de los corruptos cuando se descubren sus intrigas siempre es la misma. Cuando los trapos sucios han sido al fin expuestos, los políticos corruptos se cierran en banda y responden que ellos nunca supieron nada, que los medios de comunicación están distorsionando los hechos y que, en definitiva, se lavan las manos en lo que respecta al sufrimiento que sus actos pudieron provocar en los ciudadanos a los que en teoría estaban sirviendo al desempeñar su cargo. Esto se aplica tanto al famoso “shogun de las tinieblas” como a los personajes de MW, pero también a nuestros políticos de hoy en día. “No sé nada” y “no lo recuerdo” como las coartadas definitivas de nuestros gobernantes, sumadas al paso del tiempo que entierra la verdad y la acaba borrando de la memoria colectiva. ¿Sirve de algo protestar ante semejante situación? ¿Merece la pena derribar a un gobernante corrupto si el que va a ocupar su lugar será igualmente corrupto? ¿Está la corrupción política tan arraiga en los cimientos de nuestra sociedad que nunca lograremos erradicarla del todo? Mientras debatimos estas cuestiones, las auténticas víctimas de la corrupción, con frecuencia los más desfavorecidos, se olvidan; el daño que han recibido, queda irreparado; la justicia, insatisfecha.

Un político corrupto ofrece “explicaciones”.

Pero aún hay algo más temible flotando ominosamente sobre la obra: el espectro de la guerra, la sombra etérea de las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, el fantasma de las armas creadas por humanos para matar a otros humanos. El mal que provoca la corrupción proviene a su vez de un mal aún más insidioso; un mal primario que anida en todos nosotros y nos impulsa a hacer daño a nuestros congéneres. Las armas que creamos no son más que una expresión de ese mal, por lo que el veneno del MW no es más que la destilación de la ponzoña que habita en el alma humana. Ese veneno es consecuencia directa del sufrimiento de la guerra y lo único que puede crear es aún más sufrimiento. El MW es el responsable de crear a Michio, un demonio con forma humana completamente insensible al sufrimiento ajeno. Por tanto, Michio no es un accidente desafortunado o una triste casualidad, sino más bien un castigo divino. Michio es el mal que hay en nuestro interior, refinando hasta adoptar su forma más pura. Michio es un mal monstruoso, pero al mismo tiempo es un mal demasiado familiar, demasiado cercano a nosotros mismos como para que podamos rechazarlo. Nos reconocemos en él… y él nos devuelve la mirada con una sonrisa cómplice. Como decíamos antes, hay una razón por la que MW se considera uno de los principales exponentes del “Tezuka oscuro”: cualquier reflexión que pretenda profundizar en este manga acaba hundiéndose en un pozo de tinieblas.

Un horror abrumador.

Es curioso que una obra que parece ideada para escandalizar a base de romper tabúes acabe ofreciendo un reflejo tan dolorosamente certero del ser humano. MW resulta excelente en todos los sentidos y se ha ganado la consideración de obra maestra dentro del amplio catálogo de obras maestras de Osamu Tezuka. El “Tezuka oscuro” era un genio que supo diseccionar la naturaleza humana como pocos han sabido hacerlo.

  Edición original: Shōgakukan. Edición nacional/España: Planeta DeAgostini. Guión: Osamu Tezuka. Dibujo: Osamu Tezuka. Entintado: Osamu Tezuka. Formato: Libro encuadernado en rústica. B/N. 592 páginas. Sentido de lectura invertido respecto al original. Precio: 19,95€.   Mushi Production, la productora de animación encabezada por Osamu Tezuka, fue la responsable de algunas…
Guión - 10
Dibujo - 10
Interés - 10

10

¿Tiene sentido calificar una obra maestra? ¿Se puede valorar numéricamente si es mejor o peor que el resto de obras maestras que produjo Osamu Tezuka?

Vosotros puntuáis: 9.72 ( 4 votos)

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