Desaparecido 6

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Edición original: Boku dakega Inai Machi VOL.6, Kadokawa Shoten 2015.
Edición nacional/ España: Norma Editorial 2016.
Guión: Kei Sanbe.
Dibujo: Kei Sanbe.
Traducción: Bárbara Pesquer.
Formato: Tomo manga rústica con sobrecubierta, 208 páginas.
Precio: 8€.

 

En pleno invierno como estamos, es normal que el frío sea la sensación predominante, y, tras comenzar deseándoos que hayáis tenido una muy feliz entrada en el año 2018, vamos a inaugurar estos nuevos 12 meses que iremos rellenando de reseñas, con una obra en la que el frío también está muy presente. El frío que heló los huesos de los lectores con el sorprendente e impactante final de su quinto tomo, y el frío con el que arranca este sexto volumen de Desaparecido, una de las mejores series que han pasado por las estanterías en este último años y que se dirige, cuesta abajo y sin frenos hacia su genial desenlace. Una nueva lección del buen hacer de Kei Sanbe, un autor del que espero podamos leer mucho más en el futuro, ya que tiene una de las mayores habilidades narrativas y de planificación de una trama que he tenido el gusto de disfrutar. Obras con un gran desarrollo como Hoozuki no Shima o la nueva serie que este pasado 2017 estrenó en Japón, Yume de Mita Ano Ko no Tame ni, un seinen con mucho componente de misterio, que tiene muy buena pinta al menos en su premisa. Mientras tanto, vamos a centrarnos en destripar un poco, que nos ha preparado Sanbe para este sexto tomo de la historia de Satoru, después de acabar tan en alto el anterior.

El tomo 5 terminaba con el mayor clímax hasta el momento de Desaparecido, culminando todo el camino de investigación detectivesca, a la vez que protegían a las víctimas, de Satoru y compañía con la revelación de Gaku Yashiro, el tutor de la clase de los niños, como el verdadero culpable detrás de los secuestros y asesinatos en Hokkaido. Ante un atónito Satoru que ha caído de lleno en la trampa preparada por Yashiro, usando de gancho a Misato, otra de las compañeras que trataba de proteger, el malvado profesor le va desvelando poco a poco los detalles de su plan, y su fascinación por las capacidades de Satoru, que parecía ser capaz de adelantarse a cada uno de sus movimientos. Yashiro le confiesa a Satoru que no hace lo que hace con los niños por placer, sino por llenar un hueco en su corazón, por acabar con su ansiedad al respecto, y que al verse frustrado por él en tantas ocasiones, le había obligado a cambiar su enfoque y centrarse únicamente en descubrir quien estaba fastidiando sus planes. Satoru, durante toda la escena, apenas puede salir del shock, y poco a poco va reconstruyendo mentalmente los hechos que le han llevado hasta ese coche robado por su tutor, y uniéndolos con los hechos de su futuro, ya inexistente, viendo como encajan todas las piezas de un puzle que parecía imposible de resolver.

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Yashiro llega finalmente a la orilla de un lago helado y realiza su discurso final, en el que confiesa a Satoru que lo que va a hacer a continuación no es una venganza sino una recompensa, una muestra del respeto que siente por la capacidad de un niño de meterse en su mente y evitar la satisfacción de sus ansias. Finalmente revela su intención de abandonar la ciudad una vez que realice ese último acto, que consiste en dejar una pelota de baloncesto atascada en los pedales del vehículo, que avanza y comienza a hundirse en el lago. Satoru intenta luchar para salir con todas sus fuerzas, pero las bajas temperaturas hacen mella en él y poco a poco se sumerge en un profundo y dulce, a la par que mortal, sueño.

A partir de ese momento, la verdad es que al lector le queda la sensación de ser un gran cierre, un final cruel pero coherente para Satoru, de acuerdo al tono de la obra. Sin embargo, Sanbe nos guarda algunos giros más, y tras una espectacular sucesión de páginas en las que la vida de Satoru se arremolina en las viñetas y estalla en mil pedazos, la acción nos lleva a una oscura escena, en la que un niño se planta delante de un joven y el cadáver de una pequeña y comenta que esa fue la primera vez que vió el hilo de la araña. Ese niño no es otro que Gaku Yashiro, que comienza a contarnos la historia de su vida y las circunstancias que le llevaron a convertirse en el despiadado ser que conocemos. Gaku era el menor de la familia Yashiro, y mientras que su hermano mayor era un acosador escolar y una bala perdida, él era la esperanza de la familia. Sacaba las mejores notas de su clase y se portaba como un niño modelo, lo que hizo que sus padres le idolatrasen y a su vez despertasen la envidia de su hermano, que comenzó a tomarla con él. Un tiempo más tarde, el hermano mayor comenzó a sentir interés por las niñas menores del colegio de Gaku, y comenzó a pedirle que las atrajese hasta un almacén abandonado donde abusaba de ellas mientras Gaku vigilaba. Gaku entendía que su hermano estaba haciendo cosas mal, pero el hecho de estar con las niñas provocaba que su ira no fuese contra él, así que, por puro interés propio, le seguía el juego.

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Llegó un punto en el que el menor de los Yashiro prácticamente se profesionalizó en su horrible tarea, sabiendo a las niñas solitarias que debía escoger, como atraerlas y como, después del traumático suceso del almacén, era capaz de calmarlas con regalos y mimos. Gaku no hacía esto último por empatía o remordimientos, sino de nuevo por egoísmo, ya que no soportaba la idea de que le considerasen cómplice de su hermano y esa era la mejor manera de evitar que las niñas les delatasen. Sin embargo, después de un dramático y desagradable suceso con unos hámsteres, Gaku consiguió su primera mascota, y en lugar de vigilar que nadie se acercase al almacén, se despistó y provocó indirectamente que su hermano, asustado por escuchar que se acercaban adultos al otro lado de la puerta, tapase la boca de la niña con la mala fortuna que esta se ahogó. Gaku ayudó a esconder el cadáver, pero la desaparición no pasó desapercibida en el pueblo, y se ordenó un toque de queda que impedía que los niños pudieran ir sin acompañante a ningún sitio. Esto exasperaba a alguien tan individualista como Gaku Yashiro, así que, de nuevo para satisfacerse a sí mismo, indujo o incluso colaboró directamente, en la muerte por aparente suicidio de su hermano que daba por concluido el caso y, con ello, las prohibiciones a los menores de edad.

Años más tarde Yashiro se licenciaría en magistratura y ya era todo un psicópata, un depredador profesional que había afinado aun más su técnica para hacerse con sus presas. Había llegado a la conclusión que lo mejor para su “tarea” era pasar lo más desapercibido posible, por lo que consiguió una pareja que le ayudaba a parecer normal y, además era psicóloga infantil, lo que le ayudaba aun más en la tarea de seleccionar sus objetivos. Sin embargo, después de un suceso en un pueblo cercano a donde ambos vivían en el que se había descubierto el cadáver de una niña. Pese a que Yashiro había buscado un chivo expiatorio que cargase con las culpas, su novia comenzó a sospechar de él. Llegando a la conclusión de que estar cerca de una persona inteligente tenía más contras que pros, Yashiro nuevamente preparó un escenario de suicidio para ella y se marchó, esta vez ya a Hokkaido, donde comenzó a ejercer la labor de tutor en la escuela de Satoru y compañía.

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Vemos entonces una serie de viñetas mudas, en la que poco a poco los detalles nos van dejando entrever el paso del tiempo hasta llegar a una genial splash-page de Sachiko, la madre de Satoru, en el momento de descubrir el fatal destino de su hijo. Empieza así un nuevo capítulo en el que seguimos a la mujer durante su día a día en el trabajo en un supermercado hasta que llega a casa, coge el disco de bandas sonoras de series tipo tokusatsu que escuchaba Satoru… Un Satoru que aparece postrado en una cama, 15 años después del evento del lago. Satoru había logrado sobrevivir al incidente con Yashiro, y gracias a la hipotermia había logrado evitar la muerte cerebral. Pese a ello, había quedado en un estado prácticamente vegetativo y durante todos esos años su madre y sus amigos se habían dejado la vida en cuidarlo, costear su tratamiento y seguir con la busca y captura de su atacante.

Satoru milagrosamente logra despertar del coma y recibe las visitas de sus amigos: Ken’ya, que ahora es abogado y trabaja con Sawada, el ex compañero de Sachiko, para capturar al culpable del estado del chico, que en esta ocasión no pudo culpar a nadie en su lugar por la precipitación con la que actuó debido a la frustración; Hiromi, que se ha convertido en médico y tiene una relación con Kayo Hinadzuki, la niña que salvó Satoru, y ambos tienen un hijo juntos al que llaman Mirai (futuro); y también su madre, que sigue siendo la única persona que comprende qué le ocurre con solo mirarle. Sin embargo, pese a tener multitud de flashes de diferentes épocas de su vida, y de diferentes líneas temporales, algo que trae locos a los médicos y al propio Satoru, hay una parte de su memoria que está dañada, y no recuerda prácticamente nada de lo ocurrido desde poco antes del revival que le llevó al pasado. Incapaz, por tanto, de culpar a Yashiro, Satoru se centra en poner a punto su maltrecho cuerpo tras más de una década de inactividad, y acude a rehabilitación, donde conoce a Kumi, una niña de 9 años con leucemia a la que intenta animar y enseñarle a sobreponerse a su enfermedad. Sin embargo, el despertar de un coma de tan larga duración ha convertido a Satoru en un imán para la prensa sensacionalista, que se cuela en los terrenos del hospital para intentar lograr alguna foto del chico… hasta que aparece Airi, la compañera de reparto de pizzas que tanto ayudó a Satoru en la línea del tiempo que se borró. Airi expulsa a los paparazzis pero ¿de qué conoce ahora a Satoru? ¿Su interacción generó un vínculo tan fuerte que va más allá del efecto mariposa? Preguntas que quedan abiertas y que veremos respondidas en los siguientes tomos, los dos últimos de esta genial obra.

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Desaparecido no deja de sorprender con su argumento, y cuando parece que ya lo has visto todo, Sanbe da una vuelta de tuerca más que no solo sorprende, sino que es perfectamente coherente con el tono y el mensaje de la obra. Decía antes que el momento en el que Satoru cae al lago helado podría haber sido un punto y final perfecto para una historia real, cruda, una trama humana en la que no existen los finales felices y que, como cuando actuaba en sus revivals, paga al generoso con la peor moneda posible. Hubiese sido un gran cierre ver impotentes como Yashiro se marcha impune de todo el horror sembrado mientras Sanbe nos narraba una lección de cómo funciona (de mal) la justicia en nuestro mundo. Sin embargo, Sanbe tiene también su corazoncito, y el desarrollo de Satoru también pide y acepta una recompensa por su valentía, por su capacidad de cambiar y dejar a un lado su soledad y aislamiento para abrazar los valores de la amistad, el amor, la generosidad… Y el autor le otorga esta recompensa, pero manteniendo esa coherencia, esa visión cruda de la realidad. Satoru sobrevive, sí, pero todos, no solo él, pagan un precio por mantener esa vida. Es un final de ese arco del pasado agridulce, porque Satoru vive, pero tiene que seguir sufriendo, superando adversidades, cargar con la responsabilidad de todo lo que sus allegados han hecho por él, viendo como Kayo termina con Hiromi, habiendo perdido una gran parte de su vida postrado en una cama y con una incapacidad total para recordar quien le ha hecho eso.

Dicho así todo parece malo, y daría validez a las teorías del Satoru de los primeros tomos, al adulto que consideraba que relacionarse con la gente y ayudarles solo trae desgracias para él. Sin embargo, según sus amigos le van visitando, descubre como todos ellos han estado ahí para él, como sin su ayuda no hubiese podido sobrevivir siquiera al accidente, como han trabajado y enfocado su vida no solo a velar por él, sino también a “vengarle”. Relacionarse con ellos y salvarlos le ha dado la capacidad de sentir genuina alegría por otros que siente como suya, la posibilidad de transmitir unos sentimientos que antes no tenía y la capacidad de sacrificio que necesita para seguir adelante. Ha podido romper con un pasado que le paralizaba y tener la posibilidad de escribir su propio futuro, sabiendo que hay gente que no le olvida. Una preciosa manera de reflejar el genial desarrollo de un personaje que Sanbe ha sabido escribir a la perfección.

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Sin embargo, más allá del tema de Satoru y la elipsis temporal que nos lleva a él, creo que el gran protagonista del tomo es Yashiro. Un Yashiro que por fin puede quitarse la careta y mostrarse tal como es, haciendo que Sanbe nos regale los capítulos más crudos y desagradables, una auténtica y realista fotografía de cómo se desarrolla un absoluto psicópata que se convierte en un villano también maravillosamente construido. En si no vemos nada explícito, ni siquiera hemos podido atisbar un secuestros siquiera de los realizados por Yashiro, pero la carga implícita es tal que hay momentos en los que la lectura se hace dura. La frialdad con la que Sanbe narra en boca de Yashiro es fascinante, y las sensaciones que genera en el lector, magistrales, apoyándose en todo momento en desnudarnos al personaje y permitirnos adentrarnos en su ser. El capítulo flashback de la creación del monstruo, en cualquier otra obra podría servir para justificar o hacernos empatizar en cierto modo con Yashiro. Sin embargo, Sanbe juega con el hecho de haber construido una historia y unos personajes tremendamente humanos, y nos muestra a Yashiro totalmente deshumanizado, carente de empatía, de valores, la antítesis de lo que vemos en la culminación del desarrollo de Satoru. Y enfrentarse a esa falta de humanidad total la verdad es que pone los pelos de punta. Y además hay escenas como las del almacén con su hermano o la de los hámsteres que la verdad es que impactan.

El apartado gráfico sigue siendo maravilloso, como siempre, con Sanbe presentándonos un tomo en el que juega mucho con la narrativa visual y el uso de los detalles para llamarnos la atención sobre algo o explicarnos dónde o cómo estamos. En este sentido mención especial a los dos momentos clave del tomo, el incidente de Satoru, en el que vemos como él cómo pasa su vida por delante y se va poco a poco fragmentando hasta caer en el blanco y frío limbo; y esa elipsis temporal narrada en una suerte de “plano secuencia” en el que son los detalles los que nos van indicando que el tiempo avanza. Sin embargo, Sanbe también es capaz de jugar con la narrativa puramente verbal, y tenemos los primeros compases del tomo, con la verborrea de Yashiro aturdiéndonos al leer de la misma manera que a Satoru le da vueltas la cabeza al ser consciente de en qué situación se ha metido, una manera perfecta de reflejar en un medio como el manga esa sensación de parálisis, de aturdimiento por el miedo. Y por último en este sentido también destacar la obsesión por el detalle de Sanbe y lo bien planificada que tiene la obra y el respeto que siente por el lector. No solo en el dibujo y la composición, sino también en la planificación, ya que debido a la necesidad que siente por sorprender realmente al lector con el estado de Satoru tras el incidente y aumentar el efectismo tras la elipsis, Sanbe tomó la decisión de diseñar un índice muy difícil de leer a propósito, con una tipografía rojo sangre sobre fondo negro que hace que cueste distinguir que pone y al final desistas de leer los títulos que contienen algún que otro destripe. Un detalle más de lo mucho que Sanbe cuida la creación de Desaparecido.

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En resumen, otro magnífico tomo de Desaparecido, en el que Sanbe cada vez alcanza un grado más en el buen hacer de este seinen de misterio. Un tomo con toques experimentales en lo visual y lo narrativo, bastante crudo y duro en ocasiones, y que consigue aumentar más el interés del lector pese a haber desvelado de un plumazo la identidad del asesino, que en principio era el misterio que mantenía la tensión. Tensión que, pese a esa revelación no hace sino que aumentar con el nuevo rumbo argumental. Ahora solo queda prepararse para la traca final de los dos tomos restantes y recordaros que, si os está gustando Desaparecido, aparte del manga, el tomo spin-off que saldrá en marzo gracias a Norma Editorial y el anime (del que os hablaré un poco en la reseña del último tomo), también podéis disfrutar de la historia de Satoru, Kayo y demás en la serie de 12 capítulos sobre Desaparecido que Netflix estrenó este pasado diciembre.

  Edición original: Boku dakega Inai Machi VOL.6, Kadokawa Shoten 2015. Edición nacional/ España: Norma Editorial 2016. Guión: Kei Sanbe. Dibujo: Kei Sanbe. Traducción: Bárbara Pesquer. Formato: Tomo manga rústica con sobrecubierta, 208 páginas. Precio: 8€.   En pleno invierno como estamos, es normal que el frío sea la sensación…

Valoración Final

Guión - 8.5
Dibujo - 8
Interés - 9

8.5

Otro genial tomo de Desaparecido... y van 6. La genialidad de Sanbe y su buena mano a la hora de crear y desarrollar una gran historia y unos magníficos personajes está dando sus frutos y Desaparecido mantiene el interés pese a haber soltado algunos de los temas que fundamentaban la obra en su inicio y pese a haber realizado grandes revelaciones. Lo único malo es que solo queden 2 tomos más.

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Edu Sesé
Autor
5 enero, 2018 2:13

Gran tomo, a pesar de la sorpresa del final del quinto jamás me habría esperado optar por un camino tan extremo como el del coma, y sin embargo es perfecto para remarcar lo que ya nos dice Satoru antes: que el revival se ha acabado, que ya se mueve sin red y está jugando con fuego, aunque ni él ni el propio lector haya llegado a asimilarlo aún. Y sí, mención aparte a la profundización sobre Yashiro, la verdad es que su historia de niño te pone los pelos de punta, especialmente por no enseñarte el típico trauma que desencadena su trastorno, sino maldad pura y dura.