
De turismo por el infierno
«Te tengo»
Después del pedazo de primer arco de la Diana Absoluta —la ganadora del Eisner— vamos con un arquito de dos números con Kelly Thompson al timón, y esta vez sin Hayden Sherman, que se toma un descanso hasta su regreso en los siguientes números. El encargado de sustituirle es Mattia De Iulis, colaborador de la propia Kelly en la serie The Cull, publicada aquí por Norma Editorial.
¿Qué tenemos aquí? Pues como vimos al final del número 5, Diana es transportada al Infierno. Como veníamos leyendo, se advertía que si salía de su «paraíso», tendría que aceptar las consecuencias, y así ha sido. Hades, el soberano, la reclama en una audiencia por desobedecer a un dios —y nada menos que a uno del Olimpo.
Al fin y al cabo, el saber cómo se hicieron las armas no es solo añadir detalles y lucir los dibujos de Mattia, es contarnos cómo Diana, desobedeciendo a los dioses y usando elementos prohibidos como la sangre de Prometeo o del basilisco, crea utensilios donde está implícito el sacrificio madre/hija y vínculos con todos los elementos de la tierra/infierno.
Este no se anda con chiquitas: ha tomado a la madre de Diana como rehén, y en un intercambio mordaz de Wonder Woman con el olímpico —cada frase de ella hace más daño que sus propias armas— nos relatan cómo consiguió Diana sus armas. La complejidad de dar caza a seres no tan inocentes, pero manteniendo la sabiduría que conlleva ser una bruja, el recurso a los seres vivos y la naturaleza, junto a varias visitas a dioses y titanes olímpicos, pone en evidencia el papel de estos y sus castigos que hemos ido leyendo a lo largo de la historia en sus eddas.
Kelly aprovecha el descenso al Inframundo no solo para repasar el origen del lazo —o el vínculo— con Circe, sino también para plantear preguntas más incómodas: ¿Qué castigo merece una mujer que desobedece a los dioses? ¿Qué poder tiene una hija frente a un padre que impone reglas absolutas? ¿Y cuántas salidas hay realmente entre la sumisión y la violencia?
Diana acaba aceptando un duelo a muerte en la arena a cambio de salvar a su madre. Excusa que aprovecha Thompson para seguir desarrollando sus ideas sobre el rol del hombre abusando de la mujer —Hades y Perséfone— y traer a colación una vieja leyenda sobre las decisiones que te hacen libre o esclava. Enseña que siempre hay una tercera vía, y que nada es blanco o negro: ni siquiera la sexualidad se rige por los términos hombre/mujer.
Todo tiene múltiples caminos: su —nuestra— vida.
En el apartado gráfico, el trazo de De Iulis nos deja una de cal y otra de arena. Su estilo es apabullante; recrea muy bien las partes más impresionantes con un realismo que nos hace sentir que estamos viendo una película. Sus rostros están completamente trabajados, y se notan los matices en los personajes que describe con su arte.
Sin embargo, esto viene acompañado de una importante falta de dinamismo. Si Sheran es puro nervio, cómic, rapidez, velocidad —y lo hace parecer sencillo dentro de su estilo mutable—, Iulis es muy estático, dejándonos viñetas que parecen cuadros o estar viendo partes de una pelicula en camara lenta. Esto hace que, en los momentos de acción, la narrativa visual se resienta.
Como complemento, en las dos grapas tenemos una pequeña aventura de Diana niña, dibujada por Dustin Nguyen, rememorando su estilo en Li’l Batman pero con Wonder Woman, contada en clave de comedia y ternura. Vemos cómo se iba haciendo amiga de los demonios «menores» de la isla, quienes terminaban convirtiéndose en sus mascotas y compañeros, necesarios en su crecimiento. Páginas bonitas y divertidas.
No todo es perfecto en este arco, especialmente en el apartado gráfico, pero aun así está por encima de la media. Nos deja ideas potentes, sitúa a Diana en una nueva situación, y nos permite comprender mejor lo que ha vivido en el infierno y todo lo que implica lo que hacen Hécate, Perséfone y Circe para desatar el futuro de Diana y su figura amazónica/heróica Wonder Woman.
Lo mejor
• Kelly Thompson sigue imparable con la mitología de la nueva WW.
Lo peor
• El cambio momentaneo de dibujante puede no ser del gusto de todos.











