Lapinot y las zanahorias de la Patagonia

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Edición original: Lapinot et les Carottes de Patagonie; 1992, L’Association (Collection Ciboulette).
Edición España: septiembre de 2009; Astiberri Ediciones (Colección sillón orejero).
Guión y dibujo: Lewis Trondheim
Formato: tomo de 512 págs. encuadernado en rústica con solapas.
Precio: 35,00 €.

A la hora de abordar la lectura de un tebeo, no siempre es conveniente conocer su intrahistoria, las circunstancias o los propósitos que rodearon su creación y desarrollo. Suelen ser éstos datos que aplacan la curiosidad de aquellos que no se conforman con la lectura del cómic en cuestión, sino que además disfrutan adentrándose en los entresijos del proceso creativo, indagando en la información que contribuye a contextualizar la obra, poniéndola en relación a la época en la que se realizó y a las circunstancias, inquietudes personales y particularidades profesionales de su creador. No siempre es conveniente, porque en ocasiones estos detalles pueden distraernos de un contenido que supuestamente debería ser comprensible y valorable de forma independiente a dichos factores. O porque durante el proceso se puede perder parte de la “magia” intrínseca a muchas obras de ficción…

Pero en determinadas ocasiones, no solo es conveniente, sino imprescindible, para así poder valorar la obra en su justa medida. En caso contrario, el chasco o el desconcierto podrían ser mayúsculos.

Es el propio Lewis Trondheim quien en la introducción de Lapinot y las zanahorias de la Patagonia se encarga de advertirnos acerca de las peculiaridades de esta obra, surgida como respuesta a la imperiosa necesidad de crear un tebeo extenso, pese al convencimiento de no estar preparado para abordar el apartado gráfico. Ni corto ni perezoso, el historietista nacido en Fontainebleau (Francia, 1964) se puso manos a la obra con la intención de sortear sus limitaciones: armado con un taco de 500 folios, planteó una distribución de viñetas uniforme (3×4), para a continuación dibujar página tras página, improvisando, forzándose a buscar soluciones narrativas, a pulir su trazo. Tratando, en definitiva, de convertir este ejercicio de ensayo y error en un proceso destinado a aprender a dibujar tebeos.

Fruto de este afán autodidacta / experimental, el cofundador de L’Association sacó de su chistera un conejo antropomorfo convertido en protagonista de una historia que, a medio camino entre lo infantil y lo surrealista, revela la improvisación de la que es fruto. El ¿argumento? nos presenta al bienhumorado Lapinot, quien goza del cariño y el respeto de la mayoría de sus vecinos. Convertido en todo un héroe, tras vencer al malhechor de turno, tan solo pretende llevar una existencia apacible… hasta que le es revelada la existencia de las zanahorias de la Patagonia, cuya ingesta otorga la habilidad de volar. Obsesionado con la idea, Lapinot emprende un viaje con destino a la gran ciudad, donde pretende visitar la embajada de la Patagonia, para que así le sean revelados los secretos de tan misteriosos tubérculos. Pero durante su viaje, nuestro protagonista se verá obligado a enfrentarse a numerosos impedimentos, convirtiendo un trayecto de mero trámite en una odisea en toda regla.


Dos páginas interiores de la obra publicada por Astiberri
(haced click sobre las imágenes para ampliarlas)

Pese a la breve sinopsis esbozada, el argumento es lo de menos: Trondheim se limita a improvisar, a plantear sobre la marcha nuevas situaciones, a sacarse de la manga una galería interminable de personajes, cada cual más pintoresco. A jugar, a experimentar, a inventarse un pequeño mundo de ficción habitado por individuos extraños, de lógica, discurso y conversación imprevisibles. El problema es que, aparentemente preocupado de forma exclusiva por su proceso de aprendizaje, la obra presenta una ausencia total de consistencia, limitada a una constante sucesión de situaciones, escenarios y personajes. Caos, imaginamos que consciente y premeditado, pero al fin y al cabo Caos.

Nada que objetar, pues ese era el objetivo confeso del autor y así nos lo advierte en la introducción. Es más: resulta divertido e interesante observar con complicidad estos primeros y dubitativos pasos de Trondheim, siendo conscientes de que con el paso de los años se ha convertido en uno de los autores más representativos de la BD contemporánea. Sin embargo, determinados pasajes de esta obra resultan realmente plomizos, en buena medida debido a la composición de página que, por su rigidez, habrá obligado a poner a prueba la imaginación del autor… y la paciencia del lector que escribe estas líneas, hastiado por la monotonía compositiva –que, dicho sea de paso, limita sobremanera las posibilidades experimentales– y la concatenación de viñetas de relleno.

Dicen que antes de correr hay que aprender a caminar. En Lapinot y las zanahorias de la Patagonia nos encontramos con un Trondheim que avanza a ritmo de gateo, en ocasiones amenaza con incorporarse para caminar a paso ligero, pero apenas se atisban los rasgos definitorios del “velocista” que es en la actualidad. Una lectura curiosa y valiosa, en la medida en que sirve de testimonio de las primeras etapas de un historietista hoy consagrado por méritos propios, y de un personaje al que le sacaría mayor partido en una serie posterior, mucho más consistente. Pero probablemente una mala elección para adentrarse por vez primera en el imaginario de este autor. Aún partiendo de un conocimiento parcial de su obra, me atrevería a recomendar de forma mucho más efusiva títulos como Mis circunstancias, Desocupado, La maldición del paraguas o El síndrome del prisionero, que en una vertiente autobiográfica regada de humor, (creo que) proporcionan una lectura mucho más agradecida, divertida y representativa del talento de Trondheim.

Un saludo y hasta la semana que viene! (eso espero)

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Lo tengo pendiente aún de leer, pero como fan confeso que soy de Trondheim y de su Lapinot en particular, no tardaré mucho. Como dices, la historia que hay detrás de este tebeo es, en esta ocasión, tan interesante como pueda serlo la propia obra. En  cualquier caso, es verdad que si alguien quiere empezar con Trondheim, mejor que lo haga con los cómics que citas o con cualquiera de los álbumes de Lapinot.

Saludos, David!

Raúl López
Admin

A mi Trondheim me comenzó a fascinar con La mazmorra y ya con Lapinot se me confirmó como uno de esos autores a los que hay que seguir haga lo que haga, dicho esto, me temo que tendré que probar este álbum 🙂 gracias por la reseña David.

Toni Boix
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Pues a mí Trondheim, con Lapinot, no me va nada en absoluto 🙁

Chesterton III
Lector
Chesterton III

Una obra maestra

Sergio (tirafrutas)
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Sergio (tirafrutas)

Una anábasis por partida doble en toda regla. No lo recomendaría a neófitos de Trondheim, sólo a incondicionales.