Flash – Mark Waid Parte I

Un breve comentario acerca del principio de la era Waid en Flash.

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A veces me dicen que para mí la filosofía
no es más que un modo de rehabilitar el heroísmo
frente a la apología contemporánea de lo ordinario
y lo fútil. ¿Y por qué no?

A. BADIU

Todos los lectores de DC recuerdan el momento. El Anti-Monitor amenaza el multiverso al completo. Flash, en un desesperado intento por detenerlo, alcanza el limite (o el supuesto limite) de la fuerza de la velocidad, corriendo cada vez más y más rápido hasta convertirse en un montón de huesos. Barry Allen, Flash, alcanzaba el Olimpo de las leyendas, y era su pupilo, Wally West, quien debía asumir el manto del velocista, un papel para el que todavía no se consideraba suficientemente preparado.

Con la perspectiva del tiempo, la muerte de Barry Allen parece representar el fin de una era. Poco tiempo después, las novelas gráficas adultas y el cómic alternativo y de autor llenaba los anaqueles de las estanterías, junto con un verdadero torrente de porquería oscura y grasienta que buscaba sacarle rendimiento al éxito de obras como Watchmen, Born Again o The Sandman. Fue una época extraña y misteriosa, en la que los extremos se vieron obligados a convivir, como si un clavicordio dibujara sinfonías en medio de un concierto de Metallica.

Mark Waid tampoco estaba pasando por su mejor momento a finales de los años 80. Nacido en el Medio Oeste, Waid sintió desde muy pequeño una simpatía natural por los héroes americanos de la época de Roosvelt: recios, fuertes, íntegros. Tipos de una pieza, como Superman o El Capitán América. Waid había tenido tiempo para colaborar en 50th Anniversary Flash Special núm. 1 USA, un especial en que los Flash de cuatro épocas distintas se enfrentaban a un villano creado para la ocasión por Waid en lo que fue su primera toma de contacto con la fuerza de la velocidad.

No es extrañar que un tipo como Mark no se sintiera muy a gusto en su papel como editor de Grant Morrison en Doom Patrol. Una broma de mal gusto en el correo de los lectores (estas cosas también pasaban antes, amigos) provocó que Karen Berger le despidiera sin contemplaciones, así que Waid tuvo que escribir los diálogos de un tipo que se hacía llamar El Cometa para ganarse el pan.

El bueno de Mark Waid, y su criatura.

Waid estaba, a todos los efectos, acabado. Una oscuridad terrible y depresiva se había apoderado del corazón y el alma de los cómics americanos. Y entonces un rayo de luz rompió las tinieblas, y sobre el rayo cabalgaba un hombre que llevaba el relámpago en el pecho como emblema.

Ese hombre era Flash, y, como ya había hecho antes y volvería a hacer después, había venido para salvarnos a todos.

Flash, por Mark Waid. Parte I

Aunque la entrevista de la que se han extraído estos dos fragmentos (traducida en la fantástica web Frog2000) se realizaron diez años después de la publicación del primer número de la era Waid en Flash, resultan ser un par de declaraciones que demuestran el tipo de carácter y el tipo de deseos que llevó a Waid y a Wally West a lo más alto del comic de superhéroes.

Fragmento número uno: Creo que principalmente, la supervivencia del medio depende de dos cosas: ser capaz de construir (o para ser más correctos, reconstruir) una audiencia, y SIMULTANEAMENTE (y no A CONTINUACIÓN, pues sin lo último no tendrás lo primero) ser capaces de producir un producto que hasta tu ABUELA sería capaz de leer y entender si así lo quisiera.

Fragmento número dos: Y entonces, ¿qué es lo que logra que un cómic sea perfecto?

Un punto de vista único comunicado de forma interesante y comprensible.

Desde el principio (quizá desde el mismo momento en el que recibió el encargo) Waid tenía muy claro que si su protagonista iba a ser Wally West, este iba a necesitar un arco de transformación lo suficientemente potente como para cautivar a los lectores y mantener su interés. Y, puesto que por fuerza iba a tener que hablar del concepto de legado, este arco solo se completaría planteando y resolviendo posibles conflictos paternos con el protagonista.

Es por ello, que en el arco argumental con el que Waid abrió fuego (Born to run, dibujado por Greg LaRocque) Wally debía enfrentarse tanto al legado de Flash (en la forma de un intenso dolor que le atenazaba el corazón cada vez que corría a supervelocidad), como a los complejos heredados de su padre biológico. Por supuesto, ambos frentes se solucionaban a la vez en un climax tremendamente emocional. En esta historia, que funcionaba a modo de flashback, quedaba así delineado a la perfección el origen de Wally West.

¡Siempre hay esperanza!

Wally West comenzaría a ganarse el respeto de sus compañeros superhéroes y a cimentar su reputación sin perder ni un segundo. Aquaman, primero, y Hal Jordan, después, se quedarían asombrados por el enorme talento del novato velocista. La aparición de Hal, en una aventura escrita a cuatro manos por (el ahora tristemente celebre) Gerard Jones, resulta particularmente sangrante por dos motivos: su amistad con el desaparecido Barry y por su caída en los infiernos, un evento que estaba a pocos meses vista en la fecha en la que se publicaron estos cómics.

El capítulo final de la aventura compartida con Hal está dedicada a la memoria de John Broome, y suponemos que también a su alocada imaginación y a su capacidad de innovar más allá del horizonte de sucesos de un agujero negro (por ejemplo, en las páginas que unían a Hal Jordan y Wally West, los dos empezaron a sufrir las transformaciones más locas que se habían visto desde que cayeron en las colocadas manos de Broome). Más allá de ser un detalle bonito, suponía toda una declaración de intenciones por parte de Waid.

El guionista quería regresar a la Edad de Plata. Quería que los héroes volvieran a comportarse como héroes. Quería permitirse soñar. Y soñar es un acto revolucionario si se produce en un entorno dominado por el miedo, la desidia y la oscuridad; es decir, en cualquier tiempo y lugar.

Waid llevaría esta teoría hasta su conclusión natural en Kingdom Come, pero ese es otro tema. De momento, Waid dispondría de tiempo suficiente para recuperar el concepto de galería de villanos de Flash; un aspecto que sería fundamental tanto en su etapa como en la de Geoff Johns. El amo de los espejos, Abra Kadabra y Gorilla Grodd (entre otros muchos) harían su aparición en estas páginas.

La primera gran saga de Waid llegaría con El regreso de Barry Allen. Nuestro guionista pondría de nuevo a Wally West enfrente de una serie de conflictos paterno-filiales sin resolver, además de recuperar a viejos conocidos de los lectores y de sumar al equipo de la colección a Mike Wieringo, un buen amigo y dibujante desaparecido antes de tiempo.

El arte de Mike Wieringo.

Pero El regreso de Barry Allen es grande por una serie de motivos que van mucho más allá de las caras conocidas. Grant Morrison lo expresó de una forma muy certera: “Salvaje innovación y una mente en sintonia con las posibilidades del poder, y no con sus limitaciones”. En manos de Waid, Flash dejó de ser el tipo que corre muy rápido, para pasar a ser el superheroe que rompe las barreras de la física, que puede viajar en el tiempo, al que sus poderes le obligan a vivir permanentemente en otro mundo ajeno al de los simple mortales.

Pero es el salto de “tipo” a “superheroe” lo que de verdad define la era Waid. Como hemos visto en este artículo, el trauma interior que persigue a Wally West es la inseguridad, el miedo a no estar a la altura de su mentor, una sombra que toma la forma de su padre biológico, de Hal Jordan y de un falso Barry Allen. Pero Wally superaría todas las expectativas, y conseguiría convertirse en un superheroe. Es más, conseguiría convertirse en uno de los personajes favoritos de los fans.

Pero esa es una historia que deberá ser contada en otro artículo.

Conclusión de la Parte I

Las dos primeras historias de Mark Waid (Born to run y El regreso de Barry Allen) tienen un núcleo, un tema, muy claro: la madurez. Expresado desde el punto de vista del guionista, desde su premisa moral, podría decirse que de lo que de verdad tratan estos comics es de la necesidad de crecer. Nadie debería menospreciar semejante empeño por lo que tiene de valiente en un medio que tradicionalmente (no siempre, pero con frecuencia) había dejado de lado a los lectores adultos, equilibrados, responsables y socialmente integrados.

Como en cualquier gran historia, los hechos centrales de la trama se vertebran en torno a este núcleo central, y también el trauma del protagonista, así como también sus conflictos interiores y exteriores. Tanto los aliados de Wally West (Barry Allen, Green Latern, Aquaman) como sus enemigos (su propio padre o un falso Flash) no son más que reflejos de los propios vaivenes emocionales del personaje más humano que se había visto desde los tiempos del Peter Parker de Lee/Romita, y que no se volvería a ver hasta, curiosamente (o no), el Spiderman de Strac/Romita Jr.

En cuanto a los conflictos, cabe poco que decir del tipo de conflicto externo al que debe de hacer frente un superhéroe; pero en cuanto a los conflictos externos (motivados por el trauma de Wally; es decir, su necesidad de aceptación) los lectores se encontrarían con lecciones acerca de la autoestima, la envidia, la inseguridad y, en futuros pasos de esta colección, la paternidad. Waid, inteligente como pocos, logró de esta manera que Wally dejara de ser un personaje más para convertirse en nuestro amigo.

El virtuosismo de Waid no se limitaría a la verdad detrás de la trama, si no que alcanzaría las mismísimas convenciones de la arquitectura superheroica, transmutándola para siempre.

En lugar de episodios autoconclusivos que mantuvieran al personaje en un status quo inamovible (ese tiempo onírico que tan bien definió Umberto Eco), Waid propuso una estructura que, a través de pequeños capítulos, fuera dando pasos, pisando y volando sobre una trama que se adivinaría esencial en la historia del personaje.

No es exagerado argumentar que Waid trajo a los comics de superhéroes la narrativa televisiva. Y no es exagerado decirlo porque a partir de entonces los guionistas de comic dejaron de tener como referencia la literatura, para posar sus ojos en la televisión; es decir, en la modernidad. Baste citar como ejemplos a Warren Ellis (con Planetary), Jason Aaron (con Scalped) o Brian K. Vaughan (con Saga).

Sería injusto que este artículo concluyera sin dedicar unas palabras a la fantástica edición de este material que ECC Ediciones ha puesto a disposición del público español. Los tomos en tapa dura que recopilan estos números resultan ser, de forma extraña y curiosa, la perfecta materialización del objetivo de la obra. Libros fuertes, sólidos y hermosos, que hablan de la fortaleza y la solidez que las personas encuentran en el servicio desinteresado, la humildad y la compasión.

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nmarango
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nmarango

Nunca he podido perdonar a esta etapa el hecho de que desapareciera todos los secundarios de la etapa Messner Loebs, la cual me parece menos épica pero mucho más cálida en el tratamiento de personajes

JoeBarbaro
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JoeBarbaro

De lo poco que ECC que ha editado en los últimos años que merece la pena comprar

Ivan
Lector
Ivan

Un buen tebeo, pero si hablamos de la edicción de ECC de TODO el flash de Waid hay que apuntar que el último tomo tiene páginas desordenadas, y ECC no parece que vaya a arreglarlo, sino que lo deja estar.

Sith
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Sith

Hay autores que no tienen grises en cuanto a la calidad demostrada y uno de los casos más emblematicos es el de Waid, hace cosas excelentes o a su vez cosas terribles, y esta etapa es una muestra de eso, tiene momentos muy buenos pero al mismto tiempo se marca momentos que me parecen todo lo contrario.

Y sí justo por ello que solo compre un par de tomos y el resto todavía no.

Souther
Lector
Souther

Mark Waid en general ha sido un autor sólido y esta colección de Flash fue bastante buena en su tiempo. No siempre Waid produce resultados especialmente notables, porque no todo puede ser un nuevo Kingdom Come, pero tiene talento y la suficiente experiencia como para darle un cierto nivel a la mayoría de sus obras.