
Osannibal parte 2
Admito que a veces las secuelas me generan temor. Hay algo en el concepto de alargar una historia a partir de su éxito que me produce cierto rechazo intuitivo, tal vez injustificado. En algunos casos, no resulta demasiado difícil imaginar nuevos caminos para la trama que ya conocemos. En otros, sin embargo, cabe preguntarse si existe motivación narrativa real.
El primer tomo de Bajo los árboles, donde nadie te ve tenía una estructura autocontenida que rozaba la perfección; de esas que te animan a relamerte los dedos (metafóricamente) para aprovechar hasta los últimos restos de sabor tras su cierre. Como es natural, el anuncio de una continuación levantó cejas, sospechas y miedos en torno a si se iba a “pervertir” un resultado tan redondo. Aun así, algo más estaba claro: había que leerla, incluso si ello implicaba dejarse llevar por los mismos motivos comerciales que podrían haberla originado.
Para recapitular, el primer tomo nos presentaba a Samantha Strong, ciudadana ejemplar y “osasina” en serie del pueblo de Woodbrook. En unos pocos números, su autor completo, Patrick Horvath, nos invitaba a descubrir las afiladas truculencias que se escondían tras una pátina de animales antropomórficos parlantes, paisajes de ensueño y tonos pastelosos dignos de cualquier cuento de hadas. Era el contraste entre tales tonos, entre las hadas y la crudeza, entre la máscara de encanto y el disfrute sanguinario de Samantha, entre el dibujo de álbum infantil y las (muy) explícitas escenas gore, lo que otorgaba a la historia un brillo tan especial.
Sin destripar demasiado de lo que ocurre en aquella primera entrega, este segundo tomo, subtitulado “La consagración de la primavera”, nos propone un salto temporal de ocho años para explorar directamente las consecuencias de los actos de Samantha. En ese sentido, partimos de un enfoque que necesariamente es muy distinto al original, puesto que el juego de tonos y la sorpresa constante en torno a él se dejan a un lado. Patrick Horvath, consciente de que ya no podrá impactar tanto a los lectores con la misma carta, decide ir de cara con una estrategia diferente y, al menos en primer instancia, interesante.
Secuela de secuelas
Los primeros pulsos del tomo nos circulan por los habitantes de Woodbrook y su vida tras el salto temporal. Aunque todo sigue rodeado de un ambiente empalagoso y de aparente idilio, las interferencias de la ilusión resultan mucho más evidentes desde el primer instante. Por ejemplo, resulta que el hijo de una de las víctimas de Samantha en el primer tomo ahora trabaja para ella en su tienda. Parece que fue la propia Samantha quien lo propuso, lo que marca el primero de los muchos gestos sádicos que vamos a observar en ella a lo largo de estas páginas. El caso es que de ese chaval, cuya apariencia podría resultar normal, se nos revela en un testimonio que refleja siempre una tristeza muy profunda en la negrura de las pupilas. Además, cuando profundizamos en su familia, descubrimos que su madre sufre una depresión muy profunda tras la muerte de su marido, hasta el punto de desarrollar una adicción por los antidepresivos que amenaza con destruir su vida profesional y personal.
Como digo, no quiero destripar más detalles del tomo, pero lo explicado ya es suficiente para ilustrar la tónica general: las acciones de Samantha tienen consecuencias. No solo las inmediatas, con el sufrimiento y la muerte de sus víctimas directas, sino también las alargadas en el tiempo, con las secuelas psicológicas de tantas otras víctimas indirectas.
Hay un personaje, en particular, que guía el avance de la trama en este tomo y puede resultar de especial interés. Se trata de una de esas víctimas indirectas de las acciones de Samantha que dedica su vida a encontrar un cierre para la pérdida de un ser querido. En esa búsqueda, Samantha aprecia una personalidad de lo más particular ante la que siente, por momentos, cierta conexión. De esta manera, nos acercamos a la clásica historia de asesino y víctima que interactúan entre los límites de una relación muy macabra, lo que remarca las similitudes entre Sam y los grandes asesinos en serie de la ficción. No obstante, esas mismas similitudes parecen resultar problemáticas para más de un lector.
Escapada crepuscular
Veréis, antes de empezar esta reseña, me he permitido dar un paseo por Reddit para enriquecerme con las opiniones de otros lectores. El escepticismo por una secuela tras una primera entrega tan redonda permeaba todos los hilos de conversación que he consultado, pero, más allá de ese miedo inicial, he apreciado una crítica con resaltada recurrencia frente al resto: “Samantha parece otro personaje”.
Como acabamos de mencionar, las similitudes entre Samantha y otras figuras comparables de la ficción se remarcan en esta segunda entrega. Ese hecho, lejos de ser digno de celebrar, resume perfectamente una sensación que muchos hemos tenido durante la lectura: sigue siendo una historia fantásticamente escrita, deliciosamente dibujada y repleta de un subtexto poderosísimo… pero parece haber perdido algo; cierta personalidad, ciertas cualidades de notoria particularidad que nos embelesaron desde el primer momento en la cita anterior.
Ningún beso es como el primero, y el propio autor, decidido a que nuestra relación no se estanque en la rutina, propone una escapada algo distinta a lo que estamos acostumbrados. Aunque la idea es plausible, la realidad se demuestra contrariada: en medio de tantos cambios, aquello que nos encandiló se difumina poco a poco. Por mucho que nos guste, no es lo mismo. Por mucho que siga siendo un thriller excelente, no deja la misma marca. Por mucho que Samantha siga siendo un personaje muy interesante, nos cuesta articular lo que la hace única respecto a Hannibal, Patrick Bateman o cualquier otro asesino en serie del estilo.
Y, a pesar de todo, damos las gracias por la escapada y pedimos repetir. Al final, más allá de toda introspección, resulta difícil resistirse a una de las mejores lecturas del año.














