Capitán Meteoro Cap. 11: Secuelas de guerra (Parte 3, de 5)

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Por José Antonio Fideu Martínez con ilustraciones de José Antonio Fideu

Adaptación de José Antonio Fideu (con permiso de los herederos) de un guión para cómic, escrito en 1973 por Vincent F. Martin. Sería publicado, con ciertas modificaciones, dos años más tarde, ilustrado por Joe Kubert.

“La guerra es el arte de destruir los hombres, la política es el arte de engañarlos”.
D’Alembert

Debe de ser que algunos días los hombres nos despertamos ofuscados por los sueños de la noche anterior, sueños de grandeza y poder, o que los dioses, cruelmente, deciden utilizarnos de vez en cuando como juguetes, para saciar así su sed de emoción, tentándonos con visiones de dominación y victoria. No sé bien por qué, pero lo cierto es que hay días en que me parece que la estulticia humana se reproduce como una plaga, afectando a demasiaos de nosotros y a la misma vez. Esos días en los que coincide la estupidez de tantos, me pregunto cómo la especie ha llegado a levantarse del barro primigenio en el que fuimos engendrados…

Después de una semana interminable de conversaciones, los presidentes de las dos grandes superpotencias, los reyes del mundo civilizado, parecieron llegar por fin a un principio de acuerdo. Ninguno de nosotros supo en realidad lo que se discutía: mientras ellos se encerraban a cal canto, los superhéroes nos quedábamos fueran, en un despacho contiguo a la sala de juntas, y nos mirábamos sin decir casi nada durante horas. Era curioso que nos dejaran allí apartados si nos habían llamado para proteger a los mandatarios de un ataque terrorista, que sólo se preocuparan de mostrarnos en las ruedas de prensa… La manera de pensar de los políticos, sus intenciones profundas, me refiero, fueron siempre un arcano indescifrable para mí, hacía tiempo que había cesado mi interés por entenderlas y, sin embargo, mientras esperaba, no dejaba de pensar que me estaban engañando, que había algo más que no habían querido o que no se habían atrevido a decirme…

El Centinela Rojo era capaz de permanecer durante toda una tarde sentado en la misma silla, leyendo o mirando por la ventana, sin mostrar señal alguna de aburrimiento o nerviosismo. Yo no. Aquel día se atrevió además a pedir un café y unos bollos, y a zampárselos en mis narices, sin que tal descaro le forzara a pedir la más mínima disculpa. ¿Tendría él la misma sensación que yo? Como un aldeano cualquiera recién llegado de la estepa, ese hombre de poder hercúleo se colgó una servilleta del cuello y se terminó la merienda en un periquete. Recuerdo que me pregunté si el ignorarme de esa manera tan irritantemente fácil sería otro de sus superpoderes…

-¿Tenías hambre…?

-¿Tú no comes, Meteoro? –me contestó en un perfecto inglés de Nueva York, sin levantar la mirada de la taza, todavía haciendo girar la cucharilla en el café, con la misma indiferencia con la que habría podido contestarme un neoyorquino-. Yo sí.

-¿Qué pregunta es esa? ¡Claro que como! –no pude evitar mostrar cierto deje de irritación en mi respuesta-, todo el mundo come…

-No, todo el mundo no –por fin se dignó a mirarme. Todavía encorvado me señaló con la cuchara y cucando un ojo, procedió a desautorizarme-. El camarada doctor Kurnesov, el que vuestros periódicos bautizaron como el Soldado Atómico, no come, se alimenta de energía, y Nucleón tampoco… ni Flux Kandrakiev, ni Stalin.

-No, Stalin desde luego que no. Lleva muerto diez años ya…

-Me refiero al superhéroe, idiota, no al camarada Iósif… No te hagas el tonto –se tomó mi respuesta como un muestra más de la imposibilidad de entendimiento entre nuestros dos pueblos y me abandonó de nuevo en el silencio, regresando a su café y a sus bollos. En realidad llevaba razón. Aunque yo no me hubiera parado nunca a pensar detenidamente en ello, lo cierto es que, en mi forma de Capitán Meteoro, jamás había sentido sensación de hambre. Sí, alguna vez comí y no noté en ningún momento que mi forma de superhombre fuera incompatible con los alimentos normales, pero lo cierto es que, cuando lo hice, en alguna fiesta o por algún compromiso, nunca fue por una verdadera sensación de necesidad. De hecho, he realizado viajes espaciales de meses, sin respirar aire, sin alimentarme… No necesité para sobrevivir en el vacío del espacio, más que la energía que manaba de las estrellas.

-¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? –por fin, pasado un rato, tras levantarme de la silla y deambular por la habitación sin encontrar ningún entretenimiento al que agarrarme, me atreví a hablar de nuevo-. Debe hacer ya más de veinte años…

-Veintiuno… –de nuevo el Centinela Rojo dejó entrever rasgos del Iván Glezarov que se escondía debajo. Sonrió y fingiendo una mueca de enfado hizo un gesto con las manos, como estrangulando a un contrincante invisible-. Me hiciste trampa, Meteoro, y me diste una buena paliza…

-Sí, es verdad –traté de que mi respuesta sonara a disculpa-. Sabes que hacer trampas es la única forma de ganar contra ti, pero me reconocerás que tus poderes son, en cierta forma, una trampa también para tu enemigo…

-Mis poderes son manifestación de la fuerza del proletariado ruso, de la unión del pueblo…

-Claro, lo que tú quieras, pero a mí me parece que eso de sumar la energía y la fuerza de todos los tíos que se colocan tras de ti, es como amañar la partida…

-Hay gente que tiene la energía entera del cosmos apoyándole –me cucó el ojo cínicamente-. ¿Sabes de quién hablo…? Y ese tío, todavía necesita hacer trampas para ganarme. No se atreve a tener una pelea limpia conmigo…

-Tocado, camarada –el Centinela Rojo seguía clavado en su silla, frente a su taza, y sin embargo había cambiado por completo. En un momento, el muro humano que había sido había caído y los escombros se habían transformado en aquel gigantón amable, un hombre sencillo que me miraba sin rencor. Había esperado orgullosamente a que yo rompiera el hielo y, cuando lo hice, sabiéndose quizás vencedor en ese nuevo duelo de voluntades, se relajó por fin, se quitó la máscara de acero y pude entrever su auténtica naturaleza-. La verdad es que no debimos habernos peleado…

-Yo obedecía órdenes y tú también…

-Sí –ambos nos mantuvimos en silencio unos minutos, quizás rememorando aquellos tiempos, hasta que, al cabo de un rato, acumulé valentía suficiente como para hablarle de nuevo-. ¿Sabes una cosa Iván? Tengo una sensación extraña…

-¿No será hambre, camarada?

-No, no es hambre…

-¿Entonces…?

-Es que no dejo de darle vueltas a la cabeza… Es por todo el tema éste de los terroristas y lo de que esté toda la ciudad llena de superhéroes… Hay cosas que no me casan… Si existe tanto peligro, ¿por qué ellos se meten ahí durante horas a discutir y nos dejan fuera…? ¿A ti te han dado algún informe de inteligencia o algo? No sé, pero no acabo de entender… He movido hilos, he preguntado a algunos amigos míos, y nadie puede decirme nada claro sobre esa amenaza terrorista… Todo son rumores sin confirmar…

-¿A dónde quieres llegar, camarada capitán?

-Creo que todo esto no es más que una gran mentira…

-Ya…

-No sé muy bien qué hacemos aquí, pero desde luego no estamos cazando terroristas…

-¿Cuántos superhumanos has visto pasar por la ciudad en estos días? –Glezarov dejó el bollo mordido en un pequeño plato a su izquierda y me habló muy serio. De repente su cara fue otra. La mirada afable del hombre sencillo brilló con una inteligencia que había permanecido oculta hasta ese preciso instante-. Dime Capitán, ¿Cuántos?

-No sé… ¿unos veinte por cada bando?

-Más –de nuevo un parón para que me diera tiempo meditar. Miró de reojo a su derecha, luego a su izquierda, sospechando hasta de las paredes, y al poco siguió con su razonamiento. Cuando lo hizo, hablaba ya en voz muy baja, casi en susurros-. ¿Has visto que a alguno de tus camaradas, o a ti mismo, se os encargara alguna misión? A mí sólo se me ha utilizado como telón de fondo en las entrevistas… No hemos hecho más que aparecer en televisión… Estamos librando una guerra sin llegar a pelear realmente… Nos muestran como armas… Y a lo peor no somos más que eso, armas para amedrentar al enemigo.

-Ojalá entonces que no se decidan a usarnos…

-Bueno, confiemos en nuestro propio buen juicio, nunca en el suyo –volvió a sonreir y de nuevo su verdadera naturaleza quedó oculta tras el rostro amable del aldeano-. Escucha, un chiste de rusos: “tres personas están sentadas en un banco en la Plaza Roja en Moscú. Después de un rato uno de ellos emite un suspiro apesadumbrado. Al poco, el segundo suspira igualmente apesadumbrado. El tercero, reaccionando con rapidez, mira todo alrededor y con una cara de preocupación les susurra: Silencio, no hablemos de política en público…”.

Iván Glezarov me contagió su risa. Reía con fuerza, como si verdaderamente, al hacerlo, tomara prestado el sentido del humor de cien de sus compatriotas. Luego, durante el resto de la tarde, seguimos hablando de trivialidades y recordando los viejos tiempos, pero ya no volvimos a tratar ningún tema relacionado con la política. Entendí perfectamente el mensaje y no quise comprometer al Centinela Rojo… Evadimos todo lo que pudiera suponer un mínimo riesgo de crítica a nuestros líderes y nos dedicamos a la comida, a la literatura, al deporte, a hablar de la familia… Cuando nos despedimos lo hicimos con tristeza… Yo llevaba una invitación para visitar la granja de la familia de Iván en Volvogrado y había comprendido que, en el fondo, aquel ruso se parecía mucho a mí. Demasiado… Sin embargo, no estaba seguro de que la siguiente vez que coincidiéramos pudiéramos siquiera saludarnos. Es triste: nos habíamos encontrado ya antes, muchos años atrás, y siempre había sido para pelear.

Esa misma tarde las cosas comenzaron a torcerse. Los noticiarios de medio mundo ofrecieron imágenes de la llegada a Cuba de un grupo de superhombres rusos, los Hijos del Pueblo de los que me había hablado Berit Köller. Castro los recibió como héroes de la revolución y posó orgulloso a su lado en el aeropuerto y en cada una de las paradas que hicieron hasta llegar a la embajada. Los condecoró a todos ellos nada más pisar la isla. Si hubieran sido los mismísimos hijos de Lenin no los habría agasajado tanto; no habría dado, desde luego, muestras de orgullo tan evidentes. Las noticias hablaban de una compañía de operaciones especiales en misión de hermandad, enviada por el gobierno ruso, que se instalaría en la isla, al menos durante el siguiente año completo, y que ayudaría al régimen cubano en cuestiones tan diversas como la construcción de pantanos y carreteras, el enaltecimiento del espíritu revolucionario o la defensa de la nación… Cada uno de estos muchachos vestía una ostentosa armadura roja y plateada (la Mikoyan Gurevich 18-AC), que además de sistemas de radio, radar, extintores, botiquín y otros muchos ingenios muestra de la audacia de los sabios soviéticos, iba cargada hasta arriba de armamento y estaba dotada de un sistema de vuelo con autonomía suficiente como para cruzar medio continente. Les pintaron la bandera de cuba junto a la rusa en el brazo derecho y en el casco… y listos. La pequeña nación caribeña, tan menospreciada siempre por su tío Sam del norte, se volvió adulta y peligrosa de repente… Lógicamente, los teléfonos comenzaron a sonar de inmediato. Aparecer las imágenes y cundir el desconcierto todo fue uno. Se generó el caos más absoluto y el temor se extendió entre los congresistas americanos… en realidad entre casi todos mis compatriotas. De urgencia, el presidente Huet reclamó una nueva reunión y, mientas tanto, el nivel de alerta subió al rojo en todas las bases aéreas del país. Se pidió a los héroes más afines con el gobierno que se presentaran en los centros militares más cercanos… Yo, lógicamente, me he enterado de muchos de estos detalles tiempo después, pero en el mismo momento en que vi las imágenes, terminé de entenderlo todo: la crisis, nuestra presencia allí, el desfile de héroes americanos y rusos por Suiza, y la tensión contenida en el rostro del presidente Huet durante los últimos días… Por fin la mentira fue retirada y el conflicto dio la cara.

Sin embargo, lo que más me aterró aquella noche no fue la posibilidad de una nueva guerra entre mi país y la Unión Soviética, lo que más miedo me dio, la imagen que me quitó el sueño y que no pude sacarme de la cabeza hasta tiempo después, llegó hasta mí de refilón, justo en el momento en el que me disponía a apagar el televisor para irme a descansar. Pensaba que ya no me hacía falta ver más, ya me había enterado bien de la noticia bomba porque había soportado las mismas imágenes repetidas en varios canales dos o tres veces, cuando en un programa especial comenzaron a mostrarse tomas diferentes. El documental, cedido por la televisión pública cubana a todo el mundo, mostraba la vida diaria de los superhombres soviéticos en su primer día en la isla. Era, desde luego, una pieza de propaganda en la que se los dibujaba de manera idílica y se los mostraba como héroes comunistas sin mácula, perfectamente sanos, hercúleos, inteligentes y ciegamente comprometidos con el régimen. Algo parecido a los reportajes que se emitían de nosotros en los canales americanos, pero en color rojo… En un momento trivial del reportaje, la cámara se acercó hasta el sargento numerado como camarada treinta y tres, que llegaba volando y se posaba dulcemente sobre el césped, junto a un periodista. El educado muchacho ruso se quitó el casco para hablar, y entonces pude comprobar con horror que las sospechas de Berit Köller eran ciertas: aquel joven tenía la cara de End Pancer, su misma expresión seria, y ni una arruga más que la última vez que peleamos en mil novecientos cuarenta y cuatro… Cinco minutos después recibí una llamada de Conan Wild desde América. Estaba tan sorprendido como yo. Al principio creí que ambos habíamos visto más o menos lo mismo…

-Si, desde luego. Era End Panzer o un hijo suyo que se le parecía mucho. Durante más de media hora el muchacho ha estado dando muestras de sus múltiples habilidades. Lo has visto, ¿no?… Igual de resistente, igual de fuerte… No ha envejecido nada… Conan, siempre más atento y agudo que yo, me hizo ver la verdad que a mí se me escapó.

-No, Meteoro. No era End Panzer, ni un hijo suyo… No has visto a un ruso haciendo alarde de sus poderes… ¿No te fijaste en los números de las armaduras? Cada una lleva uno diferente en el hombro derecho y en el casco. Lo que has visto ha sido a un batallón entero de super-soldados soviéticos idénticos. Cada prueba era realizada por uno diferente, aunque parecieran el mismo… He contado quince distintos: el sargento que habló primero era el treinta y tres y el último, el que agujereaba el tanque a puñetazos era el noventa y nueve –lo escuché suspirar a través del auricular-. Me temo que la cosa va a ponerse muy caliente por allí en las próximas horas… Ten cuidado.

Y por si esto no fuera ya suficiente, esa misma noche, a la salida de su precipitado encuentro con el primer ministro ruso, John Huet fue tiroteado en la calle. El presidente salió del hotel rodeado de escoltas para subirse en su coche y Berit Köller se acercó a él protegida por la capa de impunidad que su edad avanzada y su aspecto de abuela humilde le proporcionaba, y le descerrajó tres tiros antes de que nos diéramos cuenta. Ya digo, hay días en que me parece que la estulticia humana se reproduce como una plaga, afectando a demasiaos de nosotros y a la misma vez. La mala fortuna quiso que la mujer se aproximara al grupo desde la parte contraria de la acera. El Centinela Rojo se ocupaba de proteger a los jefazos en ese otro lado y, lógicamente, no la conocía. La vio unos segundos antes de cometer el atentado y simplemente la ignoró. La palabra magnicidio y la imagen de esa pobre vieja pegaban tan poco… A la salida de cada reunión los periodistas se agolpaban siempre alrededor nuestro, revoloteando como abejas hambrientas, intentando obtener una declaración fresca que pudiera ser enviada de vuelta a casa lo más rápidamente posible. Multitud de curiosos se acercaban también a las puertas del hotel intuyendo la salida de los políticos; había personas capaces de hacer cola durante horas sólo para poder decir que habían estado, por unos segundos, al lado de alguno de sus idolatrados líderes… Lo cierto es que aunque la hubiera visto, en el ajetreo, seguramente desconcertado por el acoso de los flashes de la prensa, por el trajín y el ruido, no le habría prestado la atención necesaria… De cualquier manera, no supe que había sido ella la que había disparado hasta que vi al Centinela agarrándola… Justo en ese preciso momento entendí que una mujer como Berit Köller jamás acudiría allí a agradecer nada… Era la madre de End Panzer.

Milagrosamente ninguna de las balas acertó a dar en el blanco, ni el presidente americano ni el mandatario ruso fueron lastimados. Ambos salieron de allí indemnes, sólo magullados en su orgullo y algo asustados, y en cambio, en un rebote, ella misma fue herida de gravedad… Una de las balas tomó una trayectoria inverosímil, y volviendo casi por donde había ido, fue a alojarse, misteriosamente, en la cabeza de la mujer…

Tal y como había augurado Conan, la Guerra Fría comenzaba a caldearse de golpe… Demasiado caliente para mi gusto.

No hablé mucho con Huet esa noche. Lo justo: unas palabras para saber cómo se encontraba y poco más. Sin embargo, cuando nos separamos, me atreví a preguntarle el por qué de todo aquello. Fue una pregunta intencionadamente abierta, sólo dos palabras que me servirían para sopesar un poco la peligrosidad de la situación. Yo esperaba que me respondiera de la misma forma, sin aclarar mucho, sin mojarse, como hacen casi siempre los políticos… Sin embargo, me dijo algo que hizo saltar una alarma en mi interior. Fueron también pocas palabras, quizás la respuesta vaga que cualquier otro habría necesitado, lo malo fue que yo ya había escuchado esa contestación de los labios de Huet muchos años antes y, ya entonces, me había asustado. Éramos niños cuando lo oí hablar así por primera vez. Transcurridas más de cuatro décadas, la misma desazón volvió a sacudirme.

-Porque así debe ser –me respondió y su mirada me dejó helado… Un instante de debilidad fue suficiente para que el animal de la verdad, casi completamente domado por años de vida política, aflorara, dejando en evidencia a Huet…

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mag_jonas
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mag_jonas

Vaya pedazo de ilustraciones que se ha currado J.F.A., así da gusto, guionista e ilustrador!!! (Este tío vale más que las perras gordas)

Estoy disfrutando mucho con esta historia…

Ánimo y a seguir…

Némesis
Lector
Némesis

Un miércoles más, gracias de nuevo a Fideu por regalarnos estos relatos.
Las ilustraciones son muy buenas y complementan el texto. Además, la intriga política y superheroica está alcanzando cotas de interés muy altas.
Pasamos de aventuras cósmicas a historias bélicas, y de ahí a intrigas sobre la Guerra Fría.
Parecía difícil mejorar lo anterior, pero esto cada día va a más…
Y Conan Wild como personaje resulta muy completo.
Mucho ánimo!!!

José Torralba
Autor

Uf… a ver cómo termina esto… quedan dos capítulos, dos semanas… ¡¡Madre mía!! Felicidades como siempre José Antonio (y esta vez por partida doble ;)).

Fideu
Lector
Fideu

Bueno amigos, aquí seguimos (somos pocos pero, por lo que veo, fieles). Gracias Mag-Jonás, gracias Némesis, gracias Kosgüorz, gracias José y gracias a todos los demás (vosotros formais la verdadera Guardia Solar…).
Poco a poco vamos entrando en harina… Me alegro mucho de que no os sintáis defraudados y que las historias os estén gustando…
Como veis, hago uso de los estándares del género para tratar casi cualquier tema que me interese (o que os interese…). para mí escribir estos relatos es un gran placer: me siento como el propio Vincent F. Martin, como si tuviera una editorial a mis pies, a través de la cual puedo crear mi propio universo de superhéroes… No he inventado nada nuevo, aunque todo sea distinto (a mi manera que diría Sinatra…).
Un abrazo, nos escribimos en una semana.

Ailegor
Lector
Ailegor

Hola, estoy super picada para ver cómo termina este capítulo. Tiene mucha intriga. Sería bueno que, en la vida real, hubiera superhéroes que vigilaran a los políticos porque como dijo Alan Moore en Watchmen; “¿Quién vigila a los vigilantes?
Ánimo, éste serial del Capitán Meteoro, me parece una de las mejores ideas que he visto en Internet desde hace mucho tiempo. ¡Ojalá dure!

Agus
Lector
Agus

Esta semana me he llegado tarde a mi cita semanal, pero sigo aplaudiendo la saga. Mañana mas y como siempre mejor.

Saludos

kosgüorz
Lector
kosgüorz

esto de no haber podido leerlo hasta hoy tiene la ventaja de que mañana hay más 🙂 muy buena la aparición de la madre vengadora. saludos,

potajacion
Lector
potajacion

Cojonudo, guerra fría, clones, superhéroes, no hay fín para la cantidad de temas que Fideu puede entrelazar en un mismo relato. Reitero mi comentario anterior acerca del cabrón de John Huet. ¡Menudo HP tiene que ser! Voy a seguir con el siguiente relato, que estoy impaciente…