U. S. Agente (primera serie limitada)

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Edición original: Marvel Comics – junio – septiembre – 1993
Edición España: Comics Forum – abril – julio – 1994
Guión: Mark Gruenwald
Dibujo: M. C. Wyman
Entintado: Keith Williams
Color: Bob Sharen
Portada: M. C. Wyman
Precio: 190 pesetas (serie limitada de cuatro números en grapa, de veinticuatro páginas cada uno)

 

La duplicidad de caracteres o la sustitución de un personaje en su versión clásica y arquetípica por otra adaptada al momento no es ninguna novedad. La perspectiva que dan los años permite comprobar que, más tarde o más pronto y para bien o para mal, las aguas acaban volviendo a su cauce. Quizá por tal motivo me resulta un tanto bizantina la discusión en torno a este tipo de maniobras parte creativas y parte comerciales. La industria del cómic súper-heroico tiene el suficiente número de años a sus espaldas editoriales como para haber repetido esta jugada más de una vez y con prácticamente todo personaje de primera línea. A veces, el resultado de la maniobra queda en una mera anécdota; en otras ocasiones, sirve para que la nueva incorporación intente consolidar una carrera propia y las más de las veces, se convierte en parte del paisaje de la franquicia de turno. Un ejemplo de este proceso se encuentra en la figura del U. S. Agente, personaje creado en su creación arquetípica por Mark Gruenwald y Kieron Dwyer. Su aparición puede considerarse prólogo y antecedente directo del proceso de oscurecimiento del género operado entre finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado.

Pongámonos en situación: a mediados de la década de los ochenta, Mark Gruenwald –ilustre editor, competente guionista y enciclopedista de prodigiosa memoria- estaba al cargo de la colección dedicada al Capitán América. Su firma se estamparía en las historias del vengador abanderado durante un larguísimo período de tiempo que se prolongaría durante más de una década, pero aún se encuentra casi al inicio de su prolongado periplo. La parte gráfica de la serie corresponde aún al británico Paul Neary, que demuestra ser tan terrible con los lápices como competente con los pinceles. En esta primera fase, Gruenwald se dedica a sentar las bases de lo que será su aportación al imaginario del Capi: para empezar, reducirá hasta su mínima expresión la presencia de Steve Rogers, la identidad civil. Después de convertir al caballero en el dibujante de su propio tebeo (en un ejercicio literario con bastantes guiños a su propia función dentro de Marvel) y poner fin a la relación que tenía con Bernie Rosenthal (aunque no prescindiendo de ella, que don Mark tenía la virtud de aprovecharlo todo) decidió que el caballero del escudo no debía limitar su labor como guardián de las genuinas esencias estadounidenses a la ciudad de Nueva York, por lo que le lanzó a visitar el país, montado en furgoneta. La imagen que Gruenwald quiere proyectar del Capitán América es la de una persona con unos valores inquebrantables, los cuales defenderá a capa y espada –o a capucha alada y escudo-: su trabajo de súper-héroe (que ahora pasa a desempeñar a tiempo casi completo) no está supeditado al mandato de los órganos gubernamentales del país. Rogers se considera el paladín de los Estados Unidos o, mejor dicho, de sus ideales y virtudes y en modo alguno es la representación de los poderes de la Unión. El código deontológico por el que se rige en su labor –y que hace extensivo a quienes quieran trabajar a su lado- es muy claro y tiene su consideración máxima en el respeto a la vida. Cuando Sin-banderas –el cabecilla de una organización enemiga de naciones, fronteras y Estados- le advierte de que se arrepentirá de haberle salvado el pellejo, el Capi reafirma sus convicciones: toda vida es igualmente valiosa, incluida la de un encarnizado adversario. Si tenemos en cuenta que, en el clímax de su enfrentamiento «final» con Cráneo Rojo, J. M. DeMatteis dejó patente que en Rogers puede más la piedad que el odio, aquí hay que afirmar que Gruenwald refuerza esta convicción. El Capitán América es el defensor del sueño americano y el protector del pueblo estadounidense; don Mark aprovechará esta premisa para enfrentar al personaje con oponentes, situaciones e ideologías que pondrán en tela de juicio su papel una y otra vez, quizá porque el propio guionista era consciente de la facilidad con la que la colección y su protagonista podían derivar al patrioterismo. A través de los conflictos, se intentará reforzar la premisa moral del personaje, siempre bajo la óptica de su cronista del momento.

Cuando Gruenwald se hace cargo de la colección del Capi, Ronald Reagan está al inicio de su segundo mandato. El antiguo actor y actual gobernante simboliza junto a colegas como Margaret Thatcher una ideología política, económica y social cuya influencia sigue estando presente en el presente (valga la redundancia). La exaltación de los valores nacionales y nacionalistas se tradujo –en palabras de John Byrne- en un renovado orgullo por enarbolar la bandera de las barras estrellas y, además, pasando al plano de la ficción, en una proliferación exacerbada de nuevos personajes que partían de la premisa de que el fin justificaba los medios. El modelo introducido durante la década anterior en el cine con personajes como el inspector Harry Callahan (Clint Eastwood) o el arquitecto pacifista Paul Kersey (Charles Bronson) se multiplicó en una filmografía que expresaba sonoros cánticos a favor de la violencia, buscaba la revancha por la derrota en Vietnam y reivindicaba a la espada (mejor dicho, a la ametralladora) por encima de la pluma. En el ámbito de los tebeos, fue el inicio de la época dorada de las aventuras del Castigador, de la consolidación definitiva de Lobezno como pilar de la escudería mutante, de la reaparición de personajes olvidados bajo una nueva y oscurecida apariencia (como el Motorista Fantasma) y de todo lo que se nos vendría encima en la década siguiente… pero no adelantemos acontecimientos y volvamos a la cabecera del Capirulo. Don Mark presentó varias líneas argumentales que aportaban conflictos al personaje y le obligaban a tener que explicar las motivaciones de su línea de actuación. Por un lado, enfrentó su condición de icono nacional con una organización como ULTIMATUM, llamada a erradicar las fronteras a base de sangre y fuego; por otro, introdujo –en el marco de una maniobra editorial general, llamada a desbrozar el elenco de súper-villanos de la casa- a un justiciero que asesina criminales disfrazados de medio pelo; por último y más a largo plazo, fue plantando las semillas de un enfrentamiento entre el Capitán América y el gobierno estadounidense. Dos de estos tres elementos serán reutilizados por el guionista en la primera miniserie dedicada al U. S. Agente, que también haría su aparición prontamente, pero bajo otra identidad: Súper-Patriota.

El sub-argumento del Súper-Patriota discurrió paralelo al del progresivo cuestionamiento del papel de Steve Rogers como Capitán América. John Walker –pues tal es el nombre civil de este personaje- se presenta como un nuevo héroe que viste los colores de la bandera estadounidense y blande –literalmente- la antorcha de la libertad. Como Kurt Busiek apuntará años después en la presentación de los Thunderbolts para referirse a Ciudadano V, es significativa la elección de un arma ofensiva, en contraposición a la herramienta defensiva que enarbola habitualmente el Capi. Con el pelo cortado al estilo militar, sus expeditivas maneras y su uso de la publicidad –recordemos que el manejo de la imagen y de los medios no empezó con las redes sociales- contrastan con un Rogers que sigue sintiéndose fuera de onda. Walker busca constantemente el enfrentamiento con alguien a quien considera profundamente anacrónico. Fiel a su credo, el Capitán América evitará la pelea, pero la creciente presencia del Súper-Patriota en la colección será determinante para indicar a la audiencia que algo va a pasar con un personaje que parece llamado a quedarse. Cuando el gobierno estadounidense -más concretamente, una comisión específica- decide aprovechar una combinación de normas jurídicas y actos realizados por Rogers para intentar someterle a su control y órdenes, los acontecimientos se precipitarán. Steve prefiere ceder uniforme y escudo antes que plegarse y Walker recibe la oportunidad de su vida: ser el nuevo símbolo de la nación. A cambio, tendrá que dejar atrás su identidad de inicio y las personas que le han acompañado en su ascenso. El Capitán América es un símbolo del que no se puede prescindir.

El nuevo Capitán América empezará prontamente a adaptarse a su nuevo rol. Junto a un nuevo compañero afroamericano –que acaba rechazando llamarse «Bucky» por las connotaciones negativas que tiene para su colectivo y se convierte en Estrella de Batalla- John recibirá entrenamiento para hacer uso del escudo y ocupar el puesto de su predecesor, bien amarrado desde el punto de vista gubernamental. Sin embargo, el propio paso al frente que ha dado sentará las bases de la ruina de su empresa. Sus antiguos compañeros de los días como Súper-Patriota, gubernativamente vetados y con la sensación de sentirse traicionados, decidirán tomar su revancha. Entretanto, Mark Gruenwald –acompañado ahora a los lápices por un novato Tom Morgan, que ha sustituido a un Neary particularmente horripilante en su despedida- intenta que la parroquia lectora vea con otros ojos al nuevo Capi. John Walker es el hijo de una familia de labradores que ha visto morir a uno de sus integrantes en la guerra de Vietnam. El patriotismo del nuevo Capitán contrasta con el del original; los sentimientos de pertenencia que se forjaron en Rogers durante los días de Franklin D. Roosevelt y el orgullo de combatir en la Segunda Guerra Mundial contrastan poderosamente con el hecho de que Walker haya perdido a un hermano en un conflicto tan denostado y vergonzante para el pueblo estadounidense como la sangría de Indochina. La oportunidad de servir como símbolo bajo la administración Reagan es la oportunidad de reivindicar el sentimiento patriótico que alberga en su interior.

El arco argumental que llevará a la caída de Walker como Capitán América y a la reivindicación de Steve Rogers –que había adoptado la identidad del Capitán entretanto- culminará en el redondo número trescientos cincuenta de la colección. El héroe original recuperará su puesto, en tanto que John Walker –al que se hará pasar por fallecido- heredará el uniforme y escudo llevados por su antecesor / sucesor durante su metafórico exilio. Bajo la identidad de Jack Daniels (Gruenwald haciendo bromas con el güisqui) se convertiría en el U. S. Agente, una versión del Capi bajo las órdenes gubernamentales.

La primera misión del nuevo agente estadounidense fue la de convertirse en vigilante de unos Vengadores Costa Oeste que, en la recién estrenada etapa dirigida por John Byrne, habían sufrido varios reveses de manos de sus teóricos aliados. El ubicuo autor presentó al U. S. Agente como una especie de suboficial chusquero modelo «chaqueta metálica» que habla cada vez que puede con un retrato de sus progenitores. Daniels / Walker presenta una cierta «descolocación» psicológica que apuntaba un futuro interesante pero que, desgraciadamente, no llegó a verse por causa de la marcha de Byrne. El matrimonio Thomas se haría cargo de las labores literarias y convertiría al U. S. Agente en parte esencial del grupo, deshaciendo primero la imposición gubernamental y haciendo que Daniels se ganara su puesto. Entretanto, Gruenwald llevaba a cabo un serial de complemento en la colección del Capi, en el que Jack se reencontraba con su pasado y con su viejo compañero de armas, Estrella de Batalla. Así se cerraba el misterio de la doble identidad licorera y el de sus problemas mentales. John / Jack perdió gran parte de su atractivo y se convirtió en una suerte de Capitán América gruñón y adusto que acompañó a los vengadores californianos hasta el final y siguió al Hombre de Hierro en la aventura fallida –en más de un sentido- de Fuerza de Choque.

Antes de la aparición de Fuerza de Choque, Mark Gruenwald tendría ocasión de reencontrarse con el personaje, para escribir una historia en la que, como era su uso y costumbre, recuperaba a unos cuantos secundarios olvidados, cerraba unos cuantos cabos sueltos y presentaba la oportunidad de ver qué tal podía funcionar este personaje en solitario. Cuando esta serie limitada vio la luz, estamos a principios de la década de los noventa: los antihéroes se enseñoreaban del sector; Image Comics había hecho su irrupción; el mercado editorial empezaba a ser el escenario de una batalla campal. El U. S. Agente ocupaba su puesto junto a Máquina de Guerra y Thunderstrike convirtiéndose las versiones noventeras de la trinidad vengadora.

La trama de la miniserie recupera otro viejo argumento de la colección del Capi: el Azote del bajo mundo. Aquel justiciero que había limpiado de delincuentes empijamados de medio pelo el fondo de armario villanesco de mediados de los ochenta, encerraba aún el misterio de su identidad. Originalmente, se había presentado como el hijo de una familia de profundas convicciones morales que había decidido reaccionar de forma expeditiva ante lo que consideraba un relajo en las buenas costumbres y una debilidad del sistema legal para con la delincuencia. Sin embargo, la muerte de este teórico justiciero solitario, víctima de un disparo al grito de «¡se ha hecho justicia!» (sonoro signo de la acción del Azote) convenció al Capi de que no estaba ante un hombre solo. Más adelante, el propio Gruenwald apuntaría la hipótesis de que aquello no era otra cosa que una de tantas organizaciones controladas bajo cuerda por Cráneo Rojo, pero finalmente decidió apostar por otro camino, uno que incluía zambullirse en la prehistórica edad de oro.

El U. S. Agente encuentra a una integrante del Azote que no se atreve a ejecutar la misión de eliminar a uno de esos malandrines de segunda división. Manuel Eloganto, el Matador (sí, ese simpático villano que iba por la vida de marinero de luces) salva su vida por la misericordia y el miedo de la agente ejecutora. Sin embargo, esta última se convertirá en blanco de sus antiguos colegas, decididos a castigar de forma definitiva su traición y evitar que hable más de la cuenta. La revelación de la identidad de la fugitiva como Priscilla Lyons, evocará nuevamente los días en los que Daniels se llamaba Walker y era el Capitán América. La joven había acabado en la organización del Azote del bajo mundo después de una decepcionante trayectoria como la súper-heroína Vagabunda, pareja del Nómada y pupila improvisada del Hombre Demolición, todos ellos aliados a Steve Rogers en su identidad del Capitán. Cuando el U. S. Agente se cruce en el camino del contubernio de verdugos, también topará con una ideología de la que él no está tan lejano. Los valores que parece haber infundido el misterioso fundador de la misma a sus cuadros tienen una raíz común con los que Walker recibió de sus progenitores y su hermano mayor. Así como él quiso servir en el ejército y luego enfundarse un disfraz, hay personas dispuestas a llegar aún más lejos. ¿Es ajeno este vengador a regañadientes –propios y ajenos- a la tentación de cruzar definitivamente la línea? En este punto, Gruenwald echará mano de un truco ciertamente manido, gastado y cutre, como es el del hermano perdido, para llevar a un final en el que el concepto del justiciero solitario deja paso a una empresa a gran escala.

En el apartado gráfico hay que mencionar la presencia de M. C. Wyman, Keith Williams y Bob Sharen. El primero era un nombre habitual en las colecciones marvelianas de los años noventa, mostrando competencia en el desempeño de sus funciones y un estilo bastante mimético con el del maestro John Buscema (aunque últimamente recuerdo un poco más al matrimonio Dodson). Lo mismo puede decirse del entintador y el colorista, conformando con Wyman un trío que desempeña su función de forma adecuada y bien adaptada al guion de Gruenwald. El resultado final es una miniserie entretenida, especialmente recomendada para seguidores o público interesado por el trabajo de don Mark en la franquicia capitana.

El U. S. Agente continuaría sus andanzas en los Vengadores Costa Oeste y luego en Fuerza de Choque, como se indicó ya más arriba. Desde entonces, sus apariciones han sido más bien puntuales –con algún momento de mayor significación como Maximum Security o los Vengadores de Dan Slott- y algún que otro experimento olvidado –como Omega Flight o Los Invasores-. Por su parte, Mark Gruenwald continuaría dos años más contando las aventuras del Capitán América, para dejar paso a Mark Waid y fallecer prematuramente, víctima de un ataque al corazón, en 1996. Una parte de sus cenizas se mezcló con la tinta que había de usarse para la impresión de una reedición de una de sus obras más personales: Escuadrón Supremo.

Otro punto de vista sobre el personaje de la mano de Iván Martínez Hulin

Ilustración de M. C. Wyman
Karate Kid vs. U.S.Agente

  Edición original: Marvel Comics – junio – septiembre – 1993 Edición España: Comics Forum – abril – julio - 1994 Guión: Mark Gruenwald Dibujo: M. C. Wyman Entintado: Keith Williams Color: Bob Sharen Portada: M. C. Wyman Precio: 190 pesetas (serie limitada de cuatro números en grapa, de veinticuatro…
Guión - 7.7
Dibujo - 7.2
Interés - 7

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WizardLuis Javier Capote PérezDultyxSergio Aguirre Recent comment authors
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Sergio Aguirre
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Genial entrada, Luis Javier. Me ha gustado mucho la contextualización de la trayectoria del personaje, más incluso que la reseña en sí de la miniserie (la cual reconozco no haber leído).

Un saludo, compañero!

Dultyx
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Dultyx

El USAgente era un fachorrillo que caía simpático. Tenía su profundidad y estaba escrito en consecuencia. Fue un integrante bastante noventero de los Vengadores, pero uno bueno e interesante en mi opinión.

wizard
Lector
wizard

Gracias por la reseña de una obra que no conocía, hasta hace unos días, que estaba de oferta de segunda mano y me la pillé por comprar algo.
La verdad es que es un cómic que esta escrito un poco con el piloto automático puesto, donde sirve para una primera lectura y poco más, se presentan unos hechos bastante interesantes, pero no se si es por el recurso del hermano desaparecido, o por que pero no lo acabo de disfrutar como había esperado

wizard
Lector
wizard

Acabar de leer y olvidar