
AMIGOS Y VECINOS
«Y así, los Marvel Zombis alistan a otro descerebrado.»
Allá por el año 2008, en los principios de la crisis financiera, y cerca del estreno de Iron Man en la gran pantalla Mark Millar era uno de los guionistas más prolíficos en la Casa de las Ideas. Justo después de que terminara la publicación de Civil War y el segundo volumen de Ultimates, el autor escocés se embarcaba en la que sería una de sus obras más exitosas en el mercado independiente con Kick-Ass, en una de las historias más populares de Lobezno con Old Man Logan y en su breve recorrido por Los 4 Fantásticos; todo junto a artistas de primer nivel con los que ya venía colaborando, como John Romita Jr., Steve McNiven y Bryan Hitch. En medio de toda esta parafernalia Millar estrenaba 1985 una miniserie de naturaleza muy diferente junto al artista Tommy Lee Edwards, que acarreaba menos renombre que los antes mencionados y con el que Millar ha colaborado posteriormente en las secuelas de Jupiter’s Legacy. Una mirada al pasado a cuando el universo Marvel tenía tan solo 13 años y que a continuación procedemos a reseñar.
La historia sigue al joven Toby Goodman(difícil imaginar que no se trate de un guiño al antiguo editor y fundador de la editorial Martin Goodman), un niño de 13 años hijo de dos padres separados y que vive en una pequeña y pacífica localidad estadounidense que bien podría existir en nuestra realidad. Sus días los pasa en la tienda de cómics del pueblo, en la casa de su madre, embarazada del hijo de su marido; y paseando junto a su padre Jerry. Jerry es el responsable del amor que Toby tiene por los cómics, y juntos descubren una vieja colección de números históricos camino de ser desechados en la vieja casa de la familia de un antiguo amigo del colegio de Jerry. En las ventanas de dicha casa Toby empieza a ver cosas extrañas, que se van extendiendo por el resto del pueblo, los supervillanos Marvel están invadiendo la Tierra y Toby se encuentra en la primera línea de defensa, armado con todo su conocimiento de los personajes.

La premisa de la serie y la sinopsis con la que se presentó invitan a dejar fluir la imaginación, a disfrutar de una aventura llena de la ilusión infantil que acompaña a todo niño que sostiene entre sus manos un cómic sobre sus superhéroes favoritos. He de decir que me cuesta ver todo esto en la obra, que de un modo característicamente Millar se torna innecesariamente macabra y violenta. El cómic parece querer referenciar la llamada Era Marvel de los cómics, compuesta por los primeros éxitos de la editorial en los 60: Los 4 Fantásticos, El Asombroso Spiderman, Los Vengadores… Estas historias fueron producidas para conseguir el sello de aprobación de la estricta Comic Code Authority, lo que significaba que la violencia estaba severamente reducida y los villanos a menudo gastaban motivaciones del estilo de robar bancos o joyerías. En esta miniserie todos parecen convertidos en sangrientos asesinos en serie con el único objetivo de acabar con la vida de inocentes sin motivo aparente. Este tinte macabro que adquiere toda la historia viene acompañado de múltiples clichés en torno a los protagonistas que hacen flaco favor a la hora de extraer cualquier moraleja.

El arte de Edwards, encargado de dibujo, entintado y color, es algo inconsistente, brillando más cuando hace uso de una gama de colores saturados y de tonos oscuros. Su estila recuerda por momentos al de artistas como Michael Gaydos, que a menudo logra una sensación de realismo a través de evocar características del entorno o los personajes por medio del entintado en lugar de mostrarlas explícitamente, pero a Edwards le cuesta encontrar un equilibrio consistente en el nivel de detalle. El estadounidense aprovecha los pocos momentos que tiene para lucirse, pero, similar a lo que sucede con el guion, su dibujo parece carente de una dirección clara.
En definitiva, un cómic que no tiene claro qué busca conseguir. El tono y la premisa parecen entrar en conflicto en cada número para el detrimento de la obra, y el desarrollo de la historia no está a la altura de su planteamiento, que ya es bastante tópico de por sí. Queda lejos de ser una celebración de la historia de la editorial o de sus fans, y se reduce a resultar simpática en sus mejores momentos y truculenta en sus peores. Además, este cómic subraya un problema con le que suelen encontrarse este tipo de líneas de publicación. La dedicación por este tipo de historias autocontenidas desvirtúa el caracter «esencial» de la colección, pues las miniseries ganan prioridad más allá de su calidad por encima de etapas longevas que son más representativas de la experiencia de leer el universo Marvel. Títulos como La Guerra de las Armaduras o La Saga del Traje Negro, de la misma línea, están en mi opinión más cerca de lograr lo que comento, por encima de la obra que nos ocupa.
Lo mejor
• En el fondo se nota el aprecio hacia estos personajes.
Lo peor
• No logra hacer nada de interés con su premisa.
Caótico
Guión - 5.5
Dibujo - 6.5
Interés - 5
5.7
Un cómic que no tiene claro qué busca conseguir.









Lo tenía en grapa y lo vendí porque me pareció una chorrada… y el dibujo tampoco me encajaba. Cero recomendable.
Una historia que prometía más de lo que finalmente dio. Que podría valer para muchas obras de Millar, pero en aquel momento fue la primera a la que realmente le iba como anillo al dedo. Lo único que salió de aquí fue la relación que tenía con los 4F del propio Millar, ¿no?
A mí si me gustó bastante y la tengo en la estantería. Me pareció chulo lo de ver a los super villanos en el «mundo real».
Lo de Marck Millar es verdad que son fuegos artificiales y busca llamar la atención siempre con golpes de impacto que igual no vienen a cuento. Pero hace tebeos muy divertidos, me suelen gustar casi todo lo que saca.
Lo de las minis por encima de las colecciones regulares toda la razón.