#ZNCine – Crítica de Silencio, de Martin Scorsese.

Reseña de Silencio, la última producción del veterano cineasta estadounidense Martin Scorsese protagonizada por Andrew Garfield, Adam Driver y Liam Neeson

Por
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Dirección: Martin Scorsese
Guión: Jay Cocks y martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo
Música: Kim Allen Kluge, Kathryn Kluge
Fotografía: Rodrigo Prieto
Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa
Duración: 159 min
Productora: Coproducción EEUU-Italia-México-Japón; Cappa Defina Productions / Cecchi Gori Pictures / Fábrica de Cine / SharpSword Films / Sikelia Productions / Verdi Productions / Waypoint Entertainment
Nacionalidad: Estados Unidos

 

Tres años después de hacernos partícipes de la excesiva vida personal y profesional del inefable corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort con aquella soberbia El Lobo de Wall Street que nos devolvía su faceta más canallesca y tras unas cuantas colaboraciones en la televisión por cable (Vinyl), el cortometraje (The Audition) y el mundo del documental (50 Años de Rebeldía) el veterano cineasta Martin Scorsese, autor de algunas obras maestras del séptimo arte como Taxi Driver, Toro Salvaje (Raging Bull), Uno de los Nuestros (Goodfellas) o Casino vuelve con su último proyecto cinematográfico para la pantalla grande. Basada en la novela homónima escrita por el novelista nipón Shusaku Endo en 1966, desarrollado como proyecto a lo largo de treinta años por parte del director de La Invención de Hugo o Gangs of New York y con un baile de actores en el reparto en el que se barajaron pesos pesados internacionales como Daniel Day Lewis, Gael Cargía Bernal, Ken Watanabe o Benicio del Toro Silencio se estrenó a principios de año en carteleras de todo el mundo recibiendo el beneplácito de la prensa especializada a nivel internacional y no pocas posibilidades de hacerse con un buen puñado de nominaciones a los Oscar de este año recién llegado. Cerrando con ella su trilogía sobre la fe y la religión que inició con la polémica y muy recuperable La Última Tentación de Cristo en 1988 y continuó con aquella rara avis en su filmografía llamada Kundun en 1996 Martin Scorsese vuelve a mostrarse como un todoterreno de la narración cinematográfica implicándose en una obra en la que aborda alguna de las inquietudes y señas de identidad más reconocibles de su carrera como director a pesar de que el contexto en el que esta tiene lugar no es el habitual dentro de su ya longeva trayectoria detrás de las cámaras. Pero contra todo pronóstico al que esto suscribe el film no le ha convencido por diversos motivos que pasaré a enumerar a continuación y que son de considerable gravedad.

La historia narrada en Silencio y que tiene su origen en la novela del mismo título escrita por Shusaku Endo relata la historia de los jesuitas portugueses Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) que en 1640 viajaron al Japón feudal para conocer el paradero del mentor de ambos Cristóvão Ferreira (Liam Neeson) que viajó al país nipón para difundir el cristianismo. Lo que ambos jóvenes encontrarán en el País del Sol Naciente es un brutal rechazo hacia los preceptos cristianos y la tortura a la que son sometidos todos aquellos que deciden abrazar dicha religión. A nadie le debe extrañar que Martin Scorsese se involucre en un film sobre los inescrutables caminos de la fe, no sólo porque en su juventud tuvo la tentativa de ordenarse sacerdote, sino también porque la religión es uno de los temas recurrentes de su filmografía, no sólo en los films que abordan directamente el tema, sino también en otros de distinto pelaje como Al Límite (Bringing Out the Dead) o Malas Calles que se alimentaban tangencialmente de las creencias de su autor. El problema es que en su última obra lo que en principio se muestra de manera totalmente acertada y con la solidez narrativa propia de un cineasta de su bagaje y talento se convierte poco después es una obra discursiva, plomiza y con algunos pasajes que bordean el sonrojo inintencionadamente.

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La primera hora de Silencio es una palpable muestra de coherencia cinematográfica, cohesión narrativa y contención textual. Scorsese y su colaborador al guión Jay Cocks se ocupan de contextualizar la historia, presentar a los personajes, plantear los dilemas morales a los que estos se enfrentarán una vez se hayan embarcado en su aventura y asentar bien las bases de sus personalidades como jesuitas en busca de su mentor en un territorio del todo hostil. Con un planteamiento argumental que recuerda al de Apocalipsis Now, y una voz en off de trascendencia malickiana la claridad expositiva se hace notable, la ambientación se muestra adecuada, la dirección de fotografía perfecta, la escritura medida y sin estridencias y los actores lo dan todo con sus físicos maltrechos y enfermizos (ambos protagonistas perdieron bastante peso para dar vida a sus roles, sobre todo el protagonista de Paterson) para ofrecer composiciones a la altura de las exigencias. El director de El Aviador o Infiltrados (The Departed) consigue que nos impliquemos con sus criaturas, que temamos por su integridad física y psicológica por medio de una empatía que va tomando forma de manera gradual y permitiéndonos llegar a entender la determinación de los dos jóvenes jesuitas incluso para una persona como el que esto firma al que ideas como la fe o el cristianismo le son ajenas.

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Por desgracia casi todo se quiebra más o menos a la hora de metraje, justo con la escena del reflejo en el agua que se antoja la primera de varias que incitan a cierta comicidad no buscada y que da inicio a otro tipo de película, una que trabaja con el mismo material que la anterior pero que en tono, solidez narrativa e intencionalidad pierde completamente los papeles. En cuanto al núcleo central de la historia, los límites de la fe y el compromiso con la palabra de Cristo representados por la lucha física y existencial de Sebastião Rodrigues y las reminiscencias mesiánicas que le emparentan con con el hijo del altísimo, Scorsese mantiene el foco sobre dicha representación planteando todos los dilemas metafísicos que sustentan la historia, el problema estriba en que todo lo que antes era elegancia, sutilidad, contención y sentimientos a flor de piel se convierten en trazo grueso, maniqueismo, adoctrinamiento y gravedad mal entendida. Desde ese mismo momento la voz en off se antoja redudante y pesada, las reflexiones del protagonista una letanía que no hace más que dar vueltas sobre sí misma, la inclusión de algunos secundarios cuya génesis se antojaba de un dramatismo poderoso derivan en cierto humor, una vez más, inintencionado (cada aparición de Kichijiro pidiendo clemencia y confesión despertaba más carcajadas en la sala donde acometí el visionado de la película) perjudicial para el subtexto de la obra y por otro lado el retrato que se hace de los japoneses opuestos al cristianismo se adentra en los terrenos de lo sectario e impostado.

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Desde ese momento la obra se ve ensombrecida por el tratamiento en blanco y negro de los personajes y el retoricismo agotador con el que se vuelve una y otra vez a la reflexión sobre debatirse entre mantener públicamente su fe en el cristianismo o apostatar por el bien de todos aquellos creyentes japoneses que dan sus vidas con tal de defender sus creencias a la que se ve sometido el personaje de Andrew Garfield. Aunque muestre dudas y debilidades todas las palabras salidas de la boca de Sebastião Rodrigues se muestran sabias, humildes y coherentes, en cambio cada frase espetada por sus captores destilan prepotencia, altivez y crueldad. Con esto no quiero afirmar que tales hechos no sucedieran así o que dichos personajes no obraran de esa manera en la realidad, pero es el tratamiento que el director de New York, New York o El Rey de la Comedia ofrece para distinguir de manera superficial a “buenos y malos”, “bárbaros y misericordiosos” el que hiere de muerte a una cinta que se va volviendo cada vez más paternalista, sesgada y sermoneadora a cada minuto que pasa dentro de su holgado metraje. Toda la atención que Scorsese había captado por mi parte se diluye gradualmente con cada nueva secuencia de crueldad, crisis de fe y presuntuosidad moral anclada en una condescendiente humildad por parte de su personaje principal, el mismo que me hizo echar de menos la mucho más trémula humanidad del Jesús soberbiamente interpretado por Willem Dafoe en la ya mencionada adaptación que el cineasta norteamericano, con la ayuda de Paul Schrader al guión, realizó de la novela homónima de Nikos Kazantzakis.

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Ya en la recta final y más allá de las carencias casi autoimpuestas que hemos mencionado Scorsese toma un par de elecciones que parecen más concesiones de cara a la galería que resoluciones propias de un autor de su talento y profesionalidad. Dos de las ideas más inteligentes que aborda una obra como Silencio son por un lado la pregunta de todo creyente sobre si la divinidad escucha las plegarias que en ella se depositan y por otro lado si se pueda mantener la fe en el cristianismo habiendo renunciado de palabra y obra a las enseñanzas de Cristo por un bien mayor en la tierra, ya que hablamos de un sentimiento que cada persona puede ejercer en la más estricta intimidad. Estas dos preguntas que en ningún momento deberían haber sido contestadas encuentran respuesta en el clímax final y el prólogo que cierran el último largometraje del director de El Último Vals o No Direction Home. De este modo el responsable máximo de la obra cinematográfica culmina los últimos pasos de su trabajo ofreciendo más masticado si cabe el mensaje que planteó magníficamente en el primer acto del proyecto para deslabazarlo y pervertirlo en fondo y forma en los dos siguientes, transmitiendo una sensación de innecesaria sobreexposición y reprobable predilección por el subrayado que no hacen más que perjudicar a las intenciones religiosas y teológicas del conjunto de la producción, haciéndolo fracasar casi en su totalidad.

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Posiblemente haya pocas experiencias más satisfactorias en el mundo del cine ver a un veterano que ya no tiene que demostrar nada a nadie, no sólo dar pruebas de que no se acobarda con ningún género (sus tres últimos films se mueven entre el celuloide infantil, la comedia excesiva y el trasfondo religioso), sino que también hace las películas que quiere y cuando quiere sin rendir cuentas a nadie más que a sí mismo o al altísimo, como en la ocasión que nos ocupa. Esta vez, aunque tiene a gran parte del público y la crítica de su lado, a mí me ha decepcionado en gran medida, sobre todo si tenemos en cuenta que, como he apuntado previamente, nos encontramos con una atractiva primera hora que da paso a otras (casi) dos en las que todo se descontrola y el buen hacer deja paso a los defectos en fondo y forma que ensombrecen los logros de un film que puede presumir de una puesta en escena competente (aunque Scorsese es capaz de mucho más) un diseño de producción remarcable y un trabajo actoral excelente (no sólo el de sus protagonistas, todos los actores japoneses están soberbios ejerciendo de robaescenas natos) pero que no consigue llegar con verdadera fuerza a un espectador que en no pocas ocasiones se siente perdido entre sermones, autoindulgencia y lugares comunes que sepultan lo que pudo ser una de las mejores obras salidas de la mano se autor. Esperemos que con esa prometedora y eternamente pospuesta The Irishman Marty vuelva a hacer diana como sólo él sabe.

  Dirección: Martin Scorsese Guión: Jay Cocks y martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo Música: Kim Allen Kluge, Kathryn Kluge Fotografía: Rodrigo Prieto Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin'ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke…
Dirección - 6
Guión - 4.5
Reparto - 7
Apartado visual - 6
Banda sonora - 5.5

5.8

Sin llegar a ser una obra desdeñable el último trabajo de Martin Scorsese decepciona globalmente después de una primera hora de nota, aunque el buen hacer del equipo artístico y técnico hacen ganar puntos a un conjunto irregular y desprovechado.

Vosotros puntuáis: 6.18 ( 7 votos)

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ArconteAlexPBChanchitohammanuJuan Luis Daza Recent comment authors
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Igverni
Lector

¡Muchas gracias Juan Luis por tu crítica!

A mi la película me gustó bastante, y creo que tiene mucha chica que aún estoy procesando.

Lo primero que me pasó viendo la película, supongo porque seré más agnóstico que otra cosa, es que aunque los japoneses son claramente los “malos” de la función, no podía dejar de empatizar con ellos y comprender su punto de vista. Y eso que Scorsese no se corta a la hora de mostrar las continuas brutalidades que practican no solo a los misioneros europeos sino especialmente a sus propios campesinos o pescadores que profesan la fe cristiana. Algo que creo está claramente provocado por el propio director precisamente para huir del maniqueismo de buenos vs malos.

El Japón feudal era un reino cerrado que vio como extranjeros que no intentaban comprender su lengua, cultura o religión llegaron al país intentando convencer a su pueblo que los cristianos europeos estaban en posesión de la verdad y que los japoneses debían someterse ante esta supuesta superioridad moral y de convicciones. Entiendo que en un contexto medieval, la reacción ante ese intento de colonialismo fuera rápida, brutal y sangrienta. Especialmente si tenemos en cuenta que la sociedad japonesa siempre se ha caracterizado por un elevado belicismo, una marcada creencia de superioridad frente a otros paises y culturas, un histórico aislamiento frente al exterior y un culto al líder casi como figura suprema, elementos todos ellos que chocaban de frente con las enseñanzas europeas.

Además, los japoneses son mostrados como más cultos que los europeos, aunque solo sea porque están poniendo en práctica el conoce a tu enemigo para derrotarle. Y de nuevo, la incongruencia radica en que a pesar de ello no dudan en exterminar a todo aquel que no se someta. Aunque eso si, su pragmatismo hace que con muy poco (si no eres cristiano, claro) perdonen la vida de todo el que rechace el cristianismo, porque tampoco les interesa matar a sus campesinos y pescadores así como así…

Hubo un momento durante la película que incluso llegué a pensar que si los nativos americanos hubieran masacrado a los pasajeros del Mayflower, por muy brutal que dicho suceso hubiera sido, a lo mejor su cultura y sociedad aún dominaría el continente americano. Por contra, su bondad hacia los recién llegados al final fue recompensado con el genocidio. Claramente, lo sucedido en América no pasó en Japón.

Y esto es solo en lo referido al contexto histórico! No quiero empezar a hablar de la fe, porque entonces se me haría eterno.

Saludos!!!!

Oscar Varela
Lector

Jo, no voy tanto al cine, pero suelen coincidir las pelis que veo con las que aquí se comentan.
Yo vi a Spiderman sobrectuado, intensito y cargante todo el rato. Creo que la sensación de que el ritmo decae y resulta risible en ciertos momentos viene dada por el hecho de que es en precisamente en las escenas donde tiene más peso su interpretación.
Yo comprendo que Scorsesse quiere contar lo que le interesa, que es el peso de la fe de unos hombres puesta a prueba, y la sensación existencial de haber sido (o no) abandonados, pero coincido con Igveni en que, al despojar aquello en gran parte del marco histórico, del peso cultural y el enfrentamiento social entre ambas posturas, dejándolo en poco más que un par de admirables jesuitas entre japos desalmados, se pierde gran parte de lo que podría haber dado de sí la peli. Habría sido interesante extender la galería de personajes, introducir otros puntos de vista además del subjetivo del protagonista. Puede que alguien más puesto que yo en Historia Medieval se sitúe al momento, pero a ratos, sin esos conocimientos, resultan bastante marcianas e injustificadas ciertas actitudes. Algo más de contexto habría venido bien, por no hablar de que nos habría librado del señor Andrew Garfield poniendo caras de bobo y voces lastimeras durante buena parte de la película.

hammanu
Lector
hammanu

Os olvidais que los japoneses ya tenían experiencia (y mala) con la cristanizacion de los campesinos y pescadores gracias a nuestros antepasados españoles. De hecho los primeros que llegaron y al querer difundir el catolicismo pues crearon disturbios de tal magnitud que los Señores feudales tuvieron que aplacar violentamente, y para que su cultura no diera un vuelco se proclamo el aislarse del resto del mundo. Imaginaos una gran cantidad de gente humilde que veian a un Cristo liberador y amante de la igualdad que tambaleaba las rigidas costumbres japonesas y claro los jerifaltes no lo iban a permitir de ningún modo.

Chanchito
Lector
Chanchito

has visto una película completamente diferente a la que yo vi en el cine.

AlexPB
Lector
AlexPB

Pues no me importan las críticas. Yo voy a ir a verla poque el tema de los kirishitan (cristianos en japones) y su persecución en el insigne país del sol naciene NO se trata (o no interesa) quizás por la lejanía o por simplemente que no nos importa más allá de la novela, una ficha en wikipedia (bastante extensa y en inglés) y ahora esta película. Se trata de un asunto, quizás no clave pero sí importante, que acarreó muchas consecuencias a medio y largo plazo en la história de Japón y que solo por eso, desde el punto de vista del aficionado a la história y también del cinéfilo, vale la pena ver y conocer. En cuanto a las interpretaciones, es muy difícil reflejar el sufrimiento interno de una persona y más si se trata de algo tan vago e indefinible como la fé. No hay una pauta establecida, no se puede medir ni se puede expresar de una forma definida. Os habeis parado a pensar que quizás Andrew Garfield sobreactua así porque tiene que hacerlo? Porque expresar el sufrimiento que un religioso siente en su fé y en su alma es muy difícil si uno no lo és? Y como se debe sentir ese religioso cuando tiene que renunciar a aquello a lo que ha dedicado su vida entera para salvar a un montón de gente? Por mi parte iré a verla sin prejuicios, a ver a un Liam Neeson que como poco será más que correcto y a la recreación histórica de un país y sus circunstancias en un momento quizás no crítico pero si muy importante en su historia. Como diría el gran Toshiro Mifune: Abayo!

Arconte
Lector
Arconte

En líneas generales Scorsese parece haber perdido la fe en la inteligencia de su público y apela constantemente y sin necesidad a la voz en off. A los 10 minutos de película ya tenemos 2 explicaciones en off que nos describen exactamente lo que vemos, o sea, totalmente innecesario. Esto se extiende por todo el metraje, llegando al final, a describir minuciosamente una tortura mientras se la muestra. Silencio, es, justamente, una película donde debería predominar el silencio sobre la palabra, generando el clima necesario que nos transporte al sentimiento de los jesuitas, de esa opresión del silencio de Dios. Nada de esto se encuentra en esta cinta, que perfectamente podría haber sido manufacturada por cualquier artesano mediocre de Hollywood.
Recomiendo la versión del 71 de Shinoda, muy superior y que, aparte del acostumbrado virtuosismo nipón, hace gala de un poco mas de equidad, no del maniqueísmo insultante de Scorsese, que lo lleva a pintar al inquisidor Inou como un ser roedor, con grandes incisivos que muestra al hablar, más cercano a una caricatura, a un villano del Batman sesentero que a un personaje real, de peso histórico.