El amnios natal

 

Edición original:. Eddie Campbell comics
Edición nacional/ España:. Astiberri
Guión:. Alan Moore
Dibujo:. Eddie Campbell
Entintado:. Eddie Campbell
Color:. B/N
Formato:. Cartoné
Precio:.
12

Tras ponerse el mono de trabajo para documentar, planificar siguiendo las rígidas instrucciones y traducir a imágenes el magnífico y exigente guión de From Hell, el artista Eddie Campbell no sólo no se sintió agotado y con ganas de tomarse unas larguísimas vacaciones en las que dejar de ver la barbuda cara de Alan Moore, sino que le propuso algo muy diferente para continuar su colaboración: llevar al cómic El amnios natal, un monólogo chamánico interpretado una sola vez por el genio de Northampton en el noventa y cinco. Así, contaba con un texto extraño, nada convencional, para representar, no tanto la historia, como las sensaciones que ésta debe transmitir. No es del todo una adaptación de un medio a otro, puesto que respeta el texto completo, que se prestaba a ser representado con música, diapositivas y juegos de luces, pero también a ser plasmado mediante cómic. Tampoco se limita a ilustrarlo, puesto que lo desmenuza en cartuchos y le dota de un ritmo propio al dividirlo en viñetas, con una riqueza de técnicas y recursos pasmosa y adecuada, en las que lo que se muestra no es tan importante como lo que se transmite.

Es, por tanto, un híbrido que tiene algo que ver con los que en su momento hiciera Dave McKean partiendo de las palabras de Neil Gaiman en Casos violentos y Mr. Punch o con las de Grant Morrison en Un vaso de agua. Así, Eddie Campbell, pudo mostrar cómo una gran historia del brillante Alan Moore podía contarse de manera satisfactoria sin que fuera un mecanismo de precisión exacta como lo son la mayoría de tebeos guionizados de manera férrea por el melenudo escritor. De paso, le sirvió para demostrar que, además de un hombre disciplinado y capaz que puede asumir la titánica, catedralicia tarea de dibujar From Hell y un artista de talento desbocado como evidencian algunos de sus obras más personales, también podía colaborar aportando su propia visión de un trabajo, en principio, ajeno y enriquecerlo con su aportación visual.

Alan Moore cree en la magia que, tal y como él la enuncia, entronca directamente con los misterios de la filosofía del lenguaje, eso tan extraño de la percepción del entorno y la traducción de ésta a palabras que hace nuestro cerebro y que nadie comprende todavía del todo. Su Lagarto hipotético nos muestra a Som-Som, una prostituta a la que, para que no pueda revelar los secretos de sus clientes en la alcoba, le hacen una modificación neuronal quirúrgica tras la cual puede ver y asimilar la realidad, pero está incapacitada para transmitir lo que ha vivido en ninguna forma. Entonces… ¿Puede afirmarse que ha vivido esas experiencias si sólo ella es consciente y ni siquiera está segura de que lo sabe una vez han terminado? En El cerdo de Hob, primer segmento de La voz del fuego, su narrador no puede diferenciar lo que vive de su plasmación en palabras, le aterroriza el hecho de que alguien “pueda decir cosas que no son”, porque su mente primitiva no es capaz de entender que el significante pueda desligarse del significado. Para él, una mentira, una ficción, es lo mismo que la creación de un hecho diferente. Las búsquedas narrativas de Moore entroncan directamente con experimentos mentales como El cuarto de Mary de Frank Jackson, la Tierra gemela de Hillary Putman o la Habitación china de John Searle. Sus trabajos, en este sentido, no son menos enigmáticos e interesantes que los de cualquier catedrático de filosofía, pero al ser él un autodidacta expulsado del instituto antes de terminar la secundaria que se dedicó hasta los treinta y tantos años a la limpieza de baños públicos y mataderos, haber alcanzado el éxito internacional con un medio como el cómic y por si fuera poco, definirse como chamán en lugar de dárselas de profundo pensador, es posible que sus aportaciones a esta rama del saber no sean, por el momento, tomadas demasiado en serio en círculos académicos.

El amnios natal es una reflexión sobre lo que hace único a cada individuo. Tras la muerte de su madre, Alan Moore dio con una cartulina en la que su abuela había guardado el pedazo de membrana amniótica que le cubría la cara cuando nació. A partir de esta anécdota, Moore reflexiona, llevándonos desde la madurez hasta el mismísimo nacimiento, en busca de la identidad que nos define. Utiliza la primera persona de plural, introduciéndonos así a sus lectores en la investigación y sostiene una tesis según la cual, las personas, al integrarse en el mundo, terminan por perder su individualidad, en lugar de formarse forjando su esencia como quizá debieran hacer, algo no muy distinto al pensamiento de Jean-Paul Sartre. Según su texto, las convenciones sociales nos vuelven sumisos, dóciles y nos hacen renunciar constantemente a las partes de nosotros que conforman nuestra personalidad (“o somos más pequeños de lo que creíamos o nos hemos puesto de rodillas”, afirma). La educación, en la mayoría de los casos, vista por el autor, no es sino una serie de estímulos, positivos y negativos, que nos domestican hasta que nos integramos mansamente en el rebaño. La adolescencia, una suerte de emociones programadas baratas y comunes que nos terminan por integrar en el motor social.

Hay una segunda lectura implícita en este discurso que sólo tiene sentido conociendo la trayectoria de Alan Moore. Él, mediante el lenguaje, ese que gusta de analizar y que le sirve de herramienta profesional, ha logrado transmitir y crear una obra ya muy extensa y probablemente imperecedera. Se ha parado a pensar y ha conseguido, que sepamos, todo cuanto se ha propuesto pese a tener las circunstancias sociales totalmente en contra desde que era muy joven. En El amnios natal, ambientado aquí y ahora, la suya no es una arenga como la que su V en la ficción, hacía al ser humano por su dejadez e incapacidad al escoger líderes. De lo que nos habla es de nuestras concesiones personales al entorno, con las cuales, en lugar de enriquecernos, nos disminuimos. Moore no se pone de ejemplo, no nos acusa. Como se ha señalado, escribe en primera persona de plural, pero resulta difícil incluirle a él en esa espiral de aceptación que, desde la primera infancia, cree que todos asumimos. Mientras investiga el trayecto vital desde la muerte de su madre hasta esa marca genética plasmada en cartulina que le diferencia del resto, el lector, como sin duda el autor, es consciente de que, aquello que hace que el barbudo narrador haya logrado diferenciarse de la masa gris que somos el resto, no es precisamente que el ADN de su placenta esté alterado como el de un X-Men cualquiera, sino que, durante su trayectoria, no cometió o si lo hizo supo sobreponerse, los errores de trato con los demás que vertebran el argumento de esta obra. Llevó a cabo su particular revolución personal, forjándose como ser humano hasta tomar las riendas de su vida, luchó por lo que quería hacer y ser, utilizó la comunicación a su favor en lugar de inmolándose al entorno y ha logrado convertirse en un referente de su época en la cultura, la industria del entretenimiento e incluso los movimientos sociales. El contenido, por tanto, es muy diferente si es él quien lo transmite que si fuera cualquier otra persona rendida a las circunstancias. Eddie Campbell, que de tonto no tiene un pelo, entendió perfectamente el mensaje, por lo demás bastante claro; para su versión, trasvasó el protagonismo de la obra del monologuista durante la representación teatral a una persona anónima del público en la que personalizó la historia a partir de ese momento, dejando a su amigo Moore como guía narrador y enfatizando así el trasfondo.

Moore no es un pretencioso que esté dando lecciones o al menos, si lo hace, intenta que no lo parezca. Este tebeo es un mapa de los lugares comunes en los que la mayoría de la gente diluye el potencial infinito que tiene desde el nacimiento. Es una obra poética y emocionante, pero también una reflexión sobre la lucha por la propia individualidad y el esfuerzo de diferenciarse. Evidentemente, Moore no nos explica lo que él hizo, si no lo que a su juicio no se debe hacer. Esa es la forma en la que utiliza la palabra para alterar estados mentales, lo que otros llaman filosofía del lenguaje y él llama magia. Como el Brian de los Monty Python cuando se dirigía a la multitud, no pretende que sigamos sus pasos, convirtiéndonos en chamanes historietistas con aspecto de estar algo locos, sino que decidamos el propio camino a seguir sin aceptar las presiones que denuncia del entorno…
¿Qué pasaría si lo hiciéramos?