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RESEÑAS

Siegfried 2: La valquiria, Alex Alice; Norma Editorial; 72 págs., color, 17 €.

Acudiendo a unas mismas fuentes, en especial a la mitología germana y escandinava, tanto Richard Wagner con El anillo del Nibelungo como JRR Tolkien con El Señor de los Anillos elaboraron dos hitos de la narrativa universal que han tenido una traslación a la Historieta un tanto dispar en cuanto a logros, siendo los intentos más ambiciosos en lo que a extensión se refiere, respectivamente, El anillo del Nibelungo de P Craig Russell y El Señor de los Anillos de Luis Bermejo y Nicola Cuti.

Alex Alice, autor francés que se diera a conocer entre nosotros con la recomendable El tercer testamento, ha querido sumarse a esta insigne pero escueta tradición de adaptaciones con Siegfried, un relato en 3 libros que, centrándose en el protagonista de las dos últimas operas de la tetralogía wagneriana, se sirve también de las dos primeras para contextualizar esta espectacular recreación. La intención del autor, según él mismo ha expresado, ha sido la de elaborar una propuesta de Fantasía Heroica que, aunque guarda cierto parentesco con la obra de Tolkien, se nutre principalmente de la hilazón argumental tejida en su día por Richard Wagner y, especialmente, de las fuentes que inspiraron a ambos creadores.

Para conseguir tamaña empresa manteniéndose fiel a su concepción del Noveno Arte, en la cual destaca el papel preponderante de la narrativa visual, Alice se sirve de un recurso literario tomado, posiblemente, de la Völuspá (La Profecía de la Vidente), el primer y más conocido poema de la Edda poética. Si en este poema seminal de la mitología nórdica veíamos como Odín acudía a una völva (vidente) para que ésta le relatase, tras explicar la creación del mundo, cuál sería su inminente final; en Siegfried es Brunilda, una valquiria nacida fruto del enlace de Odín con Erda, la Madre Tierra, quien se acerca a la völva para asegurarse de que el semidios Siegfried será capaz de acabar con Fafnir, el nibelungo que devora las entrañas de la Tierra desde que se transformó en un gigantesco dragón, gracias al poder de un anillo maldito forjado con el oro ante el cual hasta los dioses se ven obligados a someterse. De esta forma, si en el primer cómic veíamos como la völva le explicaba a la valquiria el origen del universo y de sus leyes, así como también la historia de Siegfried desde su nacimiento hasta ubicarnos en el presente del relato; en este segundo cómic Brunilda, desde el presente, se sumerje en la charca de la völva para contemplar un futuro en el cual ella misma juega un relevante papel, aparentando haberse traicionado a sí misma y sus propósitos primeros para atraer sobre ella la más grande de las fatalidades. Y es que, cuando el dragón empezó a horadar el vientre de la Tierra con su fuego, Brunilda no estuvo de acuerdo con el rol que Odín decidió adoptar: desaparecer de la Tierra para dejar que Siegfried, un humano criado por Mime el nibelungo en el desconocimiento de los dioses y de su ley, fuese quien acabase con Fafnir. Al actuar Odín de esta manera, además, los gigantes a los que éste mantenía dormidos despiertan bajo la forma de viento, agua y roca que desencadenan el caos y que parecen condenar la empresa de Siegfried al fracaso. ¿Por qué entonces Brunilda contempla a su yo futuro intercediendo por ese mortal, hasta el punto de anteponer la vida de él a la propia? Así, la charca omnisciente de la adivina permite que Alice nos traslade a través del tiempo con agilidad y claridad, usando a la bruja como narradora en off siempre que le resulta necesario. Dicho recurso, además, permite incorporarle interesantes matices a la hija preferida de Odín, hierática y marmórea en un principio, después extrañamente implicada en la suerte de Siegfried para disgusto de su adorado padre.

Como decíamos, todo esto se pone al servicio de un autor cuyo fuerte es la narrativa visual, en una obra que acaba constituyendo, además de una apasionante lectura, un verdadero festival gráfico que auna lo mejor de las tres principales tradiciones historietísticas: el comic-book, el manga y la BD.


Del comic-book encontramos algunas figuras que desprenden poderío por los cuatro costados, Odín y Sigfried en especial. Aunque no haga uso de los kirby dots, Alice retrata unos arquetipos varoniles musculados e imponentes, seres mitológicos a la altura de los que conforman el panteón estadounidense del Noveno Arte.

Del manga toma prestada esa belleza estilizada y un tanto andrógina que los japoneses les confieren a sus personajes protagonistas, en este caso aplicada a Brunilda y, sobre todo, nuevamente a Siegfried. A ese retrato simplificado y expresivo de los rostros, suma también otra característica propia de algunos manga: una morosidad secuencial elegante y de gran dramatismo que bordan autores como Naoki Urasawa o Jiro Taniguchi, y que otros como Frank Miller supieron importar con tino y acierto a Estados Unidos. En este aspecto debe decirse que Alice alcanza cotas de calidad magistrales, también en buena parte porque cuenta con el mayor tamaño de página que ofrece la BD, haciéndose así posible un trabajo narrativo-visual mucho más elaborado que el que pueden acoger las páginas de los manga o de los comic-book. Sorprende como Alice es capaz de dotar de unos ritmos muy determinados a sus escenas, cargándolas de una intensidad narrativa casi melódica y épica en extremo.

Finalmente, de la BD incorpora ese gusto por cuidar los escenarios hasta conferirles entidad propia, cualidad que se torna narrativamente significativa cuando Siegfried debe enfrentarse a esa naturaleza desatada que personifican los gigantes. No sólo entonces, por supuesto, dado que en un viaje de cariz fantástico siempre resulta de agradecer que el ilustrador sepa transportarnos de forma convincente a escenarios de belleza imposible o de pavorosa irrealidad, cosa que Alice consigue sin problemas. Otro aspecto singular en esta obra que encuentra su sustento en la tradición del cómic francobelga es la inclusión de personajes de matriz humorística y caricaturesca en relatos de corte dramático, dotando de una entidad al monigote que le hace capaz tanto de hacer reir como de protagonizar situaciones totalmente trágicas. En Siegfried es el nibelungo Mime quien incorpora esta particularidad, configurándose como personaje que aligera el ambiente en determinados momentos y que puede dar cierto juego en la versión animada que de esta obra se prepara, pero también como criatura moralmente dudosa que tiene sentimientos encontrados con respecto a su ahijado, hasta el punto de albergar la idea de acabar con su vida… un detalle más que atestigua que este relato gráfico, además de tener un apartado visual impresionante, presenta una historia rica en contenidos y matices, altamente disfrutable para la mayoría del público lector, coneisseurs o neófitos.



Trailer de la versión animada de Siegfried, todavía en producción


[Reseña de Siegfried 1 (Alex Alice) en Zona Negativa + Reseña de El Tercer Testamento: Julius 1 (Alex Alice, Xavier Dorison y Robin Recht) en Zona Negativa + Entrevista a Alex Alice sobre Siegfried (en francés) ].

El hijo de Hitler, Pieter de Poortere; Ediciones Glénat; 64 págs., color, 15 €.

Es este un cómic sin palabras y de dibujo naïf que, a pesar de ello, tiene bastante mala sombra. Una mala sombra que, no obstante, queda algo disimulada bajo la apariencia infantil de un apartado visual que en esta obra lo es casi todo, al recaer el peso de la narración sobre el grafismo y la gestualidad de los personajes.

La acción se inicia en las trincheras de la I Guerra Mundial, donde Hitler “lucha” con el ejercito imperial y acaba herido. En el hospital militar mantendrá relaciones sexuales con una señora de la limpieza, quien luego concebirá al protagonista de nuestro relato, Dickie, un infeliz gordinflón, más bien tonto, que se hace adulto en la Francia ocupada sin que su padre sepa de su existencia hasta mucho más tarde, cuando su hijo es enviado a un campo de concentración. Interrumpimos aquí la sinópsis para aclarar que, aunque la trama tiene su gracia de principio a fin, un final emparentado con La fuga de Hitler de Patrick Burnside, la verdadera fuerza de este cómic reside en sus gags. Estos se suceden sin trégua y, a la par que divertidos, retratan con ironía la sinrazón del nazismo… aunque de forma también inmisericorde para con las víctimas, “carne de gag” la mayoría de las veces. Hitler y su hijo son los personajes cuya psicología más se detalla en la obra, los que adquieren alguna que otra faceta particular y propia en un universo de arquetipos humorísticos monocordes. La mezquindad evidente del padre y la vulgaridad anonadada del hijo revisten a ambos de una cierta humanidad que, ciertamente, contrasta con el imaginario creado alrededor de uno de los dictadores más dementes que ha dado de sí nuestra especie.

De todas formas -lo confieso-, a mí el invento me ha hecho reir.

3537Dios en persona, Marc-Antoine Mathieu; Ediciones Sins Entido; 128 págs., BN, 18 €.

En Europa a día de hoy, si bien Dios ha dejado de estar presente como afirmación, lo sigue estando como pregunta, latente o explícita. Como interrogante cuya respuesta afirmativa sería capaz de cambiar la comprensión de nuestra cotidianidad. Como What If? absoluto y a la vez… ¿intrascendente?

Eso parece explicarnos Marc-Antoine Mathieu en este ingenioso cuento acerca de un hombre sin pasado que de repente aparece afirmando ser Dios… ¡y hasta podría serlo! Quede claro que este es el Dios de los filósofos, el condensador de toda perfección, equidistante de las diversas comprensiones religiosas aunque muestre algunas pinceladas de judeocristianismo. Y así, si ese Dios perfecto se pusiese a deambular por nuestras calles… cambiaría todo y nada. Todo, porque atraería sobre él la mirada y los anhelos de la humanidad entera. Nada, porque si Dios existe, este mundo ya es como él permite que sea y es de suponer que así seguiría.

De esta manera, sobre esa paradoja, Marc-Antoine Mathieu construye un relato que, a pesar de sintetizar muchas de las reflexiones sobre la idea de Dios que grandes pensadores ateos y creyentes han elaborado a lo largo de los siglos, se lee con fruición y facilidad. Un relato que cuestiona y distrae, que ilustra y divierte, a partir de una estructura sencilla solo en apariencia. Y es que, para poder transmitir esa sensación de universalidad del evento, Marc-Antoine Mathieu se sirve de un amplio elenco de personajes y de una serie de acontecimientos colaterales que puntean el desarrollo de la trama principal, a la par que de un estilo gráfico que concreta tanto su condición de fábula como permite un esquematismo simbólico muy logrado.

La obra -no podía ser de otra manera- nos deja más o menos donde empezamos, sin tomar pleno partido a favor o en contra de ese hombrecillo simpático que decía ser Díos y que, como vino, se fue. Queda -eso sí- la extraña sensación de que, por más Dios que haya, quienes no tienen remedio son los hombres.

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“Me llamo Toni Boix y soy un DC-Adicto”. A pesar de que mi niñez esté inundada de Sal Buscema y mi adolescencia de Spirit, Metropol, Cimoc y Zona 84. Porque Zinco me devuelve al redil. Zinco y Wolfman y Perez y Moore y Totleben y Gibbons y Miller y Bolland y García López. Después, el ansía. La escasez. La falta absoluta de alegrías. Mueren las revistas de cómics y Zinco vegeta. Mi ilusión se marcha a hacer las Américas. Suerte del Previews… y de los cómics que se malvenden. Le pido a Raúl López que me deje escribir una reseña en Zona Negativa promocionando Fallen Angel… y el resto es esta historia.
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Tirso
10 marzo, 2011 12:36

Me encanta el análisis de Sigfried.
 
Las otras dos obras aun no las he catado…

Maesemediarock
Maesemediarock
10 marzo, 2011 13:56

Los 2 tomos de Sigfried me han gustado bastante, molán.
 
A la peli animada todavia le quedan unos años no?

Tildoras
Tildoras
10 marzo, 2011 22:41

Cuando vi el trailer por primera vez quedé prendado absolutamente de este proyecto de Siegfried y luego al leer los tomos no quedé nada decepcionado sino que son realmente buenos. Lectura obligada para el amante del buen comic en general y del comic fantástico en particular.