Pluto, la obra teatral

Reseñamos la adaptación al teatro de Pluto, el manga de ciencia ficción de Naoki Urasawa que reinventaba en clave adulta la historia más célebre del Astro Boy de Osamu Tezuka

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Durante el mes pasado, aprovechando una breve estancia con fines laborales en el Reino Unido, un servidor tuvo oportunidad de asistir a un espectáculo fascinante: Preparando una incursión a la cercana Londres, me encontré que en el Barbican, el enorme y reputado centro cultural de la capital británica, iba a representarse justo en la fecha de esa visita una obra de teatro de la que no tenía ninguna noticia que existiese hasta ese momento: se trataba de la adaptación a ese medio de Pluto, el manga de Naoki Urasawa que a su vez reinventa uno de los más célebres arcos argumentales del Astro Boy de Osamu Tezuka.

La idea de que una historia así, llena de robots y escenas espectaculares tanto como de otras llenas de introspección, llegase a los escenarios, picó mi curiosidad. Tras ponderar los factores en contra (excluir por tiempo otras turísticas actividades de la visita a la capital de la pérfida Albión, el elevado precio de las entradas, la posibilidad de aquello al final no fuese gran cosa…) las dudas se despejaron muy pronto: a pesar de no ser un lector asiduo de manga, Pluto es uno de mis cómics nipones preferidos, y esa era un ocasión única, ya que se trataba de la última representación en Londres antes de que la obra se trasladase unas noches a Holanda y luego a Bélgica, para finalmente retornar a Japón, lugares a los que a medio plazo no parece muy probable que vaya a poder viajar. Por tanto, aprovecharía esa casualidad y un domingo de hace más de un mes, me encaminé al Barbican Centre Londinense a ver cómo se había adaptado la obra de Urasawa.

Como he comentado hace escasas líneas, el manga no es uno de los contextos comiqueros en los que mejor me desenvuelvo y apenas tengo una cultura básica al respecto. Conozco y disfruto de algunos de los nombres y trabajos más prominentes, pero en su mayor parte, la idiosincrasia del cómic japones, sus circunstancias, tendencias, pormenores y actualidad me son ajenas. Que ni estoy inmerso en ellas ni tengo casi ni idea, vaya, me avergüenza reconocer. En mucho peor lugar incluso queda mi capacidad crítica del teatro, ya que es un arte al que nunca he prestado atención, me temo. Todos tenemos agujeros en varios aspectos de nuestra cultura, pero en este caso además dos de ellos se combinan, poniendo bastante en tela de juicio mi capacidad de visión crítica ante un proyecto que cruza precisamente estas ausencias. Sirva eso como disclaimer, como aviso o descargo de responsabilidad: el texto que van a leer a continuación es honesto de corazón, pero no es más que la perspectiva de un espectador no especializado que admite de antemano que, a pesar de que va a intentarlo con todo su empeño, quizás no sepa sacarle todo el jugo que se podría a esta reseña por no conocer las convenciones artísticas ni del teatro ni del manga.

A pesar de todo ello, nos tiraremos a la piscina y lo diremos ya: la adaptación al teatro de Pluto llevada a cabo por la compañía japonesa Bunkamura Theatre Cocoon, dirigida por el escenógrafo belga-marroquí Sidi Larbi Cherkaoui, le pareció a un servidor un prodigio narrativo, visual y sonoro. Nos encontramos ante un espectáculo apabullante, tanto por el asombroso nivel técnico y de representación, como por la adecuada sensibilidad desplegada a la hora de trasladar la historia y los temas de fondo del manga original.

Lo primero que me llamó la atención, aparte del montaje del escenario que se podía observar ya mientras ocupaba la butaca, es que no se representaba en inglés, sino en japonés, con actores nipones y con subtítulos en la lengua de Shakespeare. ¿Subtítulos en inglés? ¿Cómo se plasman subtítulos legibles en un medio como el teatro? La respuesta viene de mano de la escenificación en sí misma, llega de juegos de luces y sombras y de abundantes proyecciones sobre unos paneles que simulaban viñetas no perfectamente rectangulares, sino con ángulos oblicuos, emulando las de las páginas del medio original de la obra, el manga, con una narrativa a menudo más dinámica que el cómic occidental. Ahí, alternándose de una a otra, se proyectaban los subtítulos que hacían que el público angloparlante pudiese seguir el hilo de la historia interpretada en japonés.

Una vez deslumbrado por este pequeño pero ingenioso hallazgo narrativo, nos empezamos a sumergir en la oscura y melancólica (pero al tiempo bullente de sentido de la maravilla) atmósfera de la representación en sí misma, subrayada por una magistralmente adecuada banda sonora compuesta por Shogo Yoshii y Olga Wojciechowska. Un par de pequeñas y cortas escenas, que en el manga original no se desvelaban hasta más adelante, abren la función: La cena en la que el Doctor Tenma acusa a Astro Boy de no ser una réplica adecuada de su fallecido hijo Tobio por ser demasiado perfecto; y el recuerdo suprimido del robot detective Gesicht en el que ejecuta a un hombre (representando el rayo que surge de su mano-cañón, de muy ocurrentemente, con una proyección sobre las sombras de los actores) movido por la rabia que se supone que no puede sentir. Ambas sirven como pavimento de lo que está por venir, presagiando las tramas e ideas que el acto teatral va a ir desvelando.

A medida que la obra va transcurriendo, no deja de impactarnos tanto lo sonoro como lo visual, y cómo ha sido trasladado todo de un medio a otro, requiriendo sin duda de una inversión y de recursos considerables, pero también de un enorme ingenio. Para un ignorante del teatro como quien firma estas líneas, de sus vanguardias y sus posibilidades de puesta en escena actuales, los artificios desplegados al servicio de representar con cierta exactitud algunas espectaculares escenas del manga original resultan asombrosas. Lejos de huir de ellas mediante elipsis dada la comprensible dificultad de adaptación de combates entre superpoderosos autómatas que pueden volar, lanzar rayos o invocar tornados, de presentar tanto escenarios en oriente medio, en la casa blanca o en ciudades cyberpunk, Pluto afronta cada uno de esos retos con valentía y les da respuestas escénicas no meramente convincentes, y hasta apabullantes dada su abundancia.

Los robots de aspecto no humano que van apareciendo en el escenario son en su mayoría grandes y espectaculares marionetas (especialmente el propio Pluto), réplicas casi exactas de los de las viñetas, manejadas por operarios que van vestidos de blanco o negro según predomine uno de esos colores en el fondo de los escenarios. Cuando se nos presenta a un personaje que también es biomecánico pero de apariencia humana, el actor que lo interpreta también está rodeado de tales operarios que van efectuando a su alrededor las complicadas maniobras necesarias que tendrían que realizar para dotar de movimiento a esa persona si fuese también una marioneta, dándonos así una pista visual sobre su naturaleza.

El escenario, compuesto por una serie de variadas piezas geométricas, va cambiando según la historia avanza, consiguiéndose algo casi inverosímil: que las transiciones de escena y de fondos no resulten forzadas sino parte de la obra, al mover otros operarios mediante bellos movimientos armónicos, una danza casi, esas piezas. Ya que lo comentamos, algo de danza contemporánea hay en la función cada cierto tiempo, siempre de muy breve y dosificada aparición, consiguiendo que el uso de este efecto no sea en absoluto cansino (ni nos provoque una sensación de que estamos ante algo excesivamente pedante) y que sirva para subrayar sensaciones de los personajes según la escena que viven.

Cada movimiento está cuidadosamente medido en Pluto, ya sea para que un grupo de operarios transporten a Astro Boy en volandas simulando su capacidad de volar, o para que cuando junto al actor que interpreta a éste personaje rellena la pizarra de la fórmula de la bomba antiprotónica a supervelocidad, vayan apareciendo otros con el mismo atavío, reproduciendo ese código visual propio del noveno arte de multiplicar las figuras en las viñetas para indicar celeridad, ése que por ejemplo tánto usase Carmine Infantino con Flash, o Frank Miller en sus primeros pasos con Daredevil.

Dado que los actores son orientales todos, cuándo hace su aparición el personaje del Presidente de los Estados Unidos de Tracia, se ha optado por que su intérprete luzca un máscara de latex, casi caricaturesca, y que al contrario que el resto de los diálogos, los suyos sean en inglés con acento norteamericano, y que por tanto no sean subtitulados en las viñetas-pantalla puestas a tal efecto. Sobre éstas mismas se proyectan también multitud de imágenes, unas sacadas del manga original para crear atmósfera, otras para generar una suerte de efectos especiales cuando éstos son requeridos. Hay docenas de recursos más en esta dirección, demasiados para ser enumerados, contribuyendo a crear en el espectador una experiencia audiovisual inolvidable. Taiki Ueda, en el diseño de escenario y de vídeo, Willy Cessa en la iluminación, Isao Tsuge en el vestuario y Masahiro Inoue en el sonido, han hecho todos un trabajo realmente soberbio coordinados por el coreógrafo Sidi Larbi Cherkaoui.

Y lo mejor de todo es que este despliegue no resulta gratuito, sino que cada una de esas sorpresas estéticas está puesta al servicio de contar la historia que se ha venido a contar. Sobre la misma, llegado este punto se impone incidir en sus luces y en sus sombras, dado que obviamente, no todo podía ser absolutamente perfecto. Por un lado, la fidelidad al Pluto de Urasawa sorprende en la mayoría de los pasajes, en los que la literalidad indica un respeto casi reverencial. Sin embargo, por otro, se trata de una obra de cierta extensión, imposible de adaptar a una función de tres horas, y se ha procedido a hacer alguna reconstrucción sobre su estructura, que en términos generales ha sabido extraer su jugo para llevarla a otro medio con un ritmo adecuado. Es algo totalmente legítimo y comprensible, y no sería justo acusar de ello al autor del libreto adaptado (asumimos que es el propio Larbi Cherkaoui, pero lo cierto es que no nos consta) después de todo.

Sin embargo, la realidad es que algunos de los hilos argumentales de Urasawa han terminado siendo amputados. Produce cierta lástima, por mucho que lo entendamos, que carismáticos personajes como Epsilon, Herakles, Mont Blanc, North y Brand no lleguen a aparecer: la trama parte con la mayoría de los robots objetivos de Pluto ya destruidos excepto por Astro Boy y Gesicht, y con éste último investigando los crímenes. Tampoco vemos rastro de Adolf y la Logia Anti Robótica de la que es miembro, ni la revelación de la auténtica naturaleza del Doctor Sabra, o las apariciones del Rey Darío XIV de Persia. Se crean pequeñas bisagras narrativas para explicar lo esencial para que la historia avance dado lo omitido, que funcionan bien, pero uno no deja de echar de menos algunos momentos muy significativos del manga. No se puede tener todo, me temo, y es de justicia resaltar que, a pesar de ello, bastante se ha conseguido.

Respecto al trabajo de los actores, uno debe insistir en que no es crítico teatral, pero la sensación que tiene como lego es que las interpretaciones son soberbias. Akira Emoto, que da vida al personaje del Doctor Tenma, le añade una nueva capa a éste, virando la percepción que podíamos tener de él: de parecernos en el manga alguien alguien frío y práctico en exceso (casi siniestro, a pesar de sus buenas intenciones de fondo), acaba resultando más patente que es una persona ya entrada en años, cansada, con un interior roto por sus circunstancias que pugna con fuerza para salir a la luz. El momento entre él y la robótica Helena en la que la va guiando para que aprenda a llorar, consigue impactar sobre el espectador más allá de toda medida con los sonidos que la garganta de la actriz (Tao Tsuchiya, que también interpreta a Uran) va soltando al principio, para acabar desatando un llanto atronante, desesperado y desgarrador. La voz sobre la marioneta del robot homicida Blau 1582, cuyo intérprete no he conseguido averiguar, es tan inquietante como podíamos imaginar leyendo el manga, sin caer en imitar la de Anthony Hopkins como Hannibal Lecter en El silencio de los corderos, que quizás hubiese sido el recurso fácil.

En general, se puede afirmar sin duda que todos los actores están a la altura de los papeles que se les han dado, los cuales ponen énfasis en las cuestiones existenciales sobre la condición humana que el manga ya planteaba. Quizás la elección de Mirai Moriyaba como Astro Boy (por supuesto, se refieren al personaje en todo momento como Atom, el nombre de la versión original japonesa de la creación de Osamu Tezuka), sea algo más cuestionable, ya que su aspecto dista de ser añiñado, para más bien dar la impresión de ser un postadolescente (o incluso veinteañero tardío) un tanto vitalmente quemado por cierta dosis de desengaño y a ratos una actitud algo soberbia y hasta antipática. Es difícil reconocer al Atom de Tezuka, ese infantil héroe brillante y lleno de humanidad, y se hace más hincapié en reflejar sus dramas internos, por mucho que se mantengan su altruismo y gran parte de sus características definitorias.

Pluto, la obra teatral, es una experiencia que a un servidor le ha resultado fascinante y que recordará toda su vida haber presenciado. Muy lamentablemente, es complicado recomendar de manera enfática su visionado, como debiera ser, dado que hoy por hoy es una función a la que solo se puede asistir si se está de visita en Bélgica u Holanda casualmente durante las escasas fechas en las que se esté representando. O ya directamente cuando la obra vaya a Japón. Y no puedo subrayar hasta qué punto es una lástima que el público en español se quede sin esa posibilidad, porque dado el altísimo presupuesto y medios que su puesta en escena debe requerir, dudo que alguna vez alguien se arriesgue a traer la función: probablemente los costes serían desorbitados, los precios de las entradas demasiado altos. Y casi seguro que no se considere que haya viabilidad económica como para asumir ese riesgo con una obra tan de nicho, con un público objetivo de entrada reducido. Ojalá me confunda. Ojalá alguien sepa ver que en esta era en la que las películas de Marvel campan a sus anchas por las taquillas de los cines, en los que a la Mayor Motoko Kusanagi la ha interpretado Scarlett Johansson, y en los que James Cameron está produciendo una cinta sobre Gunm, Ángel de Combate, es posible hacer llegar al público generalista esta obra maestra. Mientras tanto, a los afortunados que casualmente tuviesen ya intención de viajar a esos países, me encuentro en la obligación de recomendarles encarecidamente que revisen sus planes si Pluto está en escena cuando vayan, y que no se les ocurra perderse la ocasión de verla, si la tienen y se lo pueden permitir.

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