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Los Años Sputnik

Los Años Sputnik

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Edición original: Les années Spoutnik, Casterman 2009. Volumen recopilatorio de los álbumes Le penalty, C´est moi le chef, Bip bip y Bonconnards têtes-de-lard!, publicados originalmente en Francia entre 1999 y 2003.
Edición nacional / España: Astiberri, marzo 2013.
Guión, dibujo, tinta y color: Baru.
Formato: 208 páginas a color encuadernadas en rústica con solapa.
Precio: 25 €.

 

Reza la solapa de este volumen que no hay nada nostálgico en esta obra, sino que por el contrario, uno se ríe mucho. Y es verdad. Aunque si bien es cierto que este integral no se regodea en la añoranza de tiempos pasados, es inevitable que su lectura provoque recordar la infancia de cada cual, más si aquella tuvo cierta reminiscencia a la expuesta con agilidad y acierto por el autor galo. Baru triunfa, sin tirar de lagrimales, en su recreación de las vicisitudes de unos infantes en los convulsos años cincuenta de un pueblo francés, paradigmático en cuanto a crisol de culturas y semilla de movimientos obreros. Por supuesto, no lo digo con conocimiento de causa, sino que el nivel de verosimilitud, o mejor de dicho, de visceralidad que desprenden los cuatro albumes que comprende la obra recopilada, es apabullante. Y retrotrae a una época de pasiones tan importantes que eran capaces de quitarte el sueño, donde un partido de fútbol podía decidir tu reputación o cuando un tebeo manoseado y a punto de deshacerse consistía en el mejor de los entretenimientos. Sin apelar a la nostalgia, como digo, Baru expone la vida de estos chavales de Sainte Claire con la ilusión de estarla viviendo in situ, en primera persona. Y contagia al lector con esa alegría, con esos asombros de los primeros años, donde las ilusiones de futuro no se han evacuado por el retrete del presente, o donde el interés por las niñas aún no consumen las horas fuera de clase.


¿Cómo consigue esto el francés? No vale tan sólo con escarbar en los recuerdos, ya que estos estarían envueltos en el prejuicio de los años vividos a posteriori. No vale con tratar de moralizar o sacar conclusiones al respecto de en lo que desemboca cada infancia. Al contrario, Baru se despoja de solemnidad y con auténtica sapiencia, se pone el disfraz de niño y como si fuese un Dziga Vertov de diez años, se cuela en la vida directa de aquellos muchachos, convirtiéndonos, gracias a su objetivo indiscreto, en uno más. Sólo se permite el lujo del humor y la ironía, únicos filtros para la óptica que captará la tragicomedia de Gorrino y el Gordo en su lucha por liderar una pandilla de díscolos pero aguerridos amigotes.
Y si de paso se permite mostrarnos cómo se vivía en los barrios de la época, tanto mejor. De esa manera, los conceptos políticos, religiosos y sociales entran con mayor tino, sin apabullar, con la inocencia tal y como la debían percibir los chavales que protagonizan la obra. Así, el comunismo era la salvación, los padres, obreros casi esclavos, dedicaban sus vidas al trabajo y a la mejora política, los curas empezaban a ser vistos como algo obsoleto o la carrera espacial empezaba a ser una realidad tan asombrosa, que solo con pensar en ella, las fronteras del pueblo desaparecían en un estallido de estrellas y planetas, de satélites y cosmonautas, convirtiendo la vida en algo digno de ser vivido. Las madres, aún eran esas señoras que te llamaban a comer desde la ventana del patio de vecinos, y si alguno de tus compañeros subía a compartir la mesa, pues tanto mejor. Las heridas escocían, pero quedarían como hazañas que sellaban tu leyenda. Los juguetes escaseaban, con lo que lo poco que hubiera se repartía con la pandilla. Baru no intenta demostrar que aquella fuese una mejor infancia que la de ahora, aunque sí confirma que los chavales no andaban adocenados, más bien al contrario. La escasez forzaba el espabile, de modo que las ansias de aprendizaje y mejora llevaban a tener cierto respeto por los mayores. Por aquellos que pudieran ser admirados, por supuesto, nunca por los maestros afeminados, siempre por tipos por ejemplo como aquel boche borrachín, experto en explosivos.
Pero esta obra, lo que más tiene de agradecer es su necesario tono subversivo. Eminentemente de izquierdas, Los Años Sputnik asemeja la lucha obrera de los adultos –los padres- con las diatribas entre los vecinos infantes del pueblo, los de arriba y los de abajo. Y cada bando tratará de defender lo suyo como indios –literalmente- evitando el avance del hombre blanco. Y a modo de dulce metáfora, Baru no duda en demostrar que es mejor luchar por lo propio con uñas y dientes, que dejarse pisotear. Aunque al final ganen los malos. Aunque no sirva para más que seguir viviendo con el orgullo inmaculado.


Además de las armas narrativas para lograr semejante propósito, léase la perspectiva del narrador infantil o la exposición de la supuesta simpleza de sus cuitas, Baru nos adoctrina con la vaselina de su dibujo de trazo caricaturesco, cercano a la línea clara y deudor de tantos maestros del tebeo francobelga. Con lo que el vestido esconde un uniforme ideológico, que encandilará a reaccionarios y será denostado por conservadores. Aunque dudo mucho que los lectores de La Razón tengan interés alguno en acercarse a esta pieza, probablemente de la mejor BD que se publique este año en España.
Si de mí dependiera, convertía este tebeo en lectura obligatoria en los colegios.

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Realizador audiovisual de series y programas de TV y escritor de novelas juveniles, Raúl Silvestre aprendió a leer con el Flash Gordon de Buru Lan y cayó del todo en las garras del cómic durante el auge de la fenecida Zinco. Desde el tebeo más mainstream hasta la obra más selecta del panorama independiente, su curiosidad por el medio no ha dejado de crecer.

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Un comentario

  1. #1

     Me interesó bastante. Ya lo he agregado a la canasta de compras en The Book Depository.

    Gracias

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