Edición original: Batman: Gotham by Gaslight – The Kryptonian Age 1-6 (DC Comics, 2025)
Edición nacional/España: DC Elseworlds. Gotham a luz de gas: La era de Krypton (Panini Comics, 2025)
Guion: Andy Diggle
Dibujo: Leandro Fernández
Entintado: Leandro Fernández
Color: Matt Hollingsworth, Dave Stewart.
Traductor:: Santiago García
Corrector: Enrique Acebes
Realización Técnica: Fanhunter y Núria Moreso
Formato: Cartoné. 216 páginas. 27,50€

La fiebre de la kryptonita

«Impostor»

DC decide resucitar el sello Elseworld en 2025. No es que decida volver a publicar aventuras en (o de) otros mundos, si no que a las que ya publicaba decirles darles un paraguas, con la intención de autoexigirse publicaciones periódicas en tierras alternativas y a ser posible, nuevas.

El primer título del sello es Guerreros Oscuros de Acero: All Winter. Empezamos con una secuela de un título exitoso y continuamos con otra secuela, esta vez la del primer Elseworld; Batman a la Luz de Gas. Segunda secuela en este caso, pero mucho más directamente relacionada con el especial dibujado por Mignola que por el de Barreto.

Sin embargo, los paralelismos con la original son meramente superficiales.

Lo obra está ambientada en el siglo XIX, tenemos una Gotham oscura y ominosa, un dibujo que nos puede recordar a Mignola (o a Risso) por parte de Leandro Fernández.

Batman a la Luz de Gas era una obra contenida, que implosionaba en una Gotham asfixiante y neblinosa. Había bastantes referencias al mundo de Batman (Gordon, Alfred, Gotham) y poco más.

Esta continuación es mucho más expansiva (pasamos de un número de 56 páginas a una miniserie de 6 números de 36 páginas) que se dedica a mostrarnos la versión decimonónica del universo DC. El primer número ya empieza en Kansas donde vemos a un matrimonio de peregrinos en un carromato. Luego una tal Selina Kyle coge las riendas de la narración y nos muestra los diferentes estratos de Ciudad Gótica.

Selina adopta su identidad felina para robar un anillo verde… de kryptonita. La serie va avanzando y cambiando de escenario presentándonos más y más versiones de personajes. Batman es apenas uno más (aunque es el que necesita menos presentación porque es el protagonista de toda la saga). Veremos a Talia, Diana (es casi un homenaje de Frank Miller, a 300 y a su versión de WW en DKIII), Constantine, Jonn Jonzz…

La curiosidad de ver como son estas nuevas versiones hace avanzar la trama. Los autores lo único que hacen es abrir el abanico, abrirnos al mundo al más puro estilo de la literatura popular decimonónica con sus descubridores, sus exóticas aventuras árticas o selváticas.

Esta expansión en la secuela es algo que ya hemos visto anteriormente en obras como el Clavo o DK, donde pasamos de la versión de un personaje (Batman) o lugar (Gotham) concreto a la versión de todo (o casi todo) el universo DC.

Esta versión “gótica” suele ser recurrente en Batman que, ya que ha tenido cruces con Poe, Drácula, Holmes o el ya “esmentado” Jack El Destripador. Quizás por este motivo, es la versión que despierta menos curiosidad y también la menos trabajada.

La trama avanza abriéndose, número tras número a nuevas versiones decimonónicas de los personajes. Diggle hace un trabajo encomiable en mantener el interés pese a las constantes presentaciones y a las referencias obligadas a las tradiciones de cada personaje. Se apoya en la ventaja que supone el constante cambio de escenario y de ritmo. Los personajes son reconocibles en su definición más típica, a pesar de que el guionista los moldea a su gusto y de diferentes maneras.

Toda la historia orbita al punto neurálgico de Smallville, lugar icónico del comic de superhéroes, y centro aquí de la trama al ser la diana de una nave espacial kryptoniana. Como si fuera una especie de El Dorado, todos los itinerarios convergen allí, en pos de la codiciada kryptonita.

Al ampliar este mundo, Diggle suma nuevos géneros, en este caso el western. En Smallville hay un sano muchachote de ojos azules con extraños superpoderes.

La trama converge en este punto donde empiezan a cruzarse los personajes y a dejar todo preparado para el segundo tomo, donde van a empezar a resolverse cosas. Y a pesar del buen hacer de Diggle, de su oficio y de su capacidad de mantener el interés, nos deja un poco en ascuas, tras tantas y tantas páginas de mera presentación y situación de los personajes.

Por otra parte, está Leandro Fernandez, de estilo sintético, (muy) cercano a Eduardo Risso y con ciertas reminiscencias a Mignola. Al menos más que las que tiene a Barreto. En este sentido supone otro guiño al primer Elseworld… pero no tiene el toque realista de Mignola y la devoción de este por la estética del siglo XIX.

Dado que la Era Kryptoniana es mucho más amplio, podríamos pensar que DC ha buscado un dibujante más polivalente temáticamente pero continúa quedando “raro” un dibujo típicamente del siglo XXI, sencillo, sintético, minimalista… digital, con un color también digital de Matt Hollingsworth, para situarnos en el siglo XIX.

No es que Fernández no haga un buen trabajo, narrativamente eficaz, con personajes reconocibles, trabajando las expresiones de los protagonistas sin que parezca una fotonovela ni bustos parlantes… pero el encaje con la trama le hace parecer demasiado funcional, cumplidor.

Si lo que quería DC es el juego de luces y sombras, texturas graníticas en esculturas y edificios, un toque de terror y una estética gótica, podía haber recurrido a la dibujante griega Dani, que de hecho ya ha realizado un especial navideño ambientado en el universo Gaslight y que nos recuerda mucho más a Mignola… (y a Miller).

De todas formas, vamos a continuar con el desenlace (que tiene el sugerente nombre de Justice League) porque el tebeo es suficientemente entretenido y curioso, no en vano conserva el delicioso aroma de los Elseworlds.

Dc

Lo mejor

• Un nuevo, viejo, otro mundo.
• Es imposible que no salga tu personaje DC favorito.

Lo peor

• Es algo funcional, le falta magia.

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