Power & Glory

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Edición original: Power & Glory #1-4 (Bravura, 1994).
Edición nacional/ España: Power & Glory nº 1-4 (Norma, 1995).
Guión y Dibujo: Howard Chaykin.
Color: Richard Ory, ‘Bu Tones.
Formato: comic book 32 págs.
Precio: 225 pts. c/u.

 

La convulsa década de los ’90 en el cómic USA suele ser recordada con aprehensión por el aficionado veterano. Hay una explicación sencilla. Las grandes franquicias de Marvel y DC, que nos habían criado a sus pechos, atravesaban momentos críticos, en una huida hacia la nada de la que ya nunca se recuperaron sino puntualmente. Leer Batman o La Patrulla-X, en aquellos días, podía ser muy duro. Los talentos inquietos habían emigrado en busca de fronteras creativas más ambiciosas, muchos siguiendo el espejismo de que había un público anhelante de propuestas menos complacientes gracias a la brecha abierta por las obras que se citan siempre de los años ’80: Watchmen, Miracleman, La Cosa del Pantano, V de Vendetta, El regreso del Señor de la Noche, Daredevil: Born Again, The Shadow, Black Kiss, Camelot 3000, Animal Man, Marshall Law, Love & Rockets, Nexus, Cerebus, American Flagg!, etc. Ello explica la paradoja de que se mire por encima del hombro una década que alumbró From Hell, Un pequeño asesinato, Sandman, Predicador, Los invisibles, Starman, Shade, Sin City, Hellboy, Stray Toasters, Concrete, Gilgamesh II, Balas perdidas, Bone, Extraños en el paraíso, Odio, Agujero Negro y un largo etcétera de obras justamente célebres. Pero, claro, la discusión era, entonces, por qué MacFarlane había abandonado Spider-Man o por qué Los Vengadores llevaban cazadoras (sí, en serio). En el fondo, latía un rencor de fan despechado porque los autores punteros renunciaban a los personajes con que habían crecido para crear los suyos propios. Y no, no me estoy refiriendo a Image.

A fines de los ’80, John Byrne, Frank Miller y Walter Simonson, tres de los artistas más reputados del mainstream USA, se reunieron para crear un sello editorial propio llamado Dinosaurs, que respetara la propiedad intelectual y los derechos de autor. La cosa no fructificó y acabaron tomando caminos distintos: Byrne y Miller auspiciaron el sello Legend, que cobijó Next Men, Hellboy o Sin City, mientras que Simonson inauguró Bravura, bajo el paraguas de la editorial Malibu, retomando Star Slammers y atrayendo a tipos como Jim Starlin (Breed) o Howard Chaykin (Power & Glory), quienes habían destacado anteriormente por sus pretensiones autorales.

“No sé qué es peor”, dice Gorski, “su música o las drogas. Afortunadamente, una de ellas es ilegal.”

Chaykin, provocador y versátil, igual se vuelca en la ciencia ficción desaforada de Cody Starbuck o American Flagg! que actualiza a los Blackhawks creados por Will Eisner, Chuck Cuidera y Bob Powell o escandaliza con el sexo explícito de Black Kiss. Mordaz, irreverente, descreído del heroísmo infantil de buenos y malos, describe así su creación para Bravura: «Power & Glory es lo que ocurre cuando los EE.UU. deciden meterse en el negocio de producir un superhéroe. El tipo que lo entrena no para de realizar el trabajo sucio que el público no ve. El tema de esta historia, definido en los términos más simples, podría ser: ¿Para qué ser un héroe cuando basta con parecerlo?«. Esta premisa le permite dar rienda suelta a sus motivos favoritos (que van de la conspiración, el crimen y la concupiscencia a los recursos más pulp de la ciencia ficción) a la vez que se mofa de las convenciones caducas del género pijamero, al que aborrece (por boca de su alter-ego llega a decir: «Necesitamos un superhéroe tanto como yo un segundo culo«).

Chaykin se siente como pez en el agua en la sátira descarnada de una Norteamérica corrupta que vive de las apariencias mientras sus gobernantes pactan con sus supuestos enemigos (que lo son en cuanto no se dejan mangonear por el inquilino de la Casa Blanca). El mismo título es una tomadura de pelo a costa de los dos antagónicos protagonistas, Allan Powell, el superhéroe descerebrado que tiene fobia a ser tocado y cuenta chistes verdes con el presidente de la nación, y Michael Gorski, un resabiado agente de la Guerra Fría que no puede superar el abandono de su mujer. Ambos se prestarán al juego de engaños y conveniencias.

Junto a parodias facilonas (esa Madonna apenas enmascarada en Belladona) y ocasionales bromas de mal gusto (como el chascarrillo de la pederastia), el autor suelta auténtico vitriolo. El superhéroe, angustiado por su celebridad menguante, se queja de la volubilidad del público. «Lo sé«, contesta Vanessa Cheng, periodista de cotilleos de la cadena Televacía, «pero estamos hablando de americanos de los noventa. Por amor de Dios, si son gente que cree en la astrología, la reencarnación y la infancia interior.» No hay personaje que no sea interesado o mezquino, cuando no portador de preocupantes taras emocionales, conejillos de indias de la gran farsa. Esto reza lo mismo para los agentes de la NIA (¿hace falta explicar la burla?) que para el dictador estrella del rap y capo narcotraficante al que persiguen. Y, sin embargo, Chaykin no denuesta a sus criaturas, no las mira por encima del hombro sino que las comprende e incluso -¡glups!- las aprecia. Con todas sus miserias -que bien a la vista quedan, por cierto-, Powell y Gorski acaban cerca de los tradicionales compañeros de las buddy movies de Hollywood, tal vez por ser, a fin de cuentas, hijos bastardos de los iconos más representativos del panteón superheroico: Superman (Powell) y Batman (Gorski). Por mucho que reniegue del género públicamente, los homenajes, aún con sorna, son demasiado evidentes para pasarlos por alto, sobre todo los que competen a Watchmen (con Powell imitando la pose desnuda del Dr. Manhattan) y El regreso del Señor de la Noche (la armadura de Gorski).

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Visualmente, Chaykin inicia aquí su decadencia, en el sentido más literal. Es decir: cada capítulo va perdiendo fuelle. El primer episodio tiene un acabado excelente, casi al nivel de sus obras imediatemente anteriores en DC. En el segundo asoman algunas pifias y desproporciones, en verdad no demasiado molestas, pero en la tercera entrega hay viñetas que -¡pásmense!- recuerdan las deformidades ridículas de Rob Liefeld: particularmente horripilante la doble página con viñetas imitando las imágenes transmitidas por tv. La conclusión recupera levemente (muy levemente) el tono, lo que significa, en suma, que no contiene páginas verdaderamente atroces, como su predecesora, pero que se hunde a una distancia abisal del número de presentación. Algo similar cabe decir del argumento, que flaquea en su tramo intermedio tras una introducción sensacional. Aclaremos, no obstante, que la escritura, pese a los altibajos, resulta más estable y coherente que el desmayante apartado gráfico. Los diálogos, sarcásticos, a veces elusivos, guardan gozosas sorpresas, aunque reproduzcan algunas ocurrencias tópicas.

Donde el autor no ha perdido un ápice de fuerza es en su capacidad narrativa, resistente incluso a los autoplagios descarados (como la secuencia en que Powell arroja a un anciano en silla de ruedas de un rascacielos, reminiscente de su trabajo en The Shadow), apreciable al primer golpe de vista… y no solo por el físico de Gorski, made in Chaykin, sino por las características viñetas de primeros planos inscritas, incluso atropelladamente, en paneles más espaciosos. Por lo demás, la variada composición, muy centrada en el movimiento de las figuras, lleva las viñetas a sangre, con Chaykin sacando un gran partido de la distribución en largas tiras horizontales o verticales.

Han pasado más de 20 años desde que este tebeo vio la luz en EE.UU. Con la desaparición del sello apadrinado por Simonson las andanzas de Power & Glory no han quedado en el limbo sino que han sido rescatadas por la editorial Dynamite, la misma enfrascada estos días en la recuperación de héroes pulp como La Sombra, lo que permite albergar la esperanza de una necesaria reedición en nuestro país.

  Edición original: Power & Glory #1-4 (Bravura, 1994). Edición nacional/ España: Power & Glory nº 1-4 (Norma, 1995). Guión y Dibujo: Howard Chaykin. Color: Richard Ory, 'Bu Tones. Formato: comic book 32 págs. Precio: 225 pts. c/u.   La convulsa década de los '90 en el cómic USA suele…
Guion - 7
Dibujo - 6
Interés - 7

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Lector
24 marzo, 2015 10:48

de lo mejorcito que he leído del chaykin,junto a su BLACK KISS.eso sí,tengo la impresión de que su arte no ha envejecido demasiado bien.lo último que le he visto(su historia esa de latveria) me ha echado muuuu pátrás,xdd.

Miki
Miki
Lector
24 marzo, 2015 13:58

A pesar de que lleva aparejado el sambenito de obra menor de Chaykin me parece más redonda que otras suyas más conocidas (su Cody Starbuck de arte está muy bien pero no tiene una trama Interesante, por ejemplo)
Por cierto, algunos superhéroes de los 90 no estaban tan mal, los mismos vengadores citados fueron buenos hasta la saga de proctor o, por poner un ejemplo de guionista olvidado, cualquier cosa que hiciera Len Kaminski era interesante (excepto su Fate, ese no hay quien lo salve) y su iron man yo lo pongo por encima del de Byrne que le precedió, creo que muchas veces se tiende a homogeneizar una época que en general fue muy mala, sí, pero que a poco que se rasque tiene también muchas cosas salvables. Y eso sin contar las obras no superheróicas, de las que el artículo da buena cuenta.

Sergio Aguirre
24 marzo, 2015 19:21

He de decir que en su día esta obra me decepcionó un tanto. Chaykin ha hecho cosas mejores siendo igual de provocador, pero aquí me daba la impresión que se quería subir al carro de los Watchmen, Dark Knight (o por el tono quizás mas bien al de Marshall Law) y dejando una obra valiente por lo político, pero algo insulsa en la ejecución.

Y MIki, me sumo a la reivindicación (otra mas) de Len Kaminski. Durante los noventa ofreció tebeos con mucho oficio, sin grandes pretensiones pero bastante bien hechos, como esa etapa de Iron Man(lastima de apartado gráfico), sus primeros números de Morbius o el Ghost Rider 2099 con Chris Bachalo. Lo último que le vi fue el fantástico especial del Escuadrón Supremo en el que estos volvían a su Tierra tras su paso por Los Vengadores de Busiek, y un prestigio de la JLA de la era Morrison con una premisa muy ingeniosa, pero una vez mas con dibujos (creo que de Val Mayerik) que dejaban bastante que desear.

Vivir para leer: reivindicando a Kaminski y mirando por encima del hombro a Chaykin en el mismo post. Quien me iba a decir que alguna vez escribiría algo así. Cualquiera podría llevarse una idea equivocada de mi leyendo esto, vaya tela.

Miki
Miki
Lector
En respuesta a  Sergio Aguirre
25 marzo, 2015 14:32

He mencionado a Kaminski porque me parece un ejemplo paradigmático de todo lo que fue mal en los noventa respecto de los guionistas: una persona con oficio que hacía tebeos entretenidos y consecuentes con el pasado de los personajes, intentando aportar ideas nuevas pero sin salirse de las personalidades establecidas, al que de Morbius le echa el propio dibujante, que ni siquiera era un primera espada, que en su etapa en Iron man me da la impresión de que le sacaron por los planes editoriales (no tengo confirmación al respecto, pero ese final tipo fortaleza de la soledad y que el siguiente número fuera de Terry Kavanagh, el amigo del jefe, que directamente metía a la colección en un cruce…) y al que el público no le apoyó cuando fue por caminos menos trillados de los habituales (Scare Tactis estaba muy bien y se le nota el cariño por lo que está escribiendo, hasta hizo un disco por su cuenta con canciones atribuidas a los personajes de la colección). Y así unos cuantos autores más, noventeros o con una carrera más o menos larga, que dieron unas cuantas obritas que van desde lo interesante a lo notable y que se ven lastrados por los dibujantes o por ser poco conocidos.