El hombre que se dejó crecer la barba

 

Edición original: De man die zijn baard liet groeien; Bries (2010).
Edición española: febrero de 2012, Fulgencio Pimentel.
Guión, dibujo, entintado y color: Olivier Schrauwen.
Formato: tomo de 112 págs. encuadernado en rústica con solapas.
Precio: 21,00 €.

 

El nombre de Olivier Schrauwen (Brujas, Bélgica; 1977) comenzó a sonar por estos lares gracias a Mi pequeño, inclasificable obra publicada por Norma Editorial que, al igual que el resto de trabajos de este historietista belga –Le miroir de Mowgli y el tebeo que hoy nos ocupa– recibió la distinción de formar parte de la Selección oficial del Festival de Angoulême. Aquel trabajo primerizo destacaba por la indisimulada vocación de homenajear a los clásicos de las tiras de prensa norteamericana, especialmente a un Winsor McCayLittle Nemo in Slumberland, Little Sammy Sneeze– cuya influencia determinaba claramente los parámetros gráficos sobre los que se desarrollaban las desventuras de un padre viudo y su diminuto hijo, protagonistas de una surrealista retorsión del mito de Benjamin Button ideado por F. Scott Fitzgerald. Pero más allá de guiños y homenajes, y dejando a un lado el innegable virtuosismo gráfico que invita a paladear cada página, la lectura de Mi pequeño permitía hacerse una idea del imaginario que bullía en la mente del autor, poseedor de un particularísimo sentido del humor, de lo grotesco y lo cruel, quizás un tanto encorsetado precisamente por la condición de tributo que conceptualmente condiciona esta obra.

Cabía pues preguntarse por qué derroteros discurrirían las siguientes incursiones en el mundo del tebeo de este animador, ilustrador, músico e historietista; si se sacudiría el influjo de McCay para sacar a relucir un estilo más personal, o incluso si se decantaría por un cambio de rumbo formal y temático, en lugar de continuar transitando coordenadas estética y emocionalmente cercanas a la primera obra con la que llamó la atención de lectores y medios especializados. Transcurridos casi tres años desde su debut en el mercado español, obtenemos respuesta a dichos interrogantes gracias a la publicación de El hombre que se dejó crecer la barba, cuya edición corre por cuenta de la editorial logroñesa Fulgencio Pimentel. Un cuidado volumen que recopila diferentes historias cortas anteriormente contenidas en revistas como Mome, Canilona o Strapazin; y que varía respecto a otras ediciones en la inclusión de la desatada coda titulada Fanthesizer, y la exclusión de la historia que abría la versión francesa de este recopilatorio, siempre por deseo expreso del autor.

Dos páginas de El hombre que se dejó crecer la barba, extraídas de la web de Fulgencio Pimentel.
(haced click sobre las imágenes para ampliarlas)

Suele suceder con antologías de este tipo –que recogen trabajos realizados en diferentes periodos, empleando múltiples técnicas y por encargo de publicaciones diversas– que la variedad termina por afectar a la cohesión, dificultando el mantenimiento de un nivel de calidad uniforme y el establecimiento de un discurso coherente; pero esta selección de trabajos que Schrauwen ha ido puliendo en sus diferentes ediciones, denota un proceso muy meditado, totalmente alejado de lo azaroso para estructurar una serie de historias cortas que tienen más en común de lo que en principio aparentan. El vínculo común más evidente y anecdótico es el hecho de que todos los protagonistas lucen un prominente vello facial; pero yendo un paso más allá, enseguida se aprecian los temas de fondo que propone el autor: principalmente, los estado mentales alterados, la interrelación entre realidad y ficción, la incapacidad para discernir la diferencia entre ambas, y lo primal, casi gutural, del dibujo entendido como una forma de expresión fuertemente vinculada con los instintos más básicos –con la propia naturaleza– del hombre. También la presencia de una sexualidad y violencia en ocasiones latente o contenida, en otras más patente, y de una suerte de terror casi… expectante, como evocador del sempiterno e inevitablemente silencioso Grito de Edvard Munch; teoría que bien podría refrendarse al constatar cómo el historietista belga admite que “de pequeño, lo que más me atraía era el terror. Ese exagerado ‘AAAAHH’ propio de quien cae a través de una ventana o va a recibir un tiro en la cara”. Pero también del terror más sutil que emana de las obras de su admirado Tardi, “que siempre mantienen su agradable y oscura visión de la humanidad”. Porque en las páginas de este cómic también se aprecia un claro interés por adentrarse en los rincones más turbios de nuestra mente, por retratar aquellos estados en los que nuestro juicio no acierta a delimitar con claridad los límites de las experiencias reales y las imaginadas… siempre con la expresión gráfica como telón de fondo o punto de encuentro de estos episodios.

Vídeo publicado en la página web de Fantagraphics.
(Aclaración: tal y como se explica aquí,la edición española difiere de la americana)

Cuestionado acerca de este libro, Art Spiegelman señala su evidente vinculación con el Art Brut apadrinado por el pintor y escultor francés Jean Dubuffet, que en su esencia prestaba atención a las expresiones artísticas surgidas de gentes ajenas a los circuitos habituales, carentes de una formación al uso y, por tanto, libres de las correspondientes reglas, convenciones y modelos estéticos de los que parte la vertiente más académica y mayoritaria del Arte. Una tendencia elevada a su máxima expresión precisamente en relación al trabajo de autodidactas, niños y ancianos, pero también de pacientes de instituciones psiquiátricas, prisioneros e inadaptados sociales… siempre con la intención de explorar las manifestaciones más espontáneas del potencial artístico que todos atesoramos. No cabe duda de que Schrauwen se ha inspirado en dicha tradición, tal y como acredita la presencia de buena parte de sus rasgos distintivos: la plasmación de figuras que representan la intersección de lo básico, pueril, cruel y morboso; o la tendencia hacia la mutabilidad y la deformidad, puesta en relación con lo absurdo y grotesco. Pero el autor logra alcanzar un equilibrio aparentemente imposible para combinar ese “regreso a lo espontáneo” y el recuerdo del Primitivismo, con la experimentación más sorprendente, en ocasiones a través de una conmixtión artística –animación primigenia, ilustraciones propias de manuales antiguos, dibujos “infantiles”, etc.– que, lejos de resultar chocante, propicia una perturbadora armonía. Así sucede en Cabello Loco, donde disfrutamos de un “análisis freno-tricológico” que por disparatado, bien podría haber firmado el criminólogo Cesare Lombroso; en la inquietante La tarea, donde se urge de forma angustiosa a unos alumnos muy peculiares a que se esmeren en la realización de una serie de ejercicios creativos; o en la historia que da título a esta recopilación, junto a El imaginista, lo mejor de un libro repleto de interesantes hallazgos.

Dos páginas de la obra, vistas en la web de la editorial Bries.
(haced click sobre las imágenes para ampliarlas)

Dice Schrauwen que sus libros tienen “una autenticidad muy falsa”, en buena medida porque la apariencia añeja de parte de su obra se obtiene a través de “colorear mis cómics con el pc, y copiar y pegar determinados patrones que creo (…) aunque en ocasiones me encuentro a mí mismo volviendo atrás para recolorear a mano”. Pero su gran mérito es el de que esa “falsedad” no empañe, sino que enriquezca, la experiencia de lectura; porque aún siendo plenamente conscientes de que esta obra ha sido realizada en pleno S. XXI y de que su autor apenas ha cumplido los 35 años, no deja de sorprender la fusión entre tradición y modernidad, la experimentación que nace de la reflexión acerca del hecho de crear y de la exploración de las fronteras y las posibilidades del medio. Experimentación que además no parece impostada, artificiosa ni innecesaria, y que, paradójicamente –por su vinculación con el Art Brut–, ha sido abordada desde la lucidez, el desprejuicio y un dominio artístico multidisciplinar demostrado a través de una innegable versatilidad.

Tal vez, como sugiere la cita promocional extraída de una reseña del Publishers Weekly, conviene “adentrarse en el libro y experimentarlo en toda su ferocidad”, en lugar de intentar racionalizar los objetivos artísticos y el proceso creativo ocultos tras la realización de El hombre que se dejó crecer la barba. Pero resulta inevitable que los resultados del ejercicio de ensayo y error –hay mucho más de lo primero que de lo segundo– de Schrauwen inviten al análisis y la reflexión de los caminos que hasta ahora ha transitado este talentoso autor, responsable de uno de los mejores tebeos publicados durante el presente año.

Enlaces de interés


 Blog oficial de Olivier Schrauwen.
 Fichas de la obra en las webs de Fulgencio Pimentel y Bries.
 Reseñas de este cómic, publicadas en Entrecomics, Mandorla y La Novena Página.
 Entrevistas a Olivier Schrauwen, publicadas en Fnac.tv y Broken Frontier.