
Edición España: Editorial Club Universitario – 2006
Autoría: Juan José Aparicio Arriola, Iván Reguera Pascual
Portada: S. D.
Precio: 16,70 euros (libro en tapa blanda de 228 páginas)
Antes de que la Red se convirtiera en un bien de primera necesidad; antes de la aparición de los programas a la carta que conocemos como pódcast; cuando la tele se componía de dos canales y la programación finalizaba un poco más allá de la medianoche, la radio era el acompañamiento ideal para quienes trabajaban, estudiaban o tenían un sueño esquivo. Nombres ilustres de la comunicación empezaron sus carreras o las consolidaron en el horario de madrugada. El protagonista de este libro fue uno de ellos.
El nombre de Carlos Pumares está vinculado a distintas significaciones en función del momento y el lugar en el que se le descubriera. Para los más veteranos -entre los que me cuento- era el responsable de Polvo de Estrellas, el programa de cine que seguía al todopoderoso Supergarcía en la Hora Cero, en la ya desaparecida Antena 3 Radio. Para los más jóvenes -o quizá, ya menos maduros- era uno de tantos tertulianos gritones en Crónicas Marcianas. Entre un momento y otro hay un paso por varias emisoras, una deriva hacia las pseudomedicinas y el célebre momento del Fibergrán. ¿En qué momento aquel experto en cine, que decía tener varios miles de vinilos, se convirtió en un friqui -en el sentido peyorativo de la expresión- que participaba en uno de los programas más populares y polémicos de principios de este siglo? En este libro hay varias posibles respuestas.
Los autores fueron, como quien estas líneas escribe, oyentes de aquel Polvo de Estrellas cuyo comienzo y final estaban determinadas por lo mucho o poco que Super-García tomaba de su horario. Allí descubrimos a un personaje que expresaba un amor por el cine clásico con gran vehemencia y un genio que sacaba a pasear tan pronto como algún oyente que se arriesgara a llamarle le sacara de sus casillas. En los días en los que no había llamadas podía haber simplemente música o especiales dedicadas a 2001 -el «Manolito»- o a los efectos especiales en los tiempos previos al uso y abuso del ordenador. Si no me falla la memoria, había un especial navideño en pleno verano, pero estoy yéndome por la tangente. Polvo de Estrellas era Carlos Pumares, sus diatribas sobre los festivales de cine, sobre los sitios en los que se podía y no se podía comer o sobre la venida del representante de la SGAE, por citar solamente tres ejemplos. En este libro se encierra un homenaje sus autores a esta persona que acabó devorada por el personaje que fue creando.
Reguera y Aparicio fueron oyentes de Polvo de Estrellas y con este libro hacen repaso de la trayectoria de su responsable, de una forma que también se tocan, así sea de forma tangencial, aspectos de la historia de la radio, de la televisión y, por supuesto, del cine. El hilo conductor es una larga entrevista a Pumares en la que éste cuenta sus principios, los orígenes de su amor por el cine, su paso por la formación en el ámbito del séptimo arte y su desembarco en la radio. A partir de aquí, los autores tejen una trama en la que se da voz a colaboradores, colegas y conocidos más o menos cercanos del protagonismo, dando como resultado una trama en la que, finalmente, tenemos un retrato del personaje que, siendo fruto de la admiración y el aprecio, dista mucho de ser meramente laudatorio o hagiográfico. Tenemos a Carlos, la persona, pero también a Pumares, el personaje; tenemos los éxitos y los fracasos; las elecciones acertadas y las decisiones erróneas; las puertas que se le cerraron y las que él mismo se encargó de trancar; la memorable empresa de Antena 3 Radio y la lenta decadencia en Radio Voz y Onda Cero, para desembocar en el circo de tres pistas que dirigía Xavier Sardá entre 1997 y 2005 y que gobernó las noches televisivas españolas desde su plató marciano.
El libro constituye un punto de encuentro para quienes conocimos al experto en cine que peroraba en la radio, sí, pero que también divulgaba. Para nosotros quizá tenga el regusto un tanto amargo de ver lo que había sido y aquello en lo que se había convertido, devorado por el personaje que había creado y tras el que, quizá, se había escondido. Sin embargo, resulta inevitable reconocer que una parte de su ocaso vino dada, tal y como se refleja en las páginas de la obra, por la propia incapacidad de Pumares de adaptarse a los cambios que llegaron a principios de este siglo y que, por su importancia, hacen que sus tiempos más memorables, los que van de 1982 a 1992, parezcan mucho más lejanos de lo que realmente son. En algunas redes sociales podemos encontrar fragmentos de Polvo de Estrellas y, no ha mucho, la revista Cinemanía dio cobertura a una recopilación de los mismos. Pumares fue un divulgador en materia de cine y, como tal, merece un reconocimiento como el que este libro le da. Un acto de cariño hacia un devoto confeso del séptimo arte, que volvía a ver Casablanca para ver si Ilsa se quedaba con Rick y revisaba Lo que el viento se llevó para comprobar si Escarlata comprendía que su verdadero amor era Rhett.


