INTRODUCCIÓN

Con la llegada del otoño, el Festival Jaialdia Bilbao (más comúnmente conocido como Ja!) se presenta para deleite de la población bizkaina. Con diecisiete ediciones a sus espaldas, este Festival Internacional de Literatura y Arte con Humor ha ofrecido recuerdos imborrables con protagonistas de la talla de John Cleese, Nick Hornby o Robert Crumb. En este 2026, el certamen ha centrado su programación en la ciencia ficción, la imaginación especulativa y el humor. Del 14 al 31 de octubre desfilarán por las distintas sedes (Museo Guggenheim, Museo de Bellas Artes, Palacio Euskalduna, Azkuna Zentroa y Bilborock) invitados como Rodrigo Cortés, Ray Loriga, Maribel Verdú, Michel Houellebecq, Mariana Enriquez o Fernando Trueba. Como no podía ser de otra forma, habida cuenta de la temática elegida, no podía haber mejor representación del noveno arte que Albert Monteys. Aprovechando la publicación de su último trabajo publicado por Astiberri, La conjura de los necios, el Ja! decidió juntar al genial artista barcelonés con Enrique Murillo e Iggy Rubín con el fin de abordar la ilustre obra del malogrado John Kennedy Toole. Además, el festival tuvo la brillante idea de llevar a cabo una exposición que con el nombre «Albert Monteys: El asombro cósmico» puede verse de manera gratuita en la Mediateka de Azkuna Zentroa hasta el próximo 1 de noviembre. Zona Negativa tuvo el privilegio de visitar dicha expo con el propio Albert como maestro de ceremonias. Queriendo haceros partícipes de dicho tour, compartimos las explicaciones que, de manera cronológica, el propio autor dio respecto a su trabajo de la ciencia ficción en viñetas. Tras llegar unos minutos tarde por quedar encerrado en el baño (en un gag que merece ser tratado en detalle en la segunda parte de El Show de Albert Monteys), estas fueron sus palabras.

ALBERT MONTEYS: EL ASOMBRO CÓSMICO

«Seguramente en la primera mitad de mi carrera soy conocido, sobre todo, como humorista gráfico, porque con veinticuatro años, al salir de la Facultad de Bellas Artes, entré en la revista El Jueves y me pasé dieciocho años haciendo humor, sobre todo de costumbrismo, política y actualidad. Pero justo antes de entrar en El Jueves, hice mi primer cómic en solitario (antes había hecho fanzines con otra gente). Se trata de Calavera Lunar, que nacía de mi amor como lector ávido de la ciencia ficción y del género en general.

Nacía de mis intereses más particulares: la ciencia ficción y el humor. De hecho, Calavera Lunar era el número ciento treinta y siete de una serie que no existía. Mi idea era que pareciera un tebeo de una serie mítica de los setenta que te habías encontrado en un mercadillo de viejo. Esa era la idea de partida: un cómic en blanco y negro que fue la primera vez que hice un trabajo yo solo de principio a fin. Prometí no volver al personaje porque me parecía un gag de un solo tiro, pero con el tiempo se convirtió en un personaje muy icónico del que mucha gente tenía muy buen recuerdo. Así que, durante los siguientes veinticinco años, hice un par más de historietas con él, que son estas.

Es un personaje muy pop, como veis, y sobre todo me permite jugar con los tebeos antiguos y con los formatos. Mi intención con este cómic era reflejar la manera en que consumíamos cultura en mi generación: ibas al cine y la película a lo mejor ya había empezado y te quedabas hasta que volvía al punto en el que habías entrado, o ponías la tele y veías solo la segunda mitad. Pues este es un cómic de una historia que ya ha empezado, a la que te sumas cuando lleva doscientos números y de la que tienes información incompleta sobre lo que pasa. A mí como lector no juvenil me parecía que eso lo llenaba todo de misterio.

Si en vez de leer Spider-Man desde el número uno te llega a las manos el número trescientos veintisiete, tienes que reconstruir en tu cabeza mucha historia, y eso a veces es más interesante que lo que ha pasado en realidad. Se trataba de reflejar un poco eso.

Monteys

Después de entrar en El Jueves estuve un montón de años sin tocar más géneros de ciencia ficción. Sin embargo, en un momento dado, en el año 2003, en la revista tuvieron la valentía de sacar una publicación infantil llamada Mister K. Me preguntaron si quería hacer algo para ella e inventé este personaje, que es mi intento de hacer un Superlópez. Superlópez, de Jan, es mi cómic infantil-juvenil favorito; diría que es uno de los cuatro pilares que sostienen mi identidad como autor. La idea era hacer algo que Jan hacía en sus primeros cómics (bueno, en todos, de hecho): hablar sobre fascismo y sobre un montón de temas en sus historietas, aunque fueran cómics radicalmente para niños. Tú con doce años podías leerlo, pero si ves Los cabecicubos te das cuenta de que hay una reflexión sobre el totalitarismo. Mi idea era hacer un cómic para niños, pero con cierta enjundia.

La revista se vendía mal y en un momento dado hicieron un experimento con niños a través de una agencia de publicidad. La primera vez que les dieron a leer el cómic para probar, los niños odiaron a Carlitos Fax. Igual eran los peores niños del mundo (eso tampoco lo sabemos) o igual les eligieron mal, pero me quedó un poco ese mal sabor de boca. Lo cierto es que, con los años —porque esto se publicó hace ya veinte años—, a las sesiones de firmas me llegan muchos lectores cuyo primer contacto con mi obra fue Carlitos Fax y guardan un recuerdo muy grato. Así que igual hice un cómic de culto para niños. Me reconforta saber que hay mucho lector que todavía lo aprecia.

Para mí fue una oportunidad de volver al género después de muchos años enfocado en la actualidad. La actualidad también me gusta, pero la actualidad pura es muy espesa. Llega un momento en el que uno tiene la tentación de dejar de informarse directamente porque todo es demasiado pesado. Si además tienes que estar generando humor sobre esto de una manera muy rápida, hacer este cómic era una forma de hablar de la actualidad o del mundo en que vivimos de una manera más genérica y relajada.

Por orden cronológico, seguimos por aquí con ¡Universo! En el año 2014 tuvimos un desencuentro con el editor de El Jueves, el dueño de RBA, que nos censuró una portada sobre la Corona justo cuando abdicó el anterior rey. Hubo ciertas presiones y el editor decidió no publicar la portada. A los dibujantes nadie nos contaba nada, pero salimos de la revista por una cuestión de pura dignidad. Además, el editor nos pidió que mintiéramos a los lectores diciendo que la decisión de cambiar la portada por no ser pertinente había sido de la redacción. Dijimos: «Mira, ya está, nos vamos de aquí».

Para mí fue una oportunidad también de cambiar de tercio, porque llevaba dieciocho años haciendo casi siempre lo mismo a ritmo semanal. Aunque los primeros quince años fueron de aprendizaje y disfrute, llevaba ya tres o cuatro años pensando que eso ya me lo sabía y quería ver qué más podía hacer. Coincidió con que mi amigo Marcos Martín tenía una web de cómic digital llamada Panel Syndicate, creada para aprovechar la distribución digital y que los autores recibiéramos un pago más justo: en vez de quedarnos con el diez por ciento del precio de portada, nos llevábamos el cien por cien de lo que pagara la gente en digital. Me ofreció hacer algo para su plataforma y el resultado fue ¡Universo!, una serie que voy haciendo muy a fuego lento.

Lleva nueve números ahora mismo. Estoy preparando otros entre proyectos cuando tengo tiempo, pero se ha convertido en mi obra principal y en el corpus más grande de trabajo que estoy haciendo. El formato es horizontal básicamente porque está pensado para leerse en pantalla. Los cómics son verticales por una cuestión industrial (un libro es más sólido si el lomo está en la parte alta), pero en digital, y en las artes visuales en general como el cine o la fotografía, se suele usar el formato horizontal o panorámico porque es como percibimos el mundo y resulta más natural. Quería un formato que se adaptara bien a todas las pantallas, aunque después el libro impreso también funciona, por suerte.

Una de las razones de este formato —que muchos coleccionistas de cómic odian porque no les encaja bien en la estantería— es esa. En la edición francesa de ¡Universo!, primero me propusieron reformar las páginas para hacerlas en vertical. Ante mi resistencia, al final hicieron un estuche donde los libros van de pie para la estantería. Para ellos el formato italiano es difícil de vender. En Francia ni se lo planteaban, pero estuvo bien porque me encargaron una portada nueva y me la pagaron.

En Universo! básicamente hay una serie de historias cortas que suceden en el mismo futuro. Si eres un lector ocasional y lees el número cinco, lo vas a entender perfectamente. Intento que sea una ficción de ideas que funcionen como metáfora, pero que mantenga el sentido de la maravilla. Si eres un lector fiel y te lees todos los números, hay conexiones de causa y efecto entre una historia y otra, lo cual es una recompensa extra a la fidelidad.

Esto se debe a que, cuando me puse a hacer ¡Universo!, llevaba tantos años haciendo historias de una sola página que hacer una de treinta, cuarenta o cincuenta páginas me costaba mucho. Pensar en formatos tan largos me suponía un reto enorme.

Sin embargo, al cabo de un tiempo hice un libro de ciento setenta páginas. En este caso no fue con guion mío, sino Matadero cinco, una adaptación de la obra de Kurt Vonnegut. Era un clásico que me entusiasmaba; tuve una etapa de mi vida de unos tres años en la que solo leía a Kurt Vonnegut. Me encantó Galápagos y a partir de ahí me puse a leer todo lo suyo. Como son libros breves y asequibles en inglés, me volví muy loco con él, que es un fenómeno que le pasa a mucha gente.

Esto fue una propuesta de un editor que, sin saber que Matadero cinco era uno de mis libros favoritos, me dijo: «Oye, tenemos un guion para adaptar esto, ¿te interesa?». Pensé en aceptarlo para evitar que lo estropeara otro. Me generaba mucho respeto porque es un libro muy abstracto, donde el tratamiento del tiempo funciona como metáfora de un hombre que no puede desengancharse del recuerdo de haber sobrevivido al bombardeo de Dresde. Mi primera respuesta fue: «Estoy dentro, pero es imposible, esto va a salir mal».

Después, cuando me pasaron el guion de Ryan North, vi que había dado en el clavo y que estaba contando la historia como si se narrara por primera vez en cómic, utilizando todos los recursos del medio. Además con algo muy chulo: en el libro, una de las cosas que le pasa al protagonista es que vive todos los momentos temporales al mismo tiempo tras contactar con una raza extraterrestre (o porque el pobre hombre ya no tiene contacto con la realidad). Sus obras de ficción son páginas donde todos los momentos suceden a la vez y los absorbes en el orden que quieres.

Esto es, en realidad, la definición de un cómic: la abstracción máxima del tiempo, convirtiendo el tiempo en espacio. Tienes una página de cómic y el lector entiende por convención que son distintos momentos gracias a nuestra tendencia a agrupar las cosas y darles sentido. Si el autor ha hecho bien su trabajo, vas a leer las viñetas en el orden correcto. Pero habitualmente, cuando lees una página de cómic la ves entera y estás viviendo varios momentos al mismo tiempo antes de ordenarlos.

Me pareció que Ryan entendió que la historia de Vonnegut se podía contar incluso mejor en cómic. Una de las cosas que me ha dado bastante consuelo es que esperaba un rechazo por parte del mundo literario por coger una obra tan evocadora y convertirla en cómic; esperaba que dijeran que la habíamos vuelto algo terrenal. Al contrario, la reacción ha sido considerar que es un cómic que se defiende por sí mismo y funciona. Así que estoy muy contento. Cuando iba a salir, soñaba que el tebeo no salía de la vergüenza que me daba, esas dudas que tenemos siempre los autores. Y ya está, con esto tenemos una buena visión general».

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