
Amor tóxico, abusos de poder y capitalismo feroz.
«¡La estación la necesita!»
Desde que llevo escribiendo reseñas tanto en esta casa como en otros medios diferentes, una de mis prioridades siempre ha sido que cualquiera que me lee tenga muy claro ante qué tipo de cómic se va a encontrar, de forma que pueda tomar por sí mismo la decisión de leerlo, en el caso de que no lo hayan hecho ya. Esto no quiere decir que la reseña deba ser solo un resumen que fusile el argumento de la obra – un problema bastante habitual entre algunos divulgadores-, sino que el texto debe dejar una idea clara y precisa de lo que nos vamos a encontrar en la lectura, sin estropear las sorpresas que los autores han preparado. En muchas ocasiones es una tarea relativamente sencilla ya que con un par de etiquetas se puede clasificar, pero, de cuando en cuando, uno se topa con obras tan poliédricas como La estación del francés Raphaël Geffray que no lo ponen nada fácil. Algo que lejos de ser un problema resulta toda una bendición, ya que nos demuestra que todavía hay autores que huyen de lo manido y estándar para ser capaces de crear obras tan diferentes, diversas y sorprendentes como esta. Aunque, como ya hemos dicho, no resulta fácil etiquetarla no voy a escurrir el bulto, así que podríamos calificarla como una surrealista y kafkiana fábula de ciencia-ficción distópica sobre el poder con elementos de thriller político y social que nos habla de relaciones tóxicas y que hace una mordaz sátira del capitalismo más voraz con un apartado visual que epata a lector con una propuesta tan extraordinaria como diferente.

La estación nos traslada a un futuro cercano donde nos encontramos con Hannah, la poderosa directora de una inmensa estación de ferrocarril, una recreación de la de Montparnasse, que, tras años de dedicación absoluta a su trabajo, ve como su vida da un giro radical al enamorarse por primera vez de forma obsesiva de Adán, un musico que ha conocido en un cóctel de empresa. Un amor a primera vista unidireccional en el que Adán apenas la recuerda, pero que lleva a Hannah a usar su enorme poder para impedir que su amado vuelva a su hogar con su esposa y que la llevará a desatender su trabajo para horror de los accionistas de la estación que ven como la rentabilidad cae por los suelos y como los sindicatos luchan por mejoras laborales.
Se trata del segundo cómic del autor, tras la inédita en España C’est pas toi le monde que nos ha traído hace unos meses Andana Editorial y que se ha convertido en una de las lecturas más estimulantes de lo que va de año. En sus páginas nos encontramos con un historia compleja y llena de capas que aborda diferentes temáticas haciendo malabarismos para que todas tengan su espacio y funcionen como un reloj bien engrasado creando un todo que es mucho más que la suma de sus partes. Como si de los pisos de la estación se tratara nos encontramos con historias dentro de historias perfectamente hilvanadas lo que da al tomo una sensación de unidad.

Con solo leer unas pocas páginas enseguida se nos empiezan a venir a la cabeza referencias tan dispares como La odisea, 1984, un mundo feliz junto con cualquier historia que nos retrate una relación de amor tóxica o noticias sobre abusos empresariales y luchas sindicales. Pero todas esas referencias en lugar de condicionar el desarrollo de la historia la enriquecen, ya que llenan de matices conocidos una historia que consigue tener rumbo y personalidad propia. La misma personalidad que tiene Hannah, la protagonista de la historia, que es el reflejo de ese tipo de directivo que siempre son puestos como ejemplo de los mejor del capitalismo por su dedicación, pero también por su falta de escrúpulos para hacer uso de su poder. Sin embargo, en lugar de presentárnosla como una villana también vemos con es víctima de un sistema que no le ha dejado compatibilizar una vida laboral exitosa con una vida personal satisfactoria y se encuentra que a sus cuarenta y cinco años solo ha vivido para su trabajo. Una situación como la que viven a diario muchas de las mujeres que han conseguido romper el techo de cristal y acceder a puestos directivos. La relación que establece con Adán, para quien se convierte en un Circe que no deja retomar el camino a Ítaca a Ulises, es un perfecto ejemplo de toxicidad que nos permite ver no es solo una víctima, ya que es capaz de abusar de su poder. Si bien, en un principio vemos con es ella quien domina una relación que solo existe en su cabeza, con el tiempo esa relación de abusos se va equilibrando con un Adán que se acaba aprovechando del estatus que tiene Hannah hasta convertirse en algo reciproco anulando las identidades de ambos en el proceso. Un cúmulo de situaciones que permite hacer un gran retrato de ella con un punto teatral pero también de todas las contradicciones en las que caemos tanto a nivel laboral como personal.

Además de Hannah, y aunque suene a tópico, la propia estación es la otra protagonista principal de la historia. Es mucho más que el escenario principal ya que es un organismo colectivo que aglutina a un montón de personas y situaciones que le sirve a Geffray para crear un microcosmo que es un fiel reflejo de muchos aspectos de la sociedad en la que vivimos, en particular la política y las relaciones laborales y económicas, que le permiten mostrarnos otras caras del uso, y abuso, del poder como el control que a la población que permite la videovigilancia o lo fácil que es para los poderosos hacer que la ley se retuerza a su conveniencia. Sin embargo, también importante como un monumental escenario donde sus habitantes recorren sus estancias como unas hormigas representas por puntos y líneas. Un flujo incesante y deshumanizador guiado desde las alturas por Hannah y sus burócratas, que lejos de ser más libres que ellos asimismo están presos entre sus muros como todos lo estamos de un sistema económico para el que solo somos un número más o algo peor cuando venimos de otro país. Y es que la obra también aborda el tema de las políticas de inmigración, donde se abren y cierran fronteras en función de lo abultado de la cartera u otros intereses bastardos.
A esa sensación de estar ante una enorme prisión – y también el escenario de una obra de teatro- que nos transmite la estación contribuye enormemente los diseños de Geffroy que nos llevan a un lugar lleno de monumentales espacios abiertos donde nos es posible esconderse. Todo ello dibujado con unos trazos sueltos y nerviosos para los personajes que asimismo están construidos con una enorme sencillez que contrasta poderosamente con la brillante geometría de los espacios arquitectónicos que se presentan mucho más reales que esos humanos convertidos en algo caricaturizado y deshumanizado. Por todas las páginas vemos una elegancia que se ve potenciada por una cuidada gama cromática. Un conjunto que hace que nos encontremos ante una obra tan brillante en lo visual como en lo narrativo, donde el autor parisino juega con el lenguaje del medio y la composición de las páginas para crear una lectura exigente, pero muy gratificante.

La estación de Raphaël Geffray se ha convertido en una de las grandes sorpresas del año. Un cómic repleto de capas que, como la mayoría de los grandes clásicos de ciencia-ficción, proyecta en sus páginas muchas de las preocupaciones de la sociedad actual como la relaciones toxicas, los abusos de poder, los problemas laborales, y un largo etc. Nos encontramos ante un cómic inclasificable que combina con maestría elementos de cómic romántico, de thriller empresarial, de sátira social y laboral entre otros para presentarnos un preocupante mundo orwelliano con una propuesta gráfica que juega con las posibilidades del lenguaje del medio para resultar absolutamente fascinante en todos los sentidos.
Lo mejor
• La mezcla de temas y géneros.
• La complejidad del mundo que nuestra.
• La descripción de la relación entre Hannah y Adán.
• El apartado visual.
Lo peor
• Muchas veces tenemos la sensación de que el dibujo se merecía un mayor formato, aunque la edición española es prácticamente del mismo formato que la original.








