
Hoy toca hablar de una película, que, asomada recientemente a la cartelera española, se ha paseado igualmente por las nominaciones a los premios de la academia cinematográfica estadounidense, cuya gala se ha celebrado en la madrugada de hoy:
La película, dirigida por el chileno
La estructura de la narración combina, por otra parte, la recreación de momentos bien documentados –la apertura de la Casa Blanca a la televisión, el cortejo fúnebre que llevó a Kennedy hasta su última morada…- con otros de corte más íntimo, en los que se evocan los que pudieron ser las reacciones a las que, en su soledad, dio rienda suelta la viuda. Los tiempos luminosos de las veladas culturales y los nebulosos instantes en los que se intenta asimilar que el inicio de la carrera por la reelección se convertía en un apresurado cambio de administración; el sueño de Camelot y la pesadilla de tener que explicar a una niña y un niño que su padre no ha de volver.
A lo largo de la hora y media de duración de la película, brilla con luz propia la protagonista,
Uno de los aspectos más discutibles de la historia contada en Jackie ha sido precisamente la imagen final que dibuja sobre la protagonista. Aquellas escenas que abandonan la parte conocida y entran en aguas más especulativas presentan a una Jacqueline Kennedy muy distinta de la que ha dado la vuelta al mundo, más humana, más íntima y mucho más apegada a su primer esposo de lo que los documentales más recientes sobre la pareja han dado a entender. El guion de Oppenheim parece haber trazado una línea que cruza todos los puntos conformados por las frases lapidarias que Jackie pronunció al recordar las aciagas jornadas posteriores al asesinato de su marido. La visión de su familia política, el sentimiento de rabia hacia religión cuya divinidad le había brindado tantas amarguras, la relación con su cuñado Bobby –que compartiría el funesto hado de su hermano-… conforman un retrato que, como se ha mencionado, está un poco lejos del mito, pero resulta al mismo tiempo condescendiente con la persona. ¿Una visión benevolente o un descendimiento del mito?
En resumidas cuentas, tenemos una película cuyo mejor valor es, como se ha indicado, la magistral interpretación de Portman (calificada positiva y negativamente como acreedora del máximo galardón), así como el interés que genera su visionado en aspectos poco tocados en la misma como la transición de Kennedy a Johnson, la relación de Jackie con su familia política o la identificación de la era JFK con el mito de Camelot. Como la idealizada corte de Arturo, aquella presidencia tuvo un aciago final, pero al contrario de lo que se recoge en la leyenda britana –donde el regreso artúrico es una forma de esperanza- se asume con descarnado realismo que no habrá en Norteamérica otra época como aquella.
Queda para el final la anecdótica presencia de








