Los Profesionales, de Carlos Giménez. Una memoria del cómic español

Los renovadores del tebeo

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Hoy tengo el placer de celebrar junto a mis compañeros el octogésimo cumpleaños de Carlos Giménez, el autor más importante de la historia del cómic español, y es todo un honor poder hacerlo escribiendo sobre una serie que, además de ser excelente en todos sus apartados, consiguió que me interesara por conocer el pasado de nuestra historieta y me permitió conocer a un genial grupo de autores, de los que aún a día de hoy leo obras por primera vez con fascinación, y los cuales no han recibido todavía el reconocimiento popular e institucional que merecen.

Retrato de una generación de dibujantes

Tras soltar la rabia acumulada durante tantos años de represión en Paracuellos y Barrio, Carlos Giménez dio inicio a otra de sus grandes series a comienzos de los años 80. Los Profesionales comenzaba acompañando a Pablo, el álter ego del autor en esta historia, en su recorrido por las calles de Barcelona, ciudad a la que llegó a instancias de un amigo de infancia que se encontraba trabajando en una agencia de dibujantes, con la esperanza de que su carrera profesional arrancase definitivamente. El autor aprovecha este paseo inicial para ilustrar la sociedad de la época, compuesta por militares y clero en una privilegiada posición, una clase trabajadora que se afanaba en poder salir adelante y encontraba una distracción en los toros y el fútbol, mendigos y discapacitados tratados como parias, o prostitutas que procuraban atraer a los primeros visitantes de un incipiente boom turístico, que propició la aparición de negocios especializados como los de cambio de divisas, todo ello ante la presencia de un obsceno y ominoso cartel que celebraba los “25 años de paz” desde el final de la Guerra Civil, en una portentosa escena en la que el autor muestra el precio pagado.

Pero sin duda la verdadera esencia de la serie se destapa con la llegada del protagonista a la agencia de dibujantes, donde es recibido de forma desconcertante por los que serán sus compañeros a partir de ese momento, incluyendo un recorrido por el estudio a lomos de uno de ellos o la arácnida entrada en escena de otro de estos personajes. Poco a poco, Pablo entra en la dinámica del estudio y se asienta en sus tareas, así como en sus relaciones con sus compañeros, momento a partir del que el autor desarrolla capítulos cortos de carácter humorístico que reflejan el relajado ambiente de trabajo y las crueles bromas que estos aspirantes a profesionales se gastaban los unos a los otros. Pero ¿quiénes eran estos profesionales?

Al final del tercer volumen, Giménez escribía con sorna que “aunque las anécdotas que se han contado son reales, no lo son, en cambio, los personajes. Los personajes siempre son ficticios. Si bien es cierto que en una gran mayoría de casos, detrás de cada personaje de ficción, existe una persona real en la cual el autor se ha basado o inspirado. Como también dijimos al principio de la serie, estas historias se sitúan en el transcurso de los años 60. Pero ¿cómo y qué serían en la actualidad estos personajes? El autor no ha resistido la tentación de dibujar a varios de los más representativos, imaginándoselos como serían a día de hoy, en la década de los 80. Y no me digan ustedes que reconocen a alguno de ellos, porque esto no puede ser cierto. Estos personajes no existen. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

Así, de forma nada disimulada con nombres que se asemejan a los reales, Giménez nos permitió conocerlos en la intimidad de su vida diaria y saber cómo trabajaban aquellas grandes figuras admiradas por los lectores, al mismo tiempo que los convertía en entrañables personajes, a los que va definiendo con pequeñas pinceladas en las diferentes historias que les dedica y que nos hacen reír a carcajadas con sus terribles bromas.

Selecciones Ilustradas

El lugar en el que ocurren la mayor parte de las historias de Los Profesionales es el estudio en el que se encontraban para trabajar los dibujantes de la agencia Selecciones Ilustradas. Esta empresa fue fundada en 1956 por Antonio Ayné Arnau, copropietario de la editorial Toray, y Josep Toutain, que a partir de 1963 se quedó como el único responsable de la empresa. La principal función de la empresa fue la de representación nacional e internacional de dibujantes de historieta e ilustradores españoles, en una época en la que existía una alta demanda de trabajadores en mercados como el británico, el americano, el francés, el alemán o el escandinavo, donde el trabajo de nuestros dibujantes era mejor apreciado.

Desde finales de los años 50 hasta la primera mitad de la década de los 70, las diferentes publicaciones de editoriales como la británica Fleetway Publications o la americana Warren Publishing estuvieron copadas por dibujantes españoles de esta agencia. Desde mediados de los años 70, la actividad de representación de la agencia disminuyó drásticamente, debido a la salida de muchos de los dibujantes de mayor relevancia y el drástico descenso de la oferta de trabajo para mercados exteriores.

Quizás en previsión de lo que estaba por ocurrir, Toutain fundó en 1973 su propia editorial, Toutain-Editor, llevando a cabo él mismo las labores de editor, poniendo en práctica los conocimientos adquiridos a lo largo de su carrera profesional y utilizando los contactos que tenía en el extranjero, como el de James Warren, gracias a lo cual publicó las versiones españolas de las revistas Creepy (que albergaba historias procedentes de su homónima americana, de Eerie y de Vampirella), 1984, que posteriormente fue rebautizada como Zona 84, o Tótem, además de editar decenas de álbumes que recopilaban muchas de las historias publicadas en ellas. Gracias a toda esta actividad, Toutain fue una figura fundamental para que se produjese el boom del cómic adulto en España, que en otros países había tenido lugar con anterioridad, pero que aquí no fue posible hasta la relajación y la desaparición de la censura de la dictadura.

Una evolución artística

Desde el punto de vista gráfico, Los Profesionales es un trabajo muy interesante y con relevancia para la carrera del autor. En la primera etapa de la serie deja atrás las composiciones de Paracuellos, caracterizadas por pequeñas viñetas que transmitían a los lectores la asfixia de aquellos niños que perdieron su infancia en los hogares de auxilio social. En los tres primeros álbumes de la serie podemos observar como mantiene a lo largo de todas sus páginas cuatro filas de viñetas de mayor tamaño y una apertura de los planos, consiguiendo una sensación de mayor libertad y permitiendo conceder más importancia a elementos del entorno, manejar un mayor número de personajes y construir diálogos más elaborados.

En la segunda etapa de la serie, veinte años después de la realización de los primeros álbumes, se puede observar de nuevo un paso adelante en el estilo artístico de Giménez, con viñetas aún más grandes, rasgos menos angulados en los personajes y un menor presencia de la tinta, con lo que las páginas están menos recargadas. Continúa manteniendo la estructura de historias cortas relatadas en 6-8 páginas en las que sigue demostrando su capacidad para plasmar las anécdotas vividas junto a sus compañeros y hacernos reír con ellas.

A pesar de estas diferencias, las dos etapas de la serie tienen en común la prodigiosa habilidad narrativa de este autor, que a través de las acciones y reacciones de sus personajes, sus miradas cómplices y sus maléficas sonrisas consigue retratarlos a la perfección y hacerlos cercanos a los lectores, por mucho tiempo que pase y nos distancie de la época en la que transcurren estas historias.

Memoria histórica a través del cómic

Carlos Giménez era uno de esos dibujantes de cómics que esperaba con los lápices afilados a la muerte de Franco y el final de la dictadura para poder contar todo aquello que la censura había ocultado durante casi cuarenta largos años, para sacar a la luz las mentiras y las miserias del régimen, para destapar las injusticias de las que había sido testigo desde su más temprana infancia, para compartir las penurias que sufrió en sus propias carnes a lo largo de su vida, para dar voz a quienes fueron silenciados, para dar un paso adelante en el activismo político desde la mesa de dibujo, para abrir nuevos caminos a otros autores y para, en definitiva, colaborar en la construcción de una nueva sociedad, que mirase adelante siendo consciente de su pasado.

Hoy en día podemos decir que fue un autor vanguardista adelantado a su época, ya que desarrolló en la práctica el concepto de memoria histórica antes que fuese acuñado y recurrentemente utilizado en décadas posteriores. En la obra autobiográfica de Giménez subyace en todo momento la intención de encontrarse con su propio pasado a nivel personal, pero también la de que sus lectores se encuentren con la historia de su país, valoren los hechos acaecidos y sus consecuencias y sean capaces de reflexionar críticamente sobre hechos del presente que comprometan un futuro más esperanzador. Pero esta memoria histórica no es un ejercicio individual en el que la perspectiva de una única persona pueda lastrar la veracidad de los hechos narrados o distorsionar involuntariamente la realidad que analiza, sino que es a su vez un ejercicio de memoria colectiva, que tiene en cuenta nuestra naturaleza social y permite a otras personas contar su historia, recogiendo los recuerdos y emociones de quienes pertenecían a las diferentes microsociedades de las que formó parte en las diferentes etapas de su vida y las cuales reflejó en sus historias.

De esta manera, basándose en su propia experiencia y en la de sus compañeros durante la década de los 40, con Paracuellos nos legó un testimonio de gran utilidad en la investigación de la historia de la educación en nuestro país, un valioso documento en el que recogió numerosas muestras de los métodos de instrucción y adoctrinamiento llevados a cabo por los cuidadores, los curas y otros responsables de los hogares de auxilio social que en la posguerra acogieron a huérfanos y niños que no podían ser mantenidos por sus familias, así como el maltrato, el terror y las deplorables condiciones de vida sufridas por aquellos a los que supuestamente protegían estas instituciones socioeducativas. La siguiente etapa vital de la vida de este autor lo llevó de vuelta a sus orígenes, a las madrileñas calles de Lavapiés en las que había nacido, una época durante la década de los 50 que fue reflejada en Barrio, obra en la que realizó un análisis sociológico de la población española de la época a la vez que denunciaba una vez más las duras condiciones en las que vivían.

Aunque en un principio puede parecer que la tercera etapa de su autobiografía, plasmada en las páginas de Los Profesionales, se circunscribe a realizar una estampa de un sector de la industria del cómic español en un momento determinado, aderezada por el humor y con menos posibilidades de agitar la conciencia de los lectores, en realidad Giménez, a través de pequeñas anécdotas de sus personajes en comercios aledaños o paseos por las calles de Barcelona, no desperdicia la oportunidad de continuar ahondando en las miserias sobre las que se sustentaba el régimen dictatorial y la opresión de un pueblo que, ya en los 60 con la guerra más lejana, se atrevía a soñar con la libertad y la democracia.

Sin embargo, es cierto que esto adquiere un cariz secundario en esta ocasión, ya que la intención principal que prevalece en esta obra es la de construir una memoria, una vez más histórica y colectiva, del cómic español, de rescatar del olvido una época en la que un grupo de autores aprendía y crecía a diario para trazar su propio camino y probar las mieles del éxito, apoyados no solo en su propio trabajo, sino también en el de sus compañeros. Además en el trabajo de Giménez hay una velada crítica a las dickensianas condiciones laborales que padecen quienes se dedican a esta bonita profesión y a un país que no acierta a valorar, aún a día de hoy, a autores superdotados cuyos servicios son más admirados y mejor remunerados más allá de nuestras propias fronteras.

Una cartografía del cómic español

Los Profesionales es una obra repleta de bondades, como he intentado ilustrar a lo largo de este artículo, cualidades que pueden ser apreciadas por cualquiera que se acerque a alguno de sus álbumes y disfrute con las barbaridades que tenían lugar en aquella agencia de dibujantes. Sin embargo, entrando en un plano más personal, también puede llevar a establecer conexiones más íntimas y concretas con cada uno de los lectores.

En mi caso, esta serie supuso una revelación, una fuente de conocimiento que me reveló la existencia de grandes autores de los que no tenía conocimiento o a los que no había prestado atención hasta el momento que los encontré retratados por Giménez. Por tanto, esta obra supuso para mí un punto de partida, a partir del cual comencé a investigar quienes se escondían detrás de aquellos nombres, cuales habían sido sus trabajos durante su estancia en el estudio de la agencia y tras abandonarla, y gracias a eso descubrí nuevos horizontes y expandí mi visión de la historieta de nuestro país.

Nunca podré agradecer lo suficiente que este cómic me invitó a realizar un mapeo del cómic español de los años 60 y 70, gracias a lo cual pude descubrir a autores de la talla de Fernando Fernández, cuyo trabajo en obras como Drácula o Zora y los hibernautas me deja boquiabierto cada vez que cojo los álbumes de mi estantería, a Josep María Beá, que pasó de ser el joven aprendiz a ser el padre artístico de dibujantes de generaciones posteriores, a Pepe González, un auténtico prodigio en todo aquello que se proponía y que era admirado por todos sus compañeros, o a Josep Toutain, una figura fundamental en la evolución del medio en nuestro país. Los Profesionales se configuró para mí como el punto del que partían múltiples caminos que continúo recorriendo y que tienen en común que todos acaban llevándome de vuelta para encontrarse en la obra de Giménez.

Trayectoria editorial

A lo largo de cuatro décadas, esta serie ha pasado por diversas editoriales y ha tenido dos etapas creativas diferentes. Su origen lo encontramos en las páginas de la revista Rambla, de la editorial Distrinovel, que además de publicar cómics franceses (Thorgal, Jonathan o Yugurta) y americanos, también dedicó sus esfuerzos al cómic español. Los Profesionales debutó en el primer número de dicha revista, publicado en abril de 1982, y prolongó su publicación hasta el quinto número, acompañada por trabajos de otros autores de la talla Enrique Ventura, Miguel Ángel Nieto, Josep Mª Beá, Kim, Luis Royo, Adolfo Usero, Martí, Alfonso Font, Luis García, Gallardo y Mediavilla, Antonio Altarriba, Ana Miralles, Felipe Hernández Cava o Federico Del Barrio. Posteriormente se recopilaron en álbum estas historias en la colección Papel Vivo de Ediciones De La Torre, de la que Giménez fue el autor fetiche. Se publicaron en total tres álbumes que recogían tanto las páginas publicadas en Rambla como otras nuevas dibujadas ex profeso para esta edición. Además, en el año 1986 publicó en el marco de esta colección la que se considera el epílogo de esta obra al compartir sus dos personajes principales, con el título de Rambla arriba, Rambla abajo…, en la que el propio autor pasea por las Ramblas de Barcelona junto a Adolfo Usero 25 años después del final de la Guerra Civil, reflexionando sobre la derrota, la opresión y la injusticia, al mismo tiempo que se atreven a soñar con un futuro más halagüeño.

A finales de los años 90 la extinta Ediciones Glénat, con el objetivo de recuperar a grandes figuras del cómic español, reeditó los trabajos anteriormente publicados de este autor, entre las que se encontraba un volumen integral que recopilaba los tres álbumes iniciales de esta obra y su epílogo, y posibilitó la producción de otras nuevas. Como ocurrió en el caso de Paracuellos y Barrio, Los Profesionales también se vio continuada con dos nuevos álbumes que mantenían el espíritu de los anteriores y presentaban una renovación en el aspecto gráfico.

Posteriormente, la editorial DeBolsillo, que hoy en día forma parte del conglomerado empresarial de Penguin Random House, publicó en el año 2011 un volumen integral que, bajo el título de Todo Los Profesionales, presentaba en un único tomo los cinco álbumes de la serie y su epílogo. Esta es la edición que se puede encontrar a día de hoy en nuestras librerías, con un precio muy ajustado para tratarse de 6 álbumes europeos, aunque presenta el inconveniente de un remontaje de las páginas originales.

Por último, entre los años 2012 y 2014 Giménez realizó una obra complementaria a la que aquí nos ocupa. Se trata de Pepe, una biografía de su compañero y amigo Pepe González, integrante de Selecciones Ilustradas, que fue publicada en cinco álbumes por Panini Comics.

Los Profesionales es una historia sincera, un testimonio directo de los supervivientes de una dura época, el sinérgico punto de partida para una generación de autores que intentaban trazar su propio camino, una mirada a una lejana etapa de la industria del cómic, tanto nacional como internacional, que nunca quedará en el olvido gracias al trabajo de este prodigioso autor y al de sus compañeros de estudio que a base de horas de trabajo en la mesa de dibujo consiguieron escribir su nombre en la historia del medio, pero ante todo es una declaración sincera, que refleja sin ambages las condiciones laborales que exprimían a los dibujantes y la puesta en práctica de métodos de trabajo de ética cuestionable, abiertamente reconocidos como algo anacrónico que debe ser repudiado y desterrado, hecho que adquiere aún más valor frente a quienes a día de hoy continúan menospreciando la labor de sus compañeros y emborronan el pasado con interesadas lagunas de memoria. Esta es una declaración de amor a una profesión, una carta de reconocimiento de los aciertos y los errores de una generación de dibujantes y una necesaria fuente de información para conocer el pasado del medio en nuestro país y comprenderlo en la actualidad.

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Abandoné la Logia Negra y llegué a la ciudad de Málaga en 1984. Mis primeras lecturas fueron los clásicos francobelgas y los cómics de un ratón y unos patos que, años más tarde, gobernarían un vasto imperio. Devoré tiras de prensa, hasta que un niño con cola de mono apareció en mi televisor buscando unas bolas mágicas y el manga me atrapó. Pasé años en blanco y negro, pero los superhéroes llenaron mi vida de mallas y capas de colores. Sobreviví a la Era Hiboria en compañía de un bárbaro y su espada salvaje. A finales de los 90 sentí vértigo, el arenero me llevó al mundo de los sueños y caí en los oscuros abismos del underground. Viajé en el tiempo a través de la banda de Moebius, desde el salvaje Oeste al Largo Mañana. Un mago de Northampton me contó grandes historias y su hijo calvo me dio setas alucinógenas. En Italia probé el fumetto y un marinero maltés me llevó hasta la Pampa argentina, donde tuve mi último recreo antes de conocer al hombre eterno. He estado en Camelot en los días del Rey Arturo, en el planeta Mongo y en las letras del Oceáno Atlántico. En mis aventuras siempre estuve acompañado por un asombroso grupo de profesionales españoles. Los escritos del maestro Eisner me revelaron los secretos de un nuevo lenguaje y ahora solo veo el mundo en viñetas... Cómic camina conmigo.
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Enrique Doblas
Autor
16 marzo, 2021 20:30

Gracias Fer, gran artículo. Me ha encantado el desglose, la parte personal, las anécdotas. Me encanta Los Profesionales, como obra y como libro teórico de la historia del cómic

Nippur
Nippur
Lector
18 marzo, 2021 21:49

Esta es la obra de Carlos Giménez que más me gusta. Sin abandonar la denuncia social, se permite una obra llena de momentos muy divertidos. Se le debe una edición integral en el formato original de sus páginas.