Capitán América y los conflictos raciales en la América actual

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Aviso de Spoilers: El artículo que sigue a continuación trata información de actualidad en Estados Unidos, por lo que puede desvelar detalles argumentales que todavía no han sido abordados en la edición española.

Cuando hablamos de la habilidad de Marvel para mantenerse en contacto con la actualidad social, lo más común es usar a Spider-Man o los X-Men como ejemplo. No es que se limite a estas dos franquicias, ya que es un aspecto presente en toda la historia global de la editorial. Sin embargo, son las que y tradicionalmente más interés han mostrado en poner los pies en la tierra, y las que más cerca han estado de los problemas cotidianos del hombre común. O al menos, con excepción del Capitán América. Conflictos de componente racial en suelo de los Estados Unidos se han apoderado de las principales plataformas de información esta semana, recuperando de forma inesperadamente trágica el lado más apegado a la actualidad del icono americano. Dada la relevancia de los mismos, a continuación os ofrecemos un repaso básico de los paralelismos entre realidad y ficción, y como los temas abordados actualmente en la serie se han visto reflejados en una semana marcada por el drama y el dolor.

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A pesar de formar parte de los países que se sumaron a la abolición de la esclavitud -iniciada por Francia en el siglo XIX-, basar buena parte de la economía de sus primeros siglos en el uso de prisioneros de origen africano y tener que atravesar una Guerra Civil para consumar su liberación, los Estados Unidos se han visto afectados por una profunda herida que nunca termina de cicatrizar. Una herida que dificulta que la convivencia entre ciudadanos de diferentes etnias y procedencias convivan de forma totalmente pacífica y en completa igualdad, y con la que -a pesar que la situación actual sea muy diferente a la de entonces- todavía parece quedar un muy largo camino por andar. Que 151 años después de que se les diera libertad, todavía hoy haya gente que pueda hablar de que sus abuelos eran esclavos, ilustra perfectamente lo reciente que está todavía el daño. Más si tenemos en cuenta que nla declaración del Acta de Derechos Civiles que igualaba la consideración igualitaria de todos los habitantes de los Estados Unidos -independientemente de su color de piel o género- no se produjo hasta hace 58 años.

Con nombres como Booker T. Washington, W. E. B. Du Bois, Emmet Till, Rosa Park, Marcus Garvey, Martin Luther King, Malcolm X, Muhammad Ali o Thurgood Marshall labrando una senda que conduce hasta la elección de Barack Obama como primer presidente negro, los Estados Unidos continúan enfrascados actualmente en un situación de tensión racial de destino incierto. Si una larga historia de Ku Kux Klan, violencia, ajustes de cuentas, asesinatos varios y discriminación no hiciera la convivencia suficientemente difícil en el país, la relativa paz alcanzada durante el presente siglo ha terminado viéndose turbada a consecuencia de varios incidentes entre las autoridades y los ciudadanos de etnia negra, cuestionándose la objetividad de los primero a la hora de tratar a los segundos, así como la suma frecuencia con la que estos encuentros han terminado resultando en el uso de la fuerza desmedida. O lo que es peor, el uso de la fuerza letal.

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Año 2009. La estación de Fruitvale en Oakland se tiñe de rojo a causa de los acontecimientos recientemente trasladados al cine por Ryanb Coogler y Michael B. Jordan (Fruitvale Station, 2013). Año 2014. Michael Brown muere como resultado de un encuentro con un agente de policía en Ferguson, Missouri. Año 2015. Freddie Gray Jr muere en Baltimore en misteriosas circunstancias, mientras se encontraba en manos de la policía. Tres casos separados dentro de una larga lista de incidentes similares, fundamentales para entender las numerosas manifestaciones cuestionando el tratamiento que está recibiendo la comunidad negra de los Estados Unidos a manos de la policía, varias de las cuales han acabado con conflictos violentos entre ambas partes.

Conflictos que están siendo abordados en la saga actual de Sam Wilson, Capitán América, queriendo las circunstancias que su última entrega se publicase un día antes de que cinco agentes de policía fueran abatidos a manos de un francotirador en Dallas (Texas). Los hechos tuvieron lugar durante una manifestación organizada por en movimiento Black Lives Matter en memoria de Alton Sterling y Philando Castile -dos nuevas víctimas a manos de la policía de Louisiana y Minnesota-, resultando en otros siete oficiales y dos civiles heridos, además de los ya citados muertos.

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En la ficción, el otrora Halcón se enfrenta a un tumultuoso hervidero de difícil resolución, iniciado por el incremento de brutalidad policial -aquí representada por la milleriana figura de los Americops- contra las minorías raciales, mientras el antiguo miembro de los Nuevos Guerreros y los Vengadores Rabia encabeza una revuelta violenta contra ellos. En la realidad, el militar en la reserva Micah X. Johnson fue declarado responsable de los asesinatos, después de ser perseguido y abatido por medio de un artefacto explosivo, tras horas de negociación en un parking de cocheras cercano. La investigación resultante determinaría que Johnson actuó por cuenta propia, y que el ataque fue iniciado en respuesta a las recientes muertes de miembros de la comunidad negra a manos de las autoridades.

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Horrorizando a toda la nación, las ocho víctimas mortales producidas en los encuentros entre ciudadanos de color y policías durante esta semana son una muestra la forma tan trágica en la que la realidad se empeña en superar a la ficción, así como la complicada situación a la que nos encaminamos si el conflicto continúa en escalada. Medios como The New York Post ya se apresuran a hablar temerariamente de una “guerra civil”, generando una fuerte controversia entre otros medios como The Daily News, quienes les acusan de avivar las llamas. En general, la respuesta visible está siendo de condena a los responsables de las muertes de ambas partes, tanto por los miembros de Black Lives Matter en concreto, como del grueso de la población estadounidense en general. Sin embargo, el desconcierto sigue en aumento en las puertas de las elecciones presidenciales de noviembre, sin que nadie tenga demasiado claro hacia donde nos dirigimos.

En su caso, el guionista de la actual etapa del Capitán América ha dejado clara su repulsa tanto a los eventos que han derivado en las ocho muertes fruto de la violencia racial en esta semana, como para el alarmismo creado desde parte de los medios. Dejando clara su determinación de seguir adelante con la historia, Nick Spencer considera que en circunstancias como estas no solo es importante no silenciar el compromiso, sino que además es cuando más necesario resulta manifestarse. Siendo muy claro desde la perspectiva del guionista que el problema de su país no se encuentra tanto en que haya personas de diferentes ideologías enfrentadas unas contra otra -sino la suma facilidad con la que tienen acceso a las armas-, Spencer tampoco se privaría de señalar a través de su Twitter del diferente rasero con el que se abordan estas tragedias según el color de la persona responsable.

En su cuenta, Spencer relataba cómo cuando una persona blanca comete un acto similar al ataque orquestado por Micah X. Johnson, la opinión general suele achacarlo a la inestabilidad mental del responsable, mientras que cuando ocurre con alguien de otra etnia se suele hablar de los ejecutores como si estuvieran hablando en representación de un colectivo. El guionista de las cabeceras de Sam Wilson Capitán América y Steve Rogers Capitán América se suma a la larga lista de autores que han usado las páginas de la colección para hablar de circunstancias políticas y sociales que afectan a su nación. En su caso, Spencer es uno de los pocos con los que se ha dado el caso en el que la Historia estuviera ocurriendo de forma simultánea a su narración en los cómics, como sucediera en los años cuarenta cuando Joe Simon y Jack Kirby realizasen la declaración de intenciones que dio como resultado la creación del personaje.

Aquel cómic en cuya portada el Capitán América golpeaba la cara de Hitler -y que fue publicado meses antes del bombardeo de Perl Harbor, así como de que Estados Unidos tomara parte activa en la II Guerra Mundial- fue el primera de las muchas ocasiones en los que la cabecera se hizo eco de de las circunstancias de su momento. Ahí estaban la saga del Imperio Secreto de Steve Englehart mientras Richard Nixon todavía se encontraba en la presidencia, a Nuke como fantasma de la Guerra del Vietnam, al U.S.Agente heredando el manto de Rogers -como encarnación de la beligerante América de Ronald Reagan- o Mark Millar, John Nay Rieber y Robert Morales abordando las consecuencias de los atentados del 11 de septiembre en The Ultimates y Marvel Knight: Capitán América entre otros muchos. La determinación a mantenerse fieles a unos principios concretos llegó a tal punto, que la editorial incluso retconearía parte de la historia del personaje, haciendo que el Capitán América de los años cincuenta se convirtiese en alguien completamente distinto a Rogers.

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En lo que respecta a cuestiones de calado racial, el enfrentamiento entre el Capitán América y Pantera Negra en Tales of Suspese (1968) fue el primer gran acontecimiento que tuvo lugar en sus páginas, para dar lugar al hermanamiento entre los dos grandes iconos del cómic. Esto ocurría el mismo año que se aprobaba en Estados Unidos el Acta de los Derechos Civiles. Un proceso fundamental de cara a hacer oficial la igualdad ante la ley a todos los ciudadanos de los Estados Unidos, independientemente de su etnia o procedencia. Repetimos, 1968. Ni siquiera ha pasado medio siglo desde entonces. Tan relevante acontecimiento para el pueblo de color coincidió con el encuentro de dos símbolos del universo Marvel. El de los valores más engrandecedores del país de las barras y estrellas por un lado, y el estandarte de esa gran Meca de la comunidad negra en la que se erigió Wakanda en la fricción por otr.

Dando paso a la inclusión de Pantera Negra en los Vengadores en un periodo en el que el partido del mismo nombre ganaba peso en los Estados Unidos, solo haría falta un año más para que Sam Wilson fuera introducido en las páginas del Capitán América. Junto a Ala Roja, Sam se convertiría en el nuevo compañero de aventuras de Steve Rogers durante siete años en los que -en plena era del blaxploitation- la cabecera del centinela de la libertad pasó a llamarse Capitán América y El Halcón. Dando pie incluso a que años más tarde se jugase con la idea de la discriminación positiva, con la inclusión de tokens para cubrir cuotas raciales, los setenta consolidaron a El Halcón como parte de la mitología del Capitán América, y del universo Marvel en general.

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Desgraciadamente, las décadas posteriores no ahondarían demasiado en este tipo de aspectos más allá de aportaciones puntuales -como la inclusión del sidekick del U.S.Agente Estrella de Batalla o alguna que otra aparición de Wilson-, manteniendo un mínimo de representación hasta que en pleno siglo XXI el Capitán América vuelve a sumergirse en temas de relevancia social ligados a la convivencia racial. En la mini-serie Capitán América: La Verdad Robert Morales y Kyle Baker plantearon una bomba mediática, al revelar que antes de que Steve Rogers se convirtiera en el Capitán América, los Estados Unidos realizaron experimentos de dudosa moralidad con individuos de color.

Editada por Axel Alonso, la historia creada por Morales y Baker se adentraba en temas tan delicados como el Verano Rojo y las revueltas de Harlem, así como la presencia de importantes núcleos de supremacistas blancos -que poco tenían que envidiar al partido de Hitler- dentro del gobierno americano de aquella época. Dejando como herencia la creación del Patriota de los Jóvenes Vengadores y que Robert Morales se convirtiera en el primer autor de raza negra en guionizar la serie regular del Capitán América (con una saga dedicada a la controvertida prisión de Guantánamo), por aquella época también tendríamos a Christopher Priest guionizando un nuevo volumen de Capitán América y El Halcón.

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Llegado desde las páginas de Pantera Negra, Priest dotó de mayor relevancia al personaje de Sam, recuperando su personalidad de Snap Wilson para convertirlo en el icono de esa otra América -la de los descatados y miembros de minorías, siempre forzados a vivir al límite de la ley- a la vez que se metía de lleno en temas tan serios como el Acta Patriótica y su uso para llevar ataques preventivos contra supuestos enemigos de la nación. Años más tarde, en plena era Obama, Rick Remender provocaría que crecieran las tensiones entre Steve y Sam, recuperando el lado más humanitario y comprometido de este último, mientras que el Capitán América original se identificaba como símbolo institucionalizado del sistema.

Así fue mientras el guionista abordaba temas como el desprestigio de los operativos americanos que defendieron las libertades individuales en países extranjeros (y que dieron pie a figuras controvertidas como el sniper Chris Kyle), los pros y contras de la libertad de prensa o el preocupante crecimiento de la derecha conservadora más feroz en el seno americano. Así, hasta que finalmente un agotado Steve no tuvo más remedio que retirarse, cediendo el escudo a Sam para que se convirtiese en el Capitán América de le era Obama. Primer personaje de color en ostentar el rol en la continuidad oficial, Wilson dejó desde el principio muy claras sus diferencias respecto a Steve, ya sea de la mano del propio Remender o con su sucesor Nick Spencer.

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De vuelta a Marvel tras un periodo de ausencia, Spencer ya había demostrado su falta de miedo a la hora de sumergirse en temas tan ligados a la actualidad política como la filtración de documentos del WikiLeaks -abordada en uno de sus números para Vengadores Secretos-, no defraudando cuando se hizo cargo del centinela de la libertad. Haciendo que el nuevo Capitán América Sam Wilson tuviera una postura más alejada a los estamentos de defensa y más próxima a la izquierda y los colectivos más afectados de la nación -lidiando con el terrorismo doméstico causado por actos de vigilancia sobre la frontera americana o el capitalismo más agresivo de la generación de Jordan Belfort-, su último arco para la colección del Capi Halcón aprovecha la Civil War II para abordar este creciente malestar que se vive en el país hoy, como fruto de las tensiones raciales que sacuden a la nación.

Centrada en el conflicto derivado de la aparición de un Inhumano con la capacidad de procesar grandes cantidades de datos y predecir el futuro, la saga evento que ha supuesto la muerte de uno de los superhéroes negros más importantes de la compañía no parece intimidar a Spencer. Lejos de suponerle un problema, el guionista ha sabido usar la propuesta del evento para aproximarse a otras cuestiones que chocan directamente con el problema racial citado más arriba. Narrada en paralelo con la maxiserie central, en la nueva saga de Sam Wilson, Capitán América no solo podemos ver una comunidad más cohesionada entre los enmascarados de color, sino también un tema tan delicado como es el profiling. La temida “evaluación de perfil” según la cual se valora la probabilidad de un individuo de cometer un crimen, no a posteriori, sino según los factores de riesgo asociados a la comunidad o grupo social al que pertenece.

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O en otras palabras, el considerar que una persona negra tiene más potencial de ser un delincuente peligroso que una blanca, por el mero hecho de ser negra. Refiriéndose a ello como una perversión de la justicia, Spencer recurre además a esta base como argumento de porqué se muestra tan contrario a que los medios conviertan a Micah X. Johnson en portavoz de un colectivo. El guionista alega que esto no solo supone ignorar los cargos de inestabilidad mental que determinaron en que Johnson fuera retirado del servicio activo, sino que habla de cómo -cuando alguien está en una posición de poder- tiende sistemáticamente a ignorar estos detalles, para convertir en negativo cualquier rasgo que se aleje de su propio perfil. Los malos, por supuesto, siempre serán los otros.

Manteniendo el carácter a medio camino entre 2000 A.D. y el cine de Paul Verhoeven con el que crease al personaje original Mark Gruenwald, Spencer muestra a los Americops como imagen hipertrofiada del totalitarismo policial. Un totalitarismo de base privada y sede original en Texas, cuyos objetivos son principalmente barrios desfavorecidos con población mayoritariamente minoritaria. Como si de alguna forma los estratos sociales más altos se vieran más tranquilos sabiendo que ese tumultuoso resto de la población que subsiste con lo que puede esta lo suficientemente amedrentado como para no suponer una amenaza contra ellos, el brazo severo e indolente de la ley al que encarnan los Americops tienen total libertad para actuar con desmesurada brutalidad. Los daños que puedan provocar no son de su incumbencia.

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Como suele ocurrir demasiadas ocasiones con estos casos, la agresión contra un colectivo acaba derivando en que este se sienta atacado, y respondiendo de forma inversamente desproporcionada. Una respuesta que en la mayoría de las ocasiones suele venir de los miembros más radicales de la misma, ya sea un inestable Rabia cuyo nombre de superhéroe ya lo dice todo sobre él, o de un lobo solitario que decide coger un fusil para tomarse la justicia por su mano. Hay incluso muchas papeletas de que este termine cargando contra quien -incluso si entrásemos en el juego de valorar que hay gente que se lo merece más que otros- menos tenía que ver con el desencadenante como parece ser en gran medida lo ocurrido con la policía de Dallas. Desde la entrada en la jefatura en David Brown, el cuerpo policial de la ciudad se había convertido en un ejemplo a la hora de erradicar el uso de la violencia contra sectores minoritarios de su población, lo que otorga un añadido irónico a los trágicos acontecimientos. Para su pesar, y como imagen de ambos colectivos implicados, Brown ha terminado por convertirse en la imagen del dolor de la nación, así como de las víctimas de un ciclo del que no se obtiene otro fruto que perpetuar el malestar y romper hogares, familias y comunidades, hasta convertir una cuestión de unos pocos en algo que termine derivando en facciones enfrentadas.

Lo que puede ocurrir a partir cruzado ese Rubicón puede ser cualquier cosa menos agradable, siendo algo con lo que -valiéndose de las libertades de la ficción- Spencer se atreve a jugar. Y es que para el escritor, una de las posibilidades más peligrosas a las que puede terminar derivando esta situación, es en que los que ostenten el poder comiencen a ver el enemigo en casa. Que decidan usar las mismas fuerzas empleadas para preservar los intereses del estado en el extranjero contra su propia nación. O en otras palabras, militares contra civiles en un estado de Ley Marcial, que en el cómic publicado en la antesala del trágico incidente de Dallas se muestra a través de la recuperación del U.S.Agente.

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Versión proactiva del Capitán América de una época en la que -en plena paranoia de los últimos días de la Guerra Frías- los Estados Unidos prácticamente lo invadían todo, este otro personaje de Gruenwald es recuperado aquí de una forma muy similar a como mostrase Mark Millar a su Capi Ultimate de la era Bush. Con nombre 100% de americano y duro, John Walker / Jack Daniel entra en escena aniquilando una célula terrorista de Oriente Medio, siendo poco menos que la cara de la facción armada de los Estados Unidos. Una facción fuertemente endurecida a lo largo de años de conflictos contra un terrorismo sibilino y despiadado, y con el que en demasiadas ocasiones se emprende una carrera por ser peor que los peores. Teniendo en cuenta que hablamos de un enemigo acorralado que con sus últimos atentados en Medina o Bagdad ha llegado a tal punto que ataca todo lo que no forme parte de sus filas, nos referimos a gente que se ha tenido que volver jodidamente chunga para preservar el frente.

Los lobos protegiendo al rebaño y que en demasiadas ocasiones bordeaban lo psicótico de los que nos hablaba Clint Eastwood en El Francotirador y que en numerosas ocasiones han dado pie a algún que otro desastre humanitario. Y aunque está claro que esto ocurre aquí porque estamos hablando de un cómic y hay vía libre para exagerar el desarrollo de las circunstancias en pos del simbolismo -ya que para llegar a un escenario en la que una nación usara su propio ejército para pacificar a sus habitantes tendría que darse un escenario al borde de lo apocalíptico-, lo que tampoco lo esta menos es que una escalada de violencia en la que dos facciones de tu comunidad se vean enfrentadas entre ellas solo puede conducir a hacer de lo alarmista algo real. O al menos, si no se hace algo para frenarlo antes de que sea demasiado tarde.

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AlbierZot
AlbierZot
Lector
11 julio, 2016 21:55

Estupendo post. Oportuno y necesario. Aunque sólo sea para dar valor a buena parte del talentoso plantel de guionistas Marvel, tan vilipendiado a veces.
Me ha gustado la referencia milleriana de los Americops, extraída tal vez del Aventuras Bizarras:
http://2.bp.blogspot.com/-LsH75lKqCJo/UDLUnxb83jI/AAAAAAAArN4/ZgTwVAY3nZA/s1600/Marvel+Preview+23-42.jpg

Arturo Porras
Autor
13 julio, 2016 10:09

Gran, gran artículo Daniel. A tu píes. Certero y muy necesario análisis de la correspondencia en cómic de una problemática que parece que nunca se solucionará. Y es curiosa la figura del capi. Un símbolo que debiera representar formas tan rancias, la América del pastel y el rifle, y en cambio variados autores hayan sabido bordear el tema político para precisamente fomentar lo contrario, rompiendo el hielo mi admirado Steve Englehart. Y parece que tiene un digno sucesor en Nick Spencer.
Saludos

Krokop
Krokop
Lector
13 julio, 2016 15:46

Enhorabuena Por este excelente artículo, muy informativo e interesante.

Quizá, otro punto de vista, mucho menos informativo e interesante, sirva paradar algo de contexto.

El Capi nace con dos pecados originales, más o menos tamizados posteriormente. Su imagen dando el puñetazo a Hitler del 41, finalmente, ha resultado más icónica y difundida que la fotografía real, con los soldados rusos izando su bandera en Berlín; ellos fueron quienes ‘dieron el puñetazo’ a Hitler, sin embargo, ese aparato de propaganda, del que el Capi era sólo una pequeña parte, ha llegado a dar una imagen distorsionada de la Historia que ha calado en gran parte del público hasta confundirse con la realidad.

Esto se debe a que, como muy bien explica Eisner en su ‘Viaje al corazón de la tormenta’ las ideas de los soviéticos calaban en gran parte de los judíos (no en los creadores del personaje, parece), y otros colectivos, también en Estados Unidos, porque era a los rusos a quienes veían como sus salvadores. Así, se minimizó su importancia en el combate, también desde la cultura popular.

En los cincuenta el Capi andaba en plena hora de las tortas contra los malvados rojos. Posteriormente, como se señala, hubieron de atribuirle esa actitud a otro personaje en la ficción, porque mientras, Dashiell Hammett, como tantos otros, estaba en la cárcel por sus ideas, medio Hollywood en las listas negras, las organizaciones laborales eran perseguidas con mano de hierro y los cómics de la EC estaban en el punto de mira:

Sí tuve interés por conocer el lavado de cara que hicieron con el segundo de los pecados que atribuyo al personaje y, por tanto, leí en su momento ‘Capitán América: la verdad’. Aparte de consideraciones sobre el dibujo de Baker, bastante suelto por así decir, resulta un muy pequeño, discreto y tardío desquite.
El origen en la ficción que ha dado y sigue dando tanto dinero a la compañía se cimenta en la terrible historia real de la eugenesia y los experimentos biológicos que tuvieron lugar en los Estados Unidos; el soldado perfecto blanco aparece a partir de la mitificación de uno de los episodios más oscuros, racistas y terribles de América. Ése es el trasfondo del ‘suero supersoldado’ del bueno de Steve Rogers, y una vez más, resulta desconocido para el gran público que sólo ve una inocente premisa argumental.

Respecto a la historia del personaje dentro de la Marvel moderna, me ha extrañado que se aluda a los movimientos sociales de los sesenta y setenta como algo reflejado desde Marvel;la historieta fue parte esencial de estos movimientos… Desde fuera de las grandes editoriales, por supuesto, porque también era una reacción a las políticas de éstas. La universidad de los movimientos alternativos era la del Gato Fritz; las calles, las de Harold Head; el diseño el de Art Spiegelman, el ‘Zuper Zerdo’ era un reflejo nada complaciente de los superhéroes tradiciones…

Los autores ‘underground’, desde luego, no trabajaban aparte de los cauces comerciales porque no les gustase el dinero, ni tampoco porque no escribisiesen o dibujasen, muchos de ellos, al menos tan bien como los mejores de la industria, sino porque su libertad estaba cohartada con el Cómic Code impuesto por el bipolio editorial tras la caza de brujas. Para hacerse una idea del alcance y la dureza de esta censura, baste decir que nuestro legendario ‘Haxtur’ no habría podido publicarse de ninguna manera, mientras que aquí apareció no sólo durante la dictadura, sino en una revista del propio aparato de ésta. La censura privada, obviamente, no se refería exclusivamente a la violencia o el sexo, sino, con ello, al tratamiento complejo de ciertas ideas, por lo cual me extraña que todavía hoy y en ese contexto pueda considerarse avanzado el tratamiento de las historietas de la editorial. De hecho, me da que lo del Capi en moto de Englehart no fue sino una extrapolación editorial de la muy irónica idea de llamar a uno de los protas de ‘Easy Rider’, la exitosa película contracultural, ‘Capitán América’, como crítica irónica a la naturaleza del personaje.

Entre los distintos activistas dedicados al cómic de diferentes colectivos, cabe citar a Trina Robins, Howard Cruse o, posteriormente, Ho Ché Ánderson. Ninguno de ellos estaba conforme con la presentación que se hacía de las minorías en las historietas Marvel, ni con la forma de construir los argumentos.

Me ha llamado la atención descubrir con este artículo que en la colección del Capi no haya referencias a lo que los norteamericanos llamaban el ‘patio trasero’; Hispanoamérica, donde los Estados Unidos tuvieron durante ese tiempo un papel que escapa del tema, levemente reflejado en ‘Elektra: assasin’, aunque Oesterheld o Breccia sí lo abordaron y pagaron terribles consecuencias por ello. No sé si su exclusión puede considerarse una forma de racismo contra los hispanos.

Los Hernández, por ejemplo, si aludieron a ello, tomando a Gabo como referencia, quien hasta la era Clinton, tenía prohibida la entrada en Estados Unidos por sus ideas, o con el triste final de su Tonantzín.

Respecto a la época actual, no puedo pronunciarme sobre la ficción, pero sí sobre lo que está ocurriendo a su alrededor. Según Jonathan Hickman este relanzamiento no debería funcionar, porque ningún creador que se precie habría de trabajar para esas empresas ‘mientras no cambien el trato’ e incluso ha llegado a animar a no comprar los cómics de los autores que ahora firmen contrato para ellas, tampoco posteriormente. Vaughan también ha hecho alguna declaración sobre la explotación de los trabajadores del medio y De Campi ha declarado que cualquier uso de esos colectivos que genere un beneficio sin repercutir en éstos es una mera instrumentalización. Parece que detrás de la campaña hay unas reivindicaciones, entre las cuales la principal es que los beneficios que generan los autores, blancos o negros, no vayan a engrosar las arcas de accionistas, siempre socialmente blancos, a costa de la explotación de los temas más inmediatos.

La filosofía de la editorial es diferente, si no opuesta, a la de cualquier activismo colectivista y, por tanto, es un auténtico oxímoron que represente ésta en la ficción.