Arlerí

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Edición original: L’Arleri (Gallimard Jeunesse. 2008).
Edición nacional/ España: Arlerí (Astiberri, 2009).
Guión, Dibujo y Color: Edmond Baudoin.
Formato: Novela Gráfica.
Precio: 18€.

 

Vivir es contradicción, confrontación, contraste, repetición, empirismo. Es como hacer un cuadro, y al igual que en la pintura, no es posible que le salga a uno bien de verdad. La diferencia es que con la vida solo disponemos de un lienzo.

Arlerí es una apasionante indagación sobre lo que nos hace humanos, sobre lo que nos une y nos separa, sobre el yo y el otro y, claro, sobre la vida, el sexo y la muerte. Recogiendo algunos tópicos, como la añoranza del útero (“El paraíso se inventó por nostalgia del tiempo anterior al nacimiento”, dice el viejo pintor, alter ego del autor Edmond Baudoin) o el poder abarcador y omnímodo de la sexualidad (“El sexo lo contiene todo: la literatura, la danza, el teatro y, por supuesto, la pintura”), pero conmovedor en la anécdota, preciso en los afectos, valioso en su inocente aprendizaje de la vida. Como tantas veces antes, un viejo pintor trata de extraer de las curvas de su joven modelo la esencia de la atracción, tratando de tender un puente entre la soledad imprecisa de los cuerpos y la naturaleza del amor y el deseo. Mientras ataca el lienzo, habla: “Al principio, como te decía, mi madre puso todo su empeño en mi construcción. Pero, dadas las gigantescas proporciones de la obra, muchas de tus congéneres vinieron a rematar su labor, que, me temo, no es sino un esbozo del hombre que será.” (pág.10)

Baudoin reivindica a la mujer, sin olvidar que cualquier cosa que diga o haga no traspasará la frontera que él mismo denomina “el infierno” (“el abismo que hay entre tú y yo”, pág.6); es decir, desde los compromisos irreductibles de la masculinidad. Planea algo de divinización, digamos, a nivel teórico. Su camino le lleva por territorios cercanos a los andados por Moore desde From Hell (la estructura del patriarcado como control de la fecundidad, etc.), aunque de forma mucho más ligera, menos sistemática. El aprendizaje de la experiencia cercana y necesariamente sesgada de sus amistades le hace ser menos programático, más sensual en su acercamiento al dilema eterno de la seducción, incluso más exacto en apetencias concretas. No renuncia al fracaso de indagar sobre el “misterio femenino”, mixtificación tan ridícula como el “misterio masculino”, elucubraciones y pequeñas reglas que nos consuelan del verdadero abismo. Porque cada hombre, cada mujer, es irreproducible e inabarcable. Baudoin parece caer en la trampa que desprecia, que ya es tradición en el arte, desde films como La bella mentirosa (J. Rivette, 1991) o El artista y la modelo (F. Trueba, 2012) a tebeos como Pascin (J. Sfar) o Kiki de Montparnasse (Bocquet & Muller). ¿Por qué un pintor anciano con una modelo joven? El pintor es el activo, el que crea, mientras la modelo escucha, está para ser contemplada; si acaso, aportar alguna sugerencia, algún matiz. ¿Por qué no una pintora que explica al joven mancebo los secretos del mundo? Pero, casi por sorpresa, la sortea y la joven también pinta, también sabe contar historias, solo que será su historia y ningún hombre tiene derecho a contarla.



Inteligentemente, Baudoin elude la convención sobre la belleza y el mundo platónico al que muchos autores la atan, prefiriendo transitar un camino más mundano, más vital, más aristotélico, si se quiere, donde lo que importa no es la idea sino la vida. En las páginas 20 y 21 el trasunto de Baudoin, ante la perspectiva de su primer desnudo auténtico, descubre que lo difícil no es la forma, el volumen, la textura sino la vida que alienta debajo, inaprensible, en lo que se percibe claramente como un apunte autobiográfico. Esa es la aspiración de la obra, y no diremos que su acierto, pues la búsqueda sigue, pero tampoco su fracaso, pues el viaje merece la pena. Según indica el autor, “Arlerí en provenzal es un pájaro pequeño parecido al gorrión y también alguien escaso de mollera.” Es el mote del artista y su inquietud por las cosas que no entiende y que se obceca torpemente por entender.

La reflexión desborda los cauces del relato y de pronto, entre las páginas 49 y 52, se rompe la cuarta pared y se indica la paradoja subyacente en toda aproximación del arte a la vida e, incluso, a la propia creación artística. Pues el pintor retrata a la modelo, pero no vemos el cuadro ni la modelo, sino la representación del cuadro y la modelo que hace el autor, o sea, Baudoin, quien tratando de esclarecer el enigma lo ha recubierto de una nueva capa, como el cineasta Víctor Erice intentando desentrañar la técnica de Antonio López en El sol del membrillo.

Veterano en estas lides (nació en Niza en 1942 y empezó en el mundo del cómic en 1971 tras abandonar su trabajo de contable), multipremiado (en Angoulême por El viaje, en 1997; en Sierre por Piero, en 1998; entre otras), Baudoin aborda Arlerí con la serenidad que presta el dominio del oficio y la melancolía de quien valora más los años vividos que los que le quedan por vivir. Con estilo suelto, trazo libre, mancha de color, a veces un collage fotográfico, aprieta el recuerdo entre el pincel y el lienzo hasta atraparlo y exponerlo a nuestros ojos. Trazo libre, hemos dicho, pero sin despreciar las ventajas organizativas de las pautas. La mayoría de las páginas mantienen las proporciones clásicas entre viñetas, dándole un aspecto ordenado; incluso se recurre a los paneles iguales para imitar la secuencia cinematográfica (por ejemplo, pág.21) y eludir la ensoñación y la metafísica de otros pasajes, donde la realidad se desdibuja o se dibuja con acuarelas.



Nunca sale del todo bien. El arte, el amor, la vida… Uno no deja de aprender nunca, todo son aproximaciones.

Arlerí fue publicada en España en 2009 dentro de la Colección Sillón Orejero de Astiberri. Para mi desdoro, es el único tebeo que he leído de Edmond Baudoin, a quien conocía de oídas por recomendaciones entusiastas de Piero o El viaje, fundamentalmente. Imperdonable carencia que procuraré subsanar más pronto que tarde. Así que no se sorprendan si de aquí a unas semanas vuelve a protagonizar alguna de mis reseñas. Confieso que he devorado Arlerí dos veces seguidas antes de escribir este texto. Y me parece que no han sido suficientes.

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Montaigne
Montaigne
Lector
25 junio, 2013 16:05

¿Hay alguien ahí?, ¿o están todos con la peli?

Yo leí su El viaje, y aún recuerdo la sensación de profunda calidez que me provocó su lectura y, sobre todo, aquel dibujo tan sensual. Una maravilla, una delicia a la que el tiempo no hará sino engrandecer.

Gracias por tu reseña.

ikeraton
Lector
25 junio, 2013 20:31

Este libro es una auténtica maravilla. Yo ya había leído PIERO y EL VIAJE cuando llegué a el, y ARLERÍ me sigue pareciendo su mejor trabajo.

El uso del color, su personalísimo trazo y la desarmante naturalidad de sus reflexiones, errores y aspiraciones artísticas, vitales o románticas plasmadas con tanta sinceridad resulta fascinante.

Una joya del noveno arte y una reseña magnífica con la que me identifico, pues también he leído varias veces este trabajo descubriendo algo nuevo en cada una de ellas.

Saludos en paralelo.

Retranqueiro
Retranqueiro
Lector
25 junio, 2013 22:32

Otra que no me sonaba de nada. Empieza a ser un tópico de mis comentarios a tus (fantásticas) reseñas.

Y (como de costumbre, otra vez) me despiertas el ansia de leer estos cómics que me descubres. Esas imágenes que acompañan al artìculo… acojonantes. Me flipa la seguridad que desprenden en la forma de usar el color. A ver si soy capaz de encontrarlo. Gracias.