Arsène Schrauwen Vol. I

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Edición original: 2012, Olivier Schrauwen (autoeditado).
Edición nacional / España: Febrero 2014, Fulgencio Pimentel.
Guión, dibujo, tinta y color: Olivier Schrauwen.
Formato: 56 páginas a dos tintas editadas en rústica con sobrecubierta.
Precio: 13 € .

 

Existen tebeos que viven en un universo particular. Existen autores, los autores de esos tebeos, que son demiurgos, creadores de mundos con tanta personalidad que el resultado, aun envuelto en el continente de lo reconocible –léase, protagonizado por seres humanos en entornos a priori plausibles- logran ir más allá de lo imaginado, pariendo microcosmos del todo originales. Esos autores son los Moebius, Corben, Foster, Kirby, es decir, los dioses, no cabe duda, del noveno arte. Su obra da sentido a nuestras vidas y como ejemplos del arte con mayúsculas, separa al ser humano del mono. Para bien y para mal. Pero es que luego hay otros autores que, sin pretender crear universos reconocibles o viscerales de tan originales, poseen tanta o más personalidad que aquellos genios recién citados. Semejante afirmación para empezar una reseña de un tebeo de Olivier Schrauwen puede parecer –debe parecer- una osadía. Desde luego que lo es. Pero es que de un tiempo a esta parte –y puede que hable del largo lapso de veinte años- han emergido autores con una voz tan única, tan propia, que sin envolverse de la majestuosidad pictórica de las figuras ilustres recién citadas, han logrado dar un paso más allá dentro del mundo del cómic, abriendo puertas a conceptos sin explorar, tratando de desarrollar tramas y premisas inauditas para el mundo de las viñetas, experimentando con formas y lenguajes lejanos a las pautas convencionales. Son estos autores como David B, Sfar, Peeters, Winshluss, Blutch y tantos otros, cuyas obras han florecido en las estanterías para solaz del lector más curioso.

Y cuando el castillo parecía construido, aparece otra figura, Olivier Schrauwen, arramblando con obras tan particulares que en poco menos de tres títulos ha logrado crear un lenguaje propio.

¿Esto cómo puede ser? Pues la fórmula no está clara, pero desde luego es un proceso alquímico que mezcla sus ingredientes de manera eficaz. La primera palabra que sobreviene durante la lectura de sus páginas es trance. Hay algo hipnótico en los dibujos de Schrauwen, algo intangible que produce un baile monocorde, que provoca que los ojos salten de viñeta a viñeta siguiendo un ritmo preciso, creando una sensación mesmérica, de repetición, de imposibilidad, pero al tiempo, extrañamente cómodo, como algo conocido, algo reconocible, que supone calma y serenidad. Y es ahí, en ese momento de calma, causado por la ingenuidad aparente de sus imágenes, cuando Schrauwen juega con el lector, le da un mazazo, sacando a la luz ciertos componentes escatológicos, desagradables, que acentúan la particularidad de la obra. Esa sensación de trance bien puede estar provocada por el uso del color, dos tintas, roja y azul, que se repiten a lo largo de la obra, creando una bidimensionalidad fascinante, como si el tebeo fuera autoconsciente, emperrado en seguir siendo un tebeo por siempre. ¿Suena a chino? Culpa mía. Basta con ojear la obra para percibir lo que trato de poner en palabras. Existe algo en el uso cromático de Schrauwen que parece tratar de acentuar la naturaleza de papel impreso que viene a ser el cómic en su base más primitiva. Como si el pintor de un lienzo evidenciara los churretones del óleo sin diluir, llamando la atención sobre las formas para la creación de la obra, tanto o más que sobre el resultado en sí. Ese trance se ve ampliado claramente por la el viñeteado –por lo general, seis cuadros por página-, pero sobretodo, por el uso de las líneas. Existe una tendencia a la simetría de los entornos, como si contemplásemos a los personajes deambular por los planos de un arquitecto. Las casas, los coches, las calles, las carreteras, aparecen en patrones cerrados, paralelos, simétricos, cuya perfección acentúa el trazo aparentemente simple de las figuras humanas, que en ocasiones podrían pasar por recortables de una libro para niños.


La experimentación que lleva a cabo Schrauwen no acaba ahí. La mención de la figura humana lleva a hacernos examinar el uso de la expresividad de sus rostros. Las caras que dibuja el autor belga enfatizan la expresión a través del menos-es-más. Tanto es así, que los rostros de los grupos de individuos, aquellos cuyas emociones no interesan, aparecen como meros círculos sin rasgos. Esto, que podría parecer un detalle perezoso, es una herramienta totalmente efectiva para remarcar las emociones de los personajes principales. Pequeñas ideas para grandes resultados, como desprende la obra de Schrauwen en general. Aunque con semejantes decisiones formales, el belga se desmarca de la influencia windsormccayna de obras anteriores como Mi Pequeño y potencia el estilo de la posterior El hombre que se dejó crecer la barba, aunque obviando el uso fauvista del color o la experimentación narrativa más salvaje.

En definitiva, es este uso de la expresión facial algo que subraya esa sensación de ensoñación, ese hilo narcotizante que empapa este Arsène Schrauwen Volumen 1, primera parte de una trilogía sobre la vida de su propio abuelo, un individuo a priori retraído que tuvo que marchar a las colonias para empezar una nueva vida que será narrada por su nieto en estos tres volúmenes planificados.



Analizando el por qué de esta capacidad sugestiva por parte de Schrauwen, salta algo más allá de la página. Algo que ya fue avisado en la propia portada del tebeo: lo ignoto. Lo ignoto para el mismo Arsène es esa aventura que le espera desde que zarpa el barco que lo lleva a las colonias. Aquello que descubrirá, esa cultura tropical y alienígena que le recibe en cuanto llega a puerto. Pero lo ignoto es también ese conocimiento de vidas más liberadas que la suya propia, donde el placer de la buena vida se confunde con retazos de homosexualidad. Pero, sobretodo, con la aparición del amor, digamos, verdadero. El definitivo, vaya. Aquel que, intuimos, dio pie a la aparición del mismísimo narrador, el propio autor del tebeo. Todo lo anterior, que de desconocido u oculto puede tener poco, viene envuelto por la narrativa hipnótica de Schrauwen, convirtiendo la selva en algo, ahora sí, ignoto, un mundo sin reglas, donde la influencia de la colonia sobre sus vecinos crea comportamientos extraterrestres para el protagonista. De ese modo, el belga sabe cómo reflejar toda esa extrañeza, toda la particularidad de la mirada del protagonista mediante las herramientas estilísticas ya analizadas. De tal manera, el universo que rodea a Arsène aparece entonces tan ignoto, tan lejano e imposible como avisa la portada.

Como guinda y reflexión final: este primer volumen de la vida y obra de Arsène Schrauwen confirma el estilo visceral y único de su autor y debería llamar la atención de los paladares más refinados, confirmando al tiempo las tremendas posibilidades estéticas y narrativas de un medio al que aun le falta por llevar a cabo sus proezas más elaboradas.

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Me atrae, pero no sé si quiero gastar mas de dos mil pelas en algo que se lee en un suspiro. Me gustó Mi pequeño, pero tuve la suerte de encontrarlo de segunda mano.