Capitán Meteoro Vol. 2 Cap. 2: El Mal final

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Por José Antonio Fideu Martínez con ilustraciones de Vicente Cifuentes

Capitán Meteoro, Archivos 8. Notas previas.

Título: “El Mal final”.

Todos los aficionados recordarán, sin duda, al “Segador”, uno de los villanos clásicos, enemigo mortal del Capitán Meteoro. El personaje, que yo recuerde el primero en la historia de los comics con la capacidad de teletransportarse, hizo su aparición en la serie de cabecera de nuestro héroe, en el número ciento quince, en un episodio titulado “El Mal”. Por aquel entonces, el que se convertiría en némesis sin escrúpulos del capitán, no era más que un personaje estrafalario, un treintañero pecoso y pelirrojo, quien por azar descubría un artefacto extraterrestre que lo dotaba de poderes asombrosos, una especie de hoz prodigiosa con la que, además, se encargaba de amedrentar a las víctimas de sus tropelías. Siempre me gustó ese personaje, me parecía atractiva su vestimenta, su arma, su manera de hablar…

Hace unos días, rebuscando en los archivos de Vincent F. Martin, descubrí una carta manuscrita (quizás un borrador), en la que el autor de los guiones del Capitán Meteoro, contaba a un amigo el origen de este personaje y le narraba sus preocupaciones… El origen real, quiero decir: cómo surgió la idea de crearlo. Aquellas páginas fueron una revelación sorprendente para mí. La vida, con sus miserias y su cara más aterradora, se mezclaba con la ficción en ese documento único… Puede que Martin creara al villano para librarse de un miedo difícil de esquivar, quizás como catarsis o para asegurarse de que, al menos en la ficción, recibía su merecido.

La carta hablaba de Ted Bundy, un hombre inteligente y atractivo, un seductor irresistible que, en sus ratos libres, se dedicó a matar sádicamente a más de treinta chicas, convirtiéndose así en el asesino en serie más famoso de la historia. Hay mucha información sobre este tipo por ahí. Al parecer, Bundy, nacido en el año cuarenta y seis en Estados Unidos, licenciado psicología, joven scout y promesa del partido republicano, un muchacho apuesto y comunicativo con facilidad de palabra, apelaba a la bondad de sus víctimas para conseguir sus macabros fines. Paseaba por los alrededores de las universidades fingiéndose lesionado, con muletas o con el brazo en cabestrillo, y dejaba que sus libros cayeran al suelo a la vista de alguna chica para llamar su atención. Las pobres desdichadas que fueron incapaces de negarle ayuda y que lo acompañaron hasta su coche murieron brutalmente apaleadas…

Una de las desafortunadas víctimas de Bundy fue Mary Roseman, amiga desde la infancia de su hija Carmen. En su escrito, el guionista, cuenta que la misma tarde en la que Bundy eligió como víctima a la joven Mary, su hija y la otra muchacha pasaron la tarde juntas, estudiaron y salieron a hacer unas compras con otras compañeras de clase. Al parecer la afición de Bundy por las rubias fue el factor que decidió la suerte de las dos muchachas… Por suerte para Martin, su hija se había teñido el pelo de rojo unos días antes… Dylan Poppy, el personaje de Martin es, en realidad, Ted Bundy atrapado en un mundo de papel y tinta china en el que sus tropelías fueron detenidas a tiempo, en un mundo en el que el Capitán Meteoro logró darle su justo castigo…

Este episodio es, en realidad, recreación del primer argumento ideado por Martin, una historia demasiado cruel para la época, demasiado cruda, que, lógicamente, jamás vio la luz. En tres cuartillas escritas a lápiz que acompañaban a la carta, dentro de un sobre anaranjado, volcó todos sus terrores…



“El mal es imposible de concebir sin el concepto del bien, por lo cual es imposible destruirlo sin destruir la naturaleza humana”.

Orham Tozeur, Hombre de Ceniza, en el episodio ciento quince de la serie Capitán Meteoro.

Estoy en condiciones de afirmar que me he enfrentado al mal en casi todas sus formas. En todos estos años de carrera, me he enfrentado al mal cuando éste se escondía en el alma de hombres, de niños y de ancianos. Le he hecho frente cuando ha tomado la forma de un animal, de una planta o de un robot, cuando se ha escondido tras la furia feral de la madre naturaleza o cuando lo ha hecho tras la insolente soberbia de lo artificial. Me he enfrentado a él encarnado en mujeres hermosas, en monstruosidades horribles, en inventos letales y, también, algunas veces, encarnado en las mentes desequilibradas de los inventores… Me he enfrentado a males provenientes de más allá de los confines de la galaxia, a males surgidos del núcleo mismo de la Tierra, a males alumbrados en tiempos remotos y a males llegados del futuro más lejano, a males microscópicos y a males tan enormes como el océano mismo. El mal puede ser una idea, una ley, un mandamiento, un fármaco, un libro, un deseo, una imagen, un juguete, un beso… He hecho cara al mal cuando procedía del infierno y cuando decía proceder del cielo… y creo que lo he derrotado siempre porque, hace años, llegué a la conclusión de que al mal no se le puede vencer con más mal. Para derrotarlo hay que ser mejor que él, y por eso, incluso cuando me han partido la cara, cuando han acabado con mi resistencia y mi determinación, me he sentido un vencedor. Sangrando, jadeando, llegando el último, sufriendo, siendo castigado y humillado… me he sentido vencedor. Pocas veces he devuelto mal por mal y, cuando lo he hecho, ha sido obligado, en aquellas ocasiones en las que no he tenido más opción. Incluso entonces he tratado de medirme, de ser justo, he racaneado siempre el castigo tratando de usar solamente el necesario… Siempre me he sentido un vencedor por eso… Sí, creo que siempre he vencido… excepto una vez.

Nunca antes había contado esta historia, no me siento orgulloso de cómo actué, y si ahora lo hago, si me atrevo, es únicamente para mostrar el cambio que, a mi criterio, ha sufrido el mundo en estos años, al menos mi mundo, y sobre todo, para pedir disculpas… No quiero sugerir que antes no hubiera mal, no soy tan ingenuo para pensar así. Lo hubo siempre, porque creo que éste es parte fundamental en la condición humana. Sólo ejerciendo el mal, el hombre ha podido imponerse sobre los demás seres de la Tierra… Creo que en eso Darwin se equivocó. En la mayoría de las ocasiones no es el más apto el que sobrevive, lo hace el más malo, aunque muchos nos esforcemos por evitarlo…

Sin embargo, en el mal, como en todo en el universo, existen grados. Podemos encontrarnos males necesarios, como el mal inevitable del que hablaba antes, que se requiere para la supervivencia, el mal al que estamos predispuestos genéticamente, el que ejerce el carnívoro sobre su presa sin poder hacer nada por evitarlo. Hay males livianos como el que ejerce un niño, pero también existen males sin sentido, inmensos y gratuitos, que son los peores males… Tristemente, he notado una deriva extraña en los enemigos a los que me he enfrentado en estos años, que ha ido conduciendo sus actos de la parte más ingenua de ese continuo, a la más abyecta. Los primeros villanos con los que peleé eran como payasos de feria, vestidos con coloridos trajes brillantes, ingeniosos siempre, cuyo delito mayor era un robo o un secuestro… en los peores casos un intento de asesinato llevado a cabo con tan poco énfasis que casi siempre fracasaba. Luego, los actos de mis enemigos se fueron tornando, poco a poco, mucho más radicales. Conforme se dieron cuenta de que existía una línea que nosotros no podíamos cruzar y ellos sí, fueron adentrándose cada vez más en la parte oscura que los esperaba al otro lado de esa última frontera. Abusaron de ese poder que el mal les concedía y que a nosotros nos estaba prohibido utilizar…

Me di de narices con este cambio, una noche de octubre de mil novecientos setenta y tres: la noche en que detuvieron, por fin, a Dylan Poppy… Aquel fue año en el que nos retiramos de Vietnam y lanzamos el Skylab, el año en el que murieron Edward G. Robinson, el mafioso Frank Costello, Bruce Lee, John Ford, Tolkien y Pablo Picasso, pero curiosamente me acuerdo más de Poppy que de todo lo demás. Quizás ese nombre vulgar no os diga mucho a la mayoría de vosotros, pero estoy seguro que vuestra indiferencia se esfumará de golpe, si os digo que ese era el nombre real de “El Terror” o, al menos, el nombre con el que lo bautizaron sus padres, el que figuraba en su carné de identidad y en sus cuentas bancarias… Varios asesinos, diferentes alias, escondieron a Poppy. Os estremeceréis al saber que tras el “Hombre del cuchillo”, el “Demonio de Wichita”, el “Segador”, la “Plaga Negra” y el “Devorador”, se encontraba también su alma perversa. Todos esos depravados fueron un mismo hombre, y estoy seguro de que en las comisarías de medio mundo hay carpetas a cientos, con crímenes sin resolver, ejecutados por su fría mano… Se sospecha que pudo haber matado a casi seis mil personas, en menos de veinte años…

-Escucha chicarrón, te dejo pasar porque sé que no harás ninguna tontería. Me estoy jugando la jubilación con esto… No lo harás, ¿verdad, Capitán? –me preguntó muy serio Stoddard-. Aunque ese cerdo se lo merezca…

-No te preocupes, ya me conoces…

-Sí, te conozco, pero comprenderás que no lo entienda. Si no eres uno de los muchos damnificados a los que ese hijo de puta ha jodido la vida, ¿para qué quieres verlo…? Dame una explicación razonable, anda.

-No puedo darte ninguna explicación, simplemente necesito estar cara a cara frente a él un rato… Sólo puedo decirte que, por suerte, no ha tocado a mi familia ni a ninguno de mis amigos…

-¿Por puro morbo, entonces? No me lo creo, eso no me pega contigo…

-No, no es por morbo…

-¿Me das tu palabra de que no te tomarás la justicia por tu mano…?

-Sabes que no hace falta, pero si te sientes más tranquilo, sí, te la doy…

-Bueno, pues entonces, aunque creo que malgastas tu tiempo hablando con esa escoria, déjame pasarte este escáner y vamos para allá – Stoddard torció el gesto, mostrando así su incomprensión y su desacuerdo ante mi terquedad, y tras analizarme con el aparato, me pidió con un gesto que le acompañara-. Es para evitar que algún polimorfo o un controlador mental nos la juegue y se cuele haciéndose pasar por otra persona… Ven. Es por aquí.

Con paso rápido y cara de disgusto evidente, James Stoddard me condujo a la zona de seguridad especial de la comisaría central, un calabozo de alta tecnología, donde los villanos esperaban un par de horas, a veces días, antes de ser conducidos ante el juez. Descendimos varios pisos en ascensor y, con el cambio en la decoración, en el entorno, se produjo también una evidente variación en la fauna que nos acechaba. Al modificarse la parte física del ecosistema, varió también la parte animal. Pasamos de zócalos de azulejo blanco y azul, que a buen seguro tenían más de cien años, y mamparas de madera y cristal, a muros de metal reforzado y puertas accionadas por células fotoeléctricas. De ventiladores de aspas, papeleras de redecilla metálica y percheros de pie, a aire acondicionado y puestos de reciclaje automático. De agentes de uniforme con su gorra y su clásica porra reglamentaria, a guardias totalmente tecnificados, cubiertos de la cabeza a los pies por la más actual tecnología. De chorizos y señoras putas de toda la vida, a mutantes y delincuentes disfrazados… Sin embargo, tanto unos como otros nos miraron con la misma extrañeza.

-Cada vez la cosa se pone más difícil, Meteoro –me dijo señalando una pared forrada de pequeñas fotografías-. Antes los policías todavía valíamos para algo, pero ahora no somos más que figurantes. Estamos porque tenemos que estar, pero ya no sé si servimos de mucho. ¿Te acuerdas de aquel grupo de super-policías que fundaron hace año y pico? El que iba a acabar con todos los problemas de la ciudad…

-Sí, claro que me acuerdo… Salieron en todos los noticiarios vestidos con sus brillantes armaduras… Nos hemos encontrado en muchas ocasiones…

-Ya, ya lo sé. Los vistieron con una variante de la armadura de motor de quantum que usan los guardias del área cincuenta y dos… Una variante japonesa, más barata, con armamento nuevo y sistemas de comunicación y rastreo muy avanzados.

-La conozco, un amigo mío diseñó la original.

-Pues no ha servido de nada –se acercó un poco más a la pared y cogió uno de los pequeños retratos. Me lo enseñó y pude ver la imagen de una joven orgullosa, vistiendo una de esas armaduras de color azul. Con el casco bajo el brazo sonreía a la cámara, ignorante del destino que le esperaba, contenta como una quinceañera el día de su primera cita-. Me pusieron al mando, aunque yo no quería… En este tiempo han muerto más de la tercera parte de los agentes que comenzaron a dar el servicio. Ésta se llamaba Dausy McGregor y era una muchacha estupenda, guapa, simpática y muy lista. Estaba a punto de terminar criminología y tenía una niña pequeña. Un día la mandé a detener a un tío y resultó que el muy cabrón podía entrar en fase. Todo salió mal, jodidamente mal. Su compañero disparó un disruptor de moléculas en el peor momento. Antes de darse cuenta la pobre se encontró con el brazo de aquel fulano atravesándole el pecho. El muy imbécil se quedó manco, pero ella murió…Tardaron más de seis horas en separarlo del cadáver de la pobre chica y, cuando la enterramos, aún llevaba la mano de ese fulano clavada entre las tetas; los huesos de ambos quedaron fundidos y no pudieron separarlos…

-Sí, me acuerdo de aquello. Creo que aquel tipo se hacía llamar el Espectro Gris, o algo parecido…

-El Espectro Gris, sí. Ese era su alias –por un instante James Stoddard guardó silencio, quizás rememorando aquel rostro joven lleno de vida. Luego, arrojando la colilla de su cigarrillo al suelo con rabia, tras aplastarla como habría aplastado sus remordimientos de haber podido, volvió a colocar la foto en su sitio y, sin decirme nada, se dio la vuelta y siguió caminado-. Ven, Meteoro. En un par de meses se cancela la unidad… Así sin más. Cambio de alcalde, cambio de política. La nueva idea es meter en nómina superhumanos, darles un uniforme, una placa y una pistola, y que sigan haciendo lo que hacen ahora, pero cobrando una nómina del Departamento… No sé si será útil, pero al menos se ahorrarán la pasta que cuestan esas armaduras y el dinero que se gastan en reparaciones…

Sin volver a dirigirnos la palabra, avanzamos recorriendo un par de pasillos más, hasta que, por fin, llegamos a nuestro destino. Aquel trayecto en silencio, siendo observado por todos los que pasaban a nuestro lado, se me antojó larguísimo y muy incómodo. No me hubiese costado menos atravesar un desierto en pleno mes de Julio… llegados al final del último corredor, Stoddard colocó la palma de su mano en un pequeño panel cuadrado y una puerta de metal, de aspecto muy pesado, se apartó dejándonos vía libre para continuar. Al otro lado nos recibieron dos agentes que nos acompañaron hasta el final de la galería. Uno de ellos trajo una silla para mí y la colocó frente a la celda de Poppy. El asesino dormía plácidamente sobre un camastro cubierto por sábanas de plástico, ajeno al mundo y separado de él por barrotes invisibles. Un cartel de peligro, advertía en varios idiomas de lo inconveniente que sería para la salud de cualquiera, el tratar de atravesar la línea roja que separaba la entrada a la celda del corredor.

-Hay un campo de fuerza –me dijo-. Incluso a ti te dolería… Titanux intentó salir sin permiso, el martes, y todavía le dan calambres. Tienes media hora. Que la disfrutes –luego, volviéndose hacia el detenido, ladró una orden, y al hacerlo, pude entrever, de nuevo, al Stoddard de antaño, resurgiendo de las cenizas del Stoddard casi jubilado-. ¡Despierta, malnacido! Tienes visita…

Esperé a que todos se marcharan sin decir nada. Dylan Poppy hizo lo mismo. Se levantó del catre con poca prisa y se acercó hasta la entrada de la celda. Se colocó frente a mí, retándome con la mirada, cruzado de brazos, sin despegar el pico. A primera vista me pareció un hombre vulgar. Su boca, casi carente de labios, era apenas un tajo de navaja, falto de expresión y de toda gracia, que dividía el tercio inferior de su cara. La nariz, una nariz mediocre, ni muy grande ni tampoco muy pequeña, ni chata ni aguileña, un apéndice que apenas aportaba personalidad al rostro… Estaba calvo, pero mantenía el pelo por debajo de las sienes, y sus orejas asomaban sólo lo necesario para ser consideradas como tales, parapetadas tras una cortina de canas despeinadas. Tampoco habrían llamado la atención lo más mínimo, de no haberlas encontrado dentro de aquella celda, adornando la cabeza de un hombre vestido con un mono rojo y con un collar anulador al cuello… Sólo una cosa era excepcional en el retrato de Poopy: sus ojos. Ojos que congelaban, totalmente inexpresivos, pero, a la vez, extrañamente cargados de desprecio y de odio…

-¿Qué quieres…? –me preguntó al fin.

-Ya sabes lo que quiero…

-No, no lo sé…

-Quiero que me expliques…

-¿Que te explique? Yo no tengo que dar explicaciones a nadie… Además, ¿para qué servirían las explicaciones…? No las entenderías…

-Inténtalo, Poppy…

-No me das miedo, Capitán Meteoro –dijo sonriendo-. La verdad es que ya no le temo a nada…

-Mejor, porque no he venido hasta aquí con la intención de asustarte…

-No, has venido a que te lo explique… Ya veo –el hombre guardó silencio por un instante, y luego volviendo al rostro inexpresivo de antes, continuó hablando-. ¿Sabes?, has sido el único, desde que me detuvieron, que no se ha dirigido a mí con insultos. El único que me ha hablado llamándome por el nombre que me pusieron al nacer… Crees que con esa actitud beata de respeto fingido te vas a ganar mi confianza y que así te voy a abrir mi corazón ¿Es eso? Me ofendes si piensas así… –Poppy hizo una pausa muy breve y, antes de darme tiempo para contestar nada, siguió con su disertación, ignorándome. Nada le importaba lo que yo pudiera opinar. Nada le importaba, en realidad, el resto del mundo-. Sin embargo, vas a tener suerte, Capitán Meteoro… voy a contestar a algunas de tus preguntas, únicamente a las que me apetezca contestar, claro está… No lo voy a hacer por complacerte a ti. Lo voy a hacer por darme una satisfacción a mí mismo. Una más –de nuevo hizo un receso-. Aunque antes de hacerlo quiero advertirte del peligro que corres…

-¿Peligro? ¿Yo? ¿De qué peligro hablas…?

Poppy sonrió divertido y su sonrisa me secó la sangre en las venas…

-Del peligro de ser derrotado, claro está. No creo que estés muy acostumbrado a eso, chicarrón…

-Me arriesgaré –dije tratando de fingir seguridad.

-Creo que no me entiendes, hombretón. No hablo de batallitas de las vuestras. Nada de puñetazos, ni de rayos, ni de mierdas de esas… Hablo de ser derrotado en lo más profundo de tu alma. De ser derrotado completa y profundamente…

-¿Por qué has hablado del “nombre que te pusieron al nacer”? ¿Acaso no lo consideras tu nombre…?

-¡Bien! –exclamó divertido-. El superhombre no tiene miedo… Eso me gusta. En ese caso, sin más dilación, comencemos…

-Responde a lo de tu nombre…

-Esa es pregunta de psicólogo barato. No, no tengo ningún trastorno disociativo, ni doble personalidad… No vas bien por ahí Meteoro. No me decepciones…

-¿Entonces? ¿Por qué “el nombre que me pusieron al nacer”? ¿Por qué no “mi nombre…”?

-Es sencillo: Yo no elegí llamarme así. Yo soy sólo lo que decido hacer, no lo que otros han decidido por mí y, por tanto, yo no soy Dylan Poppy…

-¿Cómo he de llamarte, entonces?

-De todos los apodos que me pusieron los policías y los periodistas, sólo hay uno que fue elegido por mí. Ese es, si quieres llamarlo así, mi nombre verdadero: Yo soy “El Terror…”. Firmé así una carta al comisario de Cleveland en mil novecientos sesenta y ocho… por aquella época me dediqué a matar por allí. Fue un juego muy divertido. Creo que es un buen nombre. Representa todo lo que he decidido hacer… lo que soy.

-Bien… Terror. ¿Por qué lo has hecho?

-Ya te he contestado… en parte, al menos. Lo hice porque me apetecía, porque quería hacerlo… Es sencillo… He hecho lo que he hecho porque soy un dios entre hombres…

-Un dios encarcelado…

-No seas obtuso, Capitán… No estoy más encarcelado que tú.

-¿Tienes esperanzas de escapar de aquí? No lo conseguirás, te lo aseguro. Yo, personalmente, me ocuparé de eso.

-Veo que mis sospechas hacia ti se van confirmando. Eres tan previsible como me suponía… incapaz de ver más allá –Poppi mostró su decepción con un mohín-. No tengo intención de buscar una huida, sé que intentarán condenarme y que si pueden me ajusticiarán, pero lo tendrán difícil. Los periódicos cuentan muchas cosas, pero no tienen pruebas. El martes que viene me reuniré con mi abogado. Tengo dinero, mucho dinero, más del que podría gastar viviendo mil vidas. He contratado al mejor abogado criminalista de país, un mutante sin problemas de conciencia capaz de defender cualquier causa… siempre y cuando se le pague su minuta. Diremos que me acostaba con esa zorra y que el padre nos pilló en la cama, que me disparó y que, loco de furia, le cortó el cuello a su hija… por guarra. Y si la cosa se complica empezaré a escuchar voces… Sólo se me puede relacionar con un asesinato, e incluso en ese caso se podrá establecer una duda razonable al respecto de mi participación. Tengo más posibilidades de salir de aquí sano y salvo que tú mismo. De cualquier manera, vuestras leyes son incapaces de sopesar el bien o el mal encerrado en mis actos… Por eso, como te he dicho, te he derrotado… os he derrotado a todos. Aunque me mandaran a la silla eléctrica habría vencido.

-¿Vas a contarme algo o vas a seguir con ese rollo del superhombre triunfador durante toda la tarde…?

-Si llevas una grabadora he de advertirte. Nada de lo que yo diga, estando aquí encerrado, sin el consejo de mi abogado, se admitirá ante un jurado… ¿Qué quieres saber?

-Quiero saber por qué lo hiciste, cuándo comenzaste, a cuántas personas has matado…

-Ya veo. Aquí empieza mi juicio, ¿no…? Vas a ser tú quién me juzgue, para asegurarte de que mi condena se cumpla al instante. No me das opciones –se sentó y con un gesto de la mano me invitó a hacer lo mismo-. No tengo mucha fe en que llegues a entenderme, pero aún así te satisfaré. Tú y yo nunca nos hemos enfrentado antes… Vamos a hacerlo ahora porque tú lo has querido así. Atente a las consecuencias…

-Vamos –dije tomando asiento.

-Pues verás, dicen que he matado a unas seis mil quinientas personas, pero yo no llevo la cuenta exacta. Lo hice al principio, pero hace años que ya no cuento los cadáveres… En realidad puede que sean menos, aunque quizás también pueden ser más, y lo he hecho por puro placer, ya te digo. No hay más vueltas que darle. Comencé a los dieciséis años. Yo era un muchacho normal, ni muy listo ni muy tonto, de clase media, no muy guapo, pero tampoco el más feo. Nada de traumas ni de historias tristes. Recuerdo que en la casa que había frente a la mía, vivía una muchacha que se llamaba Tricia. Era una cría inteligente y además estaba muy buena. La muy marrana se había acostado con la mitad de los tíos del instituto, pero a mí no me hacía ni puto caso. Por las tardes, me asomaba a la ventana y la veía llegar con unos y con otros… Ya sabes a lo que me refiero, la típica historia de amor adolescente no correspondido. Ella la chica popular y yo el tipo gris. Ahora que ha pasado el tiempo, entiendo que ni me mirara. Yo, de haber sido ella, tampoco lo habría hecho –Poppy sonrió-. Tengo fotos de aquella época por algún lado. Mi cara era un arrozal, por lo de los granos lo digo. Era un insulso, vestía con muy poco gusto y no tenía ni un dólar en el bolsillo… Total, que yo pasaba las noches pensando en ella, esperando el milagro que me permitiera entrar en su habitación, luego en su cama y, por último, dentro de ella misma por un rato…


-Ya veo…

-El caso es que después de varios meses el milagro se produjo…

-¿Terminaste saliendo con ella…?

-¡Qué va! –Poppy me miró con desdén. Sus temores al respecto de mi persona se veían confirmadas con cada una de mis contestaciones– Lo que pasó fue que, de tanto desear estar en su habitación, una noche me materialicé a los pies de su cama. Así de sencillo… Debí de hacer tanta fuerza que al final lo logré… Ya lo sabes, me teletransporto, y la primera vez que lo hice fue para meterme en el dormitorio de aquella pequeña zorra… Soy un “clase alfa”, puedo ir a cualquier sitio con sólo desearlo, sin necesidad de haber estado allí antes ni de conocer el lugar. Los técnicos dicen que soy único en eso porque, para lograrlo, hace falta además de la capacidad de teletransporte, un cierto don de precognición… parece magia, pero seguro que existe una explicación racional para lo que hago, aunque es muy probable que nunca lleguemos a dar con ella. Yo, desde luego, no la busco porque no me importa. Puedo y punto.

-Ya veo. Descubriste una noche que podías teletransportarte y en vez de usar ese don para hacer del mundo un lugar mejor, lo usaste para matar con total impunidad…

-No te adelantes, anda. Déjame contártelo todo bien contado…

-Bueno, pues sigue…

-El caso es que me ese día me asusté tanto que me meé encima. Noté la humedad caliente sobre mi pierna pero, cuando me di cuenta de lo que había ocurrido, estaba ya de vuelta en mi casa… Es curioso, esa noche me preocupé más de esconder la mancha del pijama a mi madre que de entender lo que había pasado… A la noche siguiente lo volví a intentar y de nuevo me materialicé en la habitación de Tricia. Ella ni se enteró. Ocurrió todo como en la vez anterior, sólo que ya no me oriné encima. Ella soñaba medio desnuda, apenas tapada por una sábana rosa, y yo lo hacía también, sólo que de otra manera… La miré durante más de media hora, no hice nada más. Empecé a sentirme un dios en aquel momento, junto a su cama. Sabía que ella nunca se dejaría tocar por mí, que no había forma humana para convencerla, que me despreciaría y gritaría si yo hacía el menor ruido, pero tampoco me importaba, porque tenía un poder que me permitía hacer lo que quisiera y cuando quisiera… No volví la noche siguiente, lo hice a los dos o tres días. Mientras tanto estuve haciendo ensayos y planeándolo todo. Le dije a mi madre que estaba enfermo y no fui al instituto. En cuanto mis viejos se fueron a trabajar, cerré los ojos y comencé a poner a prueba mis propios poderes. Me di un paseo por Londres, visité París y otras dos o tres ciudades más, y terminé desayunando en Pekín. Mis poderes funcionaban a la perfección. No me costó nada dominarlos y daba igual que deseara ir a casa de mi abuela o al otro extremo del planeta… Luego empecé a planificar mi fiesta de esa noche. Primero busqué una isla desierta en la que la temperatura fuera agradable y en la que nadie pudiera molestarme. Quería el sitio más alejado de la civilización que pudiera encontrar y, por supuesto, lo encontré. Un lugar ideal para hallar el amor, un atolón virgen de un par de kilómetros de ancho que parecía plantado en un océano de otro planeta. Creo que debí de ser el primer humano en pisarlo… Sólo me faltaba comprobar una cosa: me faltaba saber si mi poder me permitía transportar a otros seres o si sólo actuaba conmigo mismo. El gato de la señora Erikson, una vieja apestosa que vivía al final de la calle, me dio la respuesta. Lo llamé ofreciéndole un muslo de pollo y el incauto animal, demasiado acostumbrado a tratar con humanos, se acercó hasta mí ronroneando. Cuando lo tuve cerca, acaricié su lomo e inmediatamente ambos aparecimos en la pequeña isla… Luego lo traje de regreso y me preparé para hacer la prueba con un ser humano. Funcionó igual. Utilicé al primer mendigo que me encontré por la calle, sólo que a ese no pude traerlo de vuelta. Lo abandoné en medio del océano para borrar pruebas… Te sorprendería ver lo contento que me sentí tras hacerlo. Aquella primera muerte fue la confirmación de mi deidad. Luego, esperé a la noche y repetí el proceso con mi vecina. La transporté a la isla y la abandoné allí. Le conté una historia muy extraña de extraterrestres que se tragó con una facilidad sorprendente, y le dije que, arriesgándome mucho, podía escapar de vez en cuando del yugo de nuestros captores alienígenas para llevarle algo de comida y agua. Así la estuve visitando durante los cinco o seis días siguientes y cada vez que iba le llevaba todo lo necesario para sobrevivir allí. Creo que aquellas citas impidieron que saliera loca y, poco a poco, ella comenzó a encariñarse conmigo. En una semana me convertí en su amigo del alma, su paño de lágrimas, y por eso creí que la cosa estaba madura para lanzar el ataque final. Aquella tarde llevé refrescos, comida abundante, una cama enorme con dosel, ropa limpia, jabón y perfumes, música y todo lo necesario para convertir la isla en un nido de amor paradisíaco que hiciera más fácil mi misión. Lo dejé todo en la playa del norte y fui andando hasta el lugar donde siempre nos encontrábamos, al sur. Con más mentiras la conduje hasta el escenario en el que tenía previsto interpretar mi última comedia y pasé el resto de la tarde allí con ella. Casi conseguí que se olvidara de su situación… Nos bañamos en la playa, se vistió con la ropa nueva que le había llevado, y mientras yo preparaba la cena, terminó de acicalarse y se perfumó el pelo. Finalmente, al atardecer, lancé un ataque decidido, seguro de que triunfaría; ya me veía follando con Tricia como un loco, rodeado de palmeras… pero la muy cerda se negó. Me dio un beso, eso sí, pero cuando intenté ir a más y le toqué las tetas, apenas la rocé, comenzó a protestar y a apartarme de su lado, y cuando le insistí, me echó de allí a patadas, llorando y haciéndose la digna… Ella, precisamente ella, que se la había chupado a medio equipo de baloncesto del instituto, se puso exquisita conmigo… Me quedé mirándola, sonriendo, sin decir nada, y luego desaparecí. Esa misma noche, visité un banco en Italia, cogí dinero suficiente como para hacerme nombrar papa, y lo gasté todo en un prostíbulo de lujo en Venecia… Una experiencia escasamente agradable. Me encerré en una habitación con una mulata de ojos verdes y pagué con ella el desdén de mi vecina. La muy imbécil creía que yo era otro crío de los que se acercaban por allí para estrenarse a lo grande, otro niño rico con ganas de echar el gran polvo iniciático, pero, por desgracia para ella, no era así. La estrangulé con un cordón de las cortinas y volví a mi casa algo más tranquilo… A los dos días regresé a la isla y le hablé a Tricia con franqueza. Le dije que quería acostarme con ella, nada más, y que sólo le daría de beber si me lo permitía. Esa vez se negó y ni siquiera discutimos. Me marché y volví al día siguiente con una botella de Coca-Cola en la mano, recién sacada del frigorífico… La resistencia de mi vecina se desvaneció al verla… Conseguí que se vendiera a cambio de un sorbo. Hizo todo cuanto le pedí. Cada vez que notaba la más mínima reticencia, yo desaparecía llevándome la bebida y la dejaba sola durante un buen rato. Tras repetir el proceso dos o tres veces, conseguí que aprendiera la lección. Nunca pensé que un ser humano pudiera llegar a dominar a otro de una manera tan profunda. Durante varios días jugué con ella de esa manera. Le ofrecía pequeños regalos, comida y sobre todo agua, y ella, a cambio, abría las piernas o chupaba donde yo le decía que chupara o besaba lo que hubiera que besar… sólo una vez intentó matarme, y lo habría conseguido de no haber reaccionado yo con la rapidez necesaria. Le recordé que si yo moría, ella moriría también en aquella isla, de una manera horrible, y luego le hice saber que su única esperanza de volver a casa residía en que yo me sintiera suficientemente satisfecho… Mientras tanto, se lió una gorda en el barrio. La misma noche en que Tricia desapareció, sus padres llamaron a la policía. Al día siguiente aparecieron maderos por todos lados, no pararon de hacer preguntas, y yo no tuve más que poner cara de tonto para que me dejaran en paz… Creo que intentaron cargarle el muerto a Peter Holmes, un chulillo que se creía la estrella del equipo de baloncesto. Lo detuvieron y se esmeraron al interrogarlo, pero como no hubo cadáver, no hubo delito, y tuvieron que dejarlo en paz. Lógicamente, ella no regresó nunca… Al poco tiempo me cansé, dejé de ir a visitarla y me dediqué a otros asuntos. Tengo muy mala cabeza –de nuevo, Poppy, exhibió impúdicamente su sonrisa burlona-, cuando quise acordarme de volver a la isla, habían pasado tres semanas y ella, lógicamente, había muerto… La encontré tirada junto a un árbol, boca abajo, muy descompuesta, totalmente desnuda… Se había cortado las venas y se había bebido su propia sangre… Abandoné sus restos en medio del mar y arreglé la isla para repetir el proceso con otras tías. Lo hice, por lo menos, ocho o diez veces más, pero saltándome la primera fase. Pasé a la etapa de “por las malas” directamente. Las llevaba allí y les hacía saber cómo estaba el tema sin rodeos. La que más tardó en abrirse de piernas, lo hizo a los tres días. Algunas se entregaron a mí nada más contarles los pormenores más básicos de mi historia. Sabía que me mentían, pero todas ellas me alagaban con sus más dulces sonrisas, con sus caricias más cálidas y sus mejores palabras… y eso me encantó. ¡Qué sensación de poder! El tirármelas luego era lo de menos… Todas, lógicamente, murieron, aunque como necesitaba la playa despejada con rapidez, obtuvieron una clemencia que le negué a Tricia. La mayoría de ellas se ahogaron en el océano al día siguiente de entregarse a mí…

-¿Cómo puedes hablar así? –pregunté asqueado.

-Hablo así porque puedo…

-Pero, ¿te has parado a pensar un solo instante en lo que has hecho, en el dolor que has causado…?

-Das demasiada importancia a los sentimientos humanos… ¿Te has parado tú a pensar qué es el dolor? –no contesté y él continuó con su soliloquio-. El dolor no es nada, impulsos eléctricos dentro de un cerebro, energía sobrevalorada dentro de un órgano sobrevalorado… ¿Has comido carne alguna vez, Meteoro?

-Claro que lo he hecho –exclamé irritado-. ¿Vas a justificar tus asesinatos acusándome a mí de haber matado cerdos y vacas para alimentarme…?

-No, a diferencia de vosotros yo no juzgo. Sin embargo, es cierto, sois tan culpables como yo. ¿Crees acaso que el dolor del animal es menos importante que el del hombre por ser animal, por pertenecer a otra especie? ¿No irás a escudarte en el rollo ese de que ellos son menos inteligentes o en el de que no tienen alma?

-Si, por supuesto –contesté inseguro.

-Entonces si llegase un ser del espacio exterior que fuera superior al hombre, una entidad mucho más inteligente y avanzada, estaría justificada nuestra muerte, la desaparición de la especie humana entera. Piensa por ti mismo: los humanos somos tan hipócritas y tan tontos, que hemos situado los umbrales del pecado justo a nuestros pies, de manera que todo cuanto nos dañase fuera impío, pero procurando que nuestros actos quedaran siempre salvaguardados de toda mácula. Hemos llegado a acuerdos morales basados en falacias de autoprotección, y de tanto repetir esos mandamientos, hemos llegado a creer que fueron dictados por el mismísimo Dios… Yo he traspasado esos límites, pero lo he hecho conscientemente. Creo que matar a un gorila, a un pájaro, a un gusano o a una sencilla bacteria, es tan pecaminoso como asesinar a un niño, pero a mí, todas esas muertes me dan igual… ¿Sabes por qué?

-No, pero me lo vas a decir tú.

-Querías respuestas ¿no?

-Así es…

-Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la vida no vale nada. Tú y yo estamos muertos, somos dos borrones en el inmenso discurso de la eternidad, dos borrones que nada importan… Y si yo no importo, imagina lo que me importan a mí los demás: menos que nada… Hemos estado muertos y lo estaremos mañana. Así que sólo me preocupo de disfrutar el presente, nada pienso en el futuro y el pasado. Sólo me importa el yo, nada el vosotros… ¿No lo entiendes, Meteoro? He obrado así buscando el placer momentáneo, tratando de prolongarlo durante el mayor tiempo posible…

-Eres un monstruo, Poppy…

-No, soy un dios, ya te lo he dicho. Un dios entre hombres…

-Creo que ya he escuchado bastante…

-¿Ya has terminado el juicio…? Efectivamente has resultado una decepción ¿No quieres saber más? Te contaré cada uno de los crímenes que he cometido. Te contaré lo que hice con mis padres. He viajado por todas las ciudades del mundo sembrando el mal… He asesinado a gente con mis manos, con cuchillos, con armas de fuego, con cuerdas de tender, con ceniceros, con una Biblia, con venenos, a golpes… He hecho que muchos se suicidaran, me presentaba en sus casas por las noches y les hacía creer que era un espíritu, o un ángel de Dios, o el mismísimo demonio. Antes o después terminaban cayendo. Una vez le hice creer a una mujer de Medellín que su hijo era el anticristo. Cocinó al bebé en el horno de un restaurante que regentaba y luego se quitó la vida. He asesinado a familias enteras dejando vivo sólo a uno de los miembros, y luego, he visitado al desdichado superviviente durante meses hasta hacerle creer que era culpable de la muerte de todos los suyos. Una vez coloqué el cadáver de una mujer en casa de su exmarido y llamé a la policía: lo condenaron a la silla eléctrica, y antes de que lo quemaran me acerqué hasta su celda y le expliqué la verdad… He condenado así a muchos inocentes que me caían mal, y a un par o tres que me caían bien. Ya te digo, he matado mujeres, hombres, niños y ancianos, pero sobre todo tías, tías buenas. He cometido actos horribles con algunos de ellos: he secuestrado, he torturado, he violado personas de todas las edades… Te sorprendería saber lo flexibles que son algunas partes del cuerpo humano.

-Espero que haya infierno y que ardas en él…

-Estoy aquí porque el azar lo ha querido así. Podría haber seguido matando otros veinte años más y nadie se habría dado cuenta. No existe el infierno, porque no existe Dios… si yo he podido hacer lo que he hecho, es que no existe. ¿No te das cuenta?… Muchas de mis víctimas murieron rogando a Dios que las ayudara. En estos años de trabajo, he oído súplicas a todas las deidades conocidas, y no fueron menos los que me maldijeron…

-¿Sabes?, hay gente que dice que te has dejado capturar para poder contarlo todo, para alardear y sentirte reconocido, pero hay otros que opinan que ha sido la justicia divina la que te ha puesto entre rejas…

-Me ha puesto entre rejas el azar: un día me presenté en casa de una niña de Dallas de la que me había encaprichado. Le corté el cuello de la manera habitual, esperé a ver como se desangraba y procedí a salir de allí cagando leches… No pude. Por primera vez mi poder falló. Resultó que un vecino, un muchacho que dormía pared con pared con la niña, tenía un superpoder. Yo no lo sabía, lógicamente me he enterado después de eso, pero el mocoso anulaba mi don, mi capacidad de teletransporte. En realidad ese hijo de puta anula cualquier poder en un radio de varios metros a la redonda. Tuve mala suerte, así de simple. El padre de la cría me pilló con las manos en la masa… Resultó que era policía. Intenté escapar por la ventana pero no me dio tiempo. Me pegó tres tiros y aunque me creyó muerto, siguió dándome patadas en el suelo hasta que llegaron los vecinos… Me salvé por los pelos, pero ya te digo: de no ser por aquella puta casualidad yo seguiría vagando por el mundo. Nadie sospecharía de mí, nadie me buscaría y, por supuesto, nadie habría conseguido encarcelarme…

-Muy bien, Poppy. Creo que, como dices, ya has sido juzgado…

-Lo sabía –En ese momento la expresión del Terror cambió radicalmente. Por primera vez su naturaleza real se dejó entrever en el rostro: furia, odio y deprecio tiñendo los rasgos de aquel hombre, transformándolo en un demonio que me señalaba con el dedo-. Has venido a enjuiciarme con tu mentalidad de buen samaritano, con tus ideas fanáticas, ya dispuesto a condenarme… Has fingido escucharme, pero desde antes de entrar aquí ya tenias tu veredicto…

-Mereces la muerte. Mereces mil muertes y mereces morir con dolor en cada una de ellas…

-Escucha estúpido. Sé que has venido aquí a matarme, lo he sabido desde el principio, y sé que no puedo hacer nada para evitarlo, que de nada valdrían mis palabras para hacerte cambiar de opinión… Pero lo cierto es que no las he pronunciado con la intención de convencerte…

-Ah, ¿no? ¿Entonces por qué me has contado toda esa mierda? Parecías ansioso por vomitar todos los detalles de tu miserable historia…

-Ya te lo he dicho, Meteoro. Lo he hecho para enfrentarme a ti y derrotarte –de nuevo regresó la sonrisa burlona-, y aunque no te des cuenta lo he conseguido ya…

-¿Sí?

-Sí, lo he hecho. Escucha: ahora sabes de lo que soy capaz, sabes el mal que puedo desencadenar. Si salgo libre de aquí, volveré a matar, y todos mis pecados recaerán sobre tu conciencia. Yo gano. Si me matas, ahora o cuando sea, estarás igualándote a mí. Te convertirás en un asesino, y ese pecado te perseguirá durante toda tu vida… Yo gano también. De cualquier manera, hoy saldrás derrotado de esta cárcel…

Por un momento guardé silencio. Me dediqué a observar el rostro vulgar de aquel malnacido sin decir nada. Luego me levanté y, antes de irme, volví la mirada atrás y hablé por última vez con él.

-¿Sabes una cosa, Poppy? No he venido a matarte. Al contrario… No sé si conoces a Walter Stanley Robinson. Lo llaman Omega, el Hombre Imparable… Es un villano de los duros. No un asesino como tú, más bien un delincuente a la antigua usanza, ladrón y pendenciero, pero no un enfermo del crimen. No mata por matar. Si alguna vez lo ha hecho ha sido para salirse con la suya, pero intenta evitarlo. Me he partido la cara con él en alguna ocasión. Tiene muy mala leche y es más fuerte que yo… Su poder tiene una peculiaridad: no puede ser anulado temporalmente por aparatos como el que llevas al cuello. Al parecer tiene un origen místico y la tecnología vale de poco cuando te enfrentas a él…

-Sí, conozco a ese payaso.

-La policía lleva más de diez años tratando de echarle el guante, pero nunca han podido –me detuve un momento. He de reconocerlo, disfruté de aquella situación-. Ayer, misteriosamente se entregó en la comisaría de la calle Jules Verné. Mansamente se dejó encadenar y se autoinculpó del último robo al Banco Central.

-Me parece muy bien, ¿y qué tiene eso que ver conmigo?

-Hay rumores… Se dice que una de las viejas que te cargaste en el asilo de San Lázaro era su madre. Lo traen en un furgón para acá –de nuevo hice un inciso-. Yo no venía a matarte Poppy. Me acerqué hasta aquí esperando descubrir un solo motivo para salvarte, para sacarte de este agujero… pero no lo he encontrado… Espero que te duela mucho.

Poopy se quedó mudo de repente.

Estoy en condiciones de afirmar que me he enfrentado al mal en casi todas sus formas. Creo que siempre he vencido… excepto una vez… Aquella vez.

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Némesis
Lector
Némesis

Menudo relato del Capitán Meteoro!!! Me encanta la combinación de relatos épicos con otros de contenido más introspectivo. La narración está muy lograda al horrorizarnos, del mismo modo que al Capitán Meteoro,  con los crímenes de “El Terror”.

Jorge
Lector
Jorge

Fantástico relato !!!

-Me has dejado otra vez con la boca abierta… Mis más sinceras y merecidas  Enhorabuenas!!!

Fideu
Lector
Fideu

Gracias a los dos por vuestras palabras…
En realidad, como ya sabéis, utilizo estos relatos para escribir sobre cualquier tema que me interesa… y los malvados, los de verdad, esos que son incapaces de redimirse, que nunca se arrepienten, son personajes que me aterran y me asombran casi por igual… En realidad los verdaderos villanos están en nuestro mundo real y son infinitamente peores que los de ficción. Es difícil contener el mal entre viñetas o renglones… no cabe bien…
Bueno, no divago más…
La semana que viene regresamos a la aventura pura y dura…
Un abrazo y gracias por estar ahí.

Ailegor
Lector
Ailegor

Como podemos ver Fideu es capaz de hacernos reír, llorar e incluso sufrir con tanto miedo. Me parece que este hombre es capaz de escribir cualquier cosa. VAYA CABEZA!!! Está bien que por una vez, aunque sea en la ficción, el villano acabe pagando sus pecados.
Un saludo a todos.

Guillermo
Lector

Brillante, en serio. Me ha encantado 🙂

Trabis
Lector
Trabis

Sinceramente…. Merece un aplauso.

Anika
Lector
Anika

Increible….cada día mas sorprendente.Me ha parecido espectacular!!!!!que creatividad.Bueno hasta el proximo y un saludo a todos.

ciro
Lector
ciro

bien pepe bien, sigue dejandome con las ganas del siguiente capítulo .

Mickel
Lector

OMFG!

Genial, redondamente genial. Incluso sin el final tan perfecto, tan detallado, tan “justo” y tan descarado, tan impredecible y tan concatenado, habria sido una gran historia. Aunque solo seamos dos borrones en el inmenso discurso de la eternidad…

mag_jonas
Lector
mag_jonas

Excelsior!!!

(Sin comentarios)

ElHombrePancho
Lector
ElHombrePancho

Pues a mí el tal Terror me ha convencido. Voy a pillarme unos superpoderes y hacerme Villano, ale.