En lugar de El Asombroso Spider-Man, en honor del título más longevo del arácnido de Marvel –casi 700 tebeos ya-, bien hubiera estado que Sony hubiera titulado su reinicio del mito blaugrana (con permiso de Messi) como otra de las series clásicas del personaje, Peter Parker: Spider-Man. Porque al Trepamuros le cuesta un rato ponerse espectacular o asombroso, o desplegar su red, ocupada como está la cámara en encontrar al (nuevo) Peter Parker del siglo XXI. Los tiempos cambian e, igual que la pantalla pasó de adorar a rebeldes doloridos y autodestructivos en los 60 y 70, a idolatrar a vengadores hipermusculados en los 80, los ratones de laboratorio también mudan de piel. Ahora son consumados skaters, usan lentillas, tienen un aire desaliñado y no desentonan con las canciones de Coldplay. A pesar de que no es tan inadaptado como nació siéndolo –tampoco lo era su versión Ultimate, parida en 2000 por Marvel como universo alternativo-, el renovado Parker resulta creíble porque –casi por contra al resto de personajes- se puede adjudicar más de dos adjetivos a su personalidad.
El reboot de la saga arácnida en cine es, más que una historia de origen, una de transformación. Desde la gestación del héroe y sus motivaciones, al poder transformador de un objeto (la máscara) hasta las consecuencias de ir demasiado lejos en la búsqueda del cambio. Así que durante buena parte del metraje flota un aire de melodrama, de redes que se van tejiendo en torno al protagonista, para que con la sonora escena donde el disparo acaba con tío Ben –un muy correcto Martin Sheen- comience la catarsis rojiazul. Un camino que Andrew Garfield recorre con pie firme, mostrando varios trucos de su repertorio: el joven inadaptado, el solitario feliz, el huérfano abandonado, la comedia de instituto e incluso el slapstick –la pelea en el vagón. Hasta conseguir, en los ecos finales, esa determinación tan spidermaniana de luchar contra el destino inamovible – marcada a fuego en historias como la del Planeador Maestro- convertida aquí un salto de fe de grúa a grúa, subrayado por las notas de James Horner.

En el otro extremo del cuadrilátero, el Dr. Curt Connors se plantea cuánto es posible acercarse a los límites de la ciencia sin caer en el abismo. La suya es una pintura sin acabar, no obstante, puesto que más allá de un par de frases, apenas se atisba esa lucha interior por la recuperación del brazo y lo que significa para él. Como venía siendo habitual en el cine arácnido, la falta de metraje dedicado al villano se justifica con el cliché de científico loco, poseído por una fuerza hostil, sea ésta un suero, un accidente de laboratorio, un simbionte alienígena… El Lagarto –un poco chato para mi gusto- es una personalidad oculta en una fórmula química, rencorosa, que no desentona con el escamoso antagonista que ha ido cambiando una y otra vez de status en el papel.
Su traslación resulta imponente poniendo de relieve muy gráficamente la diferencia de tamaño y poder a la que habitualmente se enfrenta el Trepamuros, y a la que ha de hacer frente con coraje e inteligencia. Rhys Ifans, cuya elección extrañó en un principio, luce bien la bata de laboratorio, insinuando algo más de malicia y carisma que la asociada por lo general a Connors. La cara de póker de Ifans, y su experiencia en la comedia romántica, quizás hubiera podido ser aprovechada para dar vida al más almodovariano de los a otro de los enemigos habituales de Spiderman: el Profesor Warren, el Chacal, obsesionado con la joven Gwen Stacy y tercer vértice de un triángulo sentimental, en lugar de científico, como aquí.
Emma Stone está perfecta como la seductora rubia de la diadema y las botazas, convertida por necesidades de taquilla en un carácter fuerte, en busca de una relación peligrosa. Un estereotipo necesario para atraer a parte del público target al cine y en sintonía con las modas de hoy del cine para adolescentes, pero alejado de la Gwen pseudovirginal y discotequera creada por Lee y Ditko, que es la que ha pervivido en el tiempo y se ha convertido –clones aparte- en uno de los recuerdos casi intocables de Marvel. Si la intención era la de introducir un personaje ligado sentimentalmente al héroe pero con una actitud más activa, y si no estuviese tan próximo el estreno del combo Murciélago Atormentado + Gatita Traviesa, tal vez la solución hubiera sido Felicia Hardy, la Gata Negra. Lástima que su padre no sea capitán de policía.
Especulaciones aparte, la dinámica Peter-Gwen responde a la pregunta del porqué de la elección de Marc Webb como director. Si la intención del reboot –como han vociferado realizador y protagonista- era buscar al nuevo Parker, sobre Spiderman, Webb podía ser capaz de incluir la tensión romántica de una relación atípica, como ya hizo en 500 días of Summer. La maraña de hilos argumentales que maneja, no obstante, juega en su contra: lo que pretendía ser un primer amor que germina con intensidad se queda, a pesar de tanto arrumaco, en un rollo de instituto que busca alcanzar la primera base, vendiendo su identidad secreta si hace falta.

Pero con 200 millones de dólares hay muchas obligaciones en taquilla, y no hay tiempo para todo. ¿O sí? La versión final recorta algunas de las escenas que habíamos visto en los trailers y clips promocionales, dejando entrever que había algo más. Entre ellas, aquella imagen de Connors diciendo “si quieres la verdad, ven y cógela”, cuya exclusión es síntoma de la notable desaparición de la trama de los aires de thriller que se insinúan al principio con la muerte de los Parker. Aunque queda claro que el tema será recuperado para la secuela, la sugerencia de que iba a tener un mayor empaque aquí se salda con decepción y un olor a chamusquina, a casa sin pintar del todo. Webb, a diferencia de otros realizadores, no acaba de convencer a la hora de consolidar una estética dominante, alternando entre la paleta de colores del telefilm caro y la majestuosidad de la Nueva York nocturna, que resulta ser donde más se desenvuelve. Su labor, no pudiendo calificarse de maestra, tampoco es en absoluto una chapuza, y si acaso donde más se resiente es a la hora de manejar un equilibrio entre su deseo de ofrecer tres dimensiones a un personaje y el de entregar espectacularidad pura y dura.
El director quiere asegurarse de que cuando Parker se pone el uniforme haya forjado su carácter heroico, tragedia incluida, y comprendamos bien sus motivaciones, más allá de los cuatro gags de rigor que muestran el aprendizaje de los poderes. Y si se va a convertir en un payaso chistoso cuando lleve la máscara, que se entienda como una revancha a los años de sometimiento al matón de instituto. Donde no hay sorpresas en en su retrato de Spiderman como neoyorquino más; igual que su predecesor en cine, y a diferencia de la mayor parte de la carrera del personaje en papel, no es un incomprendido, salvo por la policía. La ciudadanía construye un espíritu común en su ayuda, como en las canciones de Springsteen, y resulta imprescindible para que el héroe complete su viaje de inicio. Nada a lo que no estemos acostumbrados.

Pero, mientras Peter Parker y Spiderman se alternan en pantalla cuando el traje aparece, una vez aparece el Mr. Hyde escamoso de Connors casi desaparece su Dr. Jekyll. En su lugar, el Lagarto se convierte en esa amenaza física para entregar la prometida acción -una amenaza similar al del aún reciente evento Spider-Island, en los cómics-, bien ejecutada en las alcantarillas, el instituto –uno de los problemas recurrentes del Parker de los 60- y el clímax en las alturas. Y atención, porque –o eso me parece a mí- es aquí, con la redención del Lagarto/Connors donde se encuentra concentrado uno de los puntos a destacar: el toque DeMatteis, uno de los escritores que más ha marcado a los fans de Spiderman con sus colosales retratos de las agonizantes batallas internas de los villanos contra su propia oscuridad. Webb consigue colarse en sus viñetas con un brazo extendido, una cara desencajada y la luz de la luna, en lugar de con peroratas de odio y autoflagelación.
A estas horas ya estamos todos curados en salud de los toqueteos indecentes a nuestros personajes favoritos, y más que nada pedimos que, si se va a apartar a alguna de las vacas sagradas de la carretera, se haga con cierta gracia. El guión de James Vanderbilt –lastrado por la necesidad imperiosa de construir un blockbuster que recupere la inversión, con un personaje que ha de resucitar en taquilla- busca llenar la tabula rasa de los nuevos espectadores aprovechando resquicios en la historia oficial, y las mayores tragaderas de los fans tras tres adaptaciones y un (bueno, dos) Ultimate Spiderman. Sólo cabe esperar que, de cara a futuro, no sigan tirando de la etapa noventera del personaje, plena de momentos controvertidos e ideas gastadas.
Entre los cambios más destacables, la ominosa presencia de Oscorp y de un Norman Osborn moribundo en la sombra, cuyo papel en el fallecimiento de los Parker está por ver. El trasvase de Connors de la enseñanza a la investigación corporativa se ajusta como un guante, pero no así el de Gwen como la lugarteniente de becarios (y no internos, como se traduce erróneamente) y experta en ciencia. También llama la atención la ausencia de J.J. Jameson y su Daily Bugle, justificada para alejarse de la anterior trilogía, y suplida con un Capitán Stacy capaz de encajar mejor en la parábola sobre transformaciones, escopeta repetidora en mano y nitrógeno líquido mediante.

Los primeros datos apuntan a que Sony, si bien no ha conseguido un éxito arrollador de crítica (está por ver la del fandom), ha conseguido que a Spiderman le vuelva a crecer el brazo que perdió en taquilla con el baile callejero de hace algunos años, con un suero a base de mucho Peter Parker, acción bien controlada y amoríos adolescentes. En los tiempos que corren para el cine de superhéroes, cuya nueva generación y mayor competencia piden un esfuerzo extra, no es mal comienzo. Habrá que ver como toma las curvas el nuevo Trepamuros…



ha comentado el 7 julio, 2012 a las 12:43h
La verdad es que lo que mas me ha gustado de la peli han sido Peter Parker y Gwen Stacey . Andrew Garfield humilla a McGuire, con un Peter mas humano, sin bailes ni peinados emo. La relación entre Peter y Gwen genial, ella lo hace infinitamente mejor que la soseras de Dunst. Y los movimientos de Spiderman, mucho mas arácnidos, la trampa de las alcantarillas, demostrando que Peter pega con los puños y el cerebro, las coñas durante la pelea, en resumen, un Spiderman mucho mejor que el de Raimi.
Pero en la parte negativa, El Lagarto, parece de chiste, lo han cambiado completamente, no arrastra las eses, tampoco me gustaron la Tía May, y que no se diga LA FRASE, aunque el Tío Ben dice el concepto, no la dice, y en esta película tiene mas sentido que nunca, Peter creó al Lagarto, es su responsabilidad.
Para terminar con buen sabor de boca, decir que mi escena preferida fue la de las grúas, una lagrimilla cayó.