Iconos Caídos, Iconos Recuperados: Capitán América y Batman

Iconos Caídos, Iconos Recuperados


El abanderado héroe, Steve Rogers

Que soy un enemigo acérrimo de las idas y venidas de los personajes de las diferentes editoriales de cómic americano de la tumba, es un hecho. Que tampoco me llena la atemporalidad con la que las historias transcurren para nuestros amigos de papel, también.

Tal que así, que uno ya tiene sus añitos y ha visto en la industria prácticamente de todo, no me pilló por sorpresa la muerte del Capitán América en Marvel y lo propio que hicieron en DC con Batman. Del mismo modo, tampoco me iba a dejar sin habla saber que regresarían más pronto que tarde con una explicación plausible para tal retorno.

Quizá aprendí la lección con la muerte de Superman. Y es que, matar al Hombre de Acero pudo cogernos con la guardia baja debido a la inocencia que gastábamos en aquellos años, pero a buen seguro que otros aficionados, tal cual el menda, sabían que el hombre de la ese en el pecho no tardaría mucho en volver, como el tango, con sus mallas y poderes tradicionales –y un corte de pelo a lo Jon Bon Jovi que mejor ni comentar–.


Bruce Wayne, el señor de la noche

Capitán América

Ed Brubaker está realizando una labor magnífica en la serie del Centinela de la Libertad, esto no se le escapa a nadie. Tramas de espionaje dignas de la mejor novela negra. Integración de los personajes de toda la vida, plus algunos que hasta los aficionados más sesudos teníamos completamente olvidados. Todo en un torrente de ingenio que enlaza una trama con otra hasta alcanzar un punto culminante –o eso pensábamos todos–. Las noticias sobre la muerte de Bucky habían sido francamente exageradas y, no sólo eso, sino que además, Steve Rogers, el hombre que mejor ha vestido la bandera de un país –con permiso de Guardián de Alpha Flight (¡cómo me gusta ese uniforme, por el amor de Nelvana!) y Wonder Woman de la Distinguida Competencia (aunque ella no es hombre)– moría abatido por un misterioso francotirador cuya identidad formaría parte de una trama aún mayor. Por tanto, el sucesor natural de Steve había de ser su antiguo compañero de aventuras, el superhéroe antes conocido como Bucky, en ese momento denominado como Soldado de Invierno –más elegante que los apodos de los enemigos de James Bond, que ya es decir–. Y ese nuevo atuendo, más oscuro, casi enlutado, como un símbolo del profundo dolor que nos dejaba a todos en el corazón la muerte de un símbolo –incluso en aquellos que no eran seguidores del personaje– y, por otro lado, como clara evocación del nuevo hombre, tanto más siniestro que el luminoso Rogers, que ahora se calzaba el uniforme.


Steve Rogers y Bucky Barnes, dos hombres, un héroe

Batman

Batman, por otra parte, recaía en manos del polémico Grant Morrison, excelente escritor que supo darle un pequeño giro de tuerca al Cruzado Enmascarado –me atrevería a decir incluso que con tanta habilidad como no habíamos visto desde los tiempos de Neal Adams–, llegando a hacer suyo un héroe de extenso recorrido que ha pasado por muchas –y algunas grandes– manos de los profesionales de la industria. Y como el amigo Grant también se encargó del gran evento anual de la Distinguida Competencia: Crisis Final, pues ahí que introdujo con dramatismo algo impensable: la muerte del Hombre Murciélago. Y como no podía ser de otra manera –esto ya es casi tradicional en DC–, como consecuencia del hueco dejado por Bruce Wayne, vino la consabida lucha por ver quién se adjudicaba la capucha con orejitas. Claro que, tras muchas apuestas, se llevó el gato al agua mi favorito, heredero natural en la línea sucesoria de Wayne –ya llevó el uniforme durante los episodios de la Caída del Murciélago, debemos recordar–: Dick Grayson, primer Robin y, posteriormente, Nightwing, personaje que, a mi juicio, creció y amplió horizontes fuera de la colección del Hombre Murciélago, de la mano de dos titanes –chiste inevitable– de la industria del cómic, Marv Wolfman y George Pérez, que supieron sacar a Grayson de la sombra del murciélago –que es especialmente alargada, ríete tú de la del ciprés– y encaminarle hacia un perfil más superheroico como líder de los Nuevos Titanes –con relación con princesa alienígena de aúpa incluida–.


Batman y Robin, ayer y hoy

Chicos nuevos, chicos viejos

Así, obtuvimos durante algún tiempo, una serie de episodios magistrales en los que los papeles de dos de los principales iconos del mundo del cómic de superhéroes recaía en los compañeros creciditos de los protagonistas, para deleite de un servidor y de muchos otros que también son de mi parecer.

Un Capitán América encarnado por Bucky Barnes, más oscuro a causa de su experiencia vital, armado incluso con una pistola. Por otro lado, ese Batman, con un Dick Grayson alejado de las sombras, más brillante y cercano al terreno de la ciencia ficción, con Batmóvil volador gratuito contenido en el lote. Dos versiones diferentes pero a la vez complementarias de sus antecesores.


Los nuevos Capitán América y Batman

Por fin veíamos cumplirse la sucesión. La única pregunta que flotaba en la mente de todos era: ¿por cuánto tiempo?

Estaba claro que por diversas circunstancias, entre las que también pesan sus respectivas adaptaciones cinematográficas –cada vez me toca más las narices que el cine influya tanto en la obra original, que no es sino el cómic–, la circunstancia de la desaparición de ambos héroes no estaba destinada a prolongarse en el tiempo más de lo estrictamente necesario.

Y, a pesar de ser consciente de ello, yo me pregunto como un niño enrabietado, ¿por qué? Es cierto que hay personajes que resultan prácticamente insustituibles. Véase el mencionado Superman, por ejemplo –a pesar de que ahora contamos con más kryptonianos por metro cuadrado–. Sus poderes, el origen casi mítico del Hombre de Acero y muchos otros etcéteras así lo atestiguan. Igual ocurre, a mi entender, con Wonder Woman. Es cierto que otras féminas podrían ocupar su lugar, pero ninguna estaría a la altura de Diana –y no me vengáis con que ello se traduce de mi cariño hacia el personaje, porque nunca fui fan de Superman y también lo meto en el mismo saco–, en el caso de DC. O Thor y Hulk en el de Marvel, por no dejar a la Casa de las Ideas de lado. Pero, ¿qué mal hay en que personajes como el Capitán América o Batman lleguen a su fin y otros bien cercanos continúen con su legado? Claro que se pierde la riqueza del carácter y toda la historia de los primeros, pero sólo para ganar otras nuevas gracias a sus protagonistas que, además de contar con su propia mitología, continuarían con el legado de los anteriores.

Precisamente esto daría para que esos personajes insustituibles de los que hablaba, también se vieran afectados por estas situaciones. Imaginad a Superman o Diana, a Thor o la Visión dentro de taytantos años, cuando se percaten de que todos sus amigos más o menos mortales han ido desapareciendo, confiando sus banderas a otros que, en muchos casos, conocerán y en otros tantos, ni por asomo.

El tiempo pasa… para casi todos


Imagenes que seguramente volveremos a ver… de una manera u otra

De ahí que regrese al tema de la eterna atemporalidad. Comprendo que las editoriales no quieran perder la gallina de los huevos de oro. Es natural. Pero decidme la verdad, ¿no sería francamente interesante discutir con nuestros hijos o nietos que tal o cual encarnación de un personaje resultaba más interesante que aquella otra de las que ellos se enamoraron en su día? Como si de la última adaptación fílmica del Zorro se tratara, pasando el testigo de una generación a otra que no haga más que enriquecer y perpetuar el legado superheroico con una visión diferente. Así, Bruce Wayne dejaría el manto a Dick Grayson que, a su vez, algún día lo cedería a Tim Drake para ir a recaer finalmente sobre Damián Wayne y así sucesivamente. Esto ayudaría también a no tener que actualizar constantemente a los personajes –muchas veces con argumentos que ni siquiera la mente más espléndida es capaz de sostener–. De este modo, algún día veríamos a Franklyn Richards salir de su eterna niñez, pasar por la pubertad y tomar el liderazgo de Los 4 Fantásticos cuando ya sea un hombre maduro. Y no habría que explicar que Reed Richards y compañía no quisieron ganarle la carrera espacial a los rusos durante la Guerra Fría inventándose otra excusa para mantenerles eternamente inalterables como no lo conseguiría ni la mejor crema anti-edad.

Lo sé, lo sé, todo esto es hablar por hablar. Nada soluciona pero, ¿y lo bien que lo pasamos debatiendo? Está claro que, como en esas charlas de café en que arreglamos el mundo, al final no llegamos a ninguna conclusión ni, mucho menos, nadie se hará eco de lo que decimos, pero está bien especular. El niño protestón e inconformista que aún llevo dentro, así me lo exige.

Mientras, esperaremos el inevitable regreso de nuestros héroes y aguardaremos con impaciencia la lectura de sus aventuras post-resurrección, hasta que dentro de diez o veinte años algún iluminado tenga la genial idea de aparentar su muerte una vez más pensando que resulta algo original que casi nunca se ha hecho.

Y ahí estaremos todos nosotros –espero– para volver a picar. En el fondo, así son las cosas y así nos gustan que sean.

Sed buenos ahí fuera, que a nosotros no hay pluma que nos traiga de regreso.



Desde Zona Negativa, un saludo de parte de vuestro amigo y vecino, Iván.