La espada salvaje de Conan (coleccionable) vol. 2-4

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Edición original: Savage Sword of Conan #1-10 (Marvel, 1974-75).
Edición nacional/ España: La espada salvaje de Conan vol. 2-4 (Planeta, 2015).
Guión: Roy Thomas.
Dibujo: John Buscema, Gil Kane, Pablo Marcos, Tony DeZuñiga, Sonny Trinidad, Tim Conrad, Jess Jodloman.
Entintado: Pablo Marcos, Alfredo Alcala, Young Montano, Tony DeZuñiga.
Color: B/N.
Formato: Tomo cartoné 148 págs.
Precio: 8€ c/u.

 

Barry Smith dio vida a Conan en los cómics, a la sombra primero de Jack Kirby, cuya magnífica e inagotable producción levantó -literalmente- a Marvel Comics de la nada; luego el británico fue despojando su pincel de la influencia de los coloridos superhéroes y abrazando la impronta prerrafaelista hasta que de su anterior maestro no quedó sino el recuerdo. En su plenitud, las abigarradas composiciones de Smith para Clavos Rojos o La canción de Red Sonja, apenas tienen igual en el medio. Pero Smith se va, cansado de las servidumbres de la Era Hyboria. Toma el relevo John Buscema (1927-2002), el hombre para todo de la compañía, un talento tan enorme para la anatomía y la composición que en cuatro furiosos trazos es capaz de retratar a un personaje, definir un entorno, alimentar una aventura. El mayor de los Buscema, amamantado con los autores clásicos de la era dorada de las tiras de prensa (Hal Foster, Alex Raymond, Milton Caniff), volcó todo su empeño en redefinir al bárbaro creado por Robert E. Howard. En sus manos, el cimmerio se convierte en un gigante ceñudo y brutal, cuya prodigiosa fuerza y astucia en el combate le vuelven prácticamente invencible. La coartada de sofisticación, detallista y lírica, acrisolada por Smith queda enterrada en un tris por la fiereza y la exaltación rastrera de bajas pasiones en escenarios a un tiempo lúbricos y amenazantes. El Conan de Buscema, más que ningún otro, captura la imaginación del lector medio y lo sojuzga en un sueño tiránico de sexo y violencia exquisitamente representado. Se convierte en la paráfrasis perfecta de deseos de dominación insatisfechos. O sea: Conan, en los lápices urgentes de Buscema, triunfa más que nunca.

Tomo 2: El coloso negro y otras historias

Empieza en este volumen la recuperación cronológica del material de La espada salvaje de Conan con las historietas pertenecientes a los cuatro primeros magazines. El tomo incluye La maldición del no muerto (#1), El coloso negro (#2), En la montaña del Dios Luna (#3), Demonios en la cumbre (#3) y Sombras de hierro en la luna (#4).

Escrita por el habitual Roy Thomas e ilustrada por John Buscema y Pablo Marcos, La maldición del no muerto (también conocida como Dueño de la muerte en su anterior edición española en La espada salvaje de Conan nº 13) supone el reencuentro del cimmerio con Red Sonja, la diablesa de la espada creada en Conan el bárbaro nº 23 a lápices de Barry Smith; Buscema la reinterpreta con la voluptuosidad marca de la casa y el bikini metálico que creara para ella el insigne Esteban Maroto. Se trata de una entretenida historieta de 18 páginas que, sin cambio alguno, podría haber salido igualmente en el cómic book a color e, incluso, parece concebido a su idoneidad, incluyendo la espectacular splash-page del enfrentamiento con el brujo. En comparación con próximas entregas, salta a la vista que Buscema, acaso influido por Smith, emplea demasiadas viñetas (muchas de ellas verticales) para lo que es su costumbre, normalmente dueño de un estilo más conciso y efectista. En La maldición del no muerto abundan las filas con hasta cinco viñetas… y hay páginas hasta con cuatro filas (p.18). Un capítulo simpático, si bien poco ambicioso, que sirve para afianzar los tópicos de la relación entre ambos egregios espadachines, beneficiado por los puntos fuertes (dominio anatómico, violencia iracunda, sensualidad femenina) que se suelen esperar del gran Buscema. En este caso, y aunque la reproducción es quizá más diáfana de lo preciso, las planchas lucen con una nitidez infinitamente superior a la deficiente publicación anterior en el antedicho nº 13 de La espada salvaje de Conan.

La espada salvaje de Conan El coloso negro

El coloso negro -con la misma dupla de escritor y dibujante (a lo que se añaden las bellas y recargadas tintas de Alfredo Alcala)- es una de las entregas justamente míticas de la cabecera. Como en tantos relatos de Howard, Conan tarda en aparecer. Esta vez nadie le recrimina a Thomas que retrase la llegada del bárbaro hasta la última viñeta de la página 09, tras un inquietante prólogo en las ruinas de Kuthchemes (que Alcalá convierte en hermanas de los túmulos imaginados por Gustave Doré) y las turbias pesadillas de la princesa Yasmela, amenazada por una hechizante presencia. Esta estructura -lo veremos- se convertirá en un estándar de la colección. El caso es que tenemos planteado un misterio y presentados nuevos personajes cuando Conan, vagabundeando, asoma su imponente figura por las calles de la ciudad y es reclutado por la princesa Yasmela para su causa.

Por primera vez Thomas asume que la revista en blanco y negro permite otra clase de ritmos y argumentos, menos domesticados que los que desarrolla para la serie hermana, necesariamente constreñida a las 20 páginas fijas de historieta y circunscrita a parámetros accesibles al público infantil y juvenil (por no hablar de los requisitos asfixiantes del Comics Code). El coloso negro se extiende hasta las 36 páginas (no será la longitud máxima que tomarán las peripecias de Conan), con un Buscema más cómodo en sus habituales seis o siete viñetas por plancha, con un grafismo propio y poderoso. Temáticamente, El coloso negro introduce para el magazine los elementos que, con mínimas variaciones, regresarán una y otra vez en casi cada aventura posterior: una doncella en apuros, un mal antiguo enraizado en la magia (en este caso un inicuo hechicero que vuelve a la vida), el pretexto de un cargo o una recompensa por la ayuda (y que suele quedar, al final, en nada), etc. La iteración inmisericorde del esquema acentuará también su debilidad esencial: el planteamiento resulta más ingenioso y cautivador que el desenlace, pues este no solo es básicamente el mismo cada vez (es decir: Conan con un arma enfrentando su fuerza y habilidad a los ardides mágicos) sino que, muchas veces, es virtualmente indistinguible uno de otro (Conan arrojando la espada para ensartar a Talkomec, Thorfel o Thugra Kotan -¡todos con T!- en Clavos Rojos, La noche del Dios Negro y El coloso negro, respectivamente). El cimmerio, además, principia a convertirse en algo más que un guerrero imbatible y asciende, paso a paso, a fuerza de la naturaleza imparable, hasta el punto de que casi empezamos a sentir lástima por quienes se enfrentan a él.

Similares virtudes adornan el siguiente capítulo, En la montaña del Dios Luna, esta vez con Pablo Marcos rematando los lápices del maestro. Thomas, quien tomó la decisión de prescindir en su aproximación al bárbaro de onomatopeyas y globos de pensamiento (acierto que explica, en parte, lo poco que han envejecido unas páginas con más de 40 años a las espaldas), va creciendo en confianza y deja mudas las dos primeras páginas de historieta (que son, también, dos de las mejores). En estos descreídos tiempos puede parecer poca cosa pero no está de más recordar que, algunos años antes, Marvel se negaba a pagarle a Jim Steranko por el guion de una página de Nick Fury donde no había incluido ni cajas de texto ni bocadillos.

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En la montaña del Dios Luna es una suerte de secuela oficiosa de El coloso negro elaborada ex profeso para atar algún cabo suelto que, en conciencia, tampoco necesitaba atarse. El dibujo es magnífico salvo en las páginas finales que diríanse rematadas con prisas y hasta de mala gana, con errores anatómicos muy raros de ver en Buscema (fijémonos en el cuello desproporcionado de Yasmela en la primera viñeta de la página 85).

Demonios en la cumbre nos trae como artista invitado a Tony DeZuñiga lanzado a remedar al Pepe González de Vampirella (compruébese: páginas 88-89 y 92) al tiempo que conserva, más o menos, los rasgos del bárbaro cincelados por Buscema. Son doce páginas basadas en un relato de Björn Nyberg -continuador de Howard- que, igual que un aperitivo, no molestan, pero tampoco alimentan.

Buscema y Alcala regresan para otra gran pieza en la leyenda de Conan: Sombras de hierro en la luna. De partida, la splash-page de la página 03 se nos antoja inolvidable, con Conan saliendo de pronto enloquecido de las aguas de un pantano. Como en El coloso negro, la doncella en apuros sufrirá premonitorias pesadillas acerca del torvo enemigo final. Sin embargo, Thomas, basándose en Howard, baraja muchos de los ingredientes recurrentes de los cuentos: despiadados piratas (como en La noche del Dios Negro), una isla desconocida y en apariencia desierta (como en Los dioses de Bal-Sagoth), una escaramuza entre ejércitos (El coloso negro, Conan el conquistador), la amenaza sobrenatural (en todas, o casi), la lucha contra un animal imposible (Nacerá una bruja, El que duerme bajo las arenas), etc.

La impresión de las páginas es excelente, aparte lo anotado respecto a La maldición del no muerto.

Tomo 3: Nacerá una bruja y otras historias

Casi todo el mundo conoce la imagen de Conan crucificado en el desierto (sí, antes -mucho antes- que Lobezno en Australia), aunque solo sea por la película que John Milius, sobre libreto de Oliver Stone, dirigió en 1982 con el austríaco Arnold Schwarzenegger en el papel protagonista. Estampa tan icónica pertenece a Nacerá una bruja, adaptación del relato homónimo de Robert E. Howard responsabilidad del sempiterno Roy Thomas y el reincidente John Buscema, acompañado para la ocasión por el puñado de colaboradores reunidos bajo el sobrenombre “la tribu”. Ya la portadilla, reinvención de una emblemática cubierta de Frazetta, adelanta que estamos ante uno de los relatos más electrizantes del cimmerio… como así es. La reina Taramis es suplantada por su diabólica hermana Salomé (la bruja del título), nacida con el símbolo de la media luna entre los pechos, lo que -por estas cosas de la fantasía heroica- profetiza su irreductible insanía. Tras formarse en las artes oscuras con un mago de Khitai, Salomé regresa al reino de su hermana para apropiárselo. Lo logra sin demasiados problemas. Pero hete aquí que Conan, como capitán de la guardia, desconfía, se rebela y es reducido por los mercenarios de la usurpadora. El avieso Constantius, jefe de esta caterva, decide dar ejemplo con Conan y lo crucifica a las puertas de la ciudad para que sea pasto de los buitres. Nacerá una bruja no se aparta, en lo sustancial, del armazón acuñado en El coloso negro (doncella en apuros, monstruo final y brujerías varias); sí le aporta novedad el concepto del doppelgänger (Salomé y Taramis son físicamente idénticas… a excepción de la marca referida). Además, su ambiciosa narrativa, con saltos en el tiempo y en el punto de vista (en el original de Howard la dispersión de personajes era aún mayor; Thomas reescribe situaciones para potenciar al cimmerio), y un Conan sufriente (por tanto, más humano y vulnerable), sumado a un Buscema desatado (es, sin duda, uno de los mejores trabajos de su carrera), le confieren una insólita atracción. A tal subyugación no es ajena la escalada de sexualidad (leves gasas que apenas disimulan los pezones erectos de la malvada bruja; las insinuadas vejaciones constantes a la reina Taramis) y, por supuesto, de violencia (el explícito martirio de Conan en la cruz; viñetas donde se amputan extremidades en primer plano). Nacerá una bruja explota concienzudamente los elementos clave de la fantasía howardiana y los eleva -lo anticipábamos en la introducción- a adictivo placer culpable, casi un sueño húmedo de dominación y fetichismo.

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Luego de esta catarsis, El que duerme bajo las arenas, con el competente Sonny Trinidad sustituyendo al gran Buscema en un cuento que regresa sobre un innecesario cabo suelto del episodio anterior antes de derivar por terrenos inequívocamente lovecraftianos, sabe a transición forzosa, a epílogo sin sorpresa donde, después de crucificar a Conan como a Jesucristo, ahora lo atan a las columnas de un templo como a Sansón. Con todo, admitamos que la viñeta del despertar de la criatura posee una fuerza inigualable, sobre todo comparado con el bicho más bien soso de Nacerá una bruja (el punto más débil de la, por lo demás, modélica historieta del bárbaro).

El pueblo de las tinieblas, basado libremente en el cuento de Howard, constituye una de las narraciones más deliciosamente inesperadas en una antología de Conan. Tanto el arte de Alex Niño, que bastardea entre un brutal Alex Toth y un delicado Esteban Maroto, como el argumento, un enredo de amor y celos a través de las épocas que arranca en la actualidad (la actualidad de 1930, claro) y se instala en la imprecisa antigüedad del bárbaro cimmerio, aderezado todo ello con un pueblo de las cavernas cual morlocks de H.G. Wells, no desentonaría en las revistas de Warren tipo Creepy o Eerie. El pueblo de las tinieblas elude el estándar identificado a propósito de El coloso negro. Conan, sí, halla un templo olvidado y un extraño ser le persigue, pero es otra cosa. Niño arriesga con una locura de composiciones que obligan al ojo a pasearse a lo largo y ancho de la página (por ejemplo, la trayectoria de la lanza en pág.106; la extraña audacia sacando la espada de Conan de los márgenes de la viñeta obligando a seguir su recorrido en la pág.109), trucos personalísimos que exigen atención sobre sí mismos sin priorizar, por tanto, la fluidez narrativa, pero añadiendo imaginación desbordante en meandros y circunloquios. Evidentemente, este no es el estilo, ni argumental ni estético, que asociamos con Conan pero, más allá de la reticencia, la historieta es un triunfo en sus propios términos.

Cierra el volumen la primera parte de La ciudadela en el centro del tiempo, el regreso del tándem mágico Buscema/Alcala, de la que aquí se ofrecen la portada y quince páginas antes de quedar interrumpida hasta la próxima entrega. El corte coincide con el final del segundo capítulo, titulado A la sombra del miedo, con Conan drogado y capturado por una mujer llamada Alhambra (¡ejem!).

Por alguna razón que se me escapa, la reproducción de Nacerá una bruja es excesivamente vaporosa, hasta el extremo de que parece partir de originales a lápiz (no es el caso) en lugar de repasados con tinta china. El material de Dark Horse es ajeno a este problema; tampoco el SuperConan vol.5 lo presenta. La exagerada claridad de la línea no se “come” dibujo, pero sí resta impacto al deslumbrante hacer de Buscema y su banda. Las demás historietas del tomo (El que duerme bajo las arenas, El pueblo de las tinieblas, la primera mitad de La ciudadela en el centro del tiempo) muestran un aspecto impecable.

Tomo 4: Conan el conquistador y otras historias

El presente volumen ejemplifica como ningún otro los insospechados peligros de una empresa como la acometida con este coleccionable. Titulado Conan el conquistador, el contenido de este tomo corresponde, como todo fan del cimmerio sabe, a la adaptación al cómic de la novela publicada en vida de Howard como La hora del dragón. En su anterior edición en nuestro país, la versión en viñetas ocupó íntegramente el SuperConan nº 9, luciendo idéntica portada de Boris Vallejo (la correspondiente al nº 10 de la revista La espada salvaje de Conan). El problema consiste en que la mitad de los contenidos de la saga no pertecen a La espada salvaje de Conan. Enseguida lo veremos.

Como advertimos, La ciudadela en el centro del tiempo, publicada originalmente en el nº 7 de La espada salvaje de Conan, queda en este coleccionable repartida entre el tomo 3 y el tomo 4. Aunque Howard a menudo se mostró reacio ante la ciencia ficción, este es un relato que, si no fuera por la abrumadora participación del bárbaro, pocos dudarían en calificar como tal, soslayando el torpe recurso a la magia para justificar el vórtice dimensional… lo cual se explica porque La ciudadela en el centro del tiempo no parte de ideas de Howard sino que es uno de los pocos guiones exclusivos de Thomas para el cimmerio. Thomas, espléndidamente apoyado por Buscema y Alcalá, recrea a la perfección el topos hybóreo mas no puede eludir influencias distintas (como un título que evoca a Star Trek), que se ramifican incluso hasta el Rama-Tut de Fantastic Four #19.

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En el tomo anterior dejamos a Conan drogado y capturado por la enigmática mujer llamada Alhambra, que en las primeras páginas de este volumen lo entrega al brujo que mora en el zigurat inexpugnable de Akbitana. El tenebroso hechicero sacrifica hombres y mujeres al pozo para descubrir seres de otras eras (desde un egipcio con pinta de Yul Brynner a un voraz Tyranosaurio, pasando por tribus en diferentes estadios evolutivos). Por supuesto, el brujo resulta ser un exiliado de otra época, fascinado con el artilugio temporal. Ni que decir tiene que Conan le da su merecido.

La redoma sin fin, rutinario episodio de diez páginas ilustrado por un Tim Conrad que quiere ser Barry Smith (y fracasa), apenas disimula su condición de homenaje a La torre del elefante (el relato favorito de Thomas de entre los escritos por Howard). Es la primera historia de La espada salvaje nº 8. La tercera, titulada El canto fúnebre de Conan el cimmerio, con ilustraciones de Jess Jodloman, tampoco reviste mayor interés. No escapa a su condición de relleno que da igual leer aquí que cien números después. Es la segunda historieta, titulada Corsarios contra Estigia, que nos devuelve a Gil Kane (acompañado de Young Montano a las tintas), la de enjundia. De hecho, se trata de la tercera parte de la adaptación citada antes: La hora del dragón. ¡Un momento! ¿He dicho tercera parte? ¿Cómo puede ser?

Demos voz al especialista Manuel Barrero que lo explicaba inmejorablemente en su introducción al SuperConan nº 9, libro que, por primera vez en España, recogía la saga completa de la versión en cómic. Sobre la novela de Howard: “Conan el conquistador fue la más larga novela de Conan que escribiera Howard y la única, aunque terminó otras, que vería publicada en vida. Almuric, la siguiente, no aparecería hasta 1939. […] Dos son los relatos que el autor canibalizó con más evidencia para su elaboración posterior de la novela, a saber: Black Colossus (Weird Tales, junio de 1933, en SuperConan nº 7) y The Scarlet Citadel (Weird Tales, enero de 1933, en La espada salvaje de Conan nº 13)“. Sobre la adaptación al cómic: “Marvel trató de hacer de ella un producto innovador plasmado en un formato, el Giant-Size, que fue anunciado como el puntal de la Fase Dos en la Era de los Cómics Marvel.

La saga, reservada en un principio para Conan the Barbarian a la espera de un momento adecuado en su cronología personal, tuvo a petición popular que anticipar su aparición. Comenzó a adaptarse en los Giant-Size citados en el verano de 1974, en entregas de treinta páginas a color y a lo largo de los primeros cuatro números con el trazo nervudo e inimitable de Gil Kane. Finalmente ante lo alargado de su adaptación en el nuevo formato (dos años para cuatro capítulos), de más escasa aparición, los aficionados pidieron imperiosamente una conclusión rápida a la saga.

A Marvel se le añadió el problema de la inminente marcha de Kane, ocupado en otros asuntos; en consecuencia convenció al dibujante para que realizara un corto episodio de trece planchas que sirviera como eslabón entre los cuadernos a color y Savage Sword of Conan, revista en la que se publicó en el nº 8 de octubre de 1975. Corsairs against Stygia evidenciaba su caracter de episodio de transición en el que apenas ocurría nada trascendental para la saga. Luego John Buscema y “La Tribu”, a la cabeza del formato magazine, se encargarían de continuar la serie zanjándola en un solo ejemplar con la entrega de 58 páginas en el número 10, de febrero del año siguiente“.

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Ni que decir tiene que los Giant-Size descritos no se incluyen en el coleccionable. Y aquí está el problema anticipado. El coleccionable, al elegir fidelidad a la edición original USA, desperdiga el desenlace de Conan el conquistador (parte en la revista nº 8, parte en la revista nº 10, incluidas ambas en este tomo con otras dos historias entremedias) y sustrae el inicio relatado en sendos especiales a color. Quienes desconozcan ese material se hallarán frente a una trama a medias a la que, además, perjudica el vaivén de equipos y series, con la diferencia de estilos entre Kane y Buscema. Para más inri, Conan el conquistador remata con el bárbaro, ya rey de Aquilonia, jurando que rescatará a la esclava Zenobia para convertirla en su esposa… cosa que, por descontado, tampoco veremos en el coleccionable (si mi memoria no yerra, fue también carne de Giant-Size). ¡En fin! El trozo aquí incluido, particularmente las casi 60 páginas de La serpiente sagrada de Set, dibujada por Buscema y sus colegas, es sensacional y, si nos abstraemos de lo dicho, puede disfrutarse como la gran historia inconclusa que es.

El tomo 4 incluye también La maldición de la Diosa Gato (La espada salvaje de Conan #9), donde Pablo Marcos en solitario ilustra un cuento de “objeto maléfico” (un ídolo gatuno) en quince entretenidas páginas escritas por Thomas.

Características de la edición

Conan ha sido publicado de mil maneras en España, casi siempre por alguna de las divisiones de la actual Planeta Comic siguiendo los materiales suministrados por Marvel USA. El presente coleccionable para kiosco sigue a pies juntillas la reedición de la licenciataria actual, Dark Horse, salvo en los errores mencionados ex profeso. Ello explica que esta recopilación de libros en tapa dura se centre en Conan, eliminando los complementos de otros personajes (Red Sonja, Kull, etc. ), el tratamiento de las ilustraciones de portada (reproducidas en el interior en blanco y negro) y, en general, las decisiones editoriales adoptadas en la publicación española.

Las traducciones son nuevas (acreditadas a Víctor M. García de Isusi) y, en chequeo aleatorio, parecen más exactas y respetuosas que en anteriores intentos, a pesar de algunas soluciones alambicadas y arcaizantes y algún desliz puntual. La reproducción es buena (excepto en los casos indicados) si bien se puede objetar el uso de papel satinado en vez del poroso a que estábamos habituados. Llama la atención la ausencia absoluta de textos introductorios o explicativos; ni siquiera biografías de los autores. Las historietas van “peladas”, acompañadas ocasionalmente de dibujos de algún afamado ilustrador (Neal Adams, Mike Zeck, Esteban Maroto).

Sobra decir que el coleccionable no va destinado al veterano apasionado por Conan, quien ya atesorará estos tebeos en algunas (o en todas) las ediciones anteriores, sino al lector de kiosco, aquel que busca una forma cómoda y ordenada de acceder a un personaje popular.

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(Continuará)

  Edición original: Savage Sword of Conan #1-10 (Marvel, 1974-75). Edición nacional/ España: La espada salvaje de Conan vol. 2-4 (Planeta, 2015). Guión: Roy Thomas. Dibujo: John Buscema, Gil Kane, Pablo Marcos, Tony DeZuñiga, Sonny Trinidad, Tim Conrad, Jess Jodloman. Entintado: Pablo Marcos, Alfredo Alcala, Young Montano, Tony DeZuñiga. Color:…
Guion - 8
Dibujo - 8
Interés - 9

8.3

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OdinsonLuis Javier Capote PérezKyanfer13Javier Agrafojo Recent comment authors
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Dillinger
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Dillinger

Muy buena reseña de un clásico imperecedero.
Toda la etapa de Thomas va para la saca.
Qué pena que la reproducción no sea todo lo buena que hubiese deseado…..
Algunos tomos tienen terrorificos fallos de imprenta.
Planeta ponte las pilas.

fer13
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fer13

¿Hasta qué numero está Thomas?

Rasputin33
Lector
Rasputin33

A mí es que me ha dolido en el alma la basura de reproducción de Nacerá una Bruja. Hay momentos en que el dibujo es tan difuso que cuesta distinguir qué está ocurriendo.

fer13
Lector
fer13

Me ha llamado esta mañana un comercial de Planeta para que me suscriba y le he dicho que me llame más tarde.

¿Que me aconsejais? Vale la pena pese a los errores de impresion y de contenidos o lo dejo para otro momento? Tengo el corazón dividido…

Kyan
Lector
Kyan

Quiero compartir con ustedes mi comic, lo pueden ver en mi blog
http://alberick-bertel.blogspot.mx/2015/09/alberick-bertel.html
si les gusta no olviden compartirlo en sus redes sociales y comentar su opinión.

Luis Javier Capote Pérez
Autor

Una reseña muy buena de un material imperecedero. Yo lo tengo repartido por varias ediciones especiales y creo que con Buscema pasa como con Foster: cada vez dibujan mejor.

Odinson
Lector

Muy buena reseña.

Respecto a la edición:
La primera, en la frente. Ya en la primera página del nº 1 se puede ver cómo desaparecen hasta las espadas de los personajes en la historia “La Hija del Gigante de Hielo”, por la muy mala reproducción…
Esa misma escena aparece en el nº 2 de Las Crónicas de Conan perfectamente reproducida, o sea, los fotolitos de la tintas negras, existen con la calidad suficiente.
Menos mal que venden esta colección anunciándola como edición restaurada.