El conspiranoico regreso del tío Bob
«He descubierto todo el tinglado»
Feliz coincidencia editorial en la que la detallada biografía de Robert Crumb (salió hace unos meses) se solapa con su último cómic publicado. La Cúpula, como no podía ser de otra manera, es la editorial que nos trae esta obra en formato de tomito a un precio de 11,50€, con una minuciosa traducción por parte de Hernán Migoya.
El precio puede parecer desproporcionado, pero la inmediatez de la obra de un autor tan poco prolífico en los últimos años, hace que uno no le de tanta importancia al coste del cómic. Y la edición es técnicamente impecable.
Sea como fuere, este cómic es la continuación del Sálvese quien Pueda, obra realizada entre Crumb y su mujer, Aline.

Crumb es un autor con una gran cantidad de tebeos autobiográficos, santo y seña del slice of life underground estadounidense. Su obra (definida por él mismo) tiene un tema central que es la honestidad absoluta, la sinceridad con la que expone sus tramas.
Su familia, amigos, conocidos, enemigos y/o compañeros de profesión son los personajes principales de sus tebeos. Tiene además tebeos biográficos sobre artistas de jazz, escritores, políticos (el primer Trump en comic que pudimos leer fue a raíz de un tebeo suyo), parafilias sexuales, etcétera… estas biografías de “otros” no dejan de ser al final temas o personas que preocupan al propio Crumb.
Le interesa un tema, se documenta y dibuja sobre él. Al final habla de si mismo.
Cierto es que leyendo la detallada y académica biografía de Dan Nadel sobre Crumb, uno se da cuenta de que el autor solía resumir muy mucho los principales hechos de su vida con una carga muy fuerte de autoculpa, seguramente debido a su educación católica.
Crumb es un autor que se define por un humor corrosivo, mordaz, crítico, destructivo, cruel, honesto, sincero… basado en la infancia rodeada de tensión, violencia verbal, malos tratos, alcoholismo, problemas de salud mental… y mucho talento artístico.
Crumb usó el cómic como vehículo de expresión, como válvula de escape, como purgante para toda la tensión acumulada.
Se convirtió en el ídolo de la contracultura, en el pope del comic underground americano durante los sesenta, y su influencia llega hasta nuestros días en ese rincón del medio.

La honestidad de Crumb era tal que mostró sus filias y fobias a un nivel de transparencia extremo. No dejó de mostrar su amargura rencorosa contra las mujeres, su misoginia, sus parafilias y su racismo.
Crumb no de excusó y pidió perdón por algunos de los cómics de esa época. Aunque en algunos casos, y dado el autodesprecio que se exhibía, no dejaban de ser planteamientos irónicos, ejercicios meta de autoodio.
Aline Kominsky-Crumb fue su segunda mujer. Una persona con una vena artística académica, con alta capacidades intelectuales y una fuerte personalidad.
Los últimos veinte años, Robert y Aline dibujaron los cómics juntos, como coautores, exponiendo su vida personal sin tapujos. Aline recibió duras críticas por su estilo de dibujo y Crumb fue despreciado por una buena parte de sus lectores por “ceder” como un calzonazos (seguramente la mayoría de estos lectores críticos no les parecía nada machista el Crumb que dibujó el tebeo de la Familia Blowjob).

Honestamente, los tebeos dibujados por ambos son una evolución de los cómics Crumb, mucho más centrados en el costumbrismo peculiar de su vida matrimonial. No dejan de ser frescos, intensos, divertidos, curiosos y nos dan una perspectiva mucho más amplia de uno de los universos del cómic más personales: el día a día de Robert Crumb.
Aline era una persona saludable, práctica, física, curiosa… suponía un contrapunto con el apocado, paranoico, ansioso, obsesivo, patoso y debilucho Robert.
Esto es importante porque Aline falleció de cáncer en 2022. Crumb se quedó solo en su casa de Sauve (Francia).
Relatos de la Paranoia es el primer cómic de Crumb post Aline, de hecho, hay páginas medio realizadas por los dos que Robert ha finalizado.
Crumb es un anciano, viudo, que desde siempre se ha mostrado como un cascarrabias, un antisistema desafiante con las convenciones, humanista y muy de izquierdas. Huyó de Estados Unidos por la deriva ultracapitalista y consumista del país.
En este cómic encontramos una evolución de ese anciano cascarrabias, antisistema, que se ha quedado sin la última cortapisa racional que le quedaba. Nos encontramos con un ominoso relato antivacuna.
El cerebro humano no deja de funcionar y la tendencia paranoide del autor (y que lo nombre en el título no le exime de nada) discurre imparable en un «cuerpo teórico» lleno de datos inconexos, percepciones apocalípticas, sensaciones inasibles… que retratan al autor como un hombre perdido, amargado, triste, que llega a comprar argumentos a su archienemigo Donald Trump.
A pesar de lo divertido que ha sido casi siempre Crumb, más que por su humor, el autor se ha caracterizado por su acidez, su amargura y su crítica feroz.

Aquí el humor ha sido sustituido por el miedo a lo inexplicable, lo incomprensible, dejando un triste relato del ocaso de uno de los grandes autores del cómic.
Crumb en ningún momento se cuestiona que sus percepciones y emociones se vean alteradas por su viudez, su avanzada edad o su falta de formación académica. Todo lo atribuye a malvadas ultracorporaciones, el Deep State, complots judeomasónicos, la industria farmacéutica… que no decimos que estas entidades sean angelitos, pero el discurso de documentación nivel Iker Jiménez de Crumb se desacredita solo.
Y no, no lo hace en plan irónico. Llevamos muchos años leyendo los tebeos de Robert Crumb, viendo documentales, leyendo biografías para saber que las leves muestras de ironía autoparódica de este comic no esconden que su discurso (que ya habíamos leído antes) se basa en como vivió la pandemia y los años posteriores.
También es curioso que Crumb se centre en la definición científica de paranoia para luego cuestionar toda la ciencia. Usa la ciencia para apelar a toda la comunidad científica a la que pinta como agentes secretos de una conspiración mundial. Crumb confronta sus argumentos con un médico amigo y admite haber tenido dificultades para mantener su discurso. Pero no cede.
Crumb tenía 82 años cuando realizó este cómic y no deja de sorprender la nitidez de su relato (a pesar de la cantidad de apretujados textos que llenan las páginas), la facilidad de lectura, la claridad de su narrativa y la precisión de su dibujo.
Crumb siempre se ha mostrado como un autor intenso en los temas, las emociones, pero sobre todo en el dibujo, con su abigarrado estilo hiperdetallado, áspero, lleno de rallitas, sus juegos de tramas que expresan volúmenes, luces y sombras.
En este sentido, está mejor que nunca con hallazgos estilísticos como el del demonio que surge de la oscuridad para atormentar al pobre Crumb, con reflexiones de una sola página, retratos realistas con su incorruptible estilo y sus extensos cuadros de textos redactados con una agilidad y frescura envidiable.
Se trata de una obra para completistas, amantes del autor, del género, pero que temáticamente no se pueden tomar muy en serio. Ni siquiera plantea elementos de reflexión fiables.
O puede que, según las teorías del tío Bob, la CIA me ha reclutado sin darme cuenta para redactar esta reseña.
Lo mejor
• Reencontrarnos con Crumb.
• Su desempeño técnico es impecable.
• La portada homenaje a la EC
Lo peor
• El discurso antivacuna que ha envejecido muy mal en muy poco tiempo.
• Puede que estemos viendo el aspecto amargado de un viejo que se ha quedado solo en el mundo.








