Un nombre conjuramos todos al oír la palabra «espía». Un nombre que representa el paradigma de la acción y la aventura:
El espionaje se ha revestido de encanto, justicia y sex apeal, pero es, casi siempre, un negocio sucio, incluso cuando sale bien. La confidencialidad es la madre de todas las corrupciones, el sumidero de todas las lealtades. Confidencialidad e impunidad van cogidas de la mano. En Secreto, escrita por
Esto es lo que nos propone Hickman: Secreto hurga esas trampas, recela de las coartadas comunes, escudriña esos juegos diabólicos en donde los envites son vidas humanas. Con el moderno revoltijo tecnológico de fondo, estos espías trajeados como yuppies de Wall Street mueren y matan en la imprecisión ideológica del nuevo capitalismo. Es difícil alabar los puntos fuertes de Secreto sin destripar su enfoque o sus giros argumentales, donde radican su originalidad y su atractivo. En lo superficial poco se distancia de los tópicos de la ficción de espías que, a fin de cuentas, es lo que se busca: oscuros intereses, traición, tipos duros moralmente ambiguos, violencia y poder, etc. Pero Hickman, en su interés por desviarse del canon, adopta soluciones curiosas: por ejemplo, que los hermanos protagonistas tengan lazos de sangre con la mafia rusa; o que la pareja de espías esté en trámites de divorcio.
Hickman, conocido por el gran público por Los proyectos Manhattan y sus colaboraciones para Marvel Comics (Vengadores, Secret Wars), posee un estilo frío, cerebral, desapegado, casi mecánico en la disposición de las piezas. En Secreto brilla, sobre todo, en el hallazgo formal que suponen los prólogos de cada capítulo, a la manera de las introducciones antes de créditos de las series de tv, estilo Expediente-X y otras. Menos logradas están las caracterizaciones de los personajes. Contagiados de esa “frialdad” calculadora, resultan poco cercanos y empáticos. El lector se encuentra ante una partida de ajedrez donde se celebran las jugadas pero queda aislado el sentimiento.
Ryan Bodenheim y
Hay poca acción en Secreto. En contrapartida, los personajes reflexionan con diálogos lúcidos sobre la gran farsa de los autoproclamados salvapatrias. “Resulta que la corrupción era infinitamente más provechosa que las actividades clandestinas”, ironiza un moscovita converso al capitalismo tras la caída del muro en 1989. Se suman los autores al interés creciente estos días por la figura del espía, revitalizado en tebeos como Queen & Country, Velvet o el resurgir de James Bond de la mano de
Una vez Hickman ha desvelado sus cartas parece tener prisa por acabar, alentando esa leyenda de que es más un escritor de planteamientos afortunados que de desenlaces emocionantes. Tras este arco, la serie podría seguir, si lo desean sus creadores (que, por ahora, no parecen estar por la labor), pero, en cualquier caso, Secreto puede degustarse autónomamente como lo que es ya: una visión descarnada -no del todo novedosa- del espionaje en el siglo XXI.










¡Gracias por la reseña!