A poco más de seis meses del estreno de 28 años después, tercera entrega de la saga creada por Danny Boyle y Alex Garland en 2002 y a su vez primera pieza de una nueva trilogía, ya tenemos en cines españoles 28 años después: El templo de los huesos, segunda parte de esta nuevo arco con los famosos infectados como eje central. El regreso de Boyle y Garland al universo que ellos mismos habían creado fue recibido con opiniones polarizadas. Unos afirmaban que era una secuela arriesgada por lo rupturista con respecto a sus predecesoras y otros achacaban precisamente a esa temeridad que el film se antojara una indigna continuación de dos potentes propuestas como lo fueron en su momento 28 días después y 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2009). Lo cierto es que el film protagonizado por Aaron Taylor Johnson, Jodie Comer, Alfie Allen y Ralph Fiennes encapsulaba muchos aciertos y algunas carencias, principalmente en su apartado técnico (el muy promocionado uso de los iPhone 15 Pro para el rodaje) que ofrecía, en la misma medida, pasajes de una calidad impecable como otros de un feísmo digital contraproducente para la calidad conjunta de la obra. Pese a todo, 28 años después puede considerarse una de las mejores películas de terror de un año tan próspero para el género como lo fue el 2025 y una continuación valiente y nada complaciente cuyo relevo ha tomado la cinta que nos ocupa en esta entrada.
La idea de Boyle y Garland para diseñar una nueva trilogía pasaba porque el director de Trainspotting (1996) y Sunshine (2007) dirigiera la primera entrega y en la segunda dar el relevo a otro cineasta. La elegida fue la estadounidense Nia DaCosta, artesana cuya versatilidad le ha llevado desde el cine de corte más independiente (Little Words), al terror (Candyman) o el género superheroico (The Marvels). Este tipo de casos en los que una serie de películas son diseñadas en conjunto no suelen cambiar de directores, pero en el caso de hacerlo al menos se mantiene en ellas el mismo equipo delante y detrás de las cámaras. 28 años después: El templo de los huesos es la excepción que confirma esta regla, porque si bien mantiene a varios de los interpretes del anterior largometraje, en el apartado técnico no repite nadie, algo peculiar si tenemos en cuenta que hablamos de una franquicia cuyo acabado visual es muy característico y su seña de identidad más reconocible.

Si 28 años después molestó a aquellos que esperaban una secuela más ortodoxa de sus dos predecesoras, 28 años después: El templo de los huesos sigue la senda del film de 2025, pero también se aleja conceptualmente de él, por lo que puede llegar a ser un producto que disguste doblemente a distinto tipo de espectadores. Porque si algo deja claro el largometraje de Nia DaCosta desde sus primeros compases es que el ritmo va a ser más templado y menos expeditivo que el desplegado por Danny Boyle en el trabajo previo y la presencia de los infectados más testimonial. Todo ello tiene una justificación bastante sólida por parte del guion acreditado a Alex Garland y es que en esta ocasión, mediante el personaje del Doctor Ian Kelson, se profundiza en la psique de los infectados para conocer la posible cura de su enfermedad y con ello extender más el lore de la franquicia que ya habían ampliado en 28 años después con la inclusión de los Alpha.

Los experimentos del personaje interpretado por Ralph Fiennes componen una subtrama que se enlaza con la principal y es que al seguir los pasos de Spike, el rol al que da vida Alfie Williams, nos encontramos justo donde acababa la anterior entrega, con Jimmy Crystal y sus «dedos» captando al chico. Con una estética inspirada en la de Jimmy Savile (uno de los personajes más siniestros de la cultura televisiva y musical de Reino Unido) los «Jimmies» son un grupo de adolescentes a los que el alter ego en la ficción de Jack O’Connell ha lavado el cerebro y convertido en una secta satánica capaz de cometer las mayores atrocidades con notorios ecos a los drugos de La naranja mecánica (A CLockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971) y justificando así el rocambolesco cierre de 28 años después al dar el protagonismo de la secuela a esta troupe de asesinos psicópatas.

La presencia de Jimmy Crystal y sus acólitos no solo es la excusa perfecta para mantener los altos niveles de violencia de la franquicia sin la necesidad de hacer uso del salvajismo propio de los infectados cuya presencia tangencial en este film ya hemos mencionado, sino para seguir la máxima de cualquier relato relacionado con zombies, muertos vivientes o, en este caso, infectados desde los tiempos seminales de George A.Romero, y es que los seres humanos, los supervivientes al holocausto de turno que merma la población a nivel mundial, pueden ser tan o más peligrosos que las brutales criaturas que les quieren dar caza. Pasajes como el del «bautismo» de Spike como dedo o el asalto y posterior tortura de la familia que tiene la desgracia de cruzarse en el camino de los jóvenes dan buena muestra de cómo Nia DaCosta no se amilana a la hora de mostrar violencia explícita en pantalla, en ocasiones con más crudeza que el mismo Danny Boyle.

Además de las consabidas y lógicas referencias a las tres entregas anteriores de la franquicia, más obvias y directas las que la conectan con la producción de 2025, el ya apelado George A. Romero está presente no solo con respecto a la hobbesiana concepción que este subgénero tiene del ser humano, sino también por todo el apartado concerniente a la relación entre Kelson y Samson y la investigación de la infección de este último. Los ecos de El día de los muertos (1985) o La tierra de los muertos vivientes (2005) son obvios, pero la referencialidad no solo abarca el séptimo arte, sino que (intencionalmente o no) es ineludible recordar el primer arco de Crossed + 100, el escrito por Alan Moore para la célebre cabecera de Avatar Press en el que el genio de Northampton daba una interesante vuelta de tuerca a los cruzados añadiendo la inteligencia y el raciocinio a los mismos, permitiéndoles así controlar sus instintos más primarios relacionados con el homicidio y la sexualidad enfermiza.´

En lo relativo al trabajo actoral es de recibo mencionar que, al igual que sucedía en 28 años después, Ralph Fiennes es el actor que devora la pantalla con su personaje, con más mérito si cabe al ser durante la primera mitad del metraje un secundario que interactúa solo con una persona, el Samson de un gargantuesco e imponente Chi Lewis-Parry en la ya mencionada subtrama que toma a ambos como epicentro. Ya pasado el ecuador de la película, cuando Kelson se encuentra con Jimmy Crystal y los dedos, acontece la ya famosa secuencia con The Number of the Beast, de Iron Maiden, que se revela como el mejor pasaje del largometraje y uno de los más memorables que llevamos de 2026. Dentro de los Jimmies todos hacen una muy buena labor, pero son Jack O’Connell (Los pecadores) y Erin Kellyman (Falcon y el soldado de invierno) los intérpretes que con más precisión aprovechan los minutos en pantalla que Nia DaCosta y Alex Garland les regalan

Mientras escribo estas líneas 28 años después: El templo de los huesos solo ha recaudado 47 millones de dólares, cuando su presupuesto fue de 63 millones. Al no haberse rodado la trilogía en su totalidad, solo las dos primeras entregas, la tercera que tenían pensada Danny Boyle y Alex Garland posiblemente penda de un hilo debido al pinchazo en taquilla de esta secuela que queda en recaudación muy por debajo de su predecesora, que tampoco hizo unos números astronómicos. Más allá del futuro incierto de la franquicia el film de Nia DaCosta es una magnífica pieza de género, que sigue la estela de una microcosmos ficcional que muta con cada nuevo film, pese a que su naturaleza nada complaciente o acomodaticia haya dejado a unos cuantos fans de las anteriores películas por el camino. Esperemos que Sony Pictures no dé carpetazo al proyecto y sigan adelante con el desarrollo de la tercera película (en la que teóricamente Boyle volvería a ponerse detrás de las cámaras), aunque vaya directa a esa Netflix con la que la compañía han firmado un contrato millonario para disponer en exclusiva de toda su producción cinematográfica y televisiva.
Dirección - 7.5
Guión - 7.5
Reparto - 7.5
Apartado visual - 7.5
Banda sonora - 7.5
7.5
28 años después: El templo de los huesos abandona el nervio y la temeridad de Danny Boyle (pero no la violencia cruenta y salvaje de aquel) para que Nia DaCosta y Alex Garland ejecuten un producto más convencional formalmente, pero todavía arriesgado dentro de una franquicia que no para de reinventarse con cada nueva entrega. De temple más calmado y profundizando en la psique de los infectados, justifica el estridente cierre de su predecesora cediendo el protagonismo a Jimmy Crystal y sus dedos y encuentra en un descomunal Ralph Fiennes, a ritmo de Iron Maiden, a su mejor valedor.









Gracias por la reseña.
Tuve la oportunidad de ver todas las películas de la franquicia, y hasta ahora salvo la primera que me pareció decente en su momento (sin ser una maravilla), las otras con malas y con ganas.
Entiendo que las películas post apocalipticas siempre hay que verlas sin buscarles mucha lógica sino que más bien hay que sentarse y disfrutar del viaje, pero la realidad es que no hay nada que pueda rescatar como positivo.
Se habla mucho que el género de los superhéroes esta agotado pero nadie dice nada que el de zombies esta desde hace mucho completamente quemado.
Por más que la directora no sea de mi gusto no podía hacer milagros con ese guión.