PREFACIO
Ah… La pasión por el motor: el rugido de las máquinas, el chirrido de los neumáticos, la adrenalina de la alta velocidad, los reflejos casi sobrehumanos de los pilotos… Parece el coliseo moderno perfecto. Una oda a la simbiosis entre tecnología y ser humano. ¿Quién podría resistirse a tal cóctel de emociones durante media, una, dos o las horas que hagan falta?
Pues un servidor, la verdad. No solo puedo resistirme, sino que además admito no ser capaz de ver una carrera en cualquiera de sus formatos habituales sin caer en un sueño profundo antes de la tercera curva. Habrá quien me eche la culpa por andaluz, pero lo cierto es que nunca he conseguido pillarles el puntillo a estos eventos. Ni Fórmula 1 ni Dacar ni Moto GP… Ni siquiera la vuelta ciclista.
Sin embargo, todo puede cambiar en cuanto se le pone un poquito de narrativa, personalidad y acción. Anda que no me lo paso bien con programas como Humor Amarillo, Ninja Warrior y derivados. A veces, lo único que se necesita para crear el mayor de los espectáculos son unos cuantos obstáculos, una tira de luces rechulonas y a un pescador humilde llamado Makoto Nagano que dedique cada día de su existencia a entrenar para alcanzar la gloria ninja. Alguien que no deje de intentarlo, sin importar las veces que fracase, que se niegue a mirar abajo tras llegar demasiado tarde a la cima del monte Midoriyama porque solo lo hará “cuando alcance la victoria”.

En efecto, me he venido arriba.
Pero eso no quita que los japoneses se saben muy bien este temario, como han podido demostrar en numerosas ocasiones. Dentro de la ficción encontramos clásicos como Inital D, Redline o la estrella de este artículo: Mach Gogogo, también conocida como Meteoro o, con más frecuencia, Speed Racer.
En versiones anteriores…
Speed Racer es una franquicia creada por Tatsuo Yoshida y protagonizada por un personaje homónimo que participa en carreras a lomos del Mach 5. Este coche es creación de su padre, “Pops Racer”, quien resulta ser un ingeniero mecánico brillante que se opone a las veloces aventuras de Speed como consecuencia del pasado de Rex, otrco de sus hijos y hermano mayor de Speed.
El elenco de secundarios se completa con la madre de Speed y su hermano pequeño, Spritle o “Chispita”, caracterizado por tener un chimpancé como mascota —el dicho de que cualquier historia mejora con un chimpancé es tan absurdo como cierto—. También tenemos a Trixie, la novia de Speed. Todos ellos ofrecerán su apoyo a Speed para ayudar a cumplir su sueño de convertirse en piloto de carreras profesional.
Al menos, así se planteaba en la historia original. Ha habido muchos intentos de revitalizar la franquicia a través de reinicios, secuelas y hasta una película de acción real dirigida por las hermanas Wachowski. No obstante, ninguna ha llegado a cuajar del todo.

¿Qué es lo que falla? ¿Qué impide que una franquicia que se percibe con mucho potencial triunfe en tiempos más actuales? Esas son las preguntas a las que se intenta dar solución con la nueva propuesta de Mad Cave Studios.
Borrones a trescientos por hora
Con guion de David Pepose, dibujo de Davide Tinto y color de Rex Lokus, el primer número de Speed Racer nos ofrece un intento claro de reinterpretar la historia que conocíamos a partir de la cultura y las sensibilidades de hoy en día.
Tenemos una historia que arranca en plena carrera, pues no se olvida de que aquí el lector entra por los borrones en forma de cochazo a trescientos por hora. Eso es por lo que entra. Hasta ahí llegamos todos. Ahora toca lo más difícil: ¿cómo consigues que se quede?
La propuesta de este número propone una mezcla de conducción trepidante, acompañada de buenas dosis de inventiva y riesgo, que se combina con narración superpuesta y escenas paralelas del pasado. De este modo, el inicio cumple con la misión de entretener, mostrarnos la lógica de las carreras de este mundo, presentar el pasado del protagonista y comenzar el arduo intento de que conectemos con el núcleo emocional de la historia. Al mismo tiempo, eso sí, se podría argumentar que la densidad de la información hace que la carrera resulte menos trepidante.
Una mirada distinta y alguna que otra sorpresa
En todo caso, la escena inicial establece una base sólida sobre la que desarrollar el resto del número, en el que van apareciendo elementos clásicos de Speed Racer a los que se ha dado una vuelta de tuerca.
Por ejemplo —y aquí voy a destripar algunos detalles del número, así que puede que os interese saltaros el párrafo si pensáis leer el cómic—, ahora el padre de Speed es un ingeniero apenumbrado que atraviesa una difícil crisis económica. Speed, en consecuencia, se apunta en secreto a carreras callejeras superpeligrosas. Su objetivo no es algo tan inocente como “convertirse en un gran piloto de carreras”, sino conseguir el dinero que necesita su familia —si se busca que los jóvenes se sientan identificados, es una premisa genial—. Sí se mantiene la motivación de seguir los pasos de su hermano mayor piloto.
Por otro lado, la inocencia de Spritle, el hermano pequeño, se sustituye por la de un menor que atrae clientes para las apuestas de las carreras ilegales con la intención de rapiñarles el máximo dinero posible. El chaval intenta engañar hasta al propio Speed al darle su parte del pastel. Cabe destacar que Spritle sigue teniendo a un chimpancé como mascota, pero a lo mejor habría que preguntarse si su nueva mentalidad no encajaba más con un tremendo tiburón.

Trixie se nos presenta como una completa desconocida con la que Speed se encuentra en un restaurante de casualidad. De ahí nace una escena en la que pasan de ser desconocidos a casi pedirse la mano en poco más de tres páginas. Aun así, la escena se ejecuta con la elocuencia suficiente como para que no resulte del todo inverosímil.
El resto del número sigue la misma tónica del principio, con mucha narración superpuesta y cambios de escena que van cayendo mejor conforme entramos en calor y nos recuperamos de la ola de exposición inicial.
Un dibujo cumplidor para unos diseños exquisitos
El dibujo de Davide Tinto y Rex Lokus no me transmite mucho por ahora. Tiene un regustillo general al típico aspecto de los cómics de BOOM! Studios, si acaso esa explicación tiene sentido para alguien. Es decir, está apañado, narra con cierta soltura, sin que nos perdamos, con un buen nivel de expresividad… pero sin ofrecer una personalidad propia. Lo único que me ha gustado en especial han sido los diseños de los personajes. Creo que todos presentan actualizaciones muy interesantes; sobre todo un personaje que aparece al final y cuya identidad no procede revelar en el presente artículo.
Las portadas, eso sí, son espectaculares; tanto la principal como las alternativas. Os invito a que les echéis un vistazo. A mí me dan ganas de tener un póster de la mitad de ellas.
Para cuando llegamos a la última página, tras la mejor escena de conducción del número, se nos deja con muchos frentes abiertos y una comprometida situación de encerrona. No es un primer número que me haya impresionado de ninguna manera, pero resulta difícil cerrarlo y no quedarse con ciertas ganas de leer lo que viene después. Tendremos que esperar un poquito más para ver si esta nueva resurrección de la franquicia acaba por encantar o cae en el mismo saco roto que muchas de sus tocayas.
Y, ya que estamos, dejo por aquí el fantástico artículo que nuestro compi Jordi Querol dedicó a Speed Racer en su día, por si a alguien le apetece leer un poquito más sobre la franquicia.
Lo mejor
• El intento por ofrecer una mirada distinta de la franquicia.
• Va mejorando desde el principio hasta el fin.
• Los diseños de los personajes.
• Las portadas: una delicia.
• Deja con ganas de más.
Lo peor
• El inicio del cómic es más denso de lo que se esperaría para una carrera que trata de resultar trepidante.
• El dibujo, si bien cumple con soltura en lo narrativo, puede resultar algo faltante de personalidad.














La franquicia me da igual, pero mis dieses solo por la referencia a Makoto Nagano.
¡Una reseña muy currada!
Un saludo
¡Jajaja! ¡Gracias, me alegro de que alguien más siga apreciando al gran Nagano!