La horda de Contraviento avanza, con dolor y sufrimiento
«No, Golgoth. Eso se acabó. Nosotros somos la horda.»
Tras un parón de varios años, por fin llega a las librerías españolas la continuación de La horda de Contraviento, la monumental adaptación al cómic que Éric Henninot está realizando de la novela homónima de Alain Damasio. Cuatro años de espera que no responden a decisiones editoriales —la obra sigue publicándose en España de la mano de Yermo Ediciones—, sino a la enorme complejidad creativa de unos álbumes que exigen un esfuerzo poco habitual incluso dentro del cómic europeo de autor.
Antes de entrar en materia, conviene recapitular. En un mundo azotado por vientos constantes e inhumanos, cada generación forma una horda cuya misión es alcanzar Extremalto, el origen de esas corrientes eternas, y ponerles fin. Una empresa casi suicida que la Horda 34 afronta con una mezcla de determinación, fe y fanatismo. Tras atravesar las llanuras y recibir la ayuda de los freólicos, el grupo quedó a las puertas de las temidas Miasmas de Lapsana, un atajo jamás superado que podría ahorrarles un tiempo precioso… o condenarlos definitivamente.
Es en este punto donde arranca Las Miasmas de Lapsana, tercer álbum de la serie y primera mitad de este volumen. Aquí, la horda se enfrenta a un entorno tan hostil que adquiere entidad propia como antagonista, mientras las tensiones internas del grupo amenazan con romper su frágil cohesión. El embarazo de Callirhoé, la creadora de fuego, provoca un choque frontal entre Sov, el escriba, y Golgoth, trazador y líder de la horda: humanidad frente a misión, individuo frente a ideal.

Henninot vuelve a incidir en los grandes temas de la obra: el viaje como alegoría espiritual, la trascendencia, el liderazgo y el peligro del fanatismo cuando los ideales se imponen a las personas. Todo ello se desarrolla con un notable equilibrio entre profundidad conceptual y tensión narrativa. Es un álbum especialmente físico, donde el desgaste del cuerpo y la amenaza constante se traducen en planchas de gran fuerza visual, cargadas de recursos gráficos que transmiten peligro, fatiga y claustrofobia.
La segunda parte del tomo, Alticcio, toma su nombre de la ciudad a la que llega la horda, último gran bastión civilizado antes de las tierras yermas del norte y de su destino final. Aquí el conflicto abandona el terreno físico para adentrarse en el político. La horda se ve atrapada en una red de conspiraciones, luchas de poder y maniobras destinadas a retrasar su avance. Una confrontación entre facciones que tiene mucho de lucha de clases y de crítica social.
Este álbum supone otro desafío mayúsculo para el autor, que cambia radicalmente de registro. El escenario urbano, encerrado entre muros y dominado por una marcada verticalidad —magníficamente utilizada para evidenciar las diferencias sociales— sustituye a los espacios abiertos y extremos del viaje. La horda pasa a ser símbolo de esperanza para los desfavorecidos, pero también una amenaza para unos poderes que prefieren instrumentalizar ese anhelo antes que permitir su triunfo. La duda se instala entre los miembros del grupo: ¿qué sentido tiene continuar si solo son piezas en un juego que no desean ganar?
Uno de los momentos más complejos de adaptar es el célebre duelo dialéctico entre Carac, el bardo de la horda, y el maestro de Alticcio: un enfrentamiento de oratoria dividido en cuatro pruebas que decide el futuro del grupo. Trasladar un combate puramente verbal a un medio visual como el cómic es un reto enorme, que Henninot resuelve con brillantez mediante una puesta en escena tensa y creativa, en algunas de las planchas más logradas del volumen. Mención especial merece también el trabajo de traducción de Xènia Amorós, que se enfrenta aquí a un desafío lingüístico de primer orden.

Hay que reconocer el enorme mérito de Henninot en estos dos álbumes, donde demuestra no limitarse a ilustrar la novela de Damasio, sino a reinterpretarla desde el lenguaje del cómic, buscando una voz propia. Lo hace mediante una combinación muy rica de recursos visuales, composición de página y ritmo narrativo, sorprendentes en un autor que hasta ahora había destacado principalmente como dibujante y que aquí asume con éxito el papel de autor completo.
Henninot, nacido en Rouen en 1974, debutó en la BD con Alister Kayne junto a Stéphane Betbeder, y posteriormente trabajó en series como Carthago, XIII Mystery, WW 2.2 o Les Chroniques de la Légion, además de colaborar con Mathieu Lauffray y adaptar Los hijos del sol de Jack London junto a Fabien Nury. La horda de Contraviento supone, sin duda, el proyecto más ambicioso de toda su carrera.
La edición de Yermo reúne los álbumes 3 y 4 de la serie y mantiene los habituales estándares de calidad en papel y reproducción. La decisión de publicar dos álbumes franceses por tomo español resulta atractiva para el lector, aunque la lenta cadencia de producción de Henninot hace temer que la espera para completar la obra —aún restan dos álbumes— vuelva a ser prolongada.
La horda de Contraviento sigue siendo una de las propuestas más estimulantes de la ciencia ficción en cómic actual: un relato exigente, cargado de simbolismo, con personajes complejos y una narrativa ambiciosa que no rehúye los retos. Un extraordinario trabajo de adaptación que confirma a Éric Henninot como un narrador gráfico de primer nivel, capaz de enfrentarse —y salir victorioso— a lo aparentemente inadaptable.
Lo mejor
• El arte de Éric Henninot.
• La tensión creciente.
• La brillante adaptación del duelo dialectal.
Lo peor
• Tener que esperar otros 4 años para la continuación.
• La desaparición de algunos personajes en el cuarto álbum.
Intenso
Guión - 8
Dibujo - 8.5
Interés - 8
8.2
Este segundo tomo de La horda del Contraviento confirma la enorme ambición del proyecto y la valentía de Éric Henninot al afrontar una adaptación tan compleja como exigente. Una obra que destaca por su profundidad temática, su riqueza visual y su capacidad para trasladar al cómic lo aparentemente inadaptable.








