Va D BD 15

Megalex, Alejandro Jodorowsky y Fred Beltran; Reservoir Books; 128 págs., color, 17’90 €.

Alejandro Jodorowsky es un creador de espíritu ecléctico y vanguardista, aunque buena parte de sus aportaciones al Noveno Arte, formalmente, se enraicen en la tradición de la narrativa oral. Es por esto que, aunque se mueva desde unas coordenadas transgresoras por escenarios característicos del relato de género como la ciencia-ficción o el western, lo habitual es que lo haga a partir del impulso argumental que le proporcionan unos arquetipos simbólicos muy básicos que, a la par, dirigen la historia hacia una conclusión también profundamente arquetípica.

Dentro de semejante contexto creativo, es fácil comprender que los mayores logros de este guionista se produzcan cuando acierta a articular de manera original simbolismos diversos, a menudo gracias a esa nueva luz que la mirada post-moderna y las virtudes expresivas intrínsecas al lenguaje del cómic pueden otorgarles. Sin embargo, su apuesta autoral no está exenta de riesgos, por cuanto demasiadas veces sus criaturas, al convertirse en simples receptáculos alegóricos al servicio de un discurso muy predeterminado por el imaginario de su creador, carecen de una tridimensionalidad que pueda otorgarles suficiente entidad ante el lector.

Precisamente eso es lo que sucede en Megalex, historia en tres entregas donde Jodorowsky presenta un mundo sometido casi que por completo a la dictadura de lo sintético y artificial. Un mundo en el que los seres humanos son poco más que carnaza enajenada a merced de la inteligencia artificial que lo gobierna todo salvo a un puñado de deformes disidentes que defienden el retorno a la Naturaleza como vía de redención planetaria. La ambiciosa mirada de Jodorowsky al pretender reflejar de forma amplia la realidad imperante en Megalex, el reparto coral de la obra, su caracterízación prototípica y la articulación de unos contenidos metafóricos primarios en un relato con dejes de fábula, dan como resultado poco más que un armazón argumental que discurre con excesiva celeridad y sin la suficiente anchura, carencia que la acusada precipitación con la que se cierra este primer ciclo no deja de intensificar.

Cuestión aparte es en qué medida la aportación gráfica de Fred Beltran contribuye a generar esa impresión de insuficiencia literaria. Pero, al plantearlo, resulta inevitable constatar que este ilustrador maneja dos acabados gráficos notablemente opuestos a lo largo de la saga. Por un lado, en sus dos primeros capítulos, opta por una potente hechura infográfica que otorga al conjunto trazos de realismo fotográfico. Por otro lado, el tercer capítulo está resuelto de forma más tradicional, con un mismo enfoque figurativo pero otorgando mayor peso al entintado y resolviendo de manera más estilizada el apartado cromático. Como ya se sabe que, habitualmente, el realismo fotográfico casa mal con la historieta, confiriéndole paradójicamente mayor artificiosidad, lo que ambos autores consiguen en las dos primeras entregas es -pasada la sorpresa inicial- reflejar de forma apenas subliminal la fría fisicidad tecnológica en la que viven inmersos los habitantes de Megalex… a costa, no obstante, de alejarnos también de la historia y de sus protagonistas. Desgraciadamente, cuando en la tercera entrega el grafismo se torna más envolvente y empático, en consonancia con los progresos de los revolucionarios por implementar un orden más natural, el argumento evoluciona tan vertiginosamente que prácticamente deja al lector en la cuneta.

Si llega a editarse un nuevo ciclo de esta epopeya, espero que todo fluya con mayor morosidad.

Sangre real 2: Crimen y castigo, Alejandro Jodorowsky y Dongzi Liu; Ediciones Glénat; 56 págs., color, 15 €.

En mi opinión, el gusto de Jodorowsky por los contenidos arquetípicos, mencionado en la reseña anterior, encuentra mejor acomodo en Sangre real que en Megalex. Posiblemente, porque los estereotipos románticos propios del relato medievalista están ya bien asentados en nuestro imaginario, incluso para poder subvertirlos como gusta de hacer el guionista chileno, mientras que los de la ci-fi o todavía se están construyendo o discurren por derroteros muy alejados del talante fabulador que suele manejar este escritor. Además de eso, seguramente, también el hecho de que en Sangre real exista una voluntad paisajística más discreta, que no se pretenda retratar un planeta entero sino sólo un reino y a unos pocos personajes, facilita la inmersión del lector en la historia.

De todas formas, la contribución de Dongzi Liu a tal efecto no es en absoluto menor, puesto que este ilustrador chino construye un discurso visual cargado de belleza, matices y dramatismo que subyuga por sí solo, como ya podía apreciarse en la primera entrega de la obra.

Además, debe reconocerse que en esta segunda parte Jodorowsky nos obliga a adentrarnos -a nosotros y a sus personajes- en territorios inexplorados, nada complacientes ni trillados, captando desde las primeras páginas nuestra atención. De hecho, son tan extremos los senderos por los que transitan sus protagonistas, enlodazados en sus propias intrigas y desgajados por los valores enfrentados que rigen sus corazones -ahora elevados por un espíritu idealista, ahora presos de una voluntad de poder radicalmente autodestructiva- que incluso a veces nos desorientan y parecen contradecirse. A pesar de eso, lo cierto es que el argumento, cuando se detiene en ciertos recovecos o se desvía de la senda marcada, lo hace razonadamente, sin que rechinen sus engranajes internos, y cuando en otras ocasiones se muestra complacientemente familiar, lo hace sin que su singularidad quede diluida por los tópicos.

Como resultado, podríamos decir que nos encontramos ante un cómic que en su desplegamiento formal casi no parece del psico-mago chileno, por cuanto rehuye los requiebros argumentales introducidos de forma aberrante y sin la suficiente fluidez narratológica que le son propios. Sin embargo, sí que resulta patente la firma de Jodorowsky en las temáticas que se plantean, no ajenas esta vez a cierto exceso de brutalidad, motivo por el cual puede ser que la obra sea del gusto tanto de sus admiradores como de sus detractores… o todo lo contrario.

[Reseña de Sangre real 1: Bodas sacrílegas en Zona Negativa + Web de Sangre Real en Glénat Francia + Reseña de El corazón coronado (Alejandro Jodorowsky y Moebius) en Zona Negativa + Reseña de La Casta de los Metabarones (Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez) en Zona Negativa].

3537IAN – Integral, Fabien Vehlmann, Ralph Meyer; Dibbuks; 200 págs., BN, 18 €.

Los presupuestos de Alejandro Jodorowsky para con la ciencia ficción y el tratamiento que hace en Megalex del problema tecnológico tienen reflejo invertido en IAN, novela gráfica en cuatro episodios que Dibbuks recopiló para nosotros en 2008, obra del siempre interesante guionista Fabien Vehlmann (El Marqués de Anaon, Los cinco narradores de Bagdad) y de un ilustrador parisino sin apenas obra publicada en España llamado Ralph Meyer (La balada asesina).

En este libro se nos cuentan las vicisitudes del primer robot con libre albedrío y capacidad para sufrir y sentir (en todas las acepciones del término), elementos que sus creadores de ficción consideraron indispensables para que IAN (Inteligencia Artificial Neuromecánica) desarrollase personalidad y humanidad en un mundo en el que la robótica, presente ya en todos los ámbitos de la vida, no dejaba de ser sinónimo de fría servidumbre. Asignado a una unidad militar de rescates en situaciones de emergencia, durante el primer capítulo IAN se enfrentará a las típicas reticencias que presentan sus compañeros de quipo ante una inteligenicia artificial fuerte (consciente de sí mismo), para luego, a partir del segundo capítulo y ya con vínculos emocionales claramente establecidos entre el robot, sus compañeros y nosotros, hacer frente a una problemática de mucha más envergadura. Sucede eso cuando IAN, enviado a atajar una revuelta civil que reivindica unos mayores derechos sociales para los empobrecidos de un sistema donde la distancia entre unos pocos privilegiados y el resto de personas se agranda cada vez más, empieza no solo a percatarse de la hipocresía moral de los humanos, sino también a sufrir unos episodios de enajenación que lo conectan a una especie de supra-conciencia robótica que lo convierte en una máquina de matar.

Perseguido por un humano mejorado, codiciado por el hombre más poderoso del planeta, llamado a dirigir el advenimiento de las Inteligencias Artificales Fuertes ante el telón de fondo de una guerra en ciernes entre Estados Unidos y China, IAN realiza un agotador peregrinaje de trágicas consecuencias en pos de una paz y de una libertad que constantemente le niegan las circunstancias.

Vehlmann, una vez más, demuestra que es un guionista especialmente dotado para el retrato psicológico y social, construyendo con empática precisión los perfiles de sus protagonistas y destacando por su capacidad para definir -de forma indirecta pero con profundidad- un determinado escenario político y sociológico. Si acaso, el guión pierde su solvencia y organicidad en las transiciones escenográficas, cuando las aventuras de IAN pasan de ubicarse en contextos más o menos domésticos a adquirir un alcance global, no sin brusquedad y cierta sensación de artificio. Un detalle menor, sin embargo, en una obra por otro lado muy disfrutable.

Ralph Meyer realiza también un trabajo excepcional, con un estilo cercano al del Moebius más dócil. Limpio, elegante, dinámico y rozando esa perfección narrativa que vuelve casi invisible al narrador, Meyer ilustra un tebeo de aquellos que, aunque tuviese un pésimo guión (que no es el caso, más bien al contrario), uno acabaría comprando por lo bien dibujado que está. Lástima que la edición española sea en blanco y negro mientras que la edición original era en color. De todas formas, que eso no os impida echarle una ojeada. IAN, Vehlmann y Meyer se lo merecen.

[El Marqués de Anaón 1: La Isla de Brac (Fabien Vehlmann y Matthieu Bonhomme) en Zona Negativa + Reseña de El Marqués de Anaón 2: La Virgen Negra (Fabien Vehlmann y Matthieu Bonhomme) en Zona Negativa + Reseña de El Marqués de Anaón 3: La providencia (Fabien Vehlmann y Matthieu Bonhomme) en Zona Negativa + Reseña de El Marqués de Anaón 4: La bestia (Fabien Vehlmann y Matthieu Bonhomme) en Zona Negativa].

Pandamonia 1: Caos bestial, Ennio Ecuba, Vincenzo Lauria, Vincenzo Cucca, Mirka Andolfo; Ediciones Glénat; 48 págs., color, 13,95 €.

Tal vez el mayor problema de Pandamonia sea que se presenta emparejado con Blacksad, en un ejercicio comparativo que no puede sino perjudicarle. Ciertamente, la vinculación resultaba evidente, no sólo porque este cómic esté protagonizado por animales antropomórficos como las aventuras del detective gatuno, sino porque los ragos de esos animales humanoides están definidos con un estilo que bebe sin rubor -casi diría que con descaro- del de Juanjo Guarnido. Más allá de eso, apenas si existen otras similitudes, aparte de cierto planteamiento de thriller (aunque en este caso, en una historieta de ciencia ficción) y la manera de insertar los flashbacks en la trama principal. Así que, si dejáramos de lado que Vincenzo Cucca prescinde de un acabado a pincel que Guarnido domina con maestría y que Mirka Andolfo levanta una propuesta cromática a años luz de las bellas tonalidades marca de la casa granaina, casi podríamos disfrutar de este tebeo.

La historia no es nada del otro mundo, por supuesto, y en ella menudean algunos dejes propios del cómic erótico que no hacen sino restarle intensidad, pero cabe reconocerle que despierta cierta curiosidad en el lector gracias a un argumento con gancho resuelto luego con un mínimo oficio. Y es que Pandamonia es una especie de Y, el último hombre pero en versión europea y al revés. Viendo que la líbido de los humanos caía en picado generación tras generación… y que cada nueva generación era menos numerosa que la anterior, una empresa alemana diseñó una terapia a partir de genes sexuales de animales para revertir ese proceso de extinción al que nos veíamos abocados. Desgraciadamente, el experimento tuvo sus efectos secundarios y, a medida que pasaban los años, empezaron a proliferar seres mestizos y con una corta esperanza de vida. La chica panda que protagoniza la historia, sin que se sepa muy bien por qué, es la única esperanza que tenemos para revertir el proceso… y por eso tendrá que huir a tierras gaditanas -¡palabra!- porque todo el mundo quiere un pedacito de la criatura. Vosotros diréis.

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