Watchmen: La luz se me lleva en pedazos

Tercera entrega de la tanda de artículos en la que un redactor de ZN cuenta qué significó Watchmen para él como lector

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Pues vaya percal. Tras los magníficos textos de Gustavo Higuero y Juan Iglesia, me toca la papeleta de hablar de uno de los cómics más prestigiosos del mundo, uno que cambió en gran parte el medio, la industria del tebeo (por lo menos la norteamericana), y del que se ha escrito hasta la saciedad. Y a ver qué aporto yo. ¡¡¡¡Pero vamos ver!!! Si hay libros dedicados en exclusiva al análisis pormenorizado del tema, disecciones elaboradas por manos mucho más capaces que las mías.

Descartada esa vía, por tanto, me toca tirar por la de mi experiencia personal cuando leí aquello por primera vez y cruzar los dedos porque eso le interese a alguien al ver reflejada alguna de sus propias sensaciones. Ah, bien, que además era eso en lo que habíamos quedado los compañeros de Zona Negativa: en que yo iba a ser uno de los que hablase de qué significó a nivel personal como lector mi tebeo favorito. Sí, sí, mi tebeo favorito, como lo oyen. Puede que no apareciese en esta lista, pero eso fue debido a que decidimos no repetir obras en las diversas entregas de aquella sección. Y claro, algo tan jugoso como Watchmen estaba pedido desde el principio para cuando yo me incorporé.

El caso es que la maxiserie de doce números, aunque suene tópico, efectivamente es mi cómic predilecto, el número uno. Sin ninguna duda. Es curioso porque ya los siguientes puestos son mucho más dudosos y varían de un momento a otro con mucha facilidad. Pero con Watchmen puedo ser firme y siempre se ha mantenido en cabeza. Eso no significa que no sea consciente de que tenga defectos o de que haya cosillas que no me acaben de convencer, claro, pero para mí es la obra maestra. Mira, ese puede ser un buen enfoque. Mientras cuento mi odisea de juventud respecto a su lectura, voy a hablar mal de mi tebeo favorito. No me voy a cortar en decir cual fueron mis impresiones crudas en el momento, hace casi treinta años (¿Tanto? ¿de verdad? Sigh…), en el que lo leí, esté hoy por hoy de acuerdo con ellas o no. Y así hago una concesión a esas hordas de pseudointelectuales que hoy por hoy consideran trendy decir que es “una obra muy sobrevalorada y aburrida” mientras se mesan esas cuidadas barbas que junto a esos curiosos cortes de pelo e indumentaria van a proporcionar horas de entretenimiento cuando dentro de unos años revisiten sus fotos junto a sus familias. Ya, cuando yo era pequeño, también había quien, incapaz de contextualizar y mirar a ninguna otra parte excepto su ombligo, hacía lo mismo con Los Cuatro Fantásticos de Lee y Kirby. Perdón por ese minuto de odio.

El descubrimiento

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Es marzo de 1987 y sostengo en mis manos el primer ejemplar del cómic que va hacer que ese medio se convierta en mi predilecto ya probablemente para el resto de mi vida. La portada es en realidad la primera viñeta y muestra, embadurnado en sangre, un símbolo que todavía no sé que en un año inundará todos los aspectos de la cultura popular hasta el hastío. No, no es que el impacto de Watchmen llegase a ser tan universal y rápido, no se vayan a creer, sino que poco después la moda del Acid House simbolizada por el smiley lo saturaría todo para inmediatamente después irse, eso sí, tan rauda como vino, y desaparecer junto a los chinitos de la suerte y otras aberraciones de las postrimerías de los ochenta.

Tengo doce años y todavía estoy en el colegio. Es mi último año allí, y en siete meses empezaré el instituto. La verdad, tengo ganas de que ese cambio llegue. La mayoría de los que hasta ahora han sido mis compañeros de clase y amigos se han tornado a mis ojos en una recua de insoportables anormales y me apetece un cambio de aires que a esa edad solo puede venir en ese tránsito a los estudios de BUP, donde, con suerte, conoceré gente nueva y cambiare de vida, de una niñez que en sus últimos años ha ido volviéndose algo agria a una adolescencia de felicidad y realización casi plenas. Todavía no lo sé, pero sí, tendré suerte. Tampoco me malinterpreten, no soy ningún psicótico ni un antisocial, y sigo teniendo amigos en el colegio, claro. Algunos de ellos, buenos, de esos que todavía a día de hoy conservo. Y también están los “colegas”, aquellos que quizás no merezcan ser contados entre tus verdaderas amistades, pero con los que te llevas bien y compartes alguna afición.

Es uno de ellos el que me ha dejado el primer número de Watchmen, una grapa publicada por ediciones Zinco. Me ha hablado de este tebeo, de personajes de los que nunca he oído, como Rorscharch, el Doctor Manhattan, el Búho Nocturno, o un supervillano que no llega aparecer llamado el Capitán Masacre. Aquí es cuando tengo que pedir que los lectores me crean por insólito que sea lo que voy a decir: En el par de días que ha tardado el chaval en dejarme el tebeo, por sus descripciones me lo he imaginado dibujado por Steve Ditko. Resulta irónico, sabiendo hoy por hoy que este autor trabajó con los héroes de la editorial Charlton en los que los personajes de Watchmen están basados. Pero yo, en 1987, sin textos que acompañen la edición y sin internet en la que consultar, no tengo ni idea de esto. Probablemente esta feliz y casual asociación de ideas haya sido debida mas bien, deduzco una década más tarde, a un ejemplar del magazine en blanco y negro de editorial Vértice La Tumba de Drácula perteneciente a otro niño de clase en el que años antes pude ojear una historia dibujada por el creador gráfico de Spider-Man. En ella aparecía otro personaje de descripción similar a la de Rorscharch llamado el Hombre Dimensional. Quizás, las imágenes de esta revista que no llegué a leer de muy niño se me quedaron grabadas en la mente y un tiempo después, a pesar de haberlas olvidado, establecieron esta relación. Vamos, digo yo. Es totalmente imposible que antes de eso conociese a Question, Blue Beetle o Captain Atom, nunca habían sido publicados en España.

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El caso es que tengo delante el susodicho primer número de Watchmen y no está dibujado por Ditko, sino por otro tipo al que no conozco (por aquel entonces, con doce años, ya tengo claros los nombres de muchos dibujantes y guionistas, y cuáles son hasta entonces mis favoritos) pero cuyo trazo me suena, aunque no sé muy bien ubicarlo. Mucho más adelante descubriré que ya me había encontrado con él, sin acreditar, en los comics de Dan Dare en blanco y negro editados en aquí por Dalmau, con seriales como los de Héroes de Harlem. Del guionista ni idea, oiga. Un tal Alan Moore.

A mi todo esto me pilla, como decía, en un momento de cambio. He estado leyendo cómics de superhéroes durante años, fascinado desde que descubrí que el Supergrupo de Jan parodiaba a personajes que podía encontrar en las mismas páginas en las aparecía el Hombre Araña de los dibujos animados televisivos. Entre mis amigos soy, uauh, un experto en el tema, pero ya me hastía. Marvel ya me interesa poco, con sus Secret Wars, sus West Coast Avengers, sus muñecos de Mattel, GI Joe y Transformers. Y con unos mutantes de Claremont de los que me he cansado un tanto ya. Son banales, opino, investido de esa arrogancia infantil del niño que piensa que ya es hora de ceder a lo que dicen los mayores, dejar de leer todas esas cosas para críos y zambullirse en aficiones más adultas e intelectuales, como la recién descubierta lectura de Borges o el visionado en VHS de Ciudadano Kane y Blade Runner. Porque alguna concesión hay que darle al género fantástico, me digo condescendientemente.

Es verdad que todavía quedan cosas comiqueras a las que me aferro por aquel entonces, que todavía no he dado el paso previsto. Acabo de descubrir el Spirit de Will Eisner, que me parece digno culturalmente por el tema narrativo. Y eso sí, como placer totalmente culpable me lo estoy pasando bomba con los primeros números de una serie llamada Infinity Inc. en la que las peleas superheroicas me parecen excelentes y emocionantes como hacía tiempo, y en la que me reencuentro con la Sociedad de Justicia de Tierra 2, los cuales hace años me encandilaron gracias a la etapa de Wally Wood que publicó Vértice. Y a pesar de que ahora los leo en color y no en blanco y negro, y de que me encantan esos diseños tan modernos (¡juas!) de los aspectos de Nuklon u Obsidian, me engancha ese sabor añejo de la JSA, esos superhéroes retro que dan lugar a un legado y que evocan toda una trayectoria que no conoces, pero que sientes que debe ser fascinante. Pero sé que me va tocando dejar atrás esas fantasías e interesarme por cosas menos pueriles como la política, la filosofía, la historia, el sexo, y expresiones culturales más dignas. Por mucho dolor de corazón que me dé.

Con todos esos precedentes, supongo que es normal que la cabeza me volase cuando pasé la última página de la obra de Moore y Gibbons. Allí estaban casi todos esos elementos en los que yo había empezado a interesarme. Era un cómic tan realista como yo podía concebir por aquel entonces, en el que se hablaba de temas serios, adultos, de actualidad. Con una realización sofisticada, un guion de novela negra de alta calidad, algo artísticamente legitimado. Y además, sobre todo, era un cómic con superhéroes, superhéroes de los que me más gustaban por aquel entonces, con pinta añeja y que hacían referencia a otros más antiguos y de aspecto aún mas pulp. No hacía falta dejar el medio ni el género, éstos habían subido de nivel y eran perfectamente compatibles con la vida adulta.

Esa revelación solo se vio cimentada con el segundo número, ya comprado por mí en un kiosco antes de un viaje en tren con mis padres. Los flashbacks del funeral del Comediante mostraban un panorama geopolítico complejo, en un universo paralelo, sí, pero plausible a mis ojos. Y las alusiones a Nixon, Vietnam, a la revelación de que eso llamado el sueño americano se quitaba por fin la máscara para mostrar su horrible faz coincidían con la visión política que aquel tempranoadolescente que era yo empezaba a desarrollar. Sí, el cómic y los superhéroes, aquello que me había acompañado durante mi infancia, podía continuar a mi lado de forma legítima. Otras obras, como una que el dibujante que realmente molaba de Daredevil había hecho con Batman, se unían al parecer a esta nueva ola que dignificaba algo que casi me habían vendido que era un subproducto a abandonar. Solo tenía que convencer al resto del mundo de las bondades del cómic. Buena suerte con ello, debían pensar quienes me escuchaban apasionado.

Un poco de sentido crítico

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Por supuesto, esto no significa que no hubiese alguna cosa de Watchmen que me rechinase un poco. En la cuarta entrega, la de Marte, que por lo demás me encantó tanto como las precedentes, me pareció ver un poco de trampa. Es decir, como Moore (que ya se había, con todo, convertido en mi guionista favorito superando incluso a Claremont) ya había usado el truco de los flashbacks, se sacó aquí de la manga, para no repetirse mucho, aquello de que el Doctor Manhattan experimentaba la totalidad el tiempo a la vez. Que, hombre, como concepto, interesante era un montón, pero a mí no me engañaba: se lo acababa de inventar para ese episodio. En el anterior, cuando le anunciaban lo del cáncer de Janey Slater, la noticia le pillaba totalmente por sorpresa. Que sí, que luego nos contarían eso de que los taquiones todo lo enturbian, pero nunca me sacudí la impresión de que lo de esas partículas subatómicas era una ocurrencia en plan “lo hizo un mago” para justificar esa y alguna otra cosa sin la cual la trama haría aguas con un mostrenco omnisciente además de todopoderoso. Por otro lado, lo confieso aquí y ahora: a mí lo del tebeo de piratas dentro del tebeo no me parecía que pegase ni con cola. Que por sí mismo gustarme me gustaba, pero narices, ¿qué pintaba eso allí? Y de lo que el famoso quinto episodio era simétrico me enteré años después, habiéndomelo ya releído varias veces. Nunca me había percatado, así que por lo menos para mí, no resultó un recurso tan genial.

Según se iba avanzando en 1987 y la publicación de la serie en España, mi vida iba cambiando. Cumplí los trece y empecé el instituto. El cómic era para mí, había tomado ya la decisión de forma casi militante, mi medio amado, uno tan digno como cualquier otro que estaba esperando a obras que mostrasen su potencial como vehículo de expresión artística. Y esas obras estaban llegando. En el sexto episodio no teníamos solo meras citas de Nietschze o William Blake. La crudísima historia de Rorscharch era existencialismo puro, de ese al que un adolescente no puede resistirse, de ese que te dice que efectivamente y como venías sospechando últimamente, casi todo lo que te han contado sobre el universo es incierto. Que es un lugar frío, oscuro, sucio y hostil carente de sentido. “Solo el que elegimos e imponemos”.

Esa era la broma de la que pocos números antes hablaba El Comediante, el vacío existencial que se extiende ante nosotros en cuanto miramos un poco más allá de la niñez. Todo eso me venía dado por un tebeo al tiempo que mis primeras clases de filosofía. Todo encajaba en el momento en que debía encajar, y mi fascinación por Watchmen, por el cómic y por muchos otros temas probablemente no hubiesen perdurado si las piezas hubiesen aparecido de forma menos relativamente simultanea en mi vida. Si no hubiese descubierto Watchmen precisamente en el momento en el que lo hice, no hubiese continuado leyendo cómics, mi pensamiento estaría conformado de otra manera, y no sería del todo la misma persona que hoy escribe estas líneas.

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Sin embargo, a pesar de esta pasión por la obra, las cosas de la distribución de los cómics dieron lugar a que aquel adolescente estudioso al que todavía le quedaban unos meses para empezar a moverse fuera de su barrio asiduamente y con normalidad no pudiese conseguir algunos números. Nada menos que tres. El décimo llegó a mis manos sin pasar por el séptimo, octavo ni el noveno, y me enteré de que Laurie y Dan estaban por fin liados, que habían sacado a Walter de la cárcel…y de repente descubríamos que todo indicaba a que Adrian era el villano que había estado orquestando todo. Me había perdido por ejemplo la conversación entre Jon y Silk Spectre en Marte y no sabía nada de ella. El undécimo número, con la inmersión en la mente y el pasado de Adrian, y con su escalofriante “lo hice hace 35 minutos” también me eludió. No estaba pudiendo leer la obra completa y del tirón. La periodicidad mensual en sí no era un problema, me encantaba esperar a la siguiente entrega extrayendo cada gota del jugo de la que aparecía, disfrutando, reflexionando sobre las ideas vertidas y releyendo. Pero el auténtico handicap que esto había generado es que tenía huecos en la lectura, y sin saberlo, otra de las cosas que me había perdido era la construcción de la trama de la isla, o una llamada de atención al Instituto de Estudios Extraespaciales.

Cuando me encontré el último número de Watchmen en el kiosco de un centro comercial (supongo que los de mi barrio dejaron de traer la serie porque en realidad por aquellos entonces vendía bastante poco. Imagínense), el doce, casi me temblaban las manos. Iba a asistir a la conclusión del algo que para mí era ya histórico y que preveía de inmensa calidad. Pero no me acabó de satisfacer. Me encontré de sopetón, sin haber tenido antes elementos para digerirlos, con que el plan maestro de Ozymandias era nada menos que clonar el cerebro de un telépata, implantarlo en un grotesco, casi ridículo monstruo gigante, y teleportarlo a Nueva York para que matase a toda su población. De circo y traca, oiga. En una obra en la que había aprendido a apreciar que lo único claramente fantástico era la existencia del Doctor Manhattan, que el resto era un visión muy realista y adulta de cómo se comportaría el mundo ante la presencia de un ser así. Y allí tenía de repente, sacadas de la manga, cosas propias de un tebeo de superhéroes más. Me sentí un tanto estafado, la verdad. No echaba de menos información, comprendía todo lo que había sucedido perfectamente por las referencias, pero no era consciente de que me faltaba contexto, construcción que dirigía de forma orgánica a ese final.

Con todo, no había llegado al punto de cabrearme con el trabajo de Moore y Gibbons ni con ellos. Me pareció un final un tanto anticlimático (no por trama sino por expectativas de cómo sería el canon de la obra) pero lo cierto es que lo disfruté bastante. Y que en medio, todo ese viaje por la maxiserie me había dado demasiado como para ahora negarle su importancia y la calidad vertida. Pero me quedada con los primeros números, que eran, los mejores.

Posteriores relecturas, ya con toda la obra

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Pasó un tiempo y tras juntar algún dinero ahorrado en los regalos de navidades y cumpleaños, decidí dirigirme a alguna librería especializada a comprar algunas obras de esas que parecían, por fanzines, correos de lectores y demás, imprescindibles. Quizá Watchmen no hubiese estado a la altura, pero eso no quitaba para que mi resolución de que podía disfrutar perfectamente de este medio sin complejos siguiese firme. No me tomen por un pedantín: no se trataba de que buscase en exclusiva obras intelectualmente elevadas, ni de lejos, sino que sabía que existían y que por tanto no había peligro por leer por ejemplo Legends de Ostrander y Byrne, y de que me quedase en un estado subnormaloide y infantilizado de por vida, como algunos iluminados advertían. No, igual que podías ver Cazafantasmas y luego El Séptimo Sello de Bergman.

El caso es que entre otras compras (La Sombra de Chaykin, Ronin de Miller, algo de Corben…) cayeron también los números que me faltaban de Watchmen. A lo largo de los años, cuando fui releyéndola ya completa, comprendí que todo aquello que me había parecido de un nivel de fantasía gratuito en realidad sí que había gozado de una construcción cuidada dentro de la obra. Y así, llegué a sentir la muerte de Max Shea (no tanto como la de Walter Kovacs, claro), querer al famoso calamar y entender lo que Moore quería decir con ello. Pero lo cierto es que todo ello no tuvo tantísimo impacto emocional en mí. Porque no lo recibí en el momento adecuado, en el caldo de cultivo apropiado, que es lo que me pasó con el resto de la obra. Lo disfruté de una forma más cerebral, más argumentada y justificada, sí, pero sin duda menos visceral. Supongo que por eso, pareciéndome una mala idea hacer una película de Watchmen, me resulta difícil enfadarme con Zack Snyder por sus cambios respecto al original.

Conclusiones

Los años han pasado. Y con ellos he ido descubriendo muchísimas cosas sobre Watchmen con las relecturas y con información aledaña. Que si lo de que estaban basados en los héroes de Charlton. Que si Hollis Mason, el primer Búho Nocturno se parece más a la primerísima versión de Dan Garrett, Blue Beetle, y no tanto, aunque se llamen igual, a la del arqueólogo que llevaba el amuleto con superpoderes que conocí en los cómics de DC y que inspiró a Ted Kord. Que la idea original era hacerla con personajes de la editorial Archie, y que probablemente de ahí venga el parecido de los Minutemen con varios de ellos como The Fly, The Hangman o The Black Hood. Que si Silk Spectre en realidad estaba más basada en la Phantom Lady original que en Nightshade. Que Moore tenía ideas en principio para seis capítulos, y que el resto, en los que explicó las idiosincrasias de los personajes, eran un relleno que le salió mejor que la trama principal. Que fue estafado por DC, la cual en principio le brindó un contrato según el cual los personajes pasarían a ser de su propiedad intelectual y de la de Gibbons un año después de que la tirada se agotase…y que por eso se recopiló en un tomo que nunca ha dejado de ser reimpreso: para que nunca escapasen al control de la editorial, al darse cuenta ésta de en qué se estaba convirtiendo la obra. Que resulta que lo único relacionado con la obra con lo que Moore colaboró activamente es con los módulos del juego de rol de DC Heroes escritos por Ray Winninger sobre Watchmen. Y que ahí se sugiere que Ozymandias sacó su plan de una estratagema del Capitán Metrópolis durante los 70 para crear una amenaza ficticia y que los héroes viesen la luz y se uniesen. En realidad todos estos detalles dan igual.

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Tampoco las pegas que le he podido encontrar a la obra a lo largo del tiempo han alterado un ápice de su importancia para mí, ni pueden rebajar los valores propios que tiene para ser considerada una obra maestra. Porque, sí, Rorscharch le dispensa al asesino de niñas de los perros el mismo trato que Mel Gibson le daba al malo al final de Mad Max. Y la escena de la creación del castillo en Marte puede estar sacada directamente de Nexus de Mike Baron y Steve Rude. Y me he leído la esperpéntica novela Super Folks de Robert Mayer y es cierto, como Grant Morrison acusa, que muchos elementos de Watchmen (y de otras obras de Moore) ya se encuentran ahí.

Pero este es el tebeo por el que leo tebeos. Ser consciente de todos estos puntos negros y préstamos no invalida para nada sus bondades. Son demasiadas y demasiado grandes. Tampoco ha conseguido bajar un ápice la potencia que siento que el tebeo tiene cuando lo revisito, aunque active a pleno rendimiento mi sentido crítico. Sigue habiendo cosas, cosas importantes, que Watchmen en su lectura me aporta mucho más que casi cualquier otra obra, y quiero creer que no es solo algo debido a la nostalgia de aquellos momentos en que me parecía una ventura que el mundo cambiase a mi alrededor y que yo cambiase con él.

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Pedro Pascual Paredes
23 junio, 2016 12:44

Muchas gracias Sergio por ofrecernos tus recuerdos.
Lo cierto es que hasta ahora, los tres artículos son de 10 (el de Juan analítico y el de Gustavo y el de Sergio emotivos).A mi que me gusta rebuscar por el pasado de ZN, con artículos o Top geniales(como aquel que enlazas), creo que estos de Watchmen van a formar parte de lo mejor escrito en ZN y de lo que se leerá hasta que ZN exista.
Por otra parte, el leer como asististeis a su publicación me da una gran envidia, yo con esos años tenia 9 años y en poco dejaria los mortadelos por mi pasión por la musica, el cine (y la política).
Pero bueno, nunca es tarde para engancharse al arte del cómic y mucho menos para leer Watchmen.

Pd: ¿Cuales creéis que seran la obras que estan leyendo estos años “quinciañeros” y que dentro de veinte años lo consideran como su WWatchmen o Dark Knigth? Ojalá me respondise alguno de ellos, pues en ocasiones parece que ZN solo lo formamos treintañeros o ccuarentones (aunque estoy seguro que ha cientos de “negativos” jovenes, que estan en estudiando la Eso o bachiller, pero seguramente leen pero no comentan ¡Y su opinión es importante! )

Un saludo Sergio, y lo dicho gracias por rememorar un episodio de juventud y ¡por no dejar de leer comics y escribir sobre ellos en ZN!

Reverend Dust
Lector
23 junio, 2016 13:06

Todo dios con relatos primigenios de la épica lectura de Guachmen, el Top 1 de ventas todos los meses aunque Pedro Monje no lo registrara en su post de ventas, y yo lo leí hace apenas 3 años, con demasiados pelos en los huevos como para que dé para gran relato de su influencia en mí.

Vaya percal. Adiós.

Sergio Robla
Admin
En respuesta a  Reverend Dust
23 junio, 2016 13:52

Un poco pobre, pero gracias igualmente por compartir tu experiencia. Adiós.

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Lector
23 junio, 2016 13:57

estupendo articulo,sergio¡ (“vaya percal-serás cachondo..) 😉
la verdad es que me dá envidia como sois capaces de reconstruir en vuestra memoria tantos detalles concretos de una época que ya parece tan lejana para un servidor.tengo el recuerdo de estar leyendo algo muy especial que se salia de la norma de aquello que compraba por aquel entonces.de estar ante un tebeo que me exigia un nivél mayor de atención por su estructura a lo “distintas capas de cebolla”,o nivél de tramas superpuestas unas a otras,pero tambien siendo consciente de que ,a cambio, el nivél de disfrute era mayor.
es dificil saber a dia de hoy como puede percibir a dia de hoy un chavál una obra como aquella.hay que tener en cuenta que muchos de los que quizás se acerquen ahora a la obra de moore,quizás antes lo hayan podido hacer con,yo que sé,PLANETARY(o algo de ese nivél) ,y lo mismo despues no les ha podido saber a tanto(el comment del reve puede ser muy clarificador al respecto).
ha llovido mucho desde entonces.pero para los que leimos aquellos números en “tiempo real” aquello fué todo un movimiento sismico en toda regla.un soplo de aire fresco para el medio,y un salto cualitativo para la industria en general.algo para lo que no te preparaba nadie en una época pre.internet.
y fué fantastico.
tuve que esperar algunos años más para experimentar algo parecido con aquel BORN AGAIN troceado en su versión forum.
pero esa es otra historia…

Alejandro Ugartondo
Autor
23 junio, 2016 14:32

Muy bueno tu artículo Sergio.

Yo puedo dar una visión un poco diferente del impacto que tuvo la primera lectura de Watchmen en mi. Yo no tuve la fortuna de leerlo cuando se publicó sino varios años más tarde cuando ya estaba considerada la obra maestra que revolucionó el mundo del cómic. Además la leí en un tomo recopilatorio por lo que pude leerla del tirón. Con todo, el impacto fue considerable y me mostró una forma de entender el cómic de superhéroes que no había tenido hasta el momento. Y no solo el cómic de superhéroes sino el cómic en general. Se convirtió de inmediato en mi cómic favorito (y aún lo es) y desde entonces es la medida que utilizo para valorar cualquier otro cómic que cae en mis manos.

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Lector
23 junio, 2016 15:52

y lo de que me patina la memoria no es coña,porque realmente recordaba haber leido watchmen antes que born again,y por fechas no cuadra(como me ha hecho ver el amiguete aguja dinámica,jé).

eso,sí,en impacto,ahí,ahí…

AlbierZot
AlbierZot
Lector
23 junio, 2016 17:44

Maravillosa la referencia a NEXUS. La tenía olvidada pero recuerdo quedarme patidifuso al leerlo. Un tebeo que es pura inspiración. Visualmente ambos remiten a las construcciones de Moebius. http://www.shauntmax30.com/data/out/28/1179269-image-moebius-thc-wallpaper.jpg

Igor Álvarez Muñiz
Autor
23 junio, 2016 22:57

Gran texto Sergio, yo me hice con Watchmen bastante más tarde, cuando lo publicó Norma en el ¿2000?. Mi anécdota personal es que me compré a la vez ese tomo y el Ronin de Miller. Me leí primero este último, tardé un par de horas o así y, como los dos son de tamaño similar pensé “esta noche me meto en la cama pronto y ventilo el otro tomo en nada”. A las once estaba en la cama, a la una llevaba una cuarta parte del tomo leído. Es una chorrada, pero es algo de lo que siempre me acuerdo. Ah!, y que al día siguiente me fui a la cafetería de la facultad a acabarlo xD (no hagan eso en casa niños).

Reverend Dust
Lector
En respuesta a  Sergio Aguirre
24 junio, 2016 0:49

No era puya sino guiño, con la intención directamente opuesta a la recibida. Como guiño era a los tiempos de los posts de ventas y el locuelo comentarista que se pasaba sólo para decir por qué se ocultaban las ventas de Watchmen. Por aquello de que era un post nostálgico. Pasa que se ha leído como justo lo contrario, así que entiendo que las disculpas las debo yo.

Pedro Pascual Paredes
En respuesta a  Sergio Aguirre
24 junio, 2016 7:31

Muchas gracias por responder Sergio y perdona por el off topic.
The Sheriff of Bagdad si la sigo al día (me da la impresión que Tom KIng, si lo hace en Batman como hasta ahora se puede convertir en uno de los grandes. ¿Me imagino que The Omega Men también te habrá gustado?), pero Material no la conocía y ¡me ha encantado! (Una pena su cancelación, aunque he leído que es posible su continuación como novela gráfica). Es curioso cómo tanto Alex Kot como Tom KIng recuperan la clásica “nueve viñetas por página”.
La pena es que estas dos obras no estén publicadas en España, lo cuál resultara complicado que sean leídas por los más jóvenes (y los más viejos). Al igual que es triste sus escasas ventas.

Un saludo

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Lector
En respuesta a  Sergio Aguirre
24 junio, 2016 8:54

las disculpas estan de más,hombre,xdd,que estamos entre amigos.
y reitero,un articulo estupendo.lo he leido con verdadero interés.