¿Por qué lo llaman intrusismo cuando quieren decir competencia desleal?

Los lectores que sigan un poco la blogosfera española dedicada a los tebeos habrán notado que en la última semana nuestro pequeño mundo se ha visto sacudido por un tsunami que, por una vez y sin que sirva de precedente, ha venido de la mano de los que hacen los cómics, y no de los que hablamos de ellos. El asunto arranca en el blog de Sergio Bleda, continúa en el de Pepo Pérez, tiene su eco en el de José María Beroy y se extiende por webs como la de El lector impaciente o Un tebeo con otro nombre para acabar con uno de los mejores análisis de la industria del cómic en nuestro país que he visto nunca: el que publicó hace nada Álvaro Pons en su Cárcel de Papel. Poco más se puede decir al respecto de la industria tras lo expuesto por don Álvaro.

Sin embargo me gustaría ofrecer un punto de vista radicalmente distinto: el núcleo principal de la argumentación de Sergio Bleda en su artículo era, básicamente, una queja frente a lo que él tomaba por intrusismo profesional en el campo autoral y en relación con los cómics. Pero niego la mayor: de lo que se trataba en realidad era de la reivindicación laboral de fijar unas tarifas mínimas para los profesionales españoles que se dedican al cómic (nótese el uso de la palabra “profesional”). Y añado: si existieran esas mínimas condiciones, esas tarifas, ése artículo no habría tenido razón de ser, sencillamente porque habría dado igual si se es “panadero” a tiempo completo o por hobby… no se puede regalar pan y, desde el momento en que distribuyes, has de saber que lo mínimo a lo que puedes poner un bollo es de X euros.

El problema no es pues una cuestión de intrusismo, sino de competencia desleal. La Real Academia Española define intrusismo como ejercicio de actividades profesionales por persona no autorizada para ello y, ¡válgame el cielo! en el campo artístico actual no se puede hablar de autorización o no para ejercer la profesión, sencillamente porque no hay ninguna definición de profesional que resulte seria, inequívoca y, lo más importante, excluyente. En cualquier otro campo, los profesionales vienen determinados por una titulación que acredite sus conocimientos en la materia y el problema es que, desde que en el campo artístico introduces elementos tales como el talento o el autodidactismo, esa acreditación pierde su valor. Alejandro Amenábar nunca acabó sus estudios, Arturo Pérez-Reverte es periodista, Miquel Barceló tampoco terminó la carrera… y cada año se licencian cientos de alumnos en campos como Ciencias de la Información, Filología y Bellas Artes que nunca podrán aspirar a lo que ellos han alcanzado. Tienen conocimientos técnicos, pero no tienen la capacidad de dar rienda suelta a sus sentidos de una forma creativa.

¿Qué medios tiene pues una profesión tan creativa y artística pero al mismo tiempo tan artesanal como es la del dibujante de cómics? Pura y sencilla: la asociación; más aún, la obligatoriedad de asociación. Algo que, curiosamente, muchos profesionales con capacidad para trabajar por cuenta propia poseen a través de Colegios Profesionales, asociaciones gremiales de pertenencia obligatoria para determinados casos que son las encargadas tanto de velar por los derechos del trabajador como de evitar situaciones tales como que un colegiado deprecie el valor de su trabajo o incluso llegue a regalarlo. Con una entidad de este tipo, se solventarían los problemas: la editorial X no podrá presionar, ya que no puede pagar menos de una cantidad a un dibujante por sus páginas. Tal dibujante que puede permitirse depreciar su trabajo en tanto en cuanto sus ingresos mayoritarios dimanan de otra actividad laboral no podrá hacerlo por debajo del mínimo estipulado.

¿Qué ocurre? Pues que, como todo, un colegio profesional tiene sus luces y sus sombras. Por una parte es bueno para el problema concreto acerca del cual Sergio Bleda se quejaba en su blog, pero por la otra puede estrangular una industria que ahora mismo en nuestro país es inexistente –dejémoslo en precaria– más allá de unos cuantos nombres. Sin embargo, que nadie se lleve a engaño: clamar contra la industria y las editoriales es siempre lo más fácil, pero hemos de tener en cuenta que el primero que tiene que velar por los derechos del trabajador es el propio trabajador, y que no puede esperar que su empleador le resuelva los problemas, sea equitativo o reduzca su margen de beneficio simplemente por un utópico sentido de la justicia y la hermandad. La industria del cómic español debería apostar por nuevos talentos, pero el motivo moral por el que debería hacerlo es por propio interés (para encontrar un modelo productivo que genere más beneficios), no para ayudar a nadie. Y ni mucho menos este problema es asunto suyo: siempre que pueda, una editorial tenderá a contratar el servicio más barato, en igualdad o no de condiciones cualitativas.

¿Quién tiene que velar por las condiciones laborales? El trabajador, única y exclusivamente el trabajador. Y ahí es donde entra el quid de la cuestión: un dibujante es un artista, pero desde el momento en que se convierte en autónomo, es también su derecho y su deber como trabajador el velar por los propios intereses y los de su colectivo. No puede estar a vérselas venir, y de la misma forma que en el campo creativo pone su empeño en encontrar soluciones a problemas de anatomía, perspectiva o narración, en el laboral ha de buscarse igualmente las papas, asociarse y marcar las condiciones que deben cumplir sus colegas para ser contratados. No puede esperar que esto surja de la nada sin el esfuerzo de buscarlo.

Por todo ello, a juicio de quien esto escribe, entender cuál es exactamente su problema es la única alternativa que le queda al dibujante español que aspira a trabajar en la industria patria. En caso contrario, solamente podrá optar por quejarse, ver cómo sus palabras –muy probablemente justas– se las lleva el viento, y asistir impotente a cómo mañana, pasado o la semana que viene, las aguas vuelven a la normalidad sin que nada haya cambiado.

Pero vamos… todo eso son consejos de alguien inexperto que ofrece una visión sobre el tema (errada, acertada, matizable) y esto una web sobre cómics para lectores de cómics. Como lector, lo único que puedo decir es que adopten el sistema que adopten, no quiero un mundo en el que me quede sin leer El baile del vampiro, La tetería del oso malayo o El Vecino. Y poco me importa –y creo que a la inmensa mayoría de aficionados les ocurre lo mismo– si sus autores son Licenciados en Bellas Artes o Derecho, si son dibujantes de escuela o conserjes de instituto. Lo único que tengo clarísimo, que tenía clarísimo cuando empecé este artículo, es que quiero seguir leyendo buenos cómics vengan de donde vengan. Si la mano que los hace posibles no recibe su justo pago, no debe buscar el problema ahí.