Mi Mamá

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Edición original: Ma mamam est en Amérique (Gallimard Jeunesse, 2007).
Edición nacional/ España: Mi Mamá (Ponent Mon, 2008).
Guión: Jean Regnaud.
Dibujo: Émile Bravo.
Color: Émile Bravo.
Formato: Tomo cartoné 124 págs.
Precio: 18€.

 

La infancia es la tierra de los soñadores. Lo que significa que todos hemos sido soñadores alguna vez. ¿Se cultiva la imaginación? ¿Se pierde, se adormila al crecer y aprender cómo es el mundo? No importa. En algún momento, más cercano o más lejano, todos habitamos ese reino. Tanto si lo recordamos entreverado por el paso de los años como si refulge con el brillo inmaculado del presente sabemos de lo que hablamos. La ficción sobre la infancia se aprovecha de tal evocación, pronta a sacarnos una sonrisa o un escalofrío, pero… ¡tantas veces descuida el hecho de que todos somos expertos (sin pretenderlo) en sus manjares! No basta un acorde familiar para tocar la melodía, como descubren operaciones de márketing que solo buscan sacar a pasear el espectro de la infantilización… por un precio, naturalmente. En tan majestuoso como peligroso estuario, proclive al remolino del ternurismo, se zambullen Jean Regnaud y Émile Bravo, pero no teman: ambos pagan la cuota. Porque hay una cuota. Un tributo para que la cosa funcione. Se llama “honestidad”.

En Mi Mamá el equipo detrás del fantástico Aleksis Strogonov deriva al intimismo biográfico. Una cadena de recuerdos que abarca desde el inicio del curso escolar en septiembre de 1970 hasta el primer día de la vuelta de vacaciones de Navidad en enero de 1971. Jean, el niño protagonista, cuenta seis años. Conoceremos al padre de Jean, al hermano de Jean, a la niñera de Jean; también a sus vecinos, sus abuelos, sus amigos del colegio, sus profesores. Los conoceremos a todos menos a esa madre del título, que se desdibuja en la memoria como un sueño que se pierde al despertar.

Regnaud repasa (con un candor vagamente afectado, eso sí, como olvidando su propia malicia) las etapas sustanciales de ese primer tránsito a la madurez que consiste en sortear las mentiras piadosas de los adultos. El niño Jean que, como todos los niños, quiere crecer, descubre que no se puede desandar lo andado. Y que en el camino también hay lágrimas. Regnaud, con instinto de entomólogo, retrata los hitos de una generación que vivió el recelo de los padres frente a la televisión o los desconcertantes encuentros con las ancianas desconocidas cuyos besos picaban en la mejilla.

Bravo adapta (y adopta) esta infancia prestada en cada plancha sensacional que sale de su puño. Y mira que le hemos visto virguerías en Jules, en Spirou, en la citada Aleksis Strogonov o en la preclara historieta muda sobre el conflicto palestino (publicada en la revista El Manglar), donde ya experimentaba con la sustitución de la palabra por imágenes en los bocadillos de texto. En Mi Mamá, como suele decirse, se sale. Refuerza el hálito evocador prescindiendo casi siempre de la diagramación convencional en viñetas, con sus márgenes y calles, convirtiendo la página en ventana al pasado, con bellas splash-pages, y en álbum de recuerdos, con momentos recortados y separados entre sí por los bloques de texto. El color, alejado de estridencias, refuerza la sensación de confort en la remembranza sin derivar a lo melifluo (evitando, por ejemplo, la imprecisión de las acuarelas) con la sencilla técnica de manchar el folio con un potente color base.

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Mi Mamá es un tebeo de sensaciones. De ahí su errático discurrir en capítulos breves (hasta trece, más interludios y un epílogo) que esbozan situaciones rápidamente, en cuatro pinceladas, igual que las postales que la vecina lee a Jean describen países (o sus tópicos) en unas pocas líneas. En seguida atisba el lector el secreto, la respuesta a la pregunta que corroe a Jean y que nunca se atreve a formular en voz alta (“¿Dónde está mi mamá?”) Regnaud mueve las fichas para que nada turbe la serena procesión de su discurso, lo que incluye, también, anticipar esa carta (incluida su dosis de crueldad).

Bravo afirma haberse emocionado hasta el llanto al leer el guion enviado por Regnaud. Tanto no puedo yo decir, verdaderamente, aunque desenterró vivas y cálidas estampas de hace muchos, muchos años. De un tiempo mágico e inexplicable, más inocente y más puro, más reconfortante y obnuvilador.

  Edición original: Ma mamam est en Amérique (Gallimard Jeunesse, 2007). Edición nacional/ España: Mi Mamá (Ponent Mon, 2008). Guión: Jean Regnaud. Dibujo: Émile Bravo. Color: Émile Bravo. Formato: Tomo cartoné 124 págs. Precio: 18€.   La infancia es la tierra de los soñadores. Lo que significa que todos hemos…
Guion - 7
Dibujo - 9
Interés - 8

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TheBaldRocker
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TheBaldRocker

Con su entrada y primer párrafo completo de la reseña, ya me lo ha vendido, Mr.Agrafojo. Y es que es usted muy culpable de algunos de mis gastos extras en cómics. Que lo sepa! 😉
Dicho esto, y siendo sincero con usted y conmigo mismo, mi infancia, por motivos que no vienen al caso ya que, desde luego, no es este el mejor lugar para hablar de ellos,
mi infancia, digo, no fue todo lo bonita ni entrañable que podía o debería ser para cualquier niño. Hubo momentos, claro, pero pocos.
Quizás por esta razón, me interesan este tipo de historias. Y quizás, también, a mis 47 no he dejado de ser un soñador (ni ganas) y procuro darle a mi hija en la medida de mis posibilidades, todo lo que yo no tuve.
En fin, un placer leerle, Mr. Como siempre 😉

Rockeros Saludos.

the drummer
Lector
the drummer

retran ya se lo ha pillado (y neil gaiman también)

TheBaldRocker
Lector
TheBaldRocker

Buen gusto el del amigo Retran y el de Gaiman, pues, si se dejan influir y aconsejar por las reseñas de Mr.Agrafojo!

Omar Little
Lector
Omar Little

A falta de leer los dos de los osos y el de “La lección de pesca”, todo lo que he leído de Bravo, en solitario o junto a Regnaud, es una gozada.

Dillinger
Lector
Dillinger

Muy buena reseña.

De esas que me dan ganas de comprar el tebeo.

Bravo también ayuda a ello, claro.

Retranqueiro
Lector
Retranqueiro

No sé desde cuándo lo tiene Gaiman pero yo hace algún tiempo ya que lo tengo en mis estanterías. En este caso, fue gracias a uno de los tíos que, de todos los que por aquí pululaban, más saben de tebeos: Ocioso (de hecho, fue él el que enlazó aquí esas páginas de la historia publicada en El Manglar). Es más; fue él quién me abrió los ojos a Émile Bravo, cosa que le agradeceré siempre.

En cuanto a este tebeo, es una puta gozada. Un tebeazo.
Y esas viñetas en las que el texto es sustituido por pictogramas son una maravilla.