Marvel Limited Edition. Shang-Chi. Adenda

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Bienvenidos a todos, especialmente a los seguidores de los clásicos y de la línea Marvel Limited Edition. Como no podía ser de otra forma, la llegada de Shang-Chi, el genuino y auténtico Maestro del Kung-Fu, representa todo un acontecimiento. El artículo que viene a continuación se ha planteado de una manera muy especial, pues el modus operandi de un servidor era la espera hasta la completa publicación de la serie tratada y a partir de ahí hacer un texto monográfico. Pero sabiendo la importancia y la trascendencia de la colección que tenemos entre manos no nos hemos resistido a darle notoriedad. El caso es que Panini y SD Distribuciones han anunciado el reparto de Master of Kung Fu en seis tomos, de los que ya hay disponible dos en tiendas. No tenemos más información al respecto; ni siquiera estamos seguros de que la publicación sea íntegra en este 2017. Así pues, para curarnos en salud, se ha preparado esta avanzadilla a modo de adenda, una especie de separata que se podrá adjuntar a un futuro​ artículo más profundo sobre el contenido de esta colección.

Hasta que eso sea posible, nos vamos a detener especialmente en cómo se llegó a conformar al personaje de Shang-Chi y las bases fundamentales de Master of Kung Fu. Solo con su título es fácil deducir una de ellas, la moda de las artes marciales que se apropió de la cultura popular en los años setenta. Toda una explosión que tuvo su reflejo en el noveno arte. Por otro lado, ese Kung-Fu se vio mezclado con la literatura pulp y con un personaje que había fascinado a generaciones, el Dr. Fu Manchú, creado por el escritor inglés Sax Rohmer. El diabólico doctor era parte de la abundante compra de licencias que dispuso la Casa de las Ideas durante esos años. Licencias que terminaron por reportarles pingües beneficios a la compañía. En este caso, se decidió relacionar de forma muy directa a Fu Manchú y Shang-Chi, convirtiéndolos en padre e hijo, en términos de ficción. El experimento funcionó durante casi 10 años, hasta la caída en desgracia y el paso al armario de los personajes secundarios. En realidad, los que fueron creados por Marvel originariamente porque todos los surgidos de la imaginación de Rohmer (incluido el malvado villano) no podían reutilizarse al perder la editorial los derechos de imagen y reproducción. Eso también incluía la reimpresión del material clásico. Conclusión, parecía que la oportunidad de disfrutar de la mítica serie Master Of Kung Fu en tiempos actuales se convertía en quimera. Durante años y años se nos ha dicho que era imposible por temas de derechos.

En el año 2016 salta la bomba. El bombazo, debiéramos decir. Marvel anuncia que ha conseguido un acuerdo con los herederos de Sax Rohmer para publicar de forma puntual la cabecera original protagonizada por Shang-Chi. Cuatro tomos en formato Omnibus dan cuenta de ello en USA. En España sale a la luz en 2017 y es sin duda una de las mejores noticias que nos han podido dar durante este año. Nos encontramos ante un material que parecía un imposible hasta hace bien poco y que todo apunta a que volverá a ser así a no muy tardar. Una oportunidad única para apreciar una obra que bien lo merece y que las terribles maquinaciones sobre derechos obligaban a tener bajo llave. No así el personaje principal, el buen Chi, que es propiedad Marvel y que goza de relanzamientos de cuando en cuando, pero sí el importante entorno extraído en gran parte de la obra de Rohmer. A todos los interesados en Shang-Chi, les recomiendo el artículo de mi compañero Sergio Aguirre en el que, con motivo de su fugaz serie en Marvel Now!, ponía en orden las diversas apariciones del artista marcial, a lo largo de su dilatada historia. Nosotros nos vamos a centrar en la serie clásica y de ahí no saldremos, por lo que indicamos a aquellos que necesiten saber algo más el lugar dónde dirigirse. Sin más dilación, damos el pistoletazo de salida tratando de conocer algo más sobre la influencia literaria de Master Of Kung Fu.

Sax Rohmer y Fu Manchú. El elogio de lo pulp

Si hablamos de las aventuras y desventuras del hijo de Fu Manchú es necesario explicar el origen de tan singular personaje. Primero lo haremos trayendo a colación a su padre literario, Sax Rohmer, para luego centrar nuestro análisis en el estereotipo que supone la concepción de su caracter. Esas dos líneas principales van a glosar esta primera puesta en común sobre la cuestión.

Fu Manchú surge de la cabeza del escritor inglés Sax Rohmer, cuyo nombre auténtico es Arthur Henry Ward (1883- 1959), en el inicio de su temprana carrera como novelista. Hijo de obreros de la ciudad de Birmingham, no estaba claro que alguien de su posición estuviese destinado a las letras pero su innato talento y una permanente búsqueda de conocimientos le llevó a triunfar en la literatura. Como muchos jóvenes de finales del siglo XIX e inicios del XX, se vio tentado por el ocultismo. Así pues, mientras desempeñaba todo tipo de labores comunes para su sustento, tuvo la oportunidad de enrolarse en una asociación llamada The Golden Dawn. Como pueden suponer, este extraño círculo tenía una fuerte raíz esotérica y es probable que de aquí obtuviese su andamiaje intelectual más importante, centrando sus estudios en cuestiones que atañían al antiguo Egipto y a las lejanas civilizaciones orientales. Decimos probable porque hay especialistas que ponen en tela de juicio su pertenencia a este grupo. Uno de sus más reconocidos miembros, Alistair Coombs, incluyó sin tapujos a Arthur Ward en la lista de integrantes. Pero la cronología no es del todo clara ya que se estima su entrada en la asociación a la temprana edad de 21 años, lo que era algo improbable para un club tan selecto. Hay quien habla de ramificaciones juveniles de la propia Golden Dawn, donde sí encajaría mejor un muchacho de su edad. Sea como fuere, dejamos patente que su relación con el ocultismo es algo innegable.

El escritor Sax Rohmer, padre intelectual de Fu Manchú

El joven Ward era alguien con gran imaginación y determinación por triunfar. Comienza a fantasear con sus posibilidades y pronto acude al pseudónimo para presentarse en tan extravagantes reuniones. Primero será conocido como Sarsfield, según sus biógrafos oficiales, ya que los delirios de una madre alcohólica le hacían conectar con un importante militar irlandés del S. XVII, Patrick Sarsfield. Poco tiempo después asumiría el a la postre definitivo Sax Rohmer (traslación al sajón de las palabras “filo” y “vagabundo”, respectivamente). La razón para toda esta pompa y boato es que esas sociedades ocultistas valoraban en gran medida el misterio, creaban personajes en sí mismos, y Rohmer abrazó el juego de una manera bien temprana.

Con apenas veinte años publica su primer relato en una revista especializada en temas pulp, “La Momia Misteriosa” (1903), un texto todavía muy verde que versa sobre los tópicos del antiguo Egipto. Había que labrarse un nombre en el medio y el autor escribe de todo para salir a flote, desde canciones, libros humorísticos (Pause!, fechado en 1910, se considera su primer ejemplar publicado) y biografías de dudoso gusto. Un popurrí que mezclaba trabajos alimenticios con sus verdaderas inquietudes. Y esas pasaban por el relato con aroma pulp y policiaco que protagoniza el personaje de Fu-Manchú. Tras publicar algunas historias sueltas en la revista The Story Teller, comienza la serialización en The Mistery of Dr. Fu Manchu (1912-1913) y su éxito es inmediato. Tanto que pronto da lugar a una novela que representa el inicio del salto a la fama del autor. Aquí están las bases montadas de lo que posteriormente serán elementos indisolubles a su manera de narrar. Tenemos un misterio entre manos que se debe resolver. Los encargados son un brillante detective inglés, Sir Denis Nayland Smith, y su inseparable acompañante, el doctor Petrie. Sus pasos no tardarán en llevarles al más diabólico de los villanos, el Dr. Fu Manchú. Esta es, sin lugar a dudas, su mayor y más entonada creación. De forma instantánea se convierte en el epítome del mal. Con el paso del tiempo y de sucesivas continuaciones sabremos algo más de su longeva vida. Pronto descubrimos que no siente ninguna empatía por la modernidad y su arraigo a la más obsoleta tradición queda bien clara en su forma de matar, donde armas blancas y cultivados venenos se tornan sus métodos preferidos. Fu Manchú es un genio con un gran poder de atracción, lo que hace que cuente con un buen grupo de seguidores, entre los que cabe citar a los Thugee o esa escisión posterior que se denominaría los Si-Fan. El misterio que envuelve su aura es parte de esa atracción. Por supuesto, Fu Manchú es un pseudónimo y no tardamos en apercibirnos de que tiene muchos más años de los que una persona normal puede aspirar. Se sabe que perdió a su familia durante el levantamiento de los Bóxers, un movimiento que renegaba de la influencia foránea en China (1899-1901), y que desde entonces se había preocupado en reunir un ejército de hombres en aras de obtener el Elixir Vitae, la clave de la inmortalidad. Aun sin ser su total poseedor, no cabe duda de que ha conseguido alargar su vida más allá de lo natural.

Es obvio que Rohmer se sabía de cabo a rabo las novelas de Arthur Conan Doyle, pues el esquema no puede ser más parecido. Pero el hecho de añadir el misterio del siniestro doctor, con ese toque orientalista que emerge de vez en cuando, nos deja una novela que conseguirá un notable nicho de mercado y , a la larga, un molde maestro de lo que será una sobreexplotación del tema. El bueno de Sax obtiene réditos y reconocimiento, por lo que no dejar de satisfacer al respetable con una continuación a la altura, The Devil Doctor (1916). De hecho, tan seguro estaba de sí mismo, que no tuvo reparos de deshacerse de su gran estrella en The Si-Fan Misteries (1917), donde al final del libro observábamos la muerte del malvado doctor. Tuvo que recuperarlo de nuevo en 1931, en la novela titulada La Hija de Fu Manchú, después de una demanda popular bastante evidente, y así comenzar una nueva serie de peripecias. Este renovado cambio de rumbo suponía un ciclo que incluía The Mask of Fu Manchu (1932) , The Bride of Fu Manchu (1933) o The Trial of Fu Manchu (1934).Estaba claro que el gran público disfrutaba con el personaje.

Sax Rohmer era de los más prolíficos y mejor pagados escritores de relatos pulp de comienzos del siglo veinte. Y no solo vivía de Fu Manchú. Especializado en historias policiacas y rasgos orientalistas, creó a caracteres populares en la época como el detective Gaston Max, el experto en lo oculto Morris Klaw o la figura de la intrigante y malvada Sumuru. Todos éxitos para el autor. Tras la Segunda Guerra Mundial, abandona su Inglaterra natal para instalarse en los EEUU, donde su leyenda sigue aumentando. En este país era una estrella reconocida en los cuarenta, abrazando con singular pasión el público estadounidense la figura del malvado antagonista de sus novelas. Nada más y nada menos que en una fecha tan temprana como la década de los treinta, la meca del cine se ufanó en trasladar a su personaje fetiche en la cinta llamada La Máscara de Fu Manchú (1932), con Boris Karloff en el papel del oriental doctor. Y esta no sería su única aparición en pantalla grande. En los años sesenta, Christopher Lee se puso la túnica en variadas ocasiones para conformar una versión señorial del malvado villano. A esas alturas ya se podía constatar que el maquiavélico Fu Manchú era parte importante de la cultura popular, un nombre que evocaba ecos reconocibles. Y todo ello es gracias a Sax Rohmer, autor incansable que siguió publicando de manera voraz hasta su práctica muerte en 1959. Rohmer supo crear una figura malvada pero que a la vez generaba un oscuro interés en el lector. Protagonista absoluto de trece novelas a cargo de su creador original (la última, Emperor Fu Manchu, publicada en el mismo año de la muerte del escritor), más una incontable cantidad de obras apócrifas y una peculiar carrera en el cine, la figura del inmortal doctor ha pasado a ser uno de los villanos por antonomasia de la literatura pulp. No es de extrañar que a la muerte de su creador todavía hubiera gente que demandara un poco más de sus aventuras. A la vez que generaba un interés, por hacer una comparativa, lo que viene a ser una luz, también representaba la sublimación de algo que se ha denominado como “el peligro amarillo”, es decir, una sombra; un concepto que conviene analizar detenidamente para comprender mejor su papel en la serie Master of Kung Fu.

La polémica ya surgió en vida de Rohmer, donde hubo alguna que otra queja por perpetuar un estereotipo de perfil negativo. Sobra decir que esas acusaciones hacia el escritor inglés eran infundadas ya que Sax no quiso envolver a su personaje de ningún tipo de connotación política. Su imagen, su apariencia física, respondía a los gustos orientalizantes del autor. De hecho, al malvado villano se le acabó por otorgar algunos rasgos occidentales, al hacerlo hijo mestizo de sangre china y británica, o situar su educación en terreno europeo. La conciencia de Rohmer con respecto a la realidad británica le permitía un punto de vista más allá de lo político por los indudables lazos que unieron a las dos naciones durante el siglo XIX. Hay que recordar que durante esa centuria Gran Bretaña era una potencia de cariz imperialista con intereses en China. No era extraño que surgieran enfrentamientos, tal y como se pueden citar las diferentes Guerras del Opio, en las que la Inglaterra de su Majestad obtuvo la isla de Hong-Kong. Tras esos conflictos, el ambiente no era propicio para el extranjero y mucho menos para los británicos. Resultado de esa calma tensa fue la Rebelión de los Boxers, donde multitud de chinos cristianos y foráneos (muchos originarios de la pérfida Albión) fueron asesinados en la revuelta. Todas estas informaciones llegaban a una población alejada del conflicto y que de forma subconsciente se veía superior al resto de sus semejantes asiáticos. Comenzó a forjarse una imagen del pueblo chino como potencia expansiva a costa de los intereses de Gran Bretaña. El caldo para el cultivo del Peligro Amarillo estaba dispuesto para servirse.

El caso es que no fue Rohmer el inventor, ni el principal adalid de tales teorías, ni mucho menos. Se empezaron a propagar a partir de las Guerras del Opio. De 1880 data una novela titulada The Last Days of the Republic, escrito por el norteamericano Pierton W. Dooner, en la que se nos cuenta la conquista, por parte del pueblo chino, de los Estados Unidos de América. Ahí es nada. Toda esa imaginería negativa fue absorbida por los escritores pulp, que disfrutaron con la conversión de los asiáticos en exóticos villanos. A pesar de la negativa de Rohmer a ese respecto, es indudable que ayudó a propagar el estereotipo, muy a su pesar. Tampoco los medios generalistas se libran de la culpa y por ahí tenemos los rotativos propiedad de William Randolph Hearts, que utilizaban el concepto de “peligro amarillo” sin ningún tipo de pudor. De Fu Manchú ha llegado a decir en tiempos recientes el escritor estadounidense Frank Chin (de origen chino) que “es una visión mítica, fabricada en el subconsciente de los blancos norteamericanos cristianos que sueñan con la sexualidad oriental. Fu Manchú es un hombre que lleva un vestido largo, que está rodeado de criados musculados en taparrabos y que tiene la fea costumbre de acariciar las piernas de los hombres blancos”.

En realidad, cuando hablamos de segregación, de rechazo al que es distinto siempre subyace un componente de miedo importante. En este caso ilógico, pues viene originado desde la parte occidental; una parte que se había afanado en crear un ambiente colonizador en base a sus propios intereses. Para el prestigioso orientalista Edward Said, “la relación entre Oriente y Occidente es una relación de poder, y de complicada dominación: Occidente ha ejercido diferentes grados de hegemonía sobre Oriente”. Es decir, que gran parte de las aproximaciones culturales de la época se hicieron sobre la dominación al asiático, estableciendo peligrosos clichés que perduraron durante generaciones.

Si el “peligro amarillo” era una constante en cine, literatura e incluso medios de comunicación, qué decir de la viñeta norteamericana, acostumbrada a fagocitar todas las influencias posibles de la cultura de masas. Por poner un ejemplo harto conocido, por ahí tenemos al Emperador Ming y toda su imaginería en la tira de Flash Gordon desde 1934. Si nos ceñimos a Marvel Comics, ámbito de nuestro estudio (pues la representación típica y tópica en la Era Timely/Atlas es constante), nos encontramos con algunos ejemplos que pueden ser representativos de la cuestión. Así, cuando Fu Manchú todavía no formaba parte de elenco de la compañía, Al Feldstein y Joe Maneely crearon su propia versión en 1956, llamada Garra Amarilla (Yellow Claw). Por las fechas, hay que aclarar que hablamos de un personaje Atlas pero lo incluimos porque no tardó en ser incorporado a la continuidad de la Era Marvel, repetimos, como lo más parecido al malvado doctor que tenía la editorial. De hecho, estuvo rondando por estos pagos de forma intermitente hasta el año 2007, donde murió en la colección de los Agentes de Atlas, ya reconvertido en Garra Dorada (nótese que el “amarilla” es eliminado para no herir susceptibilidades). Mucho más importante es el Anciano, el mentor del Doctor Extraño, perfecta representación del asiático exótico. Y la cosa quedó ahí por azares del destino pues Steve Ditko estaba decidido a hacer pasar al Maestro de las Artes Místicas por otro compatriota del Anciano, aspecto que se percibe fácilmente si comprobamos los ojos y las facciones del Doctor en los primeros números de Strange Tales. Finalmente, Stan Lee decidió que fuera un cirujano norteamericano, cediendo los galones orientales a Wong y al citado Anciano. También con una gran relevancia en la editorial tenemos al Mandarín, enemigo acérrimo de Iron Man, una colección donde se abusaba de los tópicos y de los enfrentamientos entre bloques antagónicos.

Garra Amarilla, el prototipo de la Era Atlas

Como se puede observar, Marvel Comics no fue ajena a una visión maniquea del oriental. Cuando Fu Manchú pasó a formar parte de la galería de personajes de la compañía nos encontrábamos en plenos años setenta, una década que se recuerda por la integración de las minorías en los Estados Unidos. Había que ser cautelosos en el cómo se incorporaba, eliminando cualquier connotación de aquello que mejor representó, el “peligro amarillo”. Tarea harto compleja pues el malévolo doctor lo representa tanto como Drácula a los vampiros. De todas formas, hay una anécdota interesante con respecto a esto, y no tiene que ver con tramas o diseños, sino con un detalle tan simple como el color. Steve Englehart, como veremos en el punto siguiente, fue el encargado de dar vida a la serie junto a Jim Starlin. Steve se puso al frente del guion de Special Marvel Edition#15, la revista antológica donde nació Shang-Chi y se introdujo en continuidad a su padre, Fu Manchú, diseñado por el dibujante con sus elementos reconocibles: bigote largo y fino (hay que advertir que en las novelas nunca tuvo bigote; ese detalle es algo heredado de la visión del cine), ropaje oriental, y por último, dedos alargados y puntiagudos. Aparte de la sección literaria, Steve también se hizo cargo del color, otorgando un “amarillo apagado” para el villano y un “amarillo naranja” para su vástago. Cuesta asumir que en el mundo real dos personas puedan tener esas tonalidades, pero corramos un tupido velo pues hablamos de cómics, en teoría, basados en fantasía. Por el camino, la idea normalizadora respecto al color parece que caló en los equipos creativos pues el debut de la Hija de Fu Manchú vino acompañada por una tonalidad muy cercana a la caucásica, sin estridencias. Y en esas es presentado un personaje llamado Cazador de Sombras en una amarillo chillón que dañaba los ojos.

Cazador de Sombras. El Peligro Amarillo, pero bien amarillo

Por aquellos tiempos la colección era regentada por Doug Moench y Paul Gulacy. Y en los correos del lector tenían un seguidor recurrente con los temas que atañían a la comunidad asiática, el gran Bill Wu. Fue el tal Wu el que llamó la atención de los creadores y estos se vieron obligados a dar explicaciones públicas al respecto: “ tal y como Doug ha debatido contigo en correspondencia privada, el coloreado en los cómics es un tema complicado, especialmente cuando tiene que ver con un tema tan espinoso como diferenciar una raza o grupo étnico de otro…..La producción de los cómics está dirigida a utilizar colores muy vivos y chillones, con algunas (pero no las suficientes) tonalidades conseguidas mezclando los cuatro colores básicos. Por ejemplo, podemos reproducir el amarillo chillón utilizado en el Cazador de Sombras; o un amarillo un poco más apagado para Fu Manchú; y el “amarillo naranja” que usamos con el propio Shang-Chi. Esas son nuestras opciones. Y enfrentados a opciones tan limitadas, Doug ha preguntado por qué debemos utilizar ninguna tonalidad de amarillo para nuestros personajes asiáticos. Al fin y al cabo, el color de piel de los asiáticos se parece mucho más al tono de piel empleado para los caucásicos en los cómics. La respuesta que obtuvo de nuestro editor es que no tenemos por qué usar el amarillo. De modo que se decidió que, con la excepción de personajes firmemente asentados, todos los futuros personajes asiáticos se colorearán con el mismo tono de piel que los caucásicos”. Es llamativo que a la altura de 1975, fecha de la publicación de ese tebeo en concreto, todavía se tenga que preguntar el modo de colorear a personajes orientales, lo que denota una implantación subconsciente del concepto “amarillo”. De todos modos, Marvel cumplió su palabra y al poco nació Leiko Wu, con un tono de piel más acorde a los tiempos modernos.

Con todo, tenemos al Doctor Fu Manchú, adalid del “peligro amarillo” y genial representación del villano pulp, listo para debutar en el Universo Marvel. El cómo acabó enrolado en una producción cuyo reclamo más evidente eran las artes marciales es un tema que solucionaremos en el siguiente punto.

Hola América. Mi nombre es el Kung-Fu

Hay quien ha definido la década de los setenta en EEUU como los años de la música disco, el feminismo y el fenómeno del Kung-Fu. Como cualquier frase que pretende sentar cátedra, peca de reduccionista pero no se puede negar el influjo de las artes marciales en toda una generación. Veamos un poco la génesis de esta antigua tradición oriental llevada al cine y como se llegó a generar un personaje como Shang-Chi.

Las artes marciales son consustanciales a la idiosincrasia asiática, eso no es necesario explicarlo. Llevan funcionando cientos de años y así continuarán por lo restos. El mundo del espectáculo es otro negocio cualquiera en la China de primeros del S.XX. Regentado por clanes, familias de tradición y raigambre comercial, debemos citar a la familia Shaw como una de las grandes impulsoras del cine en su país. El primero de sus integrantes que fija su vista en el séptimo arte es Shao Runjie, de formación abogado, pero curtido en negocios de tipo textil. Como una especie de pasatiempo, comenzó a invertir su dinero en películas de cine mudo que se proyectaban en la Shanghái de los años 20 del pasado siglo. Pronto, esas películas comienzan a dar inesperados beneficios por lo que la configuración de una compañía profesional sería su siguiente paso, la llamada Shaw Brothers Studios (también conocida como Tinanyi o Unique Films). Esta empresa fue la primera que se atrevió con el cine sonoro en China y poco a poco fue consolidando su posición. Ni siquiera durante el tumultuoso periodo de la II Guerra Mundial, en el que incluso se dice que los Shaw colaboraron con el invasor nipón para su propio beneficio, cejaron en su empeño de aumentar su imperio, lo que incluía espectáculos de circo, cabaret o veladas de boxeo. Todo valía para aumentar los rendimientos. A finales de los años cincuenta ya son un emporio con negocios en todo el sudeste asiático, incluida la reluciente Hong-Kong.

Los Hermanos Saw ponen de moda el Kung-Fu

Después de probar todo tipo de géneros, los Shaw se fijan en el cine de acción. Estamos a inicios de los años sesenta y las llamadas películas Wuxia comienzan a despuntar. Básicamente, representaban a héroes espadachines, con ambientación de época y filosofía propia, metidos en impresionantes coreografías, donde destaca un mayor índice de violencia con respecto a un film estándar. Algunos hitos de la época son “Bebe conmigo” o la trilogía del Espadachín Manco. Pero la que se considera como piedra angular del género del Kung-Fu es “Five Fingers of Death” (1972), con producción en Hong-Kong y protagonizada por Lo Lieh. Sobra decir que la moda se expandió como la pólvora, incorporándose otros jugadores al tablero, pero hay que reconocerle a la compañía de los hermanos Shaw la importancia y el empuje que le dieron a esas producciones. Quizás el golpe definitivo sobre la mesa referente a esas películas sea el momento de la entrada en escena de un joven con raíces chinas y origen norteamericano (aunque criado en Hong-Kong) llamado Lee Jun Fan. ¿Qué no lo conocen? ¿Y si les digo que es el auténtico nombre de aquel que se hizo llamar Bruce Lee para el gran público? Ya lo ubican, ¿verdad? Lee fue una auténtica revolución, con su filosofía del Jeet Kune Do, y “Karate a muerte en Bangkok” todo un pelotazo comercial. Las Wuxia tenían su tradición pero el descubrir un tipo de violencia más crudo, al utilizar puños y piernas, utilizando el trasfondo del ambiente actual, se probó que tenía un tirón superior.

El éxito de estas cintas en el lejano oriente es algo incontestable. Generaban los suficientes dividendos como para que Hollywood pusiera la vista en ellas. Operación Dragón (1973) fue una producción realizada por los cauces habituales, es decir, protagonizada por Bruce Lee y producida por personal de origen chino, pero en la que una gran major norteamericana como Warner Brothers acabó involucrada. Fue el último canto de cisne de Lee, que murió apenas una semana antes del estreno. Su distribución fue internacional y convirtió a Bruce, toda una leyenda en China, en un fenómeno global. El éxito provocó un furor del género en los Estados Unidos (en general, en todo el mundo) y no solo a nivel entretenimiento, ya que las esquinas de los barrios se poblaron de academias expertas en artes marciales y hubo un repunte por todo aquello relacionado con lo oriental. El Kung-Fu había llegado para quedarse.

Bruce Lee, la imagen del Kung-Fu

Las grandes ciudades norteamericanas vivían la pasión por las artes marciales y los creativos televisivos pensaron que de alguna forma se podía recrear ese éxito en un producto patrio. La cadena ABC se lanzó a la piscina y buscó un tratamiento de guion que pudiera ser accesible al gran público. Fueron Ed Spielman y Jerry Thorpe los principales impulsores del proyecto. Para ello se pusieron en contacto con el productor y guionista Herman Miller, en aras de establecer el armazón básico de la futura serie. Spielman y Thorpe tenían en mente el Kung-Fu como leit motiv fundamental pero eran conscientes de que el cine oriental cubría con creces esas demandas. Con la ayuda de Miller, pertrecharon la historia de Kwai Chaing Caine, un hombre curtido bajo los preceptos de un monasterio Shaolín, en un viaje de descubrimiento por las tierras del viejo Oeste. Eso sí que era algo original. Juntar en una misma producción el concepto de western y las artes marciales podía responder a esa demanda de Kung-Fu, a la vez que se revestía de un elemento consustancial a la cultura norteamericana. El protagonista principal sería un mestizo, mitad occidental, mitad oriental; el hecho de que el actor principal, el legendario David Carradine, fuera caucásico de pura cepa se trató de enmascarar con ese mestizaje y con algo de maquillaje. Los directivos de la cadena ABC abrazaron con ilusión el proyecto y dieron luz verde al programa, cuyo nombre, sin romperse mucho la cabeza, pasó a ser Kung Fu.

Y el resto es historia. El show se mantuvo en antena desde el año 1972 hasta 1975, con una aceptación popular fabulosa. El personaje traspasó fronteras (hasta España llegó la fiebre) y se convirtió en otro hito de la cultura popular. No pocos han utilizado la célebre frase “pequeño saltamontes” referida contextos de aprendizaje y más de uno buscábamos las insignias del tigre y el dragón para “tatuar” nuestros brazos. La serie fue un pelotazo en toda regla pero no hubiera sido posible sin la moda del Kung-Fu. A su vez, sin el programa de la ABC no hubiéramos tenido la colección de Shang-Chi, que es aquello que nos interesa. Veamos como acabó por conformarse este serial de la Marvel de los setenta.

David Carradine y su adaptación televisiva del Kung-Fu

Para comprender la unión de la serie televisiva y el cómic vamos a seguir las palabras de uno de los creadores originales, Steve Englehart, que ha relatado con pelos y señales el cómo y el porqué de Shang-Chi. Por aquellos días, Englehart y Jim Starlin eran colegas inseparables; dos profesionales recién llegados al medio que circulaban por los mismos ambientes. Cuenta Steve que ambos estaban apercibidos del show de la ABC pero que no les había llamado la atención. En una de esas fiestas que tanto se estilaban entre artistas fue Steve Harper el que les despertó el gusanillo de la curiosidad. Harper fue un entusiasta desde el minuto uno de la serie y digamos que a él le debemos mucho. Cuando Jim y Steve Englehart se sentaron y vieron con detenimiento el programa quedaron prendados del concepto. Se convirtieron en seguidores habituales y a la vez pensaron que se podían extraer buenas ideas para plasmar en un cómic.

Con el ambiente distendido que se vivía en la época en Marvel Comics, fueron a ver a Roy Thomas, mandamás editorial, y le intentaron vender su proyecto. A Roy no le hacía gracia el tema de artes marciales pero si esos chicos con talento le pedían un favor así era porque realmente tenían algo que ofrecer, por lo que les dio el visto bueno. En ese momento, el Director Editorial se dio cuenta de que tenía cogiendo polvo en las estanterías una de las múltiples licencias adquiridas en esos locos años 70; todavía sin saber dónde ubicarla, le exigió al tándem Englehart-Starlin que fuera incluida. Hablamos, claro, de Fu Manchú y toda la cohorte de secundarios de la literatura pulp apalabrada con los herederos de Sax Rohmer. “Haced lo que queráis con esa serie de artes marciales pero debe aparecer Fu Manchú, sí o sí”. Thomas quizás pensó que por el hecho de versar sobre el Kung-Fu, o sea, género oriental, daba lugar a que se incluyera a este tipo de caracter. Aquello cambió un poco los esquemas del equipo creativo, que no tenía cavilada esa variante. De hecho, ambos sabían que no lo necesitaban para nada pese a que Englehart se mostraba conocedor de la fuente literaria, no tanto Starlin. Según el primero “Fu Manchú es un supervillano, no un supervillano chino. Pero es un hecho que procede de una época donde las consideraciones sobre los prejuicios raciales eran diferentes a la de hoy día. Fu Manchú era el Peligro Amarillo encarnado (peculiar, todopoderoso y por encima de todo, chino)”. Se notaba que el guionista conocía bien la materia prima y declaraba alegremente que “había leído todos los libros de Fu Manchú y me gustaban las novelas pulp. Era capaz de escribir a Fu Manchú, si realmente tenía que estar en la serie”. Pero eso no era óbice para que los dos creadores pensaran que la inclusión del diabólico doctor en una dinámica con un trasfondo actual basada en el Kung-Fu era algo erróneo: “el hecho de que el obligado villano procediera de una época muy anterior a nuestro personaje actuaba en contra de nuestra visión”.

Ya hemos visto un primer atisbo de cómo se iba configurando la serie. Primero, la idea de una colección basada en el Kung-Fu, algo que desde las altas instancias consideraban arriesgado ya que el show de ABC todavía pasaba desapercibido. Luego, la imposición de Fu Manchú…. y ahora, un segundo decreto editorial: el protagonista debía ser mitad blanco, mitad oriental. Nada de protagonista asiático de pura cepa. Analogía, por cierto, de lo mismo que había ocurrido con la serie de Kung Fu, donde se desestimó a protagonistas de origen chino en pos de un “supuesto” mestizo como Carradine. La pregunta es inmediata, ¿había racismo en los setenta? La respuesta de Englehart no puede ser más evidente: “pues claro que lo había. Y esto no era para nada indicativo de las predilecciones de Roy; era la experiencia sobre lo que funcionaba para el gran mercado”.

Steve y Jim empezaron a perfilar líneas maestras de la serie. De hecho, nuevamente Englehart, nos cuenta que incluso en situaciones cotidianas como el paso por un edificio en obras les daba para el plot de una historia (en este caso, se refiere al Special Marvel Edition#16, con la parte final de la lucha entre Medianoche y Shang-Chi en un solar en construcción). Pero faltaban los rasgos básicos del protagonista. Para su confección, Steve no dudó en empaparse de filosofía oriental y más concretamente del libro conocido como I Ching. Este es un tratado que data de tiempos antiguos, algunas de sus partes casi perdidas en los océanos del tiempo, cuya principal base es la filosofía taoísta. Es un libro ciertamente complejo, que requiere un armazón conceptual muy concreto cuando te aproximas a su vertiente cosmogónica (y no hablamos ya de la interpretación de los hexagramas). De aquí el guionista sacó dos términos que le servirían para establecer su nombre de pila, Shang (crecimiento y avance) y Chi (espíritu). También hay que señalar que extrajo parte de la dinámica entre los dos protagonistas, el equilibrio de fuerzas contrapuestas que supone el yin y el yang. Si Fu Manchú representaba el mal y la violencia, Chi solo podía ser el equivalente al bien y a la paz. Sobre ese complicado armazón debía montarse la relación entre ambos, que para darle más emoción, se decidió que fueran padre e hijo. Así, Shang-Chi vendría determinado por ser uno de los descendientes del malévolo doctor, con todas las aristas y posibilidades que todo ello podía comportar.

La estructura estaba dispuesta. El personaje contaba con un diseño específico ideado por Jim Starlin y Englehart ya tenía claro como ensamblar artes marciales y villanos pulp. Se decide que esta amalgama salga a la luz pública en una cabecera destinada a pruebas varias llamada Special Marvel Edition. En su #15, con fecha de portada diciembre de 1973, hacía su debut el artista marcial y conocíamos de primera mano su relación con Fu Manchú. Sobra decir que el experimento tuvo el respaldo necesario; tanto que al final acabó por apropiarse de la cabecera episódica. Comienza un largo recorrido con Shang-Chi, auténtico pionero en las artes marciales marvelitas, que abriría el camino a otros (Puño de Hierro, Hijos del Tigre, etc.), y que se tornaría en leyenda con el paso de los años. Y todo gracias a una serie de televisión, que a su vez se apropiaba de una moda venida del lejano oriente. La conexión estaba ahí y dos adelantados a su tiempo como Englehart y Starlin supieron verla antes que nadie.

Los muchos pasos del Maestro del Kung-Fu

Los titubeantes pasos iniciales de Shang-Chi en Special Marvel Edition pronto se convirtieron en una cabecera con solera, Master of Kung Fu, llegando a alcanzar los 125 números, más especiales y anuales (si bien, es necesario especificar que contamos desde el #17, momento es que la serie episódica pasó a renombrarse). Todo un periplo que va desde diciembre de 1973 hasta junio de 1983, fechas de portada. Hay que decir que, pese a su largo recorrido, no ha contado con muchos escritores al timón, destacando como figura incontestable el guionista Doug Moench. A pesar de no ser el creador original, cogió el testigo cuando los artistas que dieron forma y vida al bueno de Chi decidieron abandonar, y ahí se mantuvo hasta su práctico final. Lo que sí es característico es el habitual baile de artistas durante esos diez años que nos va a facilitar la separación en bloques respecto al recorrido de la colección. Y a ese menester nos dedicamos a partir de ahora, el desglose de la historia de la cabecera protagonizada por Shang-Chi, sin necesidad de entrar en spoilers, ni desarrollos a pie juntillas de los capítulos. Solo una visión general que nos permita comprender al personaje, haciendo especial hincapié en lo que se movía tras las bambalinas editoriales y centrados solo en lo que acontecía en el terreno del comic-book. Y para ello es necesario comenzar por el principio, por la dupla mágica que supo concentrar sus intereses en un tebeo de alta calidad.

Etapa Steve Englehart-Jim Starlin

Steve Englehart y Jim Starlin abren fuego con la creación de este mestizo experto en el noble arte del Kung-Fu. Special Marvel Edition#15 nos muestra enseguida la estructura de la colección, Shang-Chi en busca de su malvado padre para comprender sus motivos; a la larga, comprenderse a sí mismo. Pero antes necesitamos poner en contexto al villano y para ello los autores mantienen la cronología de toda la obra de Sax Rohmer. Chi se muestra como un hijo obediente, circunspecto, encerrado desde su nacimiento en la legendaria fortaleza de Honan, sabedor de que su padre representa el bien y la luz. No hay brecha en su alma, ni en su corazón; está convencido de que solo existe un camino para la virtud y ese lo representa su progenitor, el doctor Fu Manchú. La primera misión que encomienda el doctor a su abnegado vástago es terminar con un persistente escollo en la búsqueda del bien común, el Dr. Petrie, el hombre más malvado que existe. Ahora anciano, Fu Manchú no quiere que muera por causas naturales; no puede, ni debe obtener esa paz, es necesario asesinarlo antes de que le llegue su final. Shang-Chi, curtido en filosofías pacifistas, se ve en un brete pues es innegable que choca con todo aquello aprendido en Honan, pero entiende que el honor de su padre está fuera de toda duda. Ejecuta la orden con una innegable sangre fría cuando se encuentra cara a cara con Sir Denis Nayland Smith. Será este antiguo agente retirado el que le abra los ojos.

Ya tenemos elementos característicos de la obra de Rhomer. Los dos antagonistas de Fu Manchú, Smith y Petrie, son introducidos en continuidad Marvel. En la primera novela eran apenas unos veinteañeros mientras que de cara al final de la serie, Nayland es un sexagenario y Petrie incluso se ha retirado. Por tanto, se entiende que Englehart adopta el canon y continúa sus aventuras desde el punto que su creador original lo dejó. Así lo explica Sir Denis en el comic: “yo te hablaré de Fu Manchú. Era 1911 y era un agente del gobierno británico estacionado en Birmania, cuando oí por primera vez de cierto hombre….. Un hombre que hablaba todas las lenguas civilizadas y la mayoría de las bárbaras, un experto en las artes y las ciencias que se enseñaban en las universidades, y en ciertas artes y ciencias que ninguna universidad en la actualidad puede enseñar”. La historia de constante conflicto entre ambos tuvo su cenit cuando Nayland fue capturado junto al agente norteamericano Tony Mckay. Este último tuvo la suerte de morir en su cautiverio, no así el británico, que fue torturado hasta quedar impedido. También le habla del Elixir Vitae, aquel que otorga al doctor unas capacidades y una longevidad sobrehumana. El impacto de tales relatos en el espíritu del muchacho es demoledor.

Shang-Chi acude a su otro pilar familiar, una madre que le corrobora sus peores temores y que admite el ayuntamiento con el doctor con el objetivo de que su hijo pudiera reinar. La cosa va de mal en peor. Es obvio que pronto el hijo debía afrontar la lucha con el padre; éste trata de traerlo a su terreno pero la fractura entre ambos es demasiado grande. Se convierten en enemigos jurados, el yin y el yang, pues mientras Fu Manchú se descubre como el malvado entre malvados, Shang-Chi es, literalmente, el crecimiento y el avance de un espíritu, y el suyo no iba a detenerse por el contratiempo de saber quién es en realidad su padre.

Nos hemos explayado un tanto de más en este debut pues es un episodio tan perfectamente coordinado, donde todos sus elementos encajan y cumplen una función, convirtiendo en sencillo algo tan complicado como una historia de origen con influencias tan variadas, incluso podríamos decir, antagónicas, que de forma clara y evidente lo merecía. Pero no sorprende tanto al saber que detrás de todo el entramado se halla la dupla Englehart-Starlin. Dos jóvenes autores ingresados en la compañía en los años setenta pero con un bagaje reconocible a esas alturas. Steve llega con fuerza a la Casa de las Ideas. Después de formarse como dibujante en el taller de Neal Adams, se encuentra más a gusto en el terreno literario, lugar en el que se le reconocen los mayores méritos. Con algunos episodios de relleno a sus espaldas en 1972, año de su llegada a Marvel, sorpresivamente se le asigna como sucesor de Roy Thomas en los Vengadores, una de las colecciones más importantes en la editorial, además de ser el designado para abrir los Defensores, una cabecera ideada por Thomas pero de la que no quiso hacerse cargo. En 1973, año de nacimiento de Shang-Chi, estaba deleitando al respetable en una genial etapa en Doctor Extraño, donde también pudo tocar temas de tipo filosófico. Jim es, inicialmente, de vocación dibujante, pero sus inquietudes pronto le llevarían por el camino de autor completo. También aterriza en Marvel en el año 1972, donde realiza algunos episodios sueltos hasta que despunta en el ya mítico Iron Man#55. Roy Thomas ve en él capacidades para acometer asuntos cósmicos y termina por recalar en Capitán Marvel, una serie al borde la cancelación. El buen trabajo de Starlin permitió una vida extra al kree protector de la Tierra y que se le empezase a reconocer como autor total. En esos menesteres se encontraba cuando se juntó con Englehart para dar salida a un cómic sobre el Kung-Fu.

Lo cierto es que el experimento es recibido con algarabía por parte del aficionado. Englehart maneja el tempo narrativo de forma magistral e incluye todo el trasfondo necesario de las novelas de Rohmer, sin necesidad de apabullar ni de desviar la vista del protagonista principal, el joven Chi. Starlin está de diez, emulando una narrativa con influencias de Jim Steranko, transmitiendo el dinamismo necesario cuando se trata de escenas de lucha (la pelea entra Tak y Shang-Chi es para deleitarse una y otra vez), así como cuando debe poner en liza las conversaciones y momentos estáticos de la narración. El público abraza el enfoque y los autores se mantienen en esa senda, dando salida al #16, con más artes marciales y más filosofía oriental.

Sobre el #17 hay un par de apuntes que son importantes remarcar. Primero, el cambio definitivo de nombre. Se acabó Special Marvel Edition, hola Master of Kung Fu (The Hands of Shang-Chi, como subtítulo). Después, la relevancia de la inclusión de un caracter como Black Jack Tarr, ayudante de Nayland Smith y que será un fijo en todo el recorrido editorial. Perfilado como un fornido ex agente británico con un personal rencor hacia todo lo que parezca chino, terminará por ser uno de los más leales amigos de Shang-Chi. Otra cuestión es que este será el último episodio dibujado por Starlin. Se sabía que Kung Fu, la serie de ABC, mantenía un estable recorrido en televisión (Jim y Steve eran declarados seguidores) pero fue entre la salida del #16 y del #17 cuando el programa explotó de forma definitiva. Estaba en todos los tabloides y medios de comunicación. Comenzaba a convertirse en un fenómeno. Entonces, Roy Thomas, que sabemos que en su momento no era favorable a las artes marciales, decidió que la editorial debía aprovechar ese tirón. Así, por ejemplo, se embarcó junto a Gil Kane en el proceso de dar forma a Puño de Hierro. Respecto a Jim y a Steve, les pidió que sacaran más historias para completar un magazine titulado Deadly Hands of Kung Fu. A Starlin, más interesado en sus peripecias cósmicas, no le apetecía dedicar más esfuerzos a un cómic cuyo origen se remontaba a un mero divertimento de dos amantes de las artes marciales. Aquello comenzaba a tomar un cariz más serio y directamente abandonó. Englehart aguantaría algo más, no mucho, pues pronto todo este fenómeno se convertiría en el principal reclamo para una generación de lectores enganchado al cine de Kung-Fu.

Para suceder a Starlin se asigna a un recién llegado, Paul Gulacy. Las interioridades de cómo llegó a ser el dibujante titular las dejamos para cuando desgranemos su etapa junto al siguiente guionista, con el que firmará la época más brillante de la cabecera. De momento, podemos decir que la influencia de Steranko sigue más viva que nunca. Gulacy arriesga mucho más con los encuadres, con la narrativa, aunque su trazo es mucho más tosco que el de Starlin, lo que le resta algo de la belleza visual que había caracterizado la colección hasta ahora. Entra en el #18 y acompaña a Englehart en el #19, su episodio de despedida.

Si líneas arriba hablábamos de la explosión de la serie Kung Fu en los EEUU, a escasas semanas de ese dato se hace patente a nivel internacional. Consecuencia, Thomas decide que las dos cabeceras (Master of Kung Fu y Deadly Hands of Kung Fu) pasen a ser mensuales, además de añadir especiales varios (Giant Size trimestrales). Aquel ritmo era frenético y Steve, como había hecho Starlin apenas un par de meses atrás, decide renunciar. En su último baile con Shang-Chi se permitió un par de lujos, al incluir como invitado un personaje muy secundario como era el Hombre-Cosa y, por fin, presentar un trasunto propio de su adorado Kwai Chang Caine. Era un homenaje necesario después de ser la principal inspiración para la serie. Y ahí quedaría para los restos.

Este breve periodo (cinco números; tres si contamos los firmados a pachas entre Jim y Steve) tiene su importancia pues asentó las bases de lo que iba a ser el camino de Shang-Chi de una forma tan sólida que sus continuadores pudieron seguir aumentando la trastienda del personaje sin miedo a que el armazón se viniera abajo. Artes marciales y mucha de la mitología ideada por Sax Rohmer en sus novelas de Fu Manchú perfectamente engarzadas. Diversión y buen hacer a partes iguales.

Etapa Doug Moench-Paul Gulacy

La salida de Englehart era un problema. Pero en aquellos locos setenta no había miedo a la improvisación por lo que rápidamente se asigna un sucesor. Este es Gerry Conway, que también debía escribir el magazine en blanco y negro. No se puede decir que en Marvel estuviesen boyantes de personal y el bueno de Conway apenas entregó parte del #20 cuando comunicó a Thomas que no se iba a hacer cargo de Master of Kung Fu. Las historias de Ka-Zar le eran más cercanas y en ellas puso su interés, perdiendo el favor del artista marcial. En la editorial hacían lo que podían, contratando editores asistentes para facilitar las tareas a los escritores. Uno de ellos, Doug Moench, acababa de aterrizar en la compañía después de haber desarrollado una carrera como guionista en la editorial Warren. Por su procedencia, enseguida dejó su buen hacer respecto a la parte literaria en las revistas para adultos del sello Curtis. El Planeta de los Simios o Doc Savage son algunas de sus primeras aportaciones. En la línea del comic-book había debutado en Werewolf by Night, sucediendo precisamente a Conway, que también dejaba colgada esa colección. Pero con todo ello, su principal atribución era la corrección del trabajo de otros. Moench ha declarado que le fascinó desde el primer instante el enfoque de Master of Kung Fu. Le parecía más profundo, más elaborado que el cómic Marvel al uso. Y se jacta de proclamarlo a los cuatro vientos en la misma redacción.

Paul Gulacy demostrando arrolladora capacidad cinética

La forma en cómo Moench termina escribiendo a Shang-Chi viene de la necesidad. Con Englehart fuera de juego y Conway abandonando con el tren en marcha, solo quedaba la desesperada. El propio Doug lo relata de manera jocosa: “Alguien debió de haberme oído elogiar a aquel nuevo personaje, puede que incluso fuera el Director Editorial, Roy Thomas, ya que su oficina estaba al lado de mi mesa, la misma oficina a la que me dijeron que fuera tan solo unas semanas después. Oh-oh, pensé, debo de haberla cagado bien”. Pues no, nada de drama; Thomas lo convocó para sacarlo del tema de la edición y convertirlo en escritor a tiempo total. Su primera asignación, el cómic protagonizado por Shang-Chi.

La cuestión es que todo esto se estaba cociendo mientras se publicaba los últimos estertores de la etapa Englehart. El siguiente guionista debería trabajar con el dibujante entonces oficial, el ya mentado Paul Gulacy. Puede ser interesante en este momento rescatar el cómo Gulacy llegó a ser el artista titular de Master of Kung Fu, pues en palabras del propio Moench, el escritor tuvo mucho que ver con esa decisión. Siempre siguiendo las palabras del bueno de Doug, afirma que lo descubrió en unos dibujos de prueba que estaba estudiando Marv Wolfman, encargado artístico en la época. A Wolfman no le parecieron gran cosa pero sí llamaron la atención de Moench por su manera de narrar. El editor de revistas en blanco y negro le sugirió que, si tanto le gustaba, le escribiera algún guion que pudiera servir de tanteo. El guionista se puso manos a la obra y confeccionó una historia muda sobre vampiros, publicada finalmente en el magazine oficial de los mismos, es decir, Vampire Tales. El test salió positivo para Gulacy; pese a su rigidez y ser consciente de que se encontraba en un estadio bisoño de su arte, demostró ser un excelente narrador. Y de ahí a obtener encargos en la editorial fue coser y cantar, el más destacado, Master Of Kung Fu. Es todo un cúmulo de casualidades pero sin embargo es estimulante que dos personas que se respetaban mutuamente en el medio terminaran por ser grandes amigos, más allá de su relación profesional.

Doug Moench entra en escena en el momento de más exigencia. Ya hemos comentado que la colección pasa a mensual y que se prevén especiales del estilo Giant Size por el camino. A eso hay que añadir la demanda del mercado británico, que publicaba de forma semanal, lo que en personajes con solera no requería mayor esfuerzo, al estar dotados de una larga trayectoria de aventuras, pero sí en un caracter de nuevo cuño. Con este ritmo de publicación tan asfixiante, es lógico que durante todo este tiempo se prepararan numerosos fill in y sustituciones en el dibujo, para dar descanso a Gulacy. Así, podemos nombrar a artistas como Ron Wilson, Al Milgrom, Keith Pollard, John Buscema o su hermano Sal, por citar a los más relevantes, como fuerza de apoyo en todo este periodo. Es de recibo recordarlos aunque vamos a centrar nuestras palabras en los aportes visuales de Paul Gulacy y, como no, en los elaborados guiones de Moench.

El guionista empieza titubeante, no ya en su primer episodio, cuyo principal cometido era terminar con el plot esbozado por Conway. Hablamos en términos generales. Lo primero que tiene claro es que la dinámica de continuo enfrentamiento entre Fu Manchú y su hijo tiene clara fecha de caducidad. A la postre acabaría por no sostenerse. Introduce la variante del MI-6, es decir, el espionaje, el ya tradicional “juego de engaño y muerte” que tanto molesta a nuestro protagonista. Vuelve a poner en circulación a Nayland Smith como un importante activo de la agencia, a lo que se une en ese cometido Black Jack Tarr. Pronto añade nuevos secundarios en las figuras de Clive Reston (descendiente de un árbol familiar de gran pedigrí), Leiko Wu o James Larner. También introduce en continuidad a un alivio cómico como Rufus T. Hackstabber (que causó auténtico furor) y una secundaria extraída de la obra de Rohmer, la hija del malvado, Fah Lo Suee. Pese a ese intento de acercarse a la obra literaria, le cuesta hacerse con Fu-Manchú. Mientras que Englehart era un gran conocedor del trasfondo pulp del personaje, Moench y Gulacy no lo parecen tanto, empeñados en que parezca un malo de una película de James Bond. Algo que queda patente en el correo del lector cuando un buen puñado de seguidores del diabólico doctor hace notar sus quejas respecto al comportamiento de Fu Manchú.

En cuanto a narrativa, Gulacy iba más bien sobrado

Curiosamente, la serie comienza alcanzar cotas de calidad inusitada cuando despegan a Shang-Chi de su padre y lo sumergen en tramas cuya base se sostiene en el espionaje. Da comienzo una serie de sagas conocidas por el nombre de sus antagonistas (Mordillo, Velcro, Gato, Onda de Choque) que son el punto culminante de la fase conjunta de los autores. Lo mejor de lo mejor, la crème de la crème. Historias con un trasfondo y una profundidad envidiables (la de Gato es simplemente sublime), apoyado en el despliegue gráfico de un Gulacy que nos introduce en el meollo de la trama como si de una película de frenética acción se tratara. Más cinematográfico no se podía ser (a más inri, utilizando reconocibles modelos del celuloide en los rostros protagonistas). Narrativamente, soberbio. Hasta el propio Stan Lee convocó a Moench para decirle, literalmente, “sabéis que estáis rompiendo todas las reglas y sabéis que está funcionando. De modo que seguid así. Seguid rompiendo las reglas cuando sepáis que está funcionado. Me encanta lo que estáis haciendo, pero no le contéis a nadie que lo he dicho”. Una de esas reglas era el hecho de que no se podían realizar sagas mayores a dos números. Ni el propio Moench recuerda la razón. Era algo como un axioma no escrito pero sabido por todos los profesionales. Así que, siguiendo el consejo de The Man, plantearon algo inaudito, pues era una larga trama dividida en seis partes.

La lucha con Gato... uno de los puntos cumbre de la serie

Ambos eran conscientes de que se hallaban ante la traca final pues de alguna forma conocían que el camino conjunto llegaba su fin. Había que planear bien cada paso. Cada uno de los seis episodios sería narrado por un personaje capital dentro de la galería pertrechada por Moench. Además, se propusieron resarcirse del tratamiento anterior otorgado a Fu Manchú pues la citada saga lo traía de vuelta como villano principal y los autores cumplieron con nota, doctorándose por fin en las maquinaciones de un villano pulp, tal y como los cánones mandan. Parece mentira pero nos encontramos ya a la altura de marzo del año 1977 y alcanzamos el #50 de la colección.

El ritmo era infernal. Si ya para un guionista era lo bastante exigente como para terminar agotado, el dibujante titular, aun contando con descansos, acabó extasiado. Había dado su do de pecho en esta serie, incluso llegando a realizar lápiz y tintas en algún que otro ejemplar. Las fechas de entrega derrotaron a Gulacy y el artista decidió darse un respiro prolongado. Quedaría atado a la serie mediante la realización de portadas, aspecto que la dirección editorial le había negado durante su periplo como responsable gráfico por considerarle poco válido en ese menester. Ironías del destino que luego alcanzase cierta fama como portadista. El sucesor de Gulacy fue Jim Craig, un joven dibujante canadiense asignado por el entonces mandamás editorial, Archie Goodwin. Para empezar, tuvo que ponerse las pilas para finalizar el #51, episodio que servía de epílogo a la gran macro saga de Fu Manchú. Pese a mantenerse en la cabecera, de manera intermitente, hasta el #66 no lo consideramos lo suficientemente relevante para otorgarle más espacio. De facto, durante su paso por la serie, los fill in y sustituciones fueron habituales pues se mostró incapaz de mantener el ritmo de la cabecera. Jim Shooter lo despidió de forma fulminante nada más acceder al puesto de Editor Jefe. Se acabaron las medias tintas; con Shooter la editorial debía funcionar como una máquina bien engrasada.

Primera página estandar de Gulacy; en realidad, las portadas que no le dejaban utilizar al dibujante

Etapa Doug Moench-Mike Zeck

Ya hemos hablado un poco de Jim Craig como sucesor natural de Gulacy. La serie contaba con el favor del público, Moench seguía entonado con historias y tramas con el componente de los espías como principal atractivo. La dinámica entre los distintos agentes del MI-6, lo que incluía a Shang-Chi, progresaba adecuadamente y la relación del hijo de Fu-Manchú con Leiko Wu alcanzaba nuevas cotas. Aun así, la cabecera comienza un lento descenso en ventas. Si el guionista continúa al timón, la razón de esa pérdida de popularidad debía ser el dibujante. Lo cierto es que proseguir en la estela dejada por Gulacy era algo harto complicado. Cualquier artista hubiera sufrido por la sombra alargada de su predecesor. Pero si a eso le sumas un sustituto novato, incapaz de aguantar la presión y que requería de auxilio cada dos por tres, la cosa empeora ostensiblemente. Uno de los suplentes habituales asignado a cubrir los huecos dejados por Craig fue otro recién llegado a la compañía, un dibujante llamado Mike Zeck.

El joven Michael sabía que quería dedicar su tiempo profesional al tablero de dibujo. Para ello se matriculó en la Ringling College of Art and Design, ubicada en Florida. Aquí obtuvo los rudimentos necesarios en cuanto a anatomía y perspectiva. El trazo de Zeck se caracteriza por su elegancia y su precisión, lo que hace de él un artista esmerado y no precisamente idóneo para trabajar con los asfixiantes plazos de entrega. Estamos en sus inicios y todavía mantenía una cierta cadencia de publicación. Serían los años ochenta los que marcarían su declive por esa exigencia. Comienza su carrera en el mundo del cómic en la editorial Charlton, allá por el año 1974. Pronto, su trabajo llama la atención de los editores Marvel. Es contratado por la Casa de las Ideas en 1977 y uno de sus primeros encargos es cubrir la falta de Craig en Master of Kung Fu, más concretamente en el #55. Así comienza una relación profesional con el escritor Doug Moench, con el que todavía colaboraría en varios números hasta su entrada como dibujante regular (son el #59,#60 y #64).

Con la llegada de Jim Shooter al máximo puesto editorial, Jim Craig es despedido y se le asigna a Zeck la cabecera de Shang-Chi. Exceptuando el #70, que dibujaría Pat Broderick, se mantuvo de manera continuada en la colección desde el #67 hasta el #101. Todo un hito para un dibujante que siempre se ha tenido por poco regular.

A estas alturas de la película, Doug Moench ya le tenía cogido el punto a la serie, continuando con el espionaje y trayendo de forma ocasional a Fu Manchú a la palestra. Y es que nos encontramos ante una colección con una envidiable solera, que disponía de su propio bagaje, por lo que volveremos a saber de personajes como Brynocki u Onda de Choque, además de revisitar la isla de Mordillo. También introduce caracteres nuevos, como el agente Lyman Leeks, una creación del propio guionista con una pequeña particularidad: una cronología que intenta conectar con la continuidad de las novelas clásicas. Es decir, que lo hace un antiguo colaborador de Nayland Smith y enemigo de Fu-Manchú de tiempos pretéritos. El escritor sigue planteando su recorrido en pequeñas sagas, donde el desarrollo del personaje principal continúa en aumento, y las tramas tienden a alambicarse todavía más. Moench era consciente de que debía echarse todo el peso a sus espaldas. Después de la salida de Gulacy y el fiasco de Craig, la serie había comenzado a perder fuelle y nadie mejor que él, conocedor de la idiosincrasia de la cabecera, para tratar de mantener el interés del lector en la obra. Mike Zeck aportaba una narrativa clara y precisa, con unas viñetas estilizadas y preciosistas, sin añadir prácticamente nada más que algún diseño de personaje. El artista no se ha caracterizado en su carrera por implicarse mucho más de lo necesario en el proceso creativo. Pero ese arte elegante, que entra de una manera deliciosa por los ojos, más el buen hacer en el guion, permitió que Master Of Kung Fu acabara asentada y muchas de las nubes negras que se cernieran sobre ella, tiempo atrás, desaparecieran de forma momentánea. Todavía quedaba mecha que gastar.

La inercia de la colección le haría alcanzar una cifra tan redonda como el número 100. Éste sería un número especial que contaría con tres historias diferenciadas, además en distintos periodos históricos, pero que servían para dotar de verdadero empaque a las relaciones entre los personajes principales. Pasado y presente se dan la mano para sustentar el futuro, las aventuras que todavía estaban por llegar. Este ejemplar fue muy exigente para Mike Zeck, por lo que en una de esas historias no contamos con su autoría, reservada al entintador habitual de su recorrido en Master of Kung Fu, Gene Day. Hay que quedarse con este nombre pues lo traeremos a colación dentro de bien poco.

Zeck se haría cargo del #101, como estaba estipulado, cuando de repente hubo un importante revuelo editorial. Estamos a comienzos del año 1981. Roger Stern y John Byrne habían comenzado una interesante etapa en Capitán América cuando, por discrepancias editoriales, deciden abandonar en bloque al Centinela de la Libertad. Se produjo un momento de crisis, que tuvo que ser rellenado por un par de fill in, pero la situación debía reconducirse en breve. Resulta que el bueno de Mike era un declarado fan del personaje e, incluso, llegó a realizar un episodio en 1978, como apoyo al entonces dibujante oficial, Sal Buscema. Directamente, se postuló para el puesto y el editor de la colección, Jim Salicrup, sabedor de su buen trabajo con Shang-Chi, ya que también se encargaba de la edición de Master of Kung Fu, abrazó al nuevo artista de la colección con innegable alegría. El resto es bien conocido por el aficionado Marvel. Junto a J.M. DeMatteis logró inscribir su nombre en los grandes equipos creativos que han pasado por la colección del Abanderado.

¿Y qué pasa con Master of Kung Fu? Pues que Moench tiene que lidiar de nuevo con la ausencia de dibujante, uno que se había mantenido con solidez desde los convulsos días del abandono de Paul Gulacy. Aquel junto al que había consolidado la cabecera tras un periodo de crisis. Un profesional preciosista, elegante y capaz de mantener el ritmo de publicación. Difícil la búsqueda de un sustituto. A veces, solo a veces, puede ocurrir que la solución a un grave problema esté ante nuestras narices y hay que estar lo suficientemente despierto para ser capaz de desentrañarlo.

Etapa Doug Moench-Gene Day

Hemos hablado largo y tendido de las capacidades de Mike Zeck en el punto anterior. Pero no se hacía cargo del desarrollo artístico de forma total. Tenía ayuda al color y a las tintas. En este último aspecto sobresalió la figura de Gene Day, por lo que cuando Salicrup decidió el traspaso de Zeck a Capitán América, su siguiente paso fue asignar a Day como titular de Master of Kung Fu. El editor conocía de primera mano que Day le había echado un cable a terminar la faena al titular en más de una ocasión. Se sabe que desde el #94 Gene había aportado mucho más que el entintado, acabando viñetas y dando forma a bocetos. Hay que recordar que en Marvel parecía encasillado en ese menester pero su formación y experiencia previa le llamaban para empresas mayores. Conozcamos un poco a la persona.

Howard Eugene Day nace en Canadá en el año 1951 y pronto se siente interesado por el tema artístico. Parece que su mayor formación pasó por ser autodidacta, al comenzar su carrera en el circuito de cómic underground de su país. Llegó a colaborar con el mítico Dave Sim en su más conocida creación, Cerebus, y ya buscando fama y gloria en el mercado estadounidense se paseó por pequeñas compañías como Skywald o Star Reach. En gran parte de estos primeros pasos en el mundillo su cometido era el de ilustrador o, en casos muy concretos, llegó a acreditarse como autor completo. Eugene era un artista con múltiples capacidades. Alguien en Marvel pensó que podría ser válido para la compañía y se le contrató en 1976 para entintar los lápices de Mike Zeck. Hasta que tuvo su oportunidad de brillar.

Gene Day haciendo maravillas

Retomamos el hilo conductor de nuestra narración. Estanos en 1981, con Zeck fuera de la colección. Salicrup asigna a Day, a lo que Moench no tiene nada que objetar. Llevaba unido a la cabecera desde unos años antes y conocía de buena tinta su forma de proceder respecto a los guiones. Lo que no esperaba el bueno de Doug es la implicación que tendría el artista en la serie. Y es que Gene Day revolucionó el panorama de una manera inesperada. Para empezar, a diferencia del interés mostrado por su predecesor, la comunicación entre guionista y dibujante se vuelve más estrecha, lo que es muy bien recibido por Moench. Desde los tiempos de Gulacy no trabajaba de una forma tan cercana. Esa simbiosis sirve para mejorar y mucho la calidad del tebeo, algo que desgraciadamente no se transmite en un aumento en ventas. El estilo de dibujo se torna en algo increíblemente denso, pero a la vez realista y detallado. La experimentación gráfica, el riesgo con los encuadres, se vuelve una característica de Master of Kung Fu. Moench, bien respaldado en el aspecto gráfico, sigue a lo suyo, tramas de espionaje vario y en este último tramo, mucho de Fu Manchú.

Fue esa experimentación en su forma de concebir la viñeta, ese salto sin red al vacío del arte, la causante de los múltiples problemas entre dibujante y Editor Jefe, que terminaron por provocar la salida del primero. A estas alturas, poco podemos evitar el hablar del todopoderoso Jim Shooter, que se había puesto al mando de la maquinaría a finales de los años setenta y que había conseguido modernizar la compañía en base a su método personal. Esto, que podía representar un aval en cuanto a ganancias y número de ejemplares vendidos, suponía un reguero de disidencias artísticas bastante considerable. Muchos de los profesionales que ayudaron a la expansión de la editorial en los setenta acabaron hasta el gorro de las intromisiones de Shooter, por lo que abandonaron Marvel de manera bastante airada. Gente como Steve Gerber, Marv Wolfman o Len Wein, que representaron una época, terminaron enfrentados al Editor Jefe de forma abierta. En el caso del trabajo de Day, fue su compañero en los guiones, Doug Moench, el que hizo público que las exigencias con respecto a los cambios en material ya dibujado, preparado para saltar a impresión, llevaron al dibujante al borde la extenuación. Si no había suficiente con los plazos de entrega, abrumadores e inapelables, el hecho de que a Gene se le mandaran constantes modificaciones, fue un acicate fundamental para que el artista no se sintiera nada cómodo y no se viese en otra tesitura más que en renunciar. Shooter estaba empeñado en que simplificase la narración, que se dejase de complicadas composiciones, y Day no estaba dispuesto a modificar su estilo.

La máxima representación de este conflicto la tenemos en el #118. Un número con más páginas de lo habitual y que suponía un clímax de toda la historia rio narrada por Moench en cuanto a la relación entre Shang-Chi y Fu Manchú. Treinta y ocho páginas en las que el editor exigió constantes retoques al dibujante. Resultado, Day no pudo hacerse cargo del #119 y tras el #120 directamente renunció al puesto. Tras haber debutado como principal responsable gráfico de la colección en el #102, un ejemplar que había sido designado como fill in en caso de necesidad, cosa que ocurrió con la repentina salida de Zeck, hasta el citado #120, su etapa debe ser apreciada en su justa medida como objeto a reivindicar. La innegable capacidad narradora de Day insufla un valor extra a los guiones de Moench, perfectamente rodados y asentados en una tónica habitual desde su lejano inicio en la serie.

Tintas sobre los lápices de Gene Day

Ambos habían logrado conectar de forma evidente, por lo que la renuncia del artista llevaba aparejado el abandono del escritor. Ya hemos comentado las injerencias de Big Jim respecto al desarrollo del dibujo pero éste también tuvo sus más y sus menos con Doug Moench. A Shooter le parecía que la cabecera estaba estancada. Tenía un núcleo fiel de seguidores pero las ventas ni mucho menos se podían considerar boyantes. El hecho de que él mismo tuviera que renovar el acuerdo sobre los derechos de los personajes de Sax Rohmer, a su entender, le dio facultades para exigir cambios radicales en el discurrir de Shang-Chi y compañía, aspecto al que Moench se negó repetidas veces. La relación entre los dos no era amigable que digamos. La salida de Day puso de manifiesto que la situación era inviable para el guionista, por lo que no solo renunció a Master of Kung Fu, sino que abandonó Marvel de manera inmediata. Su destino, la Distinguida Competencia. Su colaborador, en cambio, sí permaneció en la Casa de las Ideas, asignado a otras tareas. La bomba estalla en septiembre de 1982, cuando sale a la luz pública la temprana muerte (a los 31 años) de Gene Day. La polémica no se hace esperar.

Es Doug Moench uno de los principales dedos acusadores pues no tiene reparos en sugerir que las complicadas situaciones que tuvo que sufrir en Marvel fueron una de las causas fundamentales que produjeron el ataque al corazón que finiquitó su vida. Habla sin pudor de aspectos tan escabrosos como que fue alojado en hoteles de mala muerte y pésimas condiciones, o que se le tuvo noches enteras trabajando en las oficinas centrales sin ningún miramiento. Básicamente, insinuar que el editor es, de alguna forma, responsable de la fatalidad. No es cuestión de defender a Shooter, cuyos métodos en algunos casos son más que cuestionables, pero es difícil asumir que fuera un único factor el determinante en un hecho tan dramático. El propio Big Jim se ha defendido de forma pública, especificando que el hotel al que alude Moench, el Chelsea Hotel, fue elegido por Denny O´Neil por su importancia histórica (un lugar pintoresco para un foráneo) y que contaba con las condiciones adecuadas. Igualmente, las oficinas centrales del 387 de Park Avenue South eran instalaciones modernas que disponían de todo tipo de comodidades. El mismo Shooter documenta su estancia allí en largas noches de trabajo. También apunta que era el propio Day el que elegía quedarse a trabajar, ya que Shooter lo consideraba una especie de adicto al trabajo. No sabemos el alcance último de toda la situación vivida en Master of Kung Fu, pero es indudable que la pérdida de Gene Day fue toda tragedia para el medio.

¿Hemos comentado ya lo bueno que era Gene Day?

Volvemos a la colección protagonizada por Shang-Chi pues ya estaba sentenciada, tras el súbito abandono del equipo creativo anterior. Los siguientes números fueron ocupados por material de relleno extraído de inventario (#121 y #122). Mientras se publicaban estos ejemplares, se buscaba un cierre digno para dar carpetazo al asunto. Shooter sondeó a Jim Starlin, conocido en el mundillo con el sobrenombre del Señor Muerte, para poner punto y final a las andanzas del artista marcial. Starlin fue uno de los creadores originales pero su desarrollo se había separado tanto de sus primigenias intenciones que ya no lo sentía como suyo. Por lo que no quiso saber nada del asunto. El equipo designado para la última saga (números 123 al 125, fin oficial) fue Alan Zelenetz al guion y William Johnson al dibujo. Sobra decir que el regusto que deja es ciertamente amargo, pues el planteamiento no puede sonar menos a lo que Moench se había encargado de reforzar durante sus casi diez años de estancia. Un triste final para una obra que merecía otra cosa.

Y de aquí a prácticamente el ostracismo. Cierto es que en 1988 tuvo la oportunidad de ocupar una parte de Marvel Comics Presents (números del 1 al 8) en una historia en la que se volvía a reunir con el guionista que mejor le supo entender, Doug Moench, junto al ilustrador Tom Grindberg. O un especial en 1990, donde se anunciaba el esperado retorno de Shang-Chi, aunque no pasó de aquí. Titulado Bleeding Black, contaba con todos los elementos al uso del gusto de Moench, nuevamente asignado a labores literarias, acompañado esta vez por David Day, que no era otro que el hermano del gran Gene Day. Una evocadora epopeya que reunía al bueno de Chi con sus viejos colegas (Black Jack Tarr, Leiko Wu, Clive Reston) en una lucha a muerte, como en los buenos tiempos, contra el malvado Dr. Fu Manchú. Ahora sí que sí. Fin de recorrido y pérdida de los derechos por el camino.

Shang-Chi compartiendo Marvel Comics Presents con otros ilustres

Es destacable el grado de aceptación que tuvo esta colección y su conversión en mito moderno. Curioso pues no deja de ser el proyecto de unos jóvenes creadores interesados en el Kung-Fu. No hay nada trascendente en ello. Pero el grado de implicación y madurez que se fue tejiendo alrededor de las historias del hijo de Fu Manchú terminaron por conformar una de las cabeceras señeras de los años setenta, alejada de cualquier encasillamiento en género alguno. Lo que hace diferente a Shang-Chi del resto de la producción de las artes marciales es su crecimiento espiritual, más allá de la pura acción física. No es extraña su comparación con el fenómeno de la época, el Kung Fu de David Carradine. Nada más lejos de las intenciones de los creadores originales. A ese respecto es interesante las siguientes declaraciones de Roy Thomas: “nuestro personaje no era una versión de Caine. A pesar de que él también ha sido instruido en Filosofía, se ve afectado por esa capa de malvad que siempre rodea a su padre. Se puede decir que es básicamente bueno, pero no es ajeno a ciertos defectos. Esto le aleja de la “perfección” que tanto se asocia a Caine.” Y es eso lo que observamos en su discurrir. Haciendo honor a su nombre, el periplo de Shang-Chi es la crónica del avance de su espíritu, sorteando todo aquello que el mundo y su padre le echan a la cara para impedirlo. Conocedor del hecho de que no puede escapar a sus raíces, adopta posiciones cambiantes conforme va evolucionando: la ira, la negación, el perdón, la asunción de la culpa…. El envoltorio puede ir recubierto de sugerentes intrigas, montones de acción, su parte de romance, porque no, pero lo verdaderamente importante es el desarrollo vital del personaje que conocemos como Shang-Chi. Y solo se puede terminar diciendo que ese viaje merece con creces la pena.

Maestro del Kung-Fu. Juegos de engaño y muerte

 

Edición original:.Special Marvel Edition #15-16, Master of Kung Fu #17-51,Giant Size MOKF #1-4, Giant Size Spider-man#2, Master of Kung Fu Annual#1, Iron Man Annual#4
Edición nacional/ España:. Panini y SD Distribuciones
Guión:.Steve Englehart, Doug Moench y otros
Dibujo:.Jim Starlin, Paul Gulacy y otros
Entintado:. V.V.A.A.
Color:. V.V.A.A.
Formato:. Tomo en tapa dura
Precio:.

42,95 euros, cada uno

 

La década de los setenta en la Casa de las Ideas. Años de experimentación, de probar todo tipo de variantes. Renovadas temáticas alejadas de los superhéroes, principal bastión de la editorial en los sesenta, enfoques más atrevidos, líneas para adultos, revolucionarios formatos, personajes de nuevo cuño que saltaban a la palestra, la consolidación de la diversidad, conocidas licencias que se pasaban al papel… Un panorama refrescante que vino a dar el empujón necesario para que Marvel se convirtiera en la compañía líder en el sector. Muchos de aquellos títulos expiraron, algunos pasaron a convertirse en lo que se denomina series de culto. Hay que reconocerle a Panini y a SD Distribuciones el esfuerzo que supone no dejar ese material en el olvido gracias a los ya archipopulares MLE. Cabeceras como La Tumba de Drácula o Howard el Pato, por poner dos ejemplos preclaros, tendrían difícil hueco en los planes anuales y no se puede negar que son series que merecen estar disponibles en el mercado. Mayor importancia si cabe tiene la publicación de Master Of Kung Fu, la colección protagonizada por Shang-Chi, hijo de Fu Manchú. No solo por su calidad intrínseca, que es mucha, sino por las dificultades legales que supone su salida a la luz pública al necesitar el permiso de los herederos de Sax Rohmer. Dejamos de lado los aspectos extracomiqueros y celebramos que ya podemos disponer de los primeros dos tomos (de los seis prometidos) del Maestro del Kung-Fu.

Adelantándonos a la valoración final, en estos dos volúmenes tenemos el periodo más celebrado con el personaje, el que corresponde a la dupla de autores formada por Doug Moench y Paul Gulacy. Hemos explicado líneas arriba como se conformó la cabecera, por lo que vamos a pasar directamente a la revisión del material publicado. Así pues, contamos con los primeros números hasta llegar al #51, epílogo de la última saga presentada por Moench-Gulacy pero que a la vez representa el inicio del breve periplo de Jim Craig. El punto de salida se sitúa en una cabecera antológica llamada Special Marvel Edition (#1516) para luego pasar a renombrase como Master of Kung Fu (#1751). Jim Starlin y Steve Englehart nos explican las vicisitudes del joven Chi, que acaba de descubrir que su padre es el malvado entre malvados, por lo que elige escapar de su sombra y no le queda más remedio que dirigirse al mundo exterior, donde termina trabando ciertos lazos con miembros de la inteligencia británica, comandados por Sir Nayland Smith, enemigo jurado de Fu Manchú. El tándem Englehart-Starlin permanece poco en el proyecto. Hubiera sido interesante ver por qué derroteros habría circulado el artista marcial en una etapa más prolongada bajo sus designios. En su breve estancia destacan las capacidades como experto en Kung-Fu de Shang-Chi, a la vez que saben incluir en su mitología todo el entramado de las novelas de Fu Manchú de manera orgánica. El éxito inesperado provocó que los creadores originales abandonaran, más interesados en otros personajes que llevaban en liza.

Gil Kane realizó un gran número de portadas para MOKF

El grueso principal de los dos tomos es el recorrido de Doug Moench y Paul Gulacy (Moench desde el #20 y Gulacy desde el #18). Lo nuevos responsables alejan la trama del aroma pulp y relato de artes marciales puro que respiraban anteriores historias, y lo acercan a una suerte de crónica de espías con protagonista experto en artes marciales. Sin comerlo ni beberlo, Shang-Chi termina como parte activa de las maquinaciones del MI-6, principalmente, intentando evitar los planes de su padre, aunque no todo será Fu Manchú. El joven inexperto apenas conoce el mundo exterior, encerrado desde su nacimiento en los dominios de su padre, por lo que pronto acabará enredado en diferentes peripecias que le harán plantearse su filosofía pacifista. El encargado de que todo luzca a la perfección es un Paul Gulacy que parecía destinado a unir sus destinos con los de Shang-Chi. Y eso que Jim Starlin dejó el pabellón altísimo, con una narrativa inspirada de forma acusada en Jim Steranko. Gulacy no es que sea un prodigio en cuestiones académicas, pero su talento respecto a la narrativa gráfica marcará una época gracias a este trabajo en Master Of Kung Fu. El calendario fue ciertamente exigente y tuvo que recibir ayuda de forma constante. De manera evidente, se nota su ausencia. Profesionales como Ron Wilson, Al Milgrom o Keith Pollard no logran suplir la falta del artista titular. La excepción a esa regla son los hermanos Buscema, que logran arribar a los objetivos de calidad marcados por los aficionados a la colección.

Gulacy se tuvo que ir dosificando. Y reemplazarlo a veces fue un auténtico caos. Así, como ejemplo, podemos citar Master Of Kung Fu#24, donde nada más y nada menos que ¡¡cuatro!!, repetimos por si no ha quedado claro, cuatro dibujantes (Al Milgrom, Jim Starlin, Alan Weiss y Walt Simonson) firman un único número. El #28 fue un caso análogo, únicamente resaltar que “solo” fueron tres los implicados (Ron Wilson, Ed Hannigan y Aubrey Bradford). Las tintas de Sal Trapani fueron las responsables de mantener una cierta uniformidad en esa mezcla tan variada de estilos. Cuando Paul Gulacy vuelve a plasmar su arte de forma continuada es para dejar un gran sabor de boca en el aficionado. Apunten las sagas de Velcro, Mordillo, Gato u Onda de Choque como verdaderas maravillas, tanto a nivel de dibujo como de guion. El cierre a la era Moench-Gulacy no puede ser mejor, con una elaborada trama en seis parte donde se trae de vuelta a Fu Manchú, cuya pista se había perdido desde hacía algún tiempo. Pero todos sabíamos que el diabólico doctor iba a regresar; lo que no podíamos adivinar es con que grandiosos fastos haría su rentrée.

Paul Gulacy. Nuff Said

Aparte de la serie central que ocupa la mayor parte de los dos tomos, contamos con algunas historias que conviene comentar por separado. Entre ellas, los Giant Size tan populares en la época. Estos eran ejemplares trimestrales con una precio más elevado y una mayor paginación. En el caso de Shang-Chi, disponemos de los cuatro que fueron publicados mientras que duró su implantación. El primero, por las dichosas fechas de entrega, tuvo que ser estructurado en pequeñas tramas independientes, unas de las otras, pero a la vez complementarias para comprender la razón de ser de Shang-Chi. En ese especial participa Gulacy, pero también P. Craig Russell (lo que fue una extraña carambola del destino), Ron Wilson y un par de páginas a cargo de Frank McLaughlin que nos habla de las esencias del Kung-Fu. Los Giant Size#2 y #3 fueron historias al uso, que ayudaron a la consolidación del personaje, producida por el tándem titular. El #4, en cambio, supuso un cambio de registro importante, al añadir un punto de humor a una serie que se había caracterizado por su tono trascendente. Este último Giant Size tendría a Keith Pollard como responsable gráfico.

Otro de los hitos incluido en estos MLE es el primer y único Anual con el que contó el artista marcial en su andadura. Hasta ahora, se había mantenido apartado de todo el entorno Marvel, centrado como estaba en las maquinaciones de Fu Manchú o liado en complicadas misiones facilitadas por Nayland Smith. Pero en 1976, fecha de portada, era un evidente desperdicio no haber juntado a los dos representantes más famosos de las artes marciales en el entorno compartido. Hablamos, claro, de Shang-Chi y de Puño de Hierro. Una trama cuyo macguffin es localizar a Collen Wing pero no hay que ser muy avispado para reconocer que el verdadero objetivo es poder disfrutar del team up entre estos dos personajes. Artes marciales en estado puro.

Portada de uno de los famosos Giant Size. Obra de Ron Wilson

Esta asociación con Iron Fist le servía para reafirmar su pertenencia al Universo Marvel, del que se había mantenido separado de forma intencionada, pero no fue el primer cara a cara con otro colega de la editorial. Ese honor, como solía ser habitual, le corresponde a Spiderman. Tenemos incluida en la recopilación el Giant Size Spider-man#2 (octubre de 1974, fecha de portada), a cargo de Len Wein y Ross Andru. Una historia que comienza con el esquema habitual de estos encuentros; enfrentamiento entre ambos hasta que nuestros protagonistas se aperciben de la amenaza real y se unen para luchar contra ella. Por sus páginas rondan muchos de los elementos habituales de Shang-Chi, a saber, Fu Manchú, Nayland Smith y Black Jack Tarr, por lo que su aroma rezuma de forma clara a Master of Kung Fu. Un episodio, por cierto, que nos va a llevar a una reflexión sobre la reproducción de los materiales. Ya hemos comentado la salida de cuatro tomos de MOKF en USA perfectamente remasterizados. Es esa la base tomada para confeccionar estos MLE, por lo que sobra decir que su calidad es excelente, excepto…. Efectivamente, parece que siempre hay un pero y ese es este Giant Size en concreto. Se nota a la legua una diferencia con el resto de los números incluidos. Mala reproducción, colores corridos e incluso manchurrones sueltos en alguna viñeta. Es obvio que esta no es la versión remasterizada. Lo que no deja de ser chocante pues sí que existe un material en condiciones para este número y se ha optado por no utilizarlo. Es el único punto negro en cuanto a edición en estas mil páginas de cómic que cubren los dos tomos reseñados. Una decisión incomprensible que afea el resultado final de un producto de alta calidad en cuanto a su reproducción.

Spiderman vs Shang-Chi

Todavía nos queda una pequeña rareza incluida en el segundo tomo pues seguro que a alguno le ha sonado extraño que en los créditos se nombre el Iron Man Annual#4. Bien, esto tiene su explicación. Obviamente no se refiere al grueso principal del número. Se trata de un breve complemento incorporado a ese anual y que tiene su historia detrás. Resulta que en el año 1976, en Marvel andaban escasos de personal para el volumen de trabajo que acarreaban. Y decidieron matar dos pájaros de un tiro. Solicitaron a nuevos talentos páginas de prueba con el objetivo de localizar personal válido para engrosar sus filas, a la vez que conseguían un importante fondo de inventario, para utilizar en caso de emergencia. Casi todo este material de prueba (el que pasó el corte, se sobreentiende) fue publicado como complemento en colecciones varias durante el año 1977. El que tenemos entre manos corresponde a una breve trama sobre Medianoche, personaje al que los seguidores de la serie conocían bastante bien. Firmaba en el aspecto literario un chaval que apuntaba maneras…. un tal Roger Stern, junto al menos reconocido Jeff Aclin, responsable de los lápices.

Y llegó el día en que Paul Gulacy pudo hacer las portadas

A grandes rasgos, esto es lo que nos ofrecen estos dos MLE. Unas tramas con una sorprendente madurez para la época, repletas de acción y buen hacer. Gulacy con un atrevimiento gráfico que va en crescendo, número a número.Doug Moench reviste su trabajo de tonos grises, dejando muy aparcados el blanco y el negro tan típicos de la narrativa superheroica. Hasta al propio Fu Manchú, el mal hecho persona, trata de darle motivaciones, humanizarlo en un momento dado, cosa que horrorizó a los incondicionales del diabólico doctor, tal y como quedó reflejado en el correo del lector. Aprovechamos para alabar la buena idea de incluir la correspondencia original. Es un termómetro genial de cómo funcionaba la cabecera, lo que gustaba, lo que no, curiosidades, etc. Una pena que no se haga un esfuerzo de extenderlo al resto de series clásicas pues dota de un contexto y un trasfondo de los que se pueden extraer abundantes conclusiones.

En definitiva, Master of Kung Fu es una cabecera con una justificada fama y que merece que se le eche un vistazo. Mientras que el primer tomo es de una gran calidad, el segundo se torna casi un imprescindible, con Moench y Gulacy funcionando al unísono como una máquina bien engrasada. Si todavía no se halla en en vuestra colección, no dejéis escapar esta oportunidad única. Vuestro espíritu os lo agradecerá de por vida.

Bienvenidos a todos, especialmente a los seguidores de los clásicos y de la línea Marvel Limited Edition. Como no podía ser de otra forma, la llegada de Shang-Chi, el genuino y auténtico Maestro del Kung-Fu, representa todo un acontecimiento. El artículo que viene a continuación se ha planteado de una…

Shang-Chi. Vol. 1 y 2

Guion - 8
Dibujo - 8.5
Interés - 10

8.8

Valoración Global

Una de las colecciones señeras de los setenta. Calidad a raudales, en todos sus aspectos creativos. Moench y Gulacy, simplemente espectaculares. Una pequeña joya que el mercado hispano tiene el placer de recuperar

Vosotros puntuáis: 7.58 ( 7 votos)

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36 Comentarios en "Marvel Limited Edition. Shang-Chi. Adenda"

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New_Rodro

Mis “dies” Sr. Porras. Este artículo se va directo al disco duro.

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Solo un pequeño tiron de orejas por no mencionar la miniserie del personaje que Moench y Gulacy hicieron para la línea MAX. Pero no lo tendremos en cuenta. El resultado sigue siendo una gozada. 😉

batlander

Estupendo articulo Arturo. Tengo una duda. Segun he estado viendo de los 6 tomos que va a sacar Panini imprescindibles habria los 4 primeros mas o menos (o 3,5). Como consideras los dos ultimos?

Krokop

Incluso sin tener demasiado interés en esta serie, el artículo es una pasada. Completo e interesante.
Enhorabuena.

idem

A-R-T-I-C-U-L-A-Z-O sr. Porras. Deseando estoy de leer el artículo completo cuando se publiquen los 6 tomos de MLE. Sólo difiero en una cosa. Yo creo que Panini y SD van a publicar los tomos que quedan de la siguiente manera (pensando en que cada tomo tenga unas 500 páginas aproximadamente).
Tomo 3 = del 52 al 75 USA (sagas Guerra Antaño + Mares Oriente + Traidores a la Corona)
Tomo 4 = del 76 al 101 USA (macrosaga Guerreros del Amanecer Dorado con el regreso de Fu Manchú). Final etapa Mike Zeck.
Tomo 5 = del 102 al 120 USA (toda la etapa de Gene Day, enfrentamiento final Shang Chi vs Fu Manchú incluido).
Tomo 6 = del 121 al 125 USA (final serie) + serial Marvel Comics Presents 1 al 8 + Especial Bleeding Back (donde se cerraban todos los cabos sueltos de la serie clásica) + what if 16 + Master of Kung Fu vol 2, numeros 1 al 6 (miniserie con el regreso de Moench y Gulacy).
Me gustaría que se publicase el especial con Moon Knight, aunque no creo que esté restaurado el color. Yo lo tengo en original en inglés y está bien (sobre todo los delirios de la parte final XD).
No sé qué opinas tú de esta repartición que yo creo quw sería la más lógica si cada tomo va cerrando sagas y/o autores.
Un saludote a todos.

Dynamo

No me quedan sombreros que quitarme, señor Porras. Otro megarticulo de campeonato. No me importa repetirme, esas historias en el bullpen, previas a la salida de las colecciones es lo que más disfruto de estos artículos, lo que no quita para que una vez metidos en harina disfrute cada análisis de la obra. No conozco prácticamente la historia editorial de Shang Chi, más allá de apariciones puntuales, pero me la vendes de maravilla. Enhorabuena por el trabajo Señor Porras, a sus pies.

hammanu

Vaya articulo tan bien documentado que se ha marcado el sr Porras. Unos comics que marcaron una época y que sobretdo el tándem Gulacy/Moench es irrepetible casi de transcendencia mistica. Por desgracia no me puedo permitir los tochazos estos pero tengo la etapa de este tándem en la edición de Fórum y creo que la que lo continuo de Gene Day también eso si en B/N

Captain Eo

Por culpa de artículos como este me van a echar del curro y encima me voy a arruinar! Después de leer esto a ver quien no se compra los tochacos estos.. Buenísimo artículo.

idem

Gracias por comprar mi idea Arturo. El caso es que tengo otra “reparticion” alternativa si finalmente Panini y SD deciden no incluir la miniserie de 6 numeros de 2002 de Moench/Gulacy. Los tomos serían algo parecido a esto:
Tomo 3 = del 52 al 70 USA (Guerra Antaño y Mares Oriente) + What if 16. Etapa Craig + inicio Zeck.
Tomo 4 = del 71 al 92 USA (Traidores a la Corona + Guerreros del Amanecer Dorado + aventuras cortas en New York con bandas callejeras y si fan). Etapa Zeck.
Tomo 5 = del 93 al 113 USA (saga Samisdat + aventuras cortas sueltas + especial 100 + sagas con Gato, Velcro y Angel Oscuro). Fin etapa Zeck e inicio etapa Day.
Tomo 6 = del 114 al 125 USA (saga con Fu Manchú y final de la serie original) + Marvel Comics Presents 1 al 8 + Bleeding Black.
Con esto ya me contentaria porque se rompen las sagas lo menos posible y la mini de 2002 la podrían editar más adelante en un tomo aparte al ser material más moderno.

marcbret87

Solo queria felicitar al autor por un articulo fantastico. Ya conocia la coleccion, y de hecho me he ido comprando los omnibuses USA a medida que han ido saliendo. De verdad que vale mucho la pena.

Abusando un poco, podria preguntar si vale la pena comprarse los omnibuses de Deadly Hands of Kung Fu? Por lo que he oido incluyen mucho material sobre las artes marciales que se incluia en las revistas que no es de tanto interes para mi. Merece la pena comprarlo igualmente?

Mimico

Una vez más me deja patidifuso, sr. Porras. Un articulazo y ya no sé que cumplidos escribir sin hacerme repetitivo. De nuevo la mar de didáctico, me arroja un montón de luz sobre un personaje del que apenas conocía su historia y al que poco había leído más allá de su aparición como estrella invitada en el primer arco de la breve etapa de Carlos Pacheco como dibujante de X-Men. Mi parte favorita, como es habitual en sus columnas, es la que desentraña los teje-manejes de la editorial y todo ese “making of” con la intra-historia y las relaciones entre equipo creativo, editores, etc…

¡Un gustazo leerle!

wizard

Tarde, mal y a horas intempestivas, pero es que no quería comentar hasta haberme leído el impresionante artículo del señor Porras. No puedo sino mas que quitarme el sombrero, gorro y cualquier prenda de la cabeza que se me ocurra, ante este extenso y apasionante repaso de la concepción, creación e historia de este personaje que, tristemente, no lo conozco con la profundidad que me gustaría.
Señalar, como ya han dicho algunos compañeros mas arriba, que me encantan esos repasos de las vidas de las personas que, directa o indirectamente, han influido en los autores a la hora de crear a sus personajes y esos párrafos “detrás de las cámaras” donde se habla de las relaciones entre autores, sean buenas o malas, que siempre me descubre anécdotas que desconocía para bien o para mal, véase la muerte de Gene Day y las acusaciones vertidas sobre Shooter.
Para ir terminando y resumiendo, un increíble artículo del señor Porras, otro mas y ya no se ni cuantos van ya.
La única pega que le pondria, al tomo no al artículo, seria el precio que, como siempre, es casi inasumible, aunque hace nada me pillé el tomaco de Kingdom Come, así no lo descartaría todavía.
Un saludo y mis felicitaciones una vez mas por el pedazo de curro.

idem

Aunque me meta donde no me llaman queria comentar una cosa a aquéllos que todavía dudan si comprar o no estos MLE.
Si repasan las páginas de este segundo tomo (y de los que están por venir) tanto en guión como en dibujo, verán por qué se considera a esta serie el Watchmen de los 70.
La simbiosis entre autores, las historias y la manera de contarlas, la psicología de los personajes, etc son sublimes.
La pena es que el siguiente tomo es el más flojo de los 6. Pero los de Zeck y Day son tan buenos como los dos primeros.

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