| Aviso de Spoilers: El artículo que sigue a continuación desvela información relativa a la película, que quizás prefieras conocer en el cine. Los puntos más importantes están protegidos por un aviso de spoiler. |
Treinta años llevábamos esperando que despertaran los androides que soñaban con ovejas eléctricas; el Maestro se había ido, y sus útiles de trabajo permanecían intactos. Sí, decían que hacía otras cosas, que era reconocido aquí y allá, y que siempre hablaba de regresar, pero que nunca acababa volviendo. Treinta y tres años, si contamos el tiempo a partir del último viaje del Nostromo. En cualquier caso, y según el calendario de cualquier civilización, demasiado tiempo. El regreso de Ridley Scott al género que supuso su entrada por la puerta grande la Historia –sí, la mayúscula- del cine, merced a su octavo pasajero, supone también el retorno de la ciencia-ficción de autor a las pantallas. Conscientes de lo extraordinario del hecho, la misma campaña de promoción lo ha enfocado así: el Maestro concediendo entrevistas a diestro y siniestro, divagando sobre los orígenes de la vida y la existencia de Dios.

Desde Blade Runner, Scott había cambiado las praderas del espacio por territorios más mundanos; la space opera y el cine de acción se habían adueñado de las estrellas, salvo contadas excepciones. Pocos –como la espléndida Sunshine, de Danny Boyle- recordaban que el terror es un elemento primario del espacio porque, pese a todos nuestros esfuerzos para situarnos como la especie en el centro del universo, en la inmensidad cósmica representamos apenas una mota de polvo enfrentada a lo ignoto. Prometheus comenzó por ser un intento de prologar el fenómeno Alien –asfixiado en taquilla por mala praxis- explorando el origen del extraterrestre cuyo cadáver encuentra la tripulación del Nostromo en un planeta remoto, para finalmente erguirse por su propio pie aunque manteniendo la conexión xenomorfa. La premisa resulta muy interesante: finalmente, la ciencia ha sido capaz de interpretar todos esos diagramas de culturas ancestrales que mostraban su adoración por seres gigantes venidos del cielo, y los expertos han señalado un punto en el firmamento para viajar al encuentro de… ¿nuestros creadores?
El metafórico nombre de la nave protagonista ya lanza un mensaje sobre la previsible catástrofe: el destino del titán Prometeo, que robó a los dioses griegos el fuego para compartirlo con la humanidad, no implicaba precisamente una jubilación millonaria. Con este antecedente, el guión firmado por Damon Lindelof (Lost), convierte al universo alumbrado Alien en una matroska rusa, donde cada respuesta no encierra sino sucesivos enigmas. Hay quien precisamente por ello se ha sentido decepcionado, ante la falta de respuestas concluyentes a la pregunta de si Dios existe y es extraterrestre. Con Lindelof a bordo, era de esperar la sequía de verdades absolutas y la cadena de dilemas, en consonancia con la mayéutica socrática de la búsqueda de la verdad a través de las preguntas. Esa es, si cabe, de las pocas verdades absolutas que existen en la ciencia: cada descubrimiento no lleva sino a más cuestiones. La interrogación central que plantea Prometheus no es si el hombre fue creado por extraterrestres. No. Esa es, creo, una interpretación que ha hecho parte de la audiencia, en una reacción similar al sufrido por el film de M. Night Shyamalan The Village.
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Conocer al Creador implica desmitificarlo, y por extensión ,desmitificarse a sí mismo. Si el hombre pudiera conocerlo, ¿le gustaría lo que encontraría? Sería un cuestionamiento íntegro de creencias labradas durante muchos siglos para explicarse a sí mismo, con el consiguiente riesgo de tambalear el tan extendido enfoque antropocéntrico de la existencia que por lo general predican las religiones (y sus utilidades). ¿Puede comprobar la ciencia, ese otro sistema que explica la vida, la existencia de Dios? ¿Qué efecto tendría sobre el hombre conocerse como un experimento de laboratorio, y no como un diseño divino o una serie de procesos naturales? ¿Cuál fue el propósito de nuestro origen -y por ende, el nuestro- y cuan satisfactorio fue el resultado? ¿Cuál debe ser nuestra relación hacia él? ¿Hay alguien, a su vez, por encima de él? ¿Existen otras creaciones? Pero, sobre todo: ¿es lícito siquiera emprender la búsqueda de respuestas? Igual que Prometeo sufre la ira de los dioses por atreverse a hacer de menos al Olimpo, la tripulación de la nave que da nombre al titán pagará cara su intromisión en la esfera reservada a sus creadores. A fin de cuentas, no son más que niños en el laboratorio de un científico, a punto de provocar un desastre.

Scott ya se había planteado la relación del Creador y su creación en Blade Runner: ¿ha de ser la vida de ésta una subordinación a quién está por encima de ella, o puede albergar albedrío propio? En términos de valor ¿cómo medir ambas? Y, ¿cuál debe ser la justificación del Creador para alumbrar vida artificial? Dos eran las posibilidades que exploraba: el interés corporativo –es decir, económico- y la necesidad de compañía (la del solitario J.F Sebastian). La presencia, más que de vida, sino de inteligencia artificial, ha sido una constante en la saga Alien, donde los robots con apariencia humana han jugado siempre un papel inquietante, y Prometheus no iba a ser menos en ese aspecto.
Desde “El rey ha muerto, larga vida al Rey” al “¡Dios ha muerto!” que proclamaba entusiásticamente Nietzsche, la creación y su inevitable final han establecido un orden natural. En su concepción biológica y en el trasvase a lo social. La filmografía del realizador británico está plena de personajes que cuestionan las reglas que gobiernan su existencia: algunos en cuanto a su esperanza de vida, como los replicantes de Blade Runner, y otros sobre el yugo que la sociedad o la providencia ha caído sobre ellos, como Maximus en Gladiador, Robin Hood, Balian en El reino de los cielos e incluso las indómitas Thelma y Louise. ¿Por qué no tienen derecho a decidir plenamente sobre su destino, sobre su felicidad?

Así, mientras la tripulación del Prometheus medita la idoneidad de encontrar a su Hacedor, David (Michael Fassbender) decide tomar la iniciativa para el equipo de los robots. Si la especie que lo programó es un cúmulo de vicios y defectos, y está lejos de su perfección artificial, ¿qué sentido tiene subordinarse a ella? Una actitud, entre el cinismo y el desprecio, que nace precisamente de la desmitificación de su Dios. Frente a la curiosidad, adoración o sobrecogimiento de la Humanidad hacia su Creador, David ha podido compartir con éste toda su existencia, y no está seguro de que su propósito deba estar tan enlazado. ¿Debe una Creación, llegado el momento, tener el poder de desafiar o siquiera cuestionar a su Hacedor? ¿Debe éste establecer una salvaguarda?
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Si las críticas que surgieron sobre Alien en 1979 apuntaban su deuda hacia la cosmogonía creada por el escritor estadounidense Howard Philips Lovecraft (1890-1937), artífice de los llamados Mitos de Cthulhu, no es menos cierto que esta precuela bebe de esos mismos vientos espaciales. “Todos mis relatos están basados en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones humanas no tienen validez o significación en el marco del cosmos”, escribía el autor de Providence, uno de los autores más imitados por los neonatos del terror, considerado el padre del horror cósmico. El miedo más ancestral y profundo, para él, era el miedo a lo desconocido: exactamente la premisa que domina ambos films. ¿Qué hay peor que estar perdido en el universo, sólo, y enfrentado a un monstruo desconocido, conscientes de nuestra propia insignificancia?
Enfrentados a la mera idea de la existencia de entidades más viejas que el tiempo, llegadas de las estrellas para dominar el terruño del que nos creímos amos y señores, el antihéroe tipo de Lovecraft enloquece o niega para siempre la parte de su mente donde almacenó dicho conocimiento, cuestionándose el momento maldito en el que se empeñó en hurgar donde no debía. El escritor planteó su obra no para dar luz sobre una conspiración universal, o revelar un plan maestro del cosmos, sino –igual que hemos visto hace Scott- para salvar, aunque sea con la mera reflexión, el abismo entre el hombre y el vacío de los espacios inmensos, donde siempre seremos un cuerpo extraño (y minúsculo), en contra de todas nuestras creencias. De alguna manera, quizás compartirlo suponga cierto confort.
La tripulación del Prometheus repite, de alguna manera, la odisea de la expedición Miskatonic narrada por Lovecraft en su novela corta de 1931 En las montañas de la locura (nacida tanto a partir tanto de su propia mitología como de una semilla plantada por Poe en Las aventuras de Arthur Gordon Pym). Una expedición científica a los hielos antárticos en busca de muestras geológicas descubre
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La cercanía con la obra de Lovecraft es tal que fue otro de los clavos que cerraron el ataúd del proyecto de Guillermo del Toro y James Cameron de adaptar esta novela corta, con Tom Cruise como protagonista. Warner, cuando todo parecía bien encaminado, y ante los primeros coletazos de la crisis financiera mundial, decidió que el proyecto era demasiado caro. La llegada de Scott a Prometheus –Fox se había negado a que uno de sus “protegidos” lo dirigiera- supuso un golpe letal. La influencia lovecraftiana tiene un punto importante también en el diseño: los cascos de los Ingenieros son de evidentes motivos cthuluoideos (referentes a Cthulhu, “deidad” que da nombre a los Mitos, de forma octopoide). Por no hablar de…
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Para quienes desconfíen del gancho comercial del film –la conexión con un film prácticamente mítico- y auguren otra película más “con bicho”, recomendaría ignorar ese supuesto. Igualmente, para quienes comparen directamente la calidad de ambas obras, recomendaría reflexionar sobre el hecho de que el peso del mundo no estaba bajo los hombros de Prometeo, sino de otro titán, Atlas. Alien supuso un parteaguas en su día para la ciencia ficción y el terror, y ha tenido más de tres décadas para ganarse merecidamente su estatus, además de engendrar un sinfín de parafernalia con la que engrandecer su leyenda. Realmente, será el tiempo el que ponga en su justo espacio a esta precuela. Que nadie espere un “instant classic”, como dicen los anglosajones. Yo no apostaría por definir a la ligera la relación entre la nueva creación y el original.

Aunque la médula prometeica es de corte metafísico, el terror made in Scott –especialista en crear repulsión- sigue ahí; aunque no es lo mismo mostrar un pecho reventado en 1979 que ahora, acostumbrados a tropelías de todos los colores, formas y sabores. El realizador, capaz como ninguno de crear ambientes de nave espacial, fríos y anestésicos pero latentes de amenaza, coloca a la traición del propio cuerpo por acción de un parásito en el centro de su mitología, y lo ejecuta como rito iniciático del héroe y catarsis del personaje.
Igual que hizo en Alien, se rodea de talentos si no veteranos, con cierto camino recorrido en la industria, por lo general, consiguiendo evitar a la pléyade de yogurcitos en busca de una pasaje a la galaxia Hollywood que suele contaminar otros rodajes. Charlize Theron borda una interpretación amenazadora y dominante –con un perfil más cercano al que mostró en el drama The burning plain, de Guillermo Arriaga, que al de la futurista Aeon Flux- y Noomi Rapace abandona en lo más profundo del planeta extrasolar a Lisbeth Salander y a su (muy olvidable) personaje de Sherlock Holmes: A game of shadows. Menciones especiales para Idris Elba, que transporta la malage gentlemaniana de su Luther londinense a las estrellas con la dosis justa de ironía y profesionalidad, y a Guy Pearce por desaparecer bajo la añosa máscara de Peter Weyland. Quien se lleva el gato al agua, con un papel que es toda una golosina y cuyas delicias sabe explotar con precisa minuciosidad –no todos los días te dirige un Ridley Scot, aunque no sea “el de antes”- es Michael Fassbender como el robot David. Altanero, eficiente y, desde que aparece en pantalla, con una mirada que lo delata como un accidente a punto de ocurrir. Un cabrón, vamos, de esos que identificas a primera vista y a los que nos les das la espalda ni para que te rasquen, como diría Pérez-Reverte.

El laberinto de Prometheus, construido a base de metafísica, horror y acción a gran escala –la parte que más chirría viendo los antecedentes y el tono general- no protege un tesoro al doblar cada esquina, pero tiene dispersos los suficientes como para considerarlo una joya de la cartelera veraniega (en España, ya que en casi todo el mundo se estrenó con el último coletazo de la primavera) y una película a revisitar con calma. Aunque sólo fuera por esa escena final que llevábamos tanto tiempo esperando ver, y por el paralelismo en reversa con la conclusión de otro de los films referencia de Scott, y por la promesa de nuevos prodigios que guarda la proyectada secuela, vale la pena.



ha comentado el 6 agosto, 2012 a las 23:02h
Enorme crítica Juan. No es Alien y sí es Alien.
En el fondo, este Prometheus contiene esas secuencias que vendrían a tener su referente en la primera entrega de la saga (contaminación, nacimiento de un ser, correcalles y enfrentamiento final) sin contar con su protagonista femenina. Pero en sí misma la película se sostiene por sus grandes preguntas más que por sus pequeños detalles, que es donde flojea a veces estrepitosamente. También hay que decir que algunas de esas dudas que dejan los guionista a los espectadores por responder, son más el reflejo de un trabajo que ronda la secuelitis y el no saber por donde tirar pero dejarlo en el aire “mola” (marca de la casa del guionista de Perdidos Lindelof).
En definitiva recomendable película que debe intentarse ver sin el extra de hype que arrastra, y que trae de vuelta una ciencia-ficción espacial que hacía falta que volviera y si es con el poderío visual que todavía atesora el señor Scot, pues mejor que mejor.