Blackwulf

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Edición original: Marvel Comics – junio 1994 – marzo 1995
Edición España: Comics Forum – marzo – noviembre 1995
Guión: Glenn Herdling
Dibujo: Ángel Medina, Keith Pollard
Entintado: Bill Anderson, Richard Rankin, Sandu Florea, Buzz
Color: Ray Murtaugh, Michael Kraiger, Scott Marshall, Mike Marts, Ashley Posella
Portada: Ángel Medina
Precio: 190 pesetas (serie limitada de nueve números de 24 páginas. El último número es doble y cuesta 325 pesetas)

 

Siempre que se aproxima una fecha redonda en la sucesión de aniversarios de una editorial, resulta inevitable echar la vista atrás y hacer balance de una trayectoria en la que, actualmente, prima más el valor de las franquicias que el de los tebeos. Ahora que la casa de las ideas se aproxima a su octogésimo cumpleaños, barrunto que tendremos una pequeña gran avalancha de reediciones, ensayos y visiones retrospectivas en torno a estas ocho décadas, donde se hará hincapié en los nombres más populares y en las colecciones y etapas más famosas. Sin embargo, la historia general no solamente se compone de esos grandes relatos, sino que, además, están presentes otro tipo de historias: las series que pasaron sin pena ni gloria, las firmas que no repitieron, los conceptos que no llegaron a ningún sitio… no los clamorosos fracasos o las monumentales pifias, porque las derrotas pueden llegar a ser tan definitorias que las victorias o más, sino aquellas trayectorias -profesionales, editoriales- que nacieron, crecieron, se reprodujeron y murieron sin que, a la hora de la verdad, nadie se maravillara, se preocupara o se lamentara particularmente. Hoy, precisamente, quiero hablar de una colección que siempre me pareció un no se sabe qué que empezó no se sabe cómo y terminó sin que quedara del todo claro qué es lo que había pasado: Blackwulf.

Corría el año 1994 cuando vio la luz en las librerías estadounidenses una cabecera protagonizada por un ilustre desconocido. Fiel a la tradición de venta de motos, el primer número se presentaba con las vitolas de traer en su interior algo «nuevo» y «diferente». Adjetivos como estos son muy habituales a la hora de intentar colocar un producto pero, en esta ocasión, teníamos la jugada de una cabecera protagonizada por un protagonista y un elenco completamente nuevo. Esta maniobra podría considerarse arriesgada, si no fuera por el hecho de que estábamos justo en el momento en el que la casa de las ideas intentaba ahogar a la competencias publicando un número elevado de colecciones donde la calidad era inversamente proporcional a la cantidad de las cabeceras. Una breve aparición en una colección tirando a secundaria como Thunderstrike serviría como prólogo y llamada de atención hacia un producto que pretendía dar una vuelta de tuerca a los conceptos que Jack Kirby introdujera al crear los Eternos. La versión que el autor diera en torno a la evolución -profundamente influida por las magufadas platilleras de los años setenta- con las especies desviante y eterna como hermanas de la humanidad propiamente dicha. La colección jugaría con una idea que se vería bastante en aquellos días: que la hueste de los Celestiales había hecho los mismos experimentos a lo largo, ancho y profundo del cosmos, creando las mismas variantes en todas partes.

La colección cuenta el enfrentamiento entre Lord Tantalus, un señor desviante de otro planeta, y dos de sus hijos, Pelops y Lucian. El caudillo, que había impuesto el dominio de su estirpe en varios planetas, hasta verse atascado en la Tierra del pasado. Como todo aquel que pertenece a esa divergencia, padece de una inestabilidad genética que hace complicada y peligrosa la posibilidad de perpetuar su linaje. Sin embargo, en una de sus correrías por el espacio, descubre a una mujer que es inmune al poder que le ha dado su ADN. Con ella tiene cuatro vástagos, mas el cuarto, Lucian, tiene la marca oscura que hace patente que es hijo de su padre. Esta situación llevará a la esposa de Tantalus al suicidio y a que este desprecie profundamente al último de sus descendientes, tanto como agasaja a Pelops. Con ellos se desplazará a la Tierra y con ellos se verá aislado en este planeta.

El primer número de la colección continúa los conceptos introducidos en la colección protagonizada por Eric Masterson y presenta el doble juego que se trae Pelops. Por un lado, parece ser el más leal y devoto de los seguidores de un Tantalus que, para matar el rato en lo que recupera los medios para salir del planeta, ha montado un reino desviante separado de la versión terrestre de la divergencia. Por otro, ha asumido la identidad de Blackwulf, líder de una banda rebelde que se opone a los designios de su infame progenitor. A su sombra vive Lucian, que aspira a ser tan brillante como su hermano y a ganarse la consideración del padre de ambos, de quien, sin embargo, solo recibe desprecios. En su sibilina cruzada, Pelops intentará reclutar a su pariente, el cual ya sospecha de su doble identidad. Sin embargo, eso simplemente revelará el secreto a Tantalus, que extirpará mortalmente aquella parte de su familia que le ha resultado traicionera. En la mejor tradición del folletín de venganzas, Lucian reclamará el manto de su hermano como Blackwulf e intentará seguir sus pasos, intentando al mismo tiempo estar a la altura del legado de aquel. La tarea se antoja complicada porque, allá donde el mayor era calmado y carismático, el menor es lento a la reflexión y rápido a la cólera. Su condición de hijo de Tantalus y su bien conocido deseo de ganar el favor de este, harán que los antiguos compañeros de armas de Pelops le rechacen en un primer momento, para luego irle aceptando reluctantemente.

La colección presentaba una serie de ideas curiosas que, vistas con la perspectiva de años y lecturas, no eran precisamente originales. La idea de una especie extraterrestre que lucha una guerra secreta contra fuerzas que defienden la Tierra y a una humanidad ignorante del conflicto tenía un precedente muy reciente en los WildCATS de Jim Lee, por lo que cabe preguntarse si, con esta serie, Marvel intentaba devolverle el favor al coreano-estadounidense -que, como buena parte de sus colegas de la escudería imaginera, había «homenajeado» y no poco a las propiedades de la casa de las ideas-. En todo caso, hay que repetir que el precedente interno era de factura «kirbyana». Los personajes -buenos y malos, principales y secundarios- eran nuevos y sus diseños era coloridos. El comienzo de la colección era trepidante y, por la parte que me toca, me enganchó, pero la aventura no llegaría al año de vida. La implosión del mercado y la Marvelución se la llevaron por delante y, después de todo, la original fachada no ocultaba los defectos estructurales del edificio. Estos se debían, en buena medida, al equipo responsable del invento, que sirvió tanto las fortalezas como las debilidades.

En la parte del guion tenemos a Glenn Herdling, un nombre bastante habitual en la Marvel de los primeros noventa, ejerciendo funciones de editor y de escritor. En este apartado, su labor se centró principalmente en la realización de números de relleno o de sustituciones circunstanciales y, en honor a la verdad, hay que decir que sus trabajos literarios se movieron siempre en el ámbito de lo olvidable. Su presencia en cualquier publicación de aquellos años inspiraba en la parroquia lectora las mismas reacciones que conseguían Terry Kavanagh o Ben Raab. Cada década tiene sus cocos, pero aquí hay que reconocer que firma una de sus mejores labores, aunque ello no evite la sensación de confusión ante una historia que, quizá por el anuncio de una prematura cancelación, tuvo que narrarse a la carrera.

En la parte del dibujo -y acompañado en tintas y colores por un puñado de nombres no muy conocidos- tenemos a Ángel Medina, cuyo estilo de figuras desproporcionadas, ilustró a la perfección el tono extraterrestre inherente a la historia. Los diseños que realizó para la colección son responsables de buena parte del gancho de la misma y estuvo presente en todos sus números, salvo en uno, donde se puede encontrar uno de los últimos trabajos de Keith Pollard en la casa de las ideas.

El resultado final es una colección que quizá mereció mejor suerte y que podría haber dado lugar a una de esas series con su propio colectivo seguidor. No hubo tiempo y, más allá de un par de interacciones puntuales con Daredevil y Henry Pym -con apunte a la miniserie de la Visión incluido- Blackwulf y su pandilla se prodigaron poco o nada por el universo marveliano. Herdling seguiría firmando tebeos olvidables y, tiempo después, se dedicaría a las novelas juveniles; Medina pasaría a la colección de la Masa, en los tiempos en los que el personaje iba a ser desdoblado por obra y gracia de la batalla contra Onslaught y del acuerdo con Lee y Liefeld. Por su parte, Lucian, Tantalus y su conflicto, duermen el sueño de los justos, a la espera de que alguien decida recuperarles.

Lucian y su reluctante banda
Blackwulf y compañía

  Edición original: Marvel Comics – junio 1994 – marzo 1995 Edición España: Comics Forum – marzo – noviembre 1995 Guión: Glenn Herdling Dibujo: Ángel Medina, Keith Pollard Entintado: Bill Anderson, Richard Rankin, Sandu Florea, Buzz Color: Ray Murtaugh, Michael Kraiger, Scott Marshall, Mike Marts, Ashley Posella Portada: Ángel Medina…
Guión - 6
Dibujo - 7.9
Interés - 5.9

6.6

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