Ícaro

4
1823
 

Edición original: Ikaru (Kōdansha, 1997-2000)/ Icare (Kana, 2010).
Guión: Moebius (Jean Giraud) con Jean Annestay.
Dibujo: Jiro Taniguchi.
Color: B/N.
Formato: tomo cartoné, 310 págs.
Precio: 18€.

 

Cualquier aficionado de bien al descubrir que hay una colaboración entre Moebius, seudónimo del genio Jean Giraud, y Jiro Taniguchi, maestro de la sutileza en viñetas, exclamará “¡Paren las rotativas!” o se preguntará “¿Por qué no sabía nada de esto?” Una vez leído el codiciado material, se enfrían los ánimos.

Moebius y Taniguchi se encuentran en 1997. La fecha es importante. En 1997 Moebius era, tal vez, el autor de historieta más popular de Europa, si exceptuamos a Hergé. Teniente Blueberry (con guiones de J.M. Charlier), El Incal (con guiones de Alejandro Jodorowsky), Los ojos del gato (ídem), The Long Tomorrow (escrito por Dan O’Bannon), Mayor Fatal y un largo etcétera, además de su liderazgo artístico dentro de la nueva corriente representada por Metal Hurlant en los ‘70, le aupaban a la vanguardia del noveno arte. Su prestigio era tal que había sido requerido por Hollywood para largometrajes como Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), Tron (Steven Lisberger, 1982) o Willow (Ron Howard, 1988). El mismo Stan Lee, demiurgo de Marvel Comics, le había seducido para un curioso proyecto con Estela Plateada y Galactus, que vería la luz a fines de los ’80 con el diáfano título de Parábola.

Jiro Taniguchi, por el contrario, era un talento japonés labrándose un nombre en títulos como Crónicas del viento (con guiones de Kan Furuyama), Hotel Harbour View (con guiones de Natsuo Sekikawa) o La época de Botchan (ídem), que obtendría el prestigioso premio Tezuka en 1998. En 1995 publicaría en su país la obra maestra El almanaque de mi padre, ya como autor completo, que le valdría numerosos galardones (como el Attilio Micheluzzi en el Festival del Cómic de Nápoles) y el reconocimiento internacional, algunos años más tarde. Estaba, pues, en ese momento dulce de expansión artística, en toda la potencia de su hirviente creatividad.

Taniguchi en el registro más Otomo de su carrera
Taniguchi en el registro más Otomo de su carrera

El mito de Ícaro es bien conocido. Hijo del arquitecto Dédalo, constructor del laberinto del Minotauro, y de la esclava Náucrate, su padre le dota de unas alas confeccionadas con plumas y cera con las que escapar de la isla de Minos, donde estaba prisionero. Pero mientras vuela se eleva hacia el Sol y el calor del astro derrite la cera. Ícaro cae al mar y muere ahogado. El argumento escrito por Moebius (con la colaboración de Jean Annestay) aprovecha las resonancias míticas para una historia de ciencia ficción. Ícaro, mutante cuyo cerebro anula la gravedad (permitiéndole volar y levantar grandes pesos), nace en cautiverio, educado por unos científicos que buscan tanto los límites de su poder como los fundamentos para producirlo en serie.

Ícaro, que se lee con interés, se ve lastrada por dos obstáculos importantes: nada de lo que se cuenta es particularmente original o extraordinario y, por si fuera poco, es solo la primera parte de un ciclo que queda inconcluso… sospechamos que definitivamente tras la muerte de Moebius en marzo de 2012.

Sabida es la admiración mutua entre Moebius y Katsuhiro Otomo, responsable este último de introducir masivamente el manga en occidente gracias a la apasionante Akira. Ícaro, más que un encuentro entre las sensibilidades únicas de Giraud y Taniguchi, parece una carta de amor al creador de Kaneda, Tetsuo, Kay y los demás. En todos los aspectos: desde la agencia gubernamental que experimenta con el protagonista hasta las características físicas de los personajes o la distribución de la acción en paneles. Sin caer en el pastiche o el plagio, cada página de Ícaro tañe esa melodía especial que descubrimos con Otomo, aunque no fuera -tampoco- absolutamente suya. Algo de Taniguchi puede rastrearse en las miradas, algo de Moebius puede atisbarse en algunas sugerencias sexuales (como la afición al desnudo de la pérfida lesbiana al frente del proyecto); pero la sombra de Otomo, insisto, es hegemónica hasta en detalles minúsculos como en la representación de cables o en las líneas cinéticas.

El editor le dio un toque a Moebius para que refrenara la sexualidad de sus personajes
El editor le dio un toque a Moebius para que refrenara la sexualidad de sus personajes

Las más de 300 páginas publicadas (en uno o dos volúmenes, según la edición) son únicamente la primera parte de una historia concebida para unos 15 tomos. La serie, presentada en la revista Morning de Kōdansha, se aparcó en su día por ventas decepcionantes. Difícil decir si Moebius proyectaba seguir los pasos de Otomo, a pies juntillas, como hasta ahora, o pretendía introducir nuevos elementos, un poco al uso de lo que hizo en El mundo de Edena, con distintas civilizaciones y formas de organizarse, una vez Ícaro se lanzase a explorar ese peligroso mundo futuro. Temo que no lo sabremos nunca. Y es lástima pues, pese a lo dicho, el relato está contado con energía. Su desarrollo y resolución tan pronto podría catapultarlo a cimas de interés como enterrarlo en simas de aburrimiento. Ícaro, tal y como se nos presenta en la actualidad, es un coitus interruptus, válido como curiosidad, entretenido como lectura, pero muy lejos de las grandes obras de ambos monstruos de la historieta.

  Edición original: Ikaru (Kōdansha, 1997-2000)/ Icare (Kana, 2010). Guión: Moebius (Jean Giraud) con Jean Annestay. Dibujo: Jiro Taniguchi. Color: B/N. Formato: tomo cartoné, 310 págs. Precio: 18€.   Cualquier aficionado de bien al descubrir que hay una colaboración entre Moebius, seudónimo del genio Jean Giraud, y Jiro Taniguchi, maestro…

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Guion - 6
Dibujo - 8
Interés - 8

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Javier AgrafojoBlade RunnerMr. X Recent comment authors
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Pues sería que se publicara aquí, como Planeta ha publicado hace poco varias obras inconclusas de de Satoshi Kon, aunque sea por ver lo que podía salir de la mente de esos dos geniacos.

Blade Runner
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¿Por qué no sabía nada de esto? ^-^U

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Pues inconcluso o no, y a pesar de la falta de originalidad comentada…
tiene buena pinta.