Amor en tiempos de represión
G.I. Gay, con guion de Didier Swysen (Alcante) y dibujo de Bernardo Muñoz, narra la historia de Alan y Merle, dos jóvenes que descubren el amor en tiempos de represión. Con una cuidada ambientación histórica y un enfoque sensible hacia la discriminación, el cómic combina romance, drama y momentos de acción.
Tras colaborar en la revista italiana Selen con relatos eróticos y publicar álbumes como Déviances, Divine Vengeance y Scum, el dibujante Bernardo Muñoz se adentra en un terreno más íntimo con G.I. Gay. El cómic narra la historia de un médico que descubre su homosexualidad en plena Guerra del Pacífico, enfrentándose a un ejército que aún considera su orientación un delito, con delicadeza y elegancia, sobre todo en las expresiones y en los detalles de cada reacción.
El punto de partida es una entrevista al protagonista, Alan, quien ya mayor se emociona al ver la derogación de la ley «Dont ask, dont tell» en 2011, que supuso un hito histórico para los derechos LGBT en Estados Unidos. Esta norma, vigente desde 1993, prohibía a las personas homosexuales, bisexuales y lesbianas declarar abiertamente su orientación en el ejército, bajo amenaza de expulsión. Su eliminación permitió, por primera vez, servir con orgullo y sin ocultar la identidad sexual, marcando un paso decisivo hacia la igualdad y la visibilidad dentro de una de las instituciones más conservadoras del país.
Alan y Merle son los amantes de una historia de amor durante la Segunda Guerra Mundial en la Guerra del Pacífico contra los japoneses. Norma Editorial©
Entrevista a Bernardo Muñoz
¿Por qué comenzar el cómic con una entrevista al señor Cole?
El guionista [Didier Swysen, alias Alcante] vio un discurso de Obama en el que retiraba la ley Clinton «Don’t ask, don’t tell» y pensó que sería buena idea construir la historia a partir de ahí, conectando ese momento con la Segunda Guerra Mundial. La entrevista inicial sirve como hilo conductor, aunque fue una decisión suya.
¿Cómo te involucraste en el proyecto?
Fue por casualidad. Estaba en Angulema antes de la pandemia. Didier había trabajado con otros dibujantes sin éxito, y pidió a [el dibujante] José Luis Munuera si me conocía. Munuera me llamó mientras firmaba ejemplares y me invitó a conocer a Didier. La colección Aire Libre de Dupuis ya me convencía, y tras media hora de explicación, decidí unirme.
El cómic combina guerra y romance. ¿Cómo equilibraste estos elementos?
La guerra ocupa solo unas ocho o diez páginas. La mayor parte de la historia son momentos íntimos, de diálogo y afecto. Didier quiso que la acción no eclipsara la relación de los personajes. La violencia está presente como contexto —la guerra y la discriminación en el ejército y la sociedad—, pero la esencia del cómic es el amor entre Alan y Merle.
Algunos fragmentos de la Guerra del Pacífico. Norma Editorial©
¿Cómo dibujaste las escenas románticas?
Didier quería ser discreto, sin censura, pero sin hacerlo demasiado explícito. Lo importante era mostrar afecto y delicadeza. Hay pasión, pero todo es romántico y tierno. Para mí, lo más relevante era la evolución de Alan. Merle es seguro, sabe quién es; Alan, en cambio, está confundido y duda sobre su vida y su relación. La historia muestra cómo Alan sale de esa angustia para descubrirse a sí mismo. Las expresiones de los personajes son clave: miradas, gestos sutiles, cambios de actitud… todo comunica emociones sin necesidad de palabras.
¿Y la discriminación de otros personajes?
En algunos casos era fácil, como el soldado cafre que desafía a Alan constantemente. Pero hay momentos más sutiles, cuando la pareja de Alan observa situaciones extrañas y reacciona con afecto. Didier quería que todos, incluso los más duros, tuvieran humanidad.
Esto obliga a trabajar con matices en las expresiones: una mirada o un pequeño gesto tienen que comunicar mucho sin ser evidentes.
Se trata de una época muy representada en el audiovisual, ¿cuáles fueron las referencias para la ambientación y los personajes?
Para Merle, Didier me dio la referencia de Heath Ledger —no tanto por el Joker, sino por su carisma y expresividad—. Para Alan, Andrew Garfield. También nos inspiramos en películas como Hacksaw Ridge (Hasta el último hombre) para las escenas de batalla y la ambientación de los años 40 y 50 en Estados Unidos: uniformes, ropa, decorados… todo tenía que ser coherente con la época.
¿Cuál fue la parte más entretenida de dibujar?
Lamentablemente, las escenas de guerra. La acción me permitió jugar con planos, movimientos de cámara y composiciones. También disfruté mucho las últimas cinco páginas, donde el dibujo transmite todo el sentimiento acumulado; es un final muy intenso y emotivo.
¿Cómo fue la sensación al cerrar el cómic?
Fue extraño y un poco triste, pero satisfactorio. No es solo un final, sino la despedida de los personajes, concentrada en pocas páginas. No descubrí cuán triste era hasta que mi pareja lo leyó hace unos días y lloró; es un final tierno, muy humano.
¿Cuánto tardaste en dibujarlo?
Unos dos años y medio. Son 122 páginas, muchas de diálogo, y había que hacerlas dinámicas con los encuadres. Didier escribía storyboards muy claros, así que todo fluía bien. Lo más difícil era evitar la monotonía, pero al final el ritmo parece el de una película pausada pero viva.
¿Qué será lo próximo?
Tras G.I. Gay, estoy terminando un álbum con Raule y en uno o dos meses empezaré un nuevo proyecto. No he parado de trabajar, pero disfruto del proceso creativo.
El ilustrador Bernardo Muñoz firmando unos ejemplares en la tienda de Norma Editorial. Norma Editorial©






