Edición original: Marvel Comics – junio, julio – 1998
Edición nacional/España: Furia / Agenta 13. Comics Forum – febrero, marzo – 1999
Guion: Terry Kavanagh
Dibujo: Ramón Bernardó
Entintado: Ian Akin
Color: Kevin Tinsley
Traducción: Santiago García
Rotulación: Luis Sanz
Formato: Serie limitada en grapa de cuarenta páginas. 375 pesetas

«Soy la muerte, no los impuestos. Yo aparezco solamente una vez» (esta frase es mentira en Marvel).

Prólogo: calienta, Nicolasito, que sales.

Desde el día en que en la casa de las ideas se tomó la decisión de que Jean Grey debía retornar del mundo de los difuntos, la visita de la parca se convirtió en un creciente y progresivo motivo de cachondeo por parte de la parroquia lectora. El impacto de la desaparición de tal o cual personaje se convirtió en un truco cuya repetición redundó en la pérdida de su valor. Los eventos en los que se anunciaba con bombo y platillo el épico deceso iban a estar seguidos -más pronto que tarde o más tarde que pronto en función de la popularidad del futuro occiso- por otros en los que volvía porque o bien resucitaba o simplemente, no estaba muerto, sino que estaba cortando caña, parafraseando al gran Peret.

La década de los noventa del siglo pasado fue pródiga en el uso y en el abuso de esta técnica mercadotécnica que se enmarca en unos tiempos convulsos en las que las aposentadas Marvel y DC tenían que hacer frente primero a la pujante competencia de Image Comics y luego al estallido de la burbuja especulativa. Las publicaciones de esos años están llenas de eventos, cruces y ocurrencias de todo tipo, las cuales incluyen errores y aciertos, así como el reflejo de una cierta y creciente desesperación por conseguir que flauta sonara por algo más que la casualidad.

A Nick Furia le tocó hincar el pico en el marco de un evento que solamente se explica en un momento en el que Marvel Comics estaba pasándolas canutas. Por un tiempo, el puesto de editor en jefe que había ocupado Tom DeFalco careció de ocupante y a cambio, se establecieron secciones por familias de colecciones con sus respectos responsables editoriales. Esta medida parecía anticipar la venta de la empresa por piezas, aunque finalmente no se produjo. Entre los nuevos departamentos estaba el sello Marvel Edge, que venía a ser una suerte de cajón desastre en el que entraron cuantos personajes no tenían acomodo en ninguna de las escuderías principales. No eran, ni mucho menos, saldos de fin de temporada o materia prima para el trapero. Allí estaban el Hulk de Peter David, el Daredevil de Dan Chichester, Lee Weeks y Scott McDaniel o el Motorista Fantasma que había relanzado Howard Mackie. También andaba por allí el Castigador, que después de haber tenido molusco para sostener él solito con sus pistolones una familia de títulos, sufría las consecuencias del agotamiento por sobreexplotación. En el apartado de personajes que cariñosamente quien estas líneas denomina como de culto, por no decir que nunca han podido sostenerse largo tiempo en el mercado, pese a haber protagonizado etapas memorables, estaban el Doctor Extraño -después de un fallido intento de llevarle por un camino más vertiginoso- y el coronel Nick Furia, cuya última colección -dibujada por un joven valor birlado de la cantera de Image llamado Corky C Lehmuki- no había pasado del cuarto número, pese a llevar la firma literaria de Howard Chaykin.

Por otra parte, La Era de Apocalipsis había instituido en la casa de las ideas una estructura de eventos que se abría y se cerraba con números especiales. El experimento alternativo que Bob Harras decidiera quedarse para los tebeos y no aprovechar en la serie animada se repitió con desastrosos resultados creativos -siempre para quien estas líneas escribe- con Spider-Man -Clonación Máxima-, los Vengadores -La Encrucijada- y para la sección filosa en un evento llamado Double Edge. La premisa era la de que el Castigador iba en persecución de Nick Furia para darle matarile. Siguiendo la receta, cazador y presa se paseaban por las colecciones de su improvisada sección y la historia terminaba con la muerte del viejo espía tuerto. Como es uso y costumbre, autores más apañados aprovecharon la ocasión para hacer algo mínimamente presentable -como Peter David al contar la presencia de Hulk en el entierro- y otros despacharon el asunto en un par de viñetas mal contadas. El hecho de que Lobezno, Logan, rindiera respetos al cajón donde estaba su amigo parecía indicar que esta vez sí, el viejo soldado había librado su última batalla (intento escribir estas líneas sin que me dé la risa). Don Peter juega una vez más con el humor y la tristeza al presentar a los compañeros de Furia bromeando sobre la habilidad de su amigo Nicholas para burlar a la muerte y darse cuenta gracias al canadiense de que esta vez no había truco. Era como ver a José Luis Coll despedir a su colega Luis Sánchez Polack, Tip, diciendo que todo era una broma y que volvería a aparecer. El humorista valenciano había dicho que su epitafio debía decir En la hora de mi muerte quiero estar vivo, para ver si a mi entierro van mis amigos… pero ésa es otra historia, una de la vida real. Para esas alturas en las que la Marvel que conocemos había cumplido treinta y cinco años, era cosa segura que Furia volvería. La duda estaba en el momento, pero éste no tardaría en llegar.

Una muerta y un muerto van p’Albacete…

La coprotagonista de la historia es precisamente otra rescatada pocos años antes del cementerio: Sharon Carter, la Agente 13 de SHIELD. Mark Waid y Ron Garney la habían rescatado pala en mano, aprovechando que su deceso -ahora tan exagerado como las noticias de la muerte de Mark Twain- había sido visto por la afición lectora de una manera que podía dejar la puerta abierta a un regreso que tardó bastante tiempo en concretarse. El truco empleado ha sido utilizado urbi et orbi en la ficción y enlaza con lo que se ha comentado en el prólogo, siendo el primer golpe de efecto que aquel equipo creativo llevó a cabo durante su breve y venturoso primer paso por las aventuras del Capitán América. Carter había sido el gran amor de Steve Rogers tras su regreso de un olvido helado y uno y otro se reencontraban en circunstancias poco halagüeñas. Sharon piensa que el Capi la había abandonado en una misión secreta, en tanto que este último jura y perjura que la daba por muerta. Dado que en el momento de su fingido deceso ella estaba a las órdenes de Furia, es éste quien tiene que rendirle cuentas, toda vez que la agencia a la que ambos pertenecían parece remisa a soltar prenda. Es aquí donde arranca la historia y donde comienza la jarana.

En primer lugar, se asume la premisa lógica de que para buscar a alguien que está muerto hay que demostrar que no lo está y eso es algo que, más que exponerse, se nos tira a la cabeza. El cadáver de Furia es el de ¡chantatachán! un simulacro dotado de vida. Uno de los trucos más viejos y choteados de la metafórica chistera de la que salen las aventuras en las que don Nicholas es protagonista. De nuevo, no es la primera vez que la parroquia escudera tiene que comulgar con esta rueda de molino, habida cuenta de que se ha utilizado en historias como Nick Furia contra SHIELD o Tierra-X. Lo que se vió en Doble filo plantea la posibilidad de una gigantesca conspiración -cosa nada rara en historias de espionaje jamesbondiano- o una chapuza de tamaño medio. No importa, pues Sharon ya está tras la pista para encontrar a su antiguo superior y pedirle que rinda cuentas. Las pesquisas habrán de llevarla a un mundo virtual -Matrix se acercaba pero ya teníamos por allí propuestas tan futuristas como La red, Johnny Memonic o El cortador de césped- donde Furia revive sus viejos buenos tiempos de los Comandos Aulladores.

Si dejamos de lado la chambonada de la premisa, la idea podría dar para un buen tebeo si no fuera porque está ejecutada de forma anodina y olvidable. Si se echa una mirada al equipo creativo, mucho me temo que está en el apartado guionista la causa de que estemos ante un tebeo flojo. Es Terry Kavanagh, tan prolífico entonces como denostado desde esa época quien que lleva a cabo la parte literaria. Su labor con personajes como Spider-Man, el Hombre de Hierro o el Caballero Luna ha sido sobradamente glosada aquí como botón de muestra de sus malas ideas y sus peores desarrolles, pero también hay que decir que siendo como era un leal colaborador del editor Bob Harras, bien cabría preguntarse si en otro contexto sus aportaciones hubieran sido distintas. De hecho, su colaboración con Alan Davis durante el periodo en el que el británico se encargó de las dos colecciones patrulleras es testimonio de su solvencia como dialoguista, pero ésa es otra historia. En la parte gráfica tenemos a Ramón Bernardó, dibujante español fogueado bajo las órdenes de Francisco Ibáñez que tuvo un breve paso por la casa de las ideas y que tenía un cierto estilo clásico y evocador del de John Buscema. Por su parte, el veterano entintador Ian Akin y el solvente colorista Kevin Tinsley cumplen, dando entre todos como resultado unas ilustraciones que no matan del susto ni especialmente del gusto, pero que quizá hubieran merecido mejores guiones. Como apunte final hay que decir que las portadas corrieron a cargo de los lápices de Mike Zeck, que años antes había sido el dibujante de cabecera del colección del vengador abanderado y que aquí hace una labor que está un poco alejada de sus mejores trabajos de la década anterior.

Epílogo: viajes que no necesitan alforjas.

El regreso al mundo de los vivos de Nick Furia se produce en un momento en el que Marvel parece haber superado los escollos más peligrosos, encaminándose a un retorno a ciertas esencias con las que avanzará a un nuevo siglo en el que se abrirá la larga y fructífera etapa firmada por Joe Quesada. Estamos en un momento de transición en el que se recupera la figura del editor en jefe en la persona del controvertido Bob Harras. Si se mira con la perspectiva de las décadas transcurridas, no deja de ser irónico que aquél que firmó la ruptura de quienes habían contribuido a consolidar a la empresa con su trabajo en los setenta y los ochenta, se convirtiera ahora en quien les daba la bienvenida. Es una versión resumida y por ello quizá servidor esté pecando de simplista, pero no dejaba de ser el reconocimiento de que se necesitaban guionistas con cierto oficio si se quería conservar el negocio, toda vez que los dibujos molones y los personajes de la casa no sostenían por sí mismos la afición a largo plazo. En todo caso, una primera tesis para recuperar en ese momento a Nick Furia podía venir dada por el deseo de tener todas las piezas habituales disponibles en el tablero.

Sin embargo, si echamos una mirada al calendario de esos días veremos que la razón bien pudo ser otra y de naturaleza «extra-tebeística». Una singularidad en aquellos días y el pan nuestro de cada día en la actualidad: la influencia de un producto audiovisual. En mayo de 1998 veía la luz Nick Fury: Agente de SHIELD, una pinícula para telelevisión que tenía toda la pinta de piloto para una serie dedicada a la agencia de espías menos sigilosa de cuantas se han visto en el noveno arte. Pasen y vean:

El hecho de que la miniserie saliera en los meses inmediatamente posteriores a este excelso teleflim bien pudo justificar el regreso de Furia a los tebeos, por la necesidad de que la parroquia televidente tuviera un cómic que echarse al coleto visual, atraída por el personaje. Esta premisa se me antoja algo difícil, si tenemos en cuenta que el coronel tuerto era interpretado por David Hasselhoff, a quien Jordi Solé y Antoni Capilla definieron en su libro Telemanía como un atractivo ceporro. En todo caso, la serie nunca llegó y Furia volvió a ser lo que ha sido gran parte de su existencia ficticia: parte del paisaje y el paisanaje de fondo en la casa de las ideas. Habría que esperar algunos años para encontrar su versión ultimatera y con ella, el rostro de quien habría de interpretarle, pero ésa es otra historia.

Lo mejor

• ¿Lo cualo, perdón?

Lo peor

• Que una idea manida sea la piedra angular de un tebeo tan flojo.

P. S. No se vayan todavía. Aún hay más:

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2 Comments
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Manin
Manin
Lector
20 octubre, 2025 21:50

Terry Kavanagh es de lo peor que le ha ocurrido al cómic en general y a Marvel en particular. Ni con un palo me acerco

Luisru
Lector
En respuesta a  Manin
21 octubre, 2025 8:07

Y eso que era el editor del Excalibur de Alan Davis. Pero, como guionista, era catastrófico.